Lo llamaré Juanelo Conjeturas, aunque ese no es su verdadero nombre. Pero así lo conoce hoy todo el mundo, por lo que luego se verá, por lo que no es posible preservar su identidad.
Cuando sus padres descubrieron la afición de su hijo a fabricar conjeturas, se alarmaron, lógicamente.
-¿Por qué no haces como los demás niños, y preguntas sobre lo que no sabes? -le decían, una y otra vez.
Pero Juanelo, seguía, erre que erre, fabricando conjeturas, que incorporaba, no ya al campo de su imaginación, sino que manifestaba, sin rubor, a la menor ocasión, y tanto en casa, como en la escuela, como en la calle. Lo que, según con quién, provocaba admiración o cachondeo.
El profesor de Hechos Imprescindibles de la Historia, era uno de los que más sufrían con la persistencia de Ricarduelo a dejarse llevar por las hipótesis que surgían de su calenturienta falta de cultura, que dejaba crecer en el lugar en donde debía haber hincado los codos.
-¿Cómo es posible que tengas la desfachatez de decir que Colón no pudo descubrir América porque tenía que haberse perdido en el mar de los Sargazos? ¿Y qué tiene que ver que estés convencido de que Américo Vespucio haya podido ser un contrabandista? -le reprochaba el maestro, dándole en la cocorota con una palmeta.
-Se me ha ocurrido, porque Colón, antes de ponerse a descubrir lo que no se conocía y estaba lejos, tenía que haberse dedicado a conocer lo que tenía al alcance de las narices. Y en cuanto a lo de Vespucio, es que no tengo ni idea de quién es, y por eso le he imaginado una profesión, según lo que deduzco de su nombre -contestaba Ricarduelo, encogiéndose de hombros.
-Y eso, para colmo. ¿Crees que porque a ti te de la gana de imaginar algo, va a ocurrir? ?¿Supones que porque a ti te apetezca que algo haya sucedido de una determinada manera, va a ser más cierto que lo que han estudiado antes que tú miles de eruditos? -clamaba el maestro, palmeteando sobre el pupitre, con los demás alumnos, tirándose bolitas de papel, entretenidos.- ¿Y lo de Vespucio, qué? ¿Es cosecha de tu supina ignorancia?
-No lo sé. -se justificaba el niño-. Puede que sean solo conjeturas Dice mi mamá que todo lo que se me pasa por la cabeza son simplemente conjeturas.-replicaba el infante, tan campante, y aún, apostillaba:
-Me encanta el nombre. Conjeturas.
Por eso lo llamo Juanuelo Conjeturas. Conjeturas, por lo que hacía a cada rato, y Juanelo, por lo artificioso.
Y así, mal que bien, fue aprobando cursos, e, incluso, en la Universidad, en parte copiando de los que estudiaban de verdad y en parte, gracias a que conseguía de tarde en vez dominar su impulso por dejarse llevar de conjeturas, llegó a graduarse en Economía.
Incluso, una asignatura llegó a gustarle más que a un caracol una fruta podrida: Proyecciones econométricas. Cuando le daban una serie de números y le pedían que hiciera la previsión de su evolución futura, se le ocurrían tantas conjeturas, que el tribunal de evaluación le otorgó la matrícula, esto es, calificación con honores. Si los demás alumnos habían encontrado solo una respuesta (generalmente equivocada), él había propuesto ciento veinticinco, todas ininteligibles.
Recién licenciado, se dedicó a la política activa. Se convirtió en especialista en descubrir terrenos de credulidad para llenarlos de conjeturas, y le encantaba la facilidad con la que las gentes se dejaban convencer, sin necesidad de tener que pedir permiso ni pagar por ello.
Fue famoso. Iba por ahí, con su cargamento de hipótesis, convenientemente adornadas de falsedades y especulaciones, y aprovechaba el menor descuido para sembrarlas en campo ajeno.
Le encantaba advertir que, y era lo más gracioso, la inmensa mayoría de las personas no confiaban con ello obtener cosecha propia más adelante, sino que se dejaban sembrar de conjeturas el cerebro porque sí. Pero Juanelo rentabilizaba su siembra de inmediato.
Instalado como un mago en el país de Valgamediós, generó varios criaderos de conjeturas, y ofrecía las delicadas plantas en los mercados por intermedio de agentes autorizados. Se entregaban como si fuera perejil, esto es, de forma gratuita.
Bastaba con que se comprara cualquier otra cosa -un programa, una necesidad de empleo, el deseo de tener un parque infantil al lado de casa, una reforma agraria-, o un grupo se interesase por cierta mercancía -¿cómo conseguiremos mantener el estado social? ¿son independientes los jueces? ¿Cataluña será alguna vez independiente? -, y, aunque no se tuviera la menor intención de adquirirla, y aparecía, sonriente, uno de esos agentes, y endosaba al viandante una conjetura.
-«El próximo año será el de la recuperación», por ejemplo, era la planta de la que Juanelo Conjeturas repartía más ejemplares.
Esa planta tenía el grave problema de que era de duración anual, como las flores de Pascua, y se marchitaba al acercarse el prometido momento de la recuperación. No importaba lo que se hiciera con ella, daba igual que se la la cubriera de papeles y cálculos sofisticados, que se regara de buenas voluntades y nuevas promesas, se pudría, se acababa pudriendo totalmente.
Pero todo el que quería tener algo plantado en el balcón de la credibilidad, tenía que dejarse endosar una nueva planta de conjeturas, porque estaba mal visto tener las ventanas sin adornos.
-Ahí vive un pesimista y un cenizo -dirían los transeúntes, señalando un balcón vacío de conjeturas-. Con gente así, ¿qué se puede esperar?
Juanelo Conjeturas llegó a ser un venerado Ministro de Economía de Valgamediós, en donde, también hay que decirlo, no había competencia para ser ministro: todos eran incompetentes, por definición. Como encargado de presentar los presupuestos anuales, su trabajo concreto consistía en hacerlos creíbles hasta que dejaran de serlo, momento en el que pasaban de ser una conjetura a ser, para él y los suyos, una situación inesperada, aunque para la mayoría de los valgamendiosinos, se transformaban en puras situaciones desesperadas.
Hasta que consiguieron quitárselo de encima. Fue despertar de una pesadilla. Salvo que eso sea una simple conjetura.
FIN
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