Primero fue
la vida por delante, calor en la cocina,
olor a bizcocho y el beso en la mejilla;
los deberes ya hechos, amigos por el patio
esperándome con el balón de reglamento.
Se sucedieron
los bienes en conducta, cuadros de honor,
matrículas y el premio extraordinario:
una hermosa mujer con más inteligencia que la mía.
Vinieron luego la transformación de los trabajos
en mercancías y panes, muebles y tributos.
Entraron hijos a llenar la casa,
y trajeron risas y algún llanto por problemas
que pude resolver: la solución correcta
estaba en ellos.
Hubo que luchar por resistir,
explorar para encontrar los sitios más seguros,
renunciar a triunfar, ser malentendido,
acumular pasión en las hogueras del desprecio,
subsistir en pié, escapar al empujón desleal,
renunciar al suicidio, recomponer
destrozos causados sin razón, volver al nido.
Lo que tenía que pasar, pasó
con increíble rapidez. Aprendí incluso a esperar
a una edad, en que, con esta trayectoria, lo sensato
sería no ilusionarse ya por nada.
(3 de noviembre de 2009, Poemas de encargo, número 56)
@angelmanuelarias
