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Archivo de septiembre 2015

Preparando Octubre de 2015

10 septiembre, 2015 By amarias Deja un comentario

Tengo abierto sobre la mesa, por las páginas 1158 y 1159, el libro «La segunda República española,  una crónica» (Ed. Destino, 2006), con la recopilación de artículos escritos por Josep Pla en el período 1931-1936, traducidos al español.

Las páginas corresponden a la crónica publicada en «La Veu de Catalunya» el 10 de octubre de 1934, bajo el título «El momento actual». Más de ochenta años después de los sucesos que sacudieron el árbol frágil de la República desde dos áreas del país -Asturias y Cataluña-, por diferenciables propósitos y móviles, el lector de Pla tiene una perspectiva formidable para valorar lo que estaba pasando, – y lo que aconteció luego-.

Pla escribe desde sus propias convicciones ideológicas y con la limitación de su parcial acceso a la información sobre lo que estaba sucediendo en esos precisos momentos.

Nuestra posición es, desde luego, diferente. Es muy posible que, como fue mi caso, quien avance en la lectura de las crónicas del gran periodista, se haya acercado a esa recopilación con el bagaje de sus propias conclusiones o se entienda alineado con las extraídas por alguno de los eficientes analistas de hechos históricos que encontraron en esa época un campo abonado para estudiar algunos de los porqués de la incapacidad de los españoles para entendernos sin llegar a las manos.

Pero la lectura de la descripción, casi en tiempo real, de lo que estaba sucediendo en España, tiene un efecto provocador, y, cuando se compara aquella situación con lo que estamos viviendo hoy, con la que, en mi opinión, no faltan similitudes, se suscitan imágenes con tintes sombríos respecto a lo que puede venir y, por tanto, aún evitarse.

Repasar el pulso de esas fechas guiado por la dicción del  «prosista más relevante de la literatura catalana» -que es como se le denomina en una de las guardas del grueso volumen- me ha puesto de manifiesto algo que supone más que una intuición, porque ha sido sellado con la realidad dramática. Entre Asturias y Cataluña, dos regiones españolas de esencial personalidad, jalonada por su historia y el sentimiento de complicidad intuitivo entre sus habitantes, el núcleo mayoritario de esa identidad corporativa se alinea con dos presupuestos ideológicos muy diferentes: lo que bulle en Asturias es un sentimiento solidario hacia lo universal; lo que moviliza el catalanismo descansa en la defensa de los intereses propios.

No quiero pontificar y rehúyo la polémica. Pero han sido tenazmente distintos los móviles sociales, económicos, políticos y hasta sentimentales que han servido de acicate para conducir su responsabilidad histórica, en momentos significados, por parte de los colectivos que asumieron el protagonismo en esas regiones. En octubre de 1934 tuvieron lugar dos movimientos simultáneos, pero que tenían poco que ver.

Los mineros que se levantaron contra la República en Asturias, estaban guiados por las ilusorias expectativas de los líderes de la UGT y la CNT de tumbar una República que entendían de derechas e implantar una República de trabajadores, bajo el ideario marxista. Lucharon bajo esa convicción, vivieron durante unos días con la emoción de la victoria, y -permítaseme esta licencia- no se rindieron, aunque los promotores de aquella revolución pactaron la entrega de las armas cuando comprendieron la desproporción de sus fuerzas y las del Ejército que se envió para sofocarlos. Porque no se rindieron, en julio de 1936 volverían a movilizarse para luchar por sus convicciones.

En Cataluña, la insurrección del 34había sido capitaneada por el propio gobierno de La Generalitat, y el mismo Companys proclamó, el 6 de octubre a las ocho de la tarde, el estado Catalán de la República Federal Española. El objetivo era exclusivamente político, provocado por la falta de entendimiento entre el gobierno central y el de Cataluña, en el que el riesgo de Companys era que «su postura comporta querer ligar sus propios errores a los intereses generales» (crónica del 28 de febrero de 1934) .

Había también algunos antecedentes de agravios inmediatos: el Tribunal de Garantías, en junio de 1934, declaró anticonstitucional la ley catalana de Contratos de Cultivo, aprobada por el parlamento catalán. A finales de mayo, Cambó, líder de Lliga Catalana, conmovía a la Cámara de diputados defendiendo los regímenes de libertad frente al presunto despilfarro de una Dictadura bajo la influencia de los socialistas.

Escribe Plá: «Los hombres de Esquerra, que gobernaban en la Generalitat de Cataluña, a pesar de la magnífica posición de privilegio de que disfrutaban dentro del régimen, privilegio que no había conocido ningún partido político catalán, han creído que tenían que ligar su suerte a la política de los hombres más destructivos, más impopulares y más odiados de la política general. Se han equivocado y lo han pagado caro».

Es bien sabido que la inmediata reacción del general Batet, negándose a acatar las órdenes de Companys y sacando las tropas a la calle, reduciendo sin problemas a los escamots del Estat Catalá, terminó al alba del día 7 de octubre con el intento secesionista y la prisión de Companys y su gobierno.

En su crónica del 20 de junio anterior, había escrito Plá (pág. 1098): «En el estado actual de las cosas, dejo a la consideración del lector la valoración de la gravedad inmensa que podría significar un reavivamiento del anticatalanismo en este país».

En septiembre de 2015, cuando escribo estas líneas, el gobierno legítimo de Cataluña está embarcando a la región en una aventura anticonstitucional, con la pretensión de obtener una mayoría secesionista en un referéndum, que podrá ser legal en su convocatoria, pero que plantea solidarizarse con una ilegalidad y, sea cual sea su resultado, cava más hondo en el infame pretexto de la separación entre las Españas, tan acomodaticio y, por tanto, utilizado con ligereza por variados intereses particulares.

Tengo pocas dudas de cómo habrá de terminar este movimiento de carácter secesionista y jurídicamente suicida; no se hará, sin embargo, sin que se haya provocado algún dolor y ciertas lágrimas.

Miro hacia Asturias, y la veo, hoy, tranquila y, a pesar de la crisis, confiada en que se saldrá adelante con el apoyo de todos. Ya no es una región minera, ni existen impulsos protagonistas que alimenten brotes revolucionarios ni mucho menos, secesionistas. Y cierro el libro de Pla y me dispongo a escribir la crónica de esta otra historia que nos corresponde vivir en directo.

 

Publicado en: Actualidad Etiquetado como: Asturias, Cataluña, Companys, Pla, referéndum, separación

Segmento del capítulo «Encarna» de «Hay un mensaje para Elías»

8 septiembre, 2015 By amarias Deja un comentario

Apunte a lápiz y acuarela
Apunte a lápiz y acuarela

4

Al volver a mi pueblo, no reconocí a casi nadie. Ni siquiera fuí capaz de encontrar la tumba de mi padre, porque habían reformado el cementerio. Una de las gemelas vivía en la panadería, en donde se hacía ahora pan francés en horno eléctrico. La otra se había ido a vivir a La Coruña con un guardia civil. Encarnita había engordado tanto que estuve seguro de que mi otra hermana no podía haber seguido el mismo ritmo, así que habrían dejado de ser gemelas, nos vemos únicamente por las fiestas, y de los niños, ¿qué sabes?, el más pequeño tiene algo en los huesos, lo están tratando especialistas de Santiago.

De las puertas abiertas de las viejas casas aparecían personas desconocidas que pretendían que yo las identificase con antiguos amigos y vecinos. «Soy Mercedes, ¿no te acuerdas de mí?», me confesaba una sonrosada matrona, con la dentadura deshecha por la piorrea, arrastrando con las manos sendos niños demasiado gordos, uno de ellos, por no atender las que se le hacían, con señales autistas. Su marido era el concejal de Obras y, como los otros, habían entrelazado sus vidas de forma poco imaginativa. Cuando conseguía ubicar un rostro, surgía algo más allá otro grupo de entusiastas de la adivinación, convencidos de mi capacidad para eliminar canas, gorduras, y reponer dientes, pelos, ligerezas, tú sí que no has cambiado nada.

-Cómo le hubiera gustado a mi padre verte. Pues no hablaba poco el viejo de tí. Me decía: Arturo, el de la Encarna, ese sí ha triunfado.

-¿Triunfar, yo?. ¿Triunfar alguien que anda de un sitio para otro, buscando recuperar lo que ya tenía en este pueblo?

-Siempre tan bromista. Esto va para atrás.

-No hay de qué quejarse. Ahora hay teléfono, televisión. No falta dinero. Las tierras de labor están sembradas de eucalíptos. Los establos se han transformado en locales de negocio en donde la gente bebe malta.

-¿Qué querías? ¿Que nos quedáramos atrás?

-Si tengo que decir la verdad, sí.

Tendían las fuertes manos callosas y las mantenían rígidas sin atreverse a apretar las mías, dedos y palmas de mujer ante las suyas; viéndolos así, transformados en gentes de otra raza, gordos, recios, feos, nadie diría que nuestra niñez había sido conjunta, conservándome yo tan estirado, el bigotillo recortado, el cutis blanquecino, las cejas depiladas con mesura, el traje de fina tela hecho a la medida. Yo los había utilizado tantas veces como defensa ante los habitantes de la gran ciudad, había presumido de mis orígenes junto el pueblo simple, que me avergonzaba descubrir que nadie, salvo un imbécil, me podría confundir con ellos.

El río y el puente sobre la carretera permanecían en pié, ningún programa de desarrollo hubiera podido con su inercia. Paseé con el coche hasta el borde del agua. Aparqué el vehículo entre tres olmos que habían resistido al tiempo. Empecé a desnudarme poco a poco. Fue un movimiento reflejo el que me llevó a quedarme como mi madre me trajo al mundo, tal como habíamos hecho cada tarde de verano los niños de mi edad, y me zambullí sin percatarme de que ya no era la estación, de que mi cuerpo se había transformado en la vulnerable coraza de un adulto. Obsesionado por el recuerdo, estuve seguro de que la sensación de frío que me invadió de pronto era exactamente la misma que no había vuelto a disfrutar desde la infancia, porque nos pertenecía por igual al río y no a mí. Al tiempo que redescubría el tiritar de la niñez, me di también cuenta de que había sabores y olores olvidados que podría reencontrar en aquellos orígenes. Así que, saliendo del agua, corrí desnudo por la orilla y estuve masticando acederas, potentillas, tarios y tréboles, oliendo el aire como quien imita a un perro.

A la siguiente inmersión, me entró curiosidad por saber si todavía habría peces en las mismas oquedades. Los importuné poco, cómplice de su ocultación, haciéndoles cosquillas de salutación en el vientre. Podrían ser las mismas que había conocido, hacía treinta años, alevines cuya longevidad tenía el sentido de permitirme reflexionar sobre el pasado. Me acometió el pudor. Sentí que me habían echado del Paraíso. Avergonzado de que alguien hubiera podido verme en ese estado de desnudez injustificable salvo para un loco, tomé mis pantalones y me los puse rápidamente, sin atreverme a mirar a ningún lado.

Rehice el camino de vuelta a casa, y en el cuarto que había sido mío y que mi hermana había dejado expedito para mí, me eché sobre la cama luego de prepararme una pipa muy aromática, que tomé deleitándome con cada una de las aspiraciones, abandonándome, mientras me masturbaba recordando lo que había sido de mí, convocando las voces y el cuerpo de Amelia, pero sobre todo, excitado por la visión anticipada de Esperanza, una putita cuyo concepto empezaba a perfilar, mucho antes de que ella hubiera nacido, de que sus nalgas duras de adolescente se convirtieran en la razón de mi vejez.

Cuando me concentré en mi placer, los jóvenes de entonces desaparecieron como empujados por un tornado. Sus rostros se desdibujaron, se deformaron, engordando, estirándose, rompiéndose. No los reconocería ni aunque pasasen por mi lado. Mi hermana la gemela abre la puerta sin avisar, se sienta sobre la cama, no advierte mi turbación, y dice imitando a mi madre, «Te he preparado natillas para la cena». Por un momento pensé que era Encarna, pero ella permanece para siempre inválida en la cocina. «¿Eres tú, Arturo José?, pregunta desde su enajenación, cuando me siento frente a esa anciana y le tomo sus manos entre las mías, tratando de llegar al fondo de su mirada vacía.

(pags. 138 a 139, «Hay un mensaje para Elías», Angel Manuel Arias, copyright)

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: angel manuel arias, Hay un mensaje para Elçias, novela

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