Nada me permitía prever que mis últimos años en mi país, fueran a resultar tan interesantes.
Dejando aparte las felices circunstancias de encontrarme junto a la mujer con la que compartí más de cuarenta años, disfrutar de cuatro preciosas nietas y una familia bien avenida, resulta que dos políticos de los que podríamos considerar «de medio pelo», se están esforzando lo indecible para animar nuevamente el cuadrilátero de las discrepancias que conducen, entre humanos, a la confrontación destructiva.
El espectáculo que ofrecen Rajoy y Puigdemont y sus palmeros es, genuinamente, deplorable. Visto desde dentro, en los confines de nuestro pesar, (especialmente de los que somos pacíficos, fieles a lo pactado, cumplidores y con las leyes, amigos del orden)) conducen a alturas de desazón insoportables.
Pero me imagino (y compruebo) que fuera de España, el asunto resulta ejemplar y hasta tiene su punto de divertido.
En primer lugar, el pulso de los independentistas y de la nebulosa izquierda revolucionaria, contra el Estado de Derecho, la actual Constitución y las normas y tratados internacionales que afectan a España, no tiene viabilidad pacífica y, por tanto, quedará abortado por su propia esencia. Depende solo del manejo sensato de los instrumentos legales y de la manifestación ordenada y firme de la discrepancia masiva contra la independencia de un Estado Catalán, el que la agonía dure más o menos tiempo y se produzcan más o menos víctimas propiciatorias, en el altar de la desmesura.
Como en todo río revuelto, ganarán los que controlan las cúspides de los dineros, porque en las graves crisis el sistema se aproxima como nunca a la teoría del suma cero. Allí se encuentran, seguro, los más agradecidos, frotándose las manos entre la inmundicia global.
Pero mi amarga situación de agradecido tiene orígenes muy modestos. Deploro como todo buen español y cualquier catalán que no tenga unas anteojeras por visera, la situación.
Pero me ha recordado un olvidado proyecto, muy querido en su momento: La Europa de las regiones. Para el caso, una Europa federal que sirva, a un tiempo, para recuperar simetrías y equilibrios en la Unión Europea y facilitar el entendimiento entre gentes convencidas de un pasado propio, mostrándoles un camino de futuro, con ese pasado por delante, pero como acicate para mejorar lo común y no como rémora para la convivencia.
Por eso, gracias, Puigdemont, Rajoy y demás políticos de diestra y siniestra que habéis demostrado vuestra incompetencia para ver el futuro común. Doy por seguro que se aplicará el artículo 155 de la CE y que habrá algunos procesos penales y -confío- pocos golpes más entre exaltados, fuerzas del orden, fanáticos del desorden y enfermos mentales. Pero habéis mostrado, con vuestra intransigencia, con vuestra cerril cerrazón, el camino a seguir.
No el vuestro, el que señaláis obcecadamente, el que presentáis como medida inmediata. Son pamplinas. Dolorosas, pero fatuas, efímeras soluciones falsas de problemas mayores.Debemos recuperar la Europa de las regiones, la Unión federal de Europa. Y trabajarla con calma.

