Al socaire

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Pongamos que hablo de Madrid (6)

21 abril, 2015 By amarias Deja un comentario

Este es el sexto de los Comentarios que dedico a Madrid, la ciudad en donde vivo, junto a varios millones de personas. La primera vez que la visité, yo era un adolescente que participaba en una competición que se llamaba Olimpiada Matemática y que pretendía fomentar el interés por la carrera de Ciencias Exactas entre los bachilleres. Después, volvía a ella muchas veces, en reuniones de trabajo, para asistir a Congresos o para reportar a mis jefes de mis actividades en el extranjero o en la periferia.

Nunca imaginé que iba a acabar residiendo en ella (van ya más de dos décadas), que mis hijos fundaran aquí sus familias y que mis nietas fueran madrileñas.  Le debo mucho a esta ciudad, aunque siempre echaré de menos el paisaje de Asturias, a la que acudo como operación imprescindible de renovación de mi nostalgia por el contacto con una naturaleza que forma parte de mi manera de entender la felicidad, puesto que allí tengo, para siempre, mis raíces.

Pero, pongamos que hablo de Madrid.

6. Respecto al urbanismo de Madrid. Recuerdo bien que la carrera de arquitectura, para quienes terminábamos el Preuniversitario a mediados de los sesenta, era tenida por una de las más difíciles. En particular, el dibujo era la asignatura que resultaba de una complejidad casi imposible de superar: víctimas de la exigencia con la que se impartía esa disciplina académica se frustraron muchas vocaciones.

Pues bien, no puedo entender cómo de aquellas mentes educadas en el placer de lo artístico han proliferado tantas aberraciones urbanísticas, prismas sin gracia dedicados a la mayor gloria del hormigón armado. La piqueta demoledora ha ido poblando Madrid (como tantas otras ciudades y pueblos españoles) de edificios sin personalidad alguna. La periferia se ha llenado de urbanizaciones que son simples colmenas -no importa el tamaño interior de las viviendas- en las que se ha descuidado la belleza exterior.

El desprecio por los edificios singulares, ya sean monumentos históricos, sedes empresariales o de entidades públicas, es una tradición en nuestro país, y Madrid marca, cómo no, la pauta. No contento el destructor con haber demolido lo que debería haber sido conservado con respeto, se ha dado en llenar la ciudad de placas con el mensaje de «Aquí hubo…»o «En el edificio que había en este lugar, residió el insigne…».

De poco sirve, por lo demás, que,  al socavar un terreno para realizar el inevitable parque subterráneo, se dejen un par de piedras al descubierto, como si la contemplación de esos restos fuera suficiente para rememorar el edificio ausente para siempre. Las inútiles, costosas y vanas, prospecciones en la Plaza de Ramales, a la búsqueda fatua de los restos de Miguel de Cervantes, no vienen si no a demostrar el desvalor que se concede al urbanismo en beneficio del populismo de baratija.

Madrid, urbanísticamente, no tiene remedio. No será jamás París, Dusseldorf, Viena, Budapest… Su encanto descansará, no en la monumentalidad, no en los edificios singulares, no en el recuerdo de su pasado histórico, sino en la cercanía que aportarán sus habitantes, en particular, si se atiende a la vida de barrio, que el visitante, desgraciadamente, no podrá apreciar.

El turista fotografiará una Plaza mayor sin encanto, una Puerta del Sol sin más aliciente que las decenas de oportunistas disfrazados de cualquier adefesio, el estadio de fútbol del Real Madrid (me produce vergüenza ajena ver a esos peregrinos de la vulgaridad asomar el careto ante el Bernabéu), y, si tiene tiempo, hará cola para entrar en alguno de los museos de la ciudad, atiborrados de excelentes obras artísticas, que serán ignoradas frente al poder de atracción de Las Meninas, el Guernica o los opulentos desnudos de un Rubens. Pocos irán al Museo Lázaro Galdeano, o al Sorolla, o se aventurarán a visitar las joyas que atesoran los pocos conventos que permiten el acceso a su interior.

¿Tiene algo que ver el Paseo de la Castellana con la Avda. Charles de Gaulle? ¿Se asemeja la plaza de Neptuno a los Invalides? ¿Quién sabría indicar cuál es la sede de cada uno de los Ministerios, Direcciones generales, Tribunales de Justicia? Desperdigados por la ciudad, muchos de ellos en edificios monolíticos, adustos, encierran tanto misterio por fuera como por dentro.

He propuesto en otros foros la incorporación al paisaje urbano de Madrid de edificios de concepción historicista, del que tan excelente exponente fue Luis Bellido y González (Logroño, 1869; Madrid, 1955), autor de la rehabilitación imaginativa de la Casa de Cisneros, o de los edificios del Matadero, entre otros. Si se ha destruido el patrimonio arquitectónico, al menos, rehágase, en los solares que vayan quedando disponibles, con edificios de empaque, que resulten agradables a la vista, y concédase visibilidad a los que merecen la pena, no pocos de ellos, empozados en otros sin ningún valor.

Claro está que la referencia a esta problemática urbanística de Madrid (y, repito de otras ciudades españolas, víctimas del desarrollismo arquitectónico impenitente), no puede menospreciar la influencia surgida desde la corrupción y la negligencia en la observación de las normas de Planificación urbana. ¿De qué valen los planes, si no se cumplen? ¿Qué criterio sirvió para sepultar, rodeados de hormigón, colonias urbanas, supuestamente protegidas? Véase, por ejemplo (mal ejemplo), el mamotreto instalado en la calle Mateo Inurria, dominando, como un fantasmón, la Colonia Rosales, ejemplo de una forma de vivir agradablemente en la ciudad, que no mereció respeto por parte de quienes estaban obligados a defender su naturaleza.

(continuará)

Publicado en: Actualidad, Política

Pongamos que hablo de Madrid (5)

15 abril, 2015 By amarias Deja un comentario

Continúo con la relación de algunos temas cuya corrección o mejora ayudaría, en mi opinión, a mejorar Madrid (y, seguramente, otras ciudades que hayan identificado similares problemas).

5. Respecto a la sinaléctica. Me he preguntado muchas veces, cuando circulo con mi vehículo por una ciudad que no conozco, si quien ordenó colocar las señales que, teóricamente, deberían servir para facilitarle el tránsito hasta su punto de destino (o circunvalarla con la mayor rapidez, si ese fuera el deseo), se han molestado en valorar la calidad o utilidad real de esas indicaciones.  Podrían hacerlo, por ejemplo, sentados en el puesto de copiloto, de alguien que nunca la haya visitado, y pedirle que se dirija a un Hotel concreto, al Ayuntamiento, a una calle determinada o…al cementerio. Por cierto, no pondría como condición sine qua non que dejen de utilizar su tontón, pues podría contribuir a un mayor desconcierto.

Madrid dispone, por supuesto, de muchos de los déficits de una mala señalización viaria: con la práctica, y a base de prueba y error, cada maestrillo se acaba confeccionando su librillo. Pero hay páginas especialmente difíciles de cubrir, incluso para los insider: encontrar la vía más rápida de trasladarse a Toledo por carretera desde la zona Norte es una de mis predilectas; despejarse entre las diferentes opciones que bordean el aeropuerto de Barajas (especialmente, la terminal T-4), otra de ellas; encontrar un aparcamiento libre en las cercanías del Teatro Real en horario de representación, sin desperdicio igualmente.

Discurrir sin equivocarse por Mirasierra, premio. Aproximarse desde el centro de Madrid, no ya a una calle, sino a alguna concreta localidad de la Comunidad, ya sea Pozuelo, Majadahonda, Las Rozas, Robledo, puede convertirse en una aventura desesperante, ante la barahúnda de autovías que se entrecruzan, sin aparente -ignoro si expreso- sentido, con salidas que conducen, por sus malas indicaciones -resulta malévolo que las direcciones indicadas sean las menos buscadas-, a dar vueltas y más vueltas.

Obviamente, los mismos, o de la misma subespecie, seres malévolos que han pintarrajeado las ciudades con sus aberraciones artísticas, han pasado también su mano por la mayor parte de los indicadores, tachándolos, corrigiéndolos e, incluso, cambiándoles el sentido. Nadie parece preocupado de hacer revisiones sistemáticas de estos carteles cuyo mantenimiento puede que sea, a saber en qué casos, teóricamente responsabilidad de la Dirección General de Carreteras, o del concesionario de las autopistas, pero cuyas deficiencias nos afectan, sobre todo, y en los casos que indico, a los que vivimos en la Comunidad de Madrid.

Capítulo aparte merecen las indicaciones de las calles de Madrid. Las placas con los nombres no están visibles en su mayoría -por inexistentes, muchas; tapadas por árboles y arbustos, no pocas; por situadas en lugares no adecuados para lo pretendido, demasiadas-. No conozco a nadie (desde luego, no los taxistas) que conozcan todas las calles de esta ciudad, ni, al parecer, las rutas más convenientes -la pregunta de tanteo del profesional, al darle una dirección es: ¿por dónde quiere que vayamos?-. Puede que sea un ejercicio memorístico propio de un concurso de los que tanto se estilan, pues muchas, cortas incluso, tienen distintos nombres a ambos lados de la calle principal, además de estar dedicadas a personajes desconocidos.

Ya me he referido al difícil tránsito por las aceras, que no siempre conducen a pasos de peatones, sino, también a la nada: un parterre, una isla en el asfalto. Sus estrechamientos, cuando se va con el carro de la compra, un cochecito de niño, manejando un coche de minusválido de forma autónoma o conduciéndolo como acompañante, son normales; no siempre es la propia acera la que se estrecha, sino la marquesina, el cartel anunciador, la farola…Alguien tomó la decisión, por lo demás, de colocar papeleras a cada paso, cuyo objetivo no es actuar de tales, sino de botelleros, recolectores de bolsas de basura, excrementos cánidos o chicle de transeúnte, entre otros menores, aunque relevantes para la memoria de quienes tienen que vaciarlas. Energúmenos de otras especies, tienen a bien romperlas y quemarlas, supongo que extasiados ante el espectáculo de su estulticia.

(continuará)

Publicado en: Actualidad, Política

Pongamos que hablo de Madrid (4)

14 abril, 2015 By amarias Deja un comentario

(Este Comentario es continuación de los tres anteriores que, preferiblemente, deberían leerse en el mismo orden en que fueron escritos)

4. Respecto a la calidad de vida.- Madrid, que, entre otras características, tiene la de ser una metrópoli sin centro, impone condicionamientos a la vida de sus habitantes que, por mi propia experiencia cuando hablo de este tema con «madrileños de toda la vida», no son siempre percibidos por claridad si no se los compara con otras referencias.

Los turistas o visitantes por trabajo u obligación que llegan a Madrid -tanto nacionales como extranjeros, pero especialmente, los primeros- figuran entre los primeros responsables de su despersonalización. Los comercios adscritos a las grandes cadenas comerciales, así como las sucursales bancarias y algunos hoteles de lujo han invadido cuatro o cinco arterias de las que rodean el centro propiamente dicho (los tramos iniciales de Serrano, Velázquez y Goya y sus inmediatas trasversales), convirtiéndolo, en lugar de desencuentro generalizado. El que va a comprar, en efecto, no tiene vista más que para el producto que se le ofrece: ropa, fundamentalmente, que, dada la gran diversidad, se probará convulsivamente, y acabará portando varias bolsas de marcas, que le servirán de impedimenta.

Los habitantes fijos de ese circuncentro de lujo, por su parte -en gran mayoría, personas de edad ya respetable que habitan los grandes pisos familiares que han quedado vacíos, anónimos bancarios, oficinistas y abogados de bufete al abrigo de un renombre-, no lo disfrutan. O van a paso ligero hasta el garaje o la boca de metro más próxima, o se dejan llevar en silla de ruedas por la sobrina soltera o el latino que es su pareja de hecho, hasta su extenso habitáculo.  La noche los convierte en espacios vacíos, solo animados por unos pocas cafeterías o restaurantes, seguramente demasiado caros para lo que ofrecen.

Por supuesto, en esta época de crisis económica, la presencia del dinero en mano atrae también a necesitados (y algunos amigos de tomar gratis lo ajeno) que flanquean en las horas de trasiego, cada diez metros, (e incluso menos), el itinerario de los transeúntes, con sus variadas peticiones de ayuda, plasmadas en carteles bastante normalizados con las, parece ser, imprescindibles faltas de ortografía.

Lo que las guías turísticas entienden por centro de Madrid, no existe. La Plaza Mayor, la Puerta del Sol, incluso las cercanías del Palacio Real, son hoy, para quienes se tomen la molestia de visitar esas zonas, reducto de malabaristas, grupos musicales improvisados, estatuarios vivientes de personajes de variado gusto (desde el malo al pésimo), cabras con boca de cáscara de coco, Mickeys y Pocoyos de gastado disfraz, falsas novias encaladas, etc., junto a algunos zombis aún vivos, agarrados a una botella de cerveza o al tetrabrik de vino, con su jauría y su petate, que podrían servir para escribir varias novelas de terror y desamor si tuvieran algún interés en contarnos sus vidas.

El antiguo centro de Madrid se parece, cada vez más, al centro promiscuo, maloliente, abigarrado, vital y colorista de una ciudad hispanoamericana. Estoy seguro de que, si fuéramos capaces de realizar un muestreo de quienes son hoy sus ocupantes, encontraríamos un levísimo porcentaje de madrileños…(hasta la alcaldía ha huido de allí, y el edificio de la Puerta del Sol sospecho que solo se usa de tarde en tarde para incómodas recepciones, en donde los coches de los invitados tienen que hacer cola por Alcalá para desocupar a sus distinguidos ocupantes).

La preocupación por hacer de Madrid una ciudad amigable para los que poseen minusvalías físicas, debe haber sido plasmada en varios documentos oficiales, pero ha tenido poca repercusión efectiva. Para empezar, son varias las estaciones de metro -¡incluso las de las terminales de tren de Chamartín o Atocha!- que disponen de una vía de acceso que no sean las escaleras, y ni siquiera mecánicas, en algunos tramos. Es lamentable tener que ver a los viajeros cargando sus maletas, dando golpes con ellas por los desmochados peldaños, a madres con sus cochecitos de bebé a cuestas propias de ocasionales benefactores, etc. y, desde luego, no se encontrará, a minusválidos en la mayoría de los trayectos del suburbano.

¿La vialidad peatonal mejora en superficie? No creo que quepa mucha ilusión al respecto. Madrid moderna está hecha pensando en el automóvil. Obstáculos de variada categoría interceptan el camino del transeúnte: paneles supuestamente informativos que se imponen ante nuestras narices; farolas a mitad de acera; estrechamientos del camino que obligan, si se va con un carrito de la compra, o de bebé, a bajar a la calle. Si alguien tuviera que trasladarse en coche de minusválido, las dificultades serían, en ciertas zonas, insalvables. La paradoja esquizofrénica es que se obliga a los particulares a soportar medidas de facilitación del acceso a personas con minusvalía y ancianos, cuando los poderes públicos se muestran ineficientes en cumplir con la norma. Incluso en clínicas y hospitales.

Pero no quiero desviarme del interés en lanzar otro mensaje. Madrid se ha convertido en una sociedad dual, peligrosamente dual. Hay zonas para los más holgados económicamente, y barrios marginales. Sitios elegantes, caros, para ver y dejarse ver por quienes tienen un buen empleo y están ajenos a preocupaciones económicas (propias y, sobre todo, de los demás), y quienes se afanan en sobrevivir.

Reconozco que la vitalidad de esas zonas más empobrecidas de Madrid es muy superior. Los barrios de Tetuán, de la Arganzuela, Carabanchel, La Latina, por ejemplo, están vivos, bullen. Un barrio de acomodados que también posee efervescencia, propia y por su comercio, es el de Chueca. En esos ámbitos, por esas calles y mercados, atisbo el Madrid que pudo ser, los Madrides que deben ser, en torno a un espacio de convivencia abierto, de conocimiento recíproco, de respeto y amistad por el otro.

Fuera de estos escasos lugares en los que aún se ve vida citadina, hay páramo, grandes edificios aislados entre calles muy anchas, con poco comercio de cercanías, y habitantes que consumen su vida yendo del trabajo (cuando lo tienen) a casa, y que solo salen a calle para bajar la basura o ver un partido de fútbol en el bar con televisión por cable y de pago. Pero sobre los recovecos del dinamismo de Madrid habrá que extenderse en otra entrega.

(continuará)

 

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Pongamos que hablo de Madrid (3)

12 abril, 2015 By amarias Deja un comentario

Prosigo con mis sugerencias acerca de cómo mejorar Madrid.

3. Respecto a los parques y zonas verdes. Madrid pasa por ser una de las ciudades con mayor número de árboles por habitante.  Si contamos los alcorques vacíos (que alguna vez debieron contener un árbol), y los que se encuentran en los jardines comunitarios privados, supongo que sí. Hace un par de decenas de años, alguien puso en práctica la buena idea de que los niños nacidos en Madrid tuvieran una placa con su nombre junto a uno de los arbolitos de los que se esperaba mejor vida. Parte de esas placas han perdido la referencia y, no pocos, el representante vegetal, que no ha sido sustituido, sirviendo actualmente el alcorque como recogedor de basuras, especialmente en los barrios más humildes.

Mención aparte merecen los parques infantiles, de los que, en efecto, hay profusión. Tienen columpios -los aparatos más utilizados, junto a los toboganes-, además de diversos balancines y unas peligrosas estructuras de cuerdas, que solo sirven para que los mozalbetes hagan en ellos sus equilibrios acrobáticos. Al atardecer, esos parques, ya no utilizados por los niños y sus cuidadores, sirven para que los perros retocen en ellos y, no raramente, los bancos de que disponen, son usados por parejas, vagabundos y drogadictos.

El Parque del Retiro está sobreutilizado los domingos por la mañana, y los festivos. Sobre su césped, se hacen merendolas por grupos étnicos -típicamente, ecuatorianos que los utilizan como punto de encuentro-, así como padres aficionados al fútbol que organizan partidillos con sus hijos y los del vecino. En los alrededores del lago, se disponen cuentacuentos, malabaristas, echadores de cartas y vendedores de ocasión. En zonas determinadas, bien conocidas por los interesados, se vende droga.

Otros parques de Madrid pasan por ser desconocidos y, felizmente para los avisados, poco utilizados. El Capricho, el del dedicado al Papa Juan Pablo II, el de Pradolongo, el de Usera, el de O ´Donnell, el de la Fuente del Berro, el de Rodríguez de la Fuente, el de la Quinta de los Molinos…tienen poco uso, algunos por no tener fácil comunicación, otros por estar poco iluminados al caer la tarde y, en general, porque al habitante de Madrid no le gusta la naturaleza, sino ver la tele en casa o en el bar o sentarse en las terrazas a tomar una cerveza con los compis del trabajo o la familia.

Es muy complejo y exige buen conocimiento forestal y de jardinería, además de dinero, gestionar un número tan grande de árboles, muchos de ellos, inadecuados para un ambiente de ciudad. Unos, de copa muy alta, y ya añosos, con raíces poco profundas, constituyen una amenaza latente, desgraciadamente, manifestada a veces con caída de ramas, e, incluso, del propio árbol. Los más frondosos sirven ahora como nido de esos pajarracos ruidosos, alóctonos, y depredadores, que son las cotorras, que, junto a las urracas y las palomas (las ratas del aire) constituyen, de largo, la población volante de la ciudad.

La ciudad necesita una revisión completa del estado de la población arbórea, acomodar los ejemplares que se repongan a la naturaleza de una ciudad cuyo suelo está muy horadado y tiene poca capa de tierra vegetal y vigilar las plantaciones que se realizan en los jardines privados, con ejemplares que acaban siendo peligrosos, por su proximidad a los edificios y a las aceras, cuando adquieren un cierto porte.

La codicia de algunos ciudadanos, que confunden lo público con lo que es accesible a su afán de llevarse a su casa lo que se adquirió con el dinero de todos, es causa de que, cuando están recién plantadas en primavera, se produzca la rapiña de no pocas de las plantas que se colocan en las zonas verdes de la ciudad. Los comercios que disponen de terraza a la calle son también objetivo predilecto de estos educados amigos de lo ajeno, que acuden por la noche con sus palas a llevarse algunas plantitas con las que decorar, gratis, sus balcones o jardincillos privados. No es, por lo demás, que Madrid se distinga por balcones engalanados con flores, pues son pocos los que están realmente cuidados, y lo más normal (en el sentido, de corriente) es que de los tiestos que dan a la calle cuelguen cadáveres botánicos o restos de mejores épocas florales.

Sería muy de desear que se despertase, o se mejorase, la conciencia ciudadana respecto a lo que es el Madrid común, para que se cuide más, se engalane mejor, y se respete siempre. Pero esta ciudad grande, demasiado anónima, desarrolla un individualismo peculiar, en el que el orgullo de lo colectivo se ha diluido para ceder ante la idea de que lo que debía ser de todos, es res nulius.

No quiero referirme más que de pasada, al hecho adicional de que los tiestos y terrazas que están en aceras y soportales, sirven de punto de evacuación, al menos de aguas menores, de los muchos habitantes flotantes de la ciudad (¡humanos!), lo que hace el paso por algunas zonas, para pituitarias sensibles, poco soportable.

(continuará)

 

Publicado en: Actualidad, Política

Pongamos que hablo de Madrid (2)

11 abril, 2015 By amarias Deja un comentario

Prosigo en este Comentario con mis apreciaciones de lo que debería cambiarse en Madrid, para hacer de ella una ciudad más moderna y agradable.

2. Respecto a la movilidad: transporte público y privado. La ciudad dispone, ciertamente, de un buen servicio de transporte urbano, especialmente en la interconectividad del centro de la ciudad. Basta mirar el mapa del metro para cerciorarse de la concepción centralista, en buena medida elitista, con la que fue concebido originalmente, y que resulta muy difícil de paliar, con la ampliación radial de las líneas, pues parece evidente que el coste elevado de una segunda red circular de metro, que intercomunique las periferias y los asentamientos más modernos, provocados por un crecimiento excesivo y no ordenado de la metrópoli, ha sucumbido ante el atractivo de una M40, o una M50 para los poderosos automóviles que tanto dominan en la moderna, a pesar de su futuro incierto y declinante, sociedad motorizada.

Las horas punta del transporte urbano, que son fundamentalmente aquellas en las que los trabajadores más modestos se dirigen o vuelven a sus puestos de trabajo, provocan la saturación de los vagones de metro, a pesar de la mayor frecuencia de circulación de los trenes. La congestión subterránea tiene su continuación en superficie, en donde miles de automóviles, típicamente con solo un pasajero (el conductor) o dos (el conductor y el directivo o alto funcionario que va a su despacho), colapsan a diario, en esas horas, las avenidas principales.

Es imprescindible analizar, con absoluto rigor, el tráfico de la ciudad, animando al empleo, no ya de horarios flexibles, sino de horarios flexibles coordinados: esto es, asignando intervalos horarios, según qué empresas, comercios, o departamentos públicos. El acceso a los colegios, institutos y universidades es otra causa de congestión, inaceptable y, por supuesto, causante de tremendos extracostes, tanto públicos como privados. Piénsese que 30 minutos perdidos en atascos de tráfico para una media diaria de medio millón de personas (como ejemplo modesto), implica más de  7 millones de jornadas perdidas al año. Un despilfarro insoportable, aunque en su mayoría (supongo) sean de ejecutivos y altos empleados y funcionarios a los que nadie controla la hora a la que llegan, ni lo que hacen, pues no puedo comprender por qué de ocho y media a diez de la mañana en Madrid no se puede circular con fluidez, salvo los fines de semana.

En relación con el transporte en autobús, además de denunciar el despilfarro injustificable de la renovación de marquesinas (las instaladas nuevas son peores, impiden la visión del autobús que llega, tienen bancos con una división que se pretendió justificar para que no sirvan de acomodo a desarraigados que las utilizarían para dormir, etc.), se debe revisar la secuencia con la que se produce la llegada a las paradas de, al menos, los vehículos de algunas líneas. Tengo especial y directamente comprobado que en  la línea 70, como ejemplo, no es inhabitual -más bien, contrario- que lleguen dos y hasta tres! juntos, siendo el intervalo de espera, como puede suponerse, una lotería, a pesar de los paneles que avisan de la llegada, colocados no hace mucho tiempo. Puedo imaginarme por qué sucede eso, pero prefiero que la imaginación del lector también aporte su valoración.

No hay ninguna razón, más que la negligente tolerancia, para que en las proximidades de ciertos restaurantes, discotecas, locales comerciales, hospitales y clínicas, y, además, junto a colegios e institutos, se admitan dobles filas de automóviles, incluso triples, colapsando a veces las calles.

Tampoco es admisible que la carga de depósitos -gases licuados, combustibles, etc.- o el servicio a establecimientos comerciales se haga en horas de mayor tráfico, o obstaculizando las aceras, u obligando a que los vehículos invadan el carril contrario.

No encuentro justificación a la falta de respeto a los pasos cebra, estimando especialmente peligrosos aquellos que se relacionan con un giro en el que los peatones disponen de luz verde y los vehículos solo son regulados por una luz ámbar. He sido testigo de varios sustos, algún atropello y, aunque extremo mi cuidado al tener que utilizar esas trampas para peatones, lo hago siempre con miedo a ser arrollado por conductores que solo van preocupados de sí mismos y sus prisas.

(continuará)

Publicado en: Actualidad, Política

Pongamos que hablo de Madrid (1)

11 abril, 2015 By amarias Deja un comentario

Madrid no es la ciudad en donde nací, pero sí donde vivo, desde hace más de veinte años. Hay cosas que echo de menos y que no se pueden corregir (relativas al paisaje y al paisanaje), y otras que valoro en lo más alto (relativas al paisaje y al paisanaje). Sin embargo, y puesto que estamos nuevamente en período electoral, esta es mi modesta contribución -para ser valorada por quien corresponda- respecto a lo que no funciona bien, y puede cambiarse a mejor:

1. Respecto a la limpieza. Madrid no es una ciudad sucia, pero no está limpia. Las razones no hay que buscarlas únicamente en las empresas concesionarias de la recogida de residuos -una de las tasas más caras de España-, sino en el comportamiento ciudadano:

-hay una proliferación de perros, productores al aire libre de miles de deposiciones (pises y cacas), que, debido a la preferencia de sus propietarios de pasearlos de noche, en donde se amparan en la nocturnidad y la presunta alevosía para abandonar sus excrementos sin recogerlos, se amontonan en alcorques, zonas verdes, parques infantiles, y, por supuesto, en las aceras.

-hay una pandilla de grafitteros, posibles delincuentes -y, en todo caso, destructores de la estética urbana y penalizadores de la economía de probos propietarios de comercio, cuando no gamberros iconoclastas de patrimonio nacional o local- a los que no se qué deformación de la sensibilidad artística ha permitido autoconsiderarse artistas, ensucia con sus aberraciones creativas, cierres de tiendas, ventanas de escaparates, vehículos, puentes y pasarelas, muros, monumentos, etc.

-proliferan fumadores guarros que han encontrado en los alcorques los ceniceros inadecuados, pero útiles, en donde depositan sus colillas y cerillas, acumulación que es de ver especialmente junto a hospitales, cines, restaurantes y bares, etc.-

-no se ha controlado el mal uso de los contenedores para recogida separativa que, además de estar sistemáticamente mal utilizados en sí, sirven como puntos de referencia para que ciudadanos sin respeto alguno por los demás, los utilicen para abandonar junto a ellos, electrodomésticos viejos, muebles destartalados, espejos rotos, etc., sin olvidar a aquellos inadaptados que, incapaces a lo que parece de doblar los cartones adecuadamente para introducirlos por la bocana del contenedor, los dejan al desgaire, formando montón, a su lado, incluso ocupando la calle.

-Aunque ignoro la razón, se permite que decenas de furgonetas de recolectores salvajes (en el sentido de no autorizados, supongo- abran las bolsas de basura, vacíen los contenedores como les pete, para llenar las cajas abiertas de sus vehículos, avanzando a toda velocidad por las calles, especialmente, las céntricas y en las proximidades de comercios.

(continuará).

Publicado en: Sin categoría

No faltará al saber mentar a perspicacia

10 abril, 2015 By amarias Deja un comentario

No faltará al saber mentar a perspicacia
para que cuantos pretendan un trabajo
un padrino  para pasar de desde a hacia,
busquen para salir del paro o del destajo.

Se sabe, en fin, que  la cúpula es reacia,
a facilitar el tránsito viniendo por abajo
pues por cruel tradición, antes  se sacia
vacante con un fiel, que del hatajo.

El infeliz achacará a su mala suerte,
no superar la prueba, que es obstáculo
que convierte su impulso en causa inerte,

pero si en lugar de ir de sonámbulo,
necesitando comer, mejor que muerte,
de tener que poner de su parte, ponga el culo.

(@angelmanuelarias, abril 2015)

Publicado en: Poesía

Que algo falla, seguro: la brújula no marca fiel el rumbo

9 abril, 2015 By amarias Deja un comentario

Que algo falla, seguro: la brújula no marca fiel el rumbo,
en el carcaj no van las flechas adecuadas para el arco,
o, para talla mortal, fines inmensos son cuantos abarco.
Si por audaz me aventuro, no solo es que no venza, es que sucumbo.

Así que, del amor desnortado, inerme,  hoy dando tumbos,
en océano convertido el paraje que ayer tuve por charco,
a cada paso temo entrar en largo viaje con un petate parco
y, caído al saltar, sirvan de mofa, viéndolos mojados, mis gayumbos.

Cruel es sentir que suponga un lastre, sin motivo, la destreza;
que sometida a castigo,  ceda, inapetente y ayuna de  bocado,
presa entre locura y razón, mancillada en dudas, mi cabeza.

Sin protección de los dioses, de poco servirá poner cuidado,
por lo que, viéndome así, compañera, no juzgues con dureza
que por no causarte más daño, prudente, te haga a un lado.

(@angelmanuelarias, abril 2015)

Versión corta del mismo poema:

Que algo falla, seguro: el fiel no marca el rumbo,
en el carcaj faltan flechas para el arco,
o, mortal, fines inmensos son cuantos abarco.
Si audaz aventuro, no venzo; es que sucumbo.

Del amor desnortado, inerme, dando tumbos,
por mar el paraje que ayer tuve por charco,
temo muy largo viaje para petate tan parco
y que, caído al saltar, se mojen mis gayumbos.

Sirve de lastre, cruel motivo, la destreza;
cede, inapetente y ayuna de  bocado,
mancillada en las dudas, mi cabeza.

Sin los dioses, de poco servirá poner cuidado,
por lo que, compañera, no juzgues con dureza
que por evitarte el daño, te haga a un lado.

(@angelmanuelarias, abril 2015)

Publicado en: Poesía

Encina enana que, obligada a existir, te aplicas cauta

6 abril, 2015 By amarias 2 comentarios

Gorriones  no pisar el cesped Alcazar Segovia

Encina enana que, obligada a existir, te aplicas cauta,
incapaz de ahondar ya tus raíces por el suelo,
-chaparro abrasado por la sed-, a imitar torpe del vuelo
los ritmos que a la alondra, hacen del cielo grácil nauta.

Ignoras acaso que tu esencia es árbol, y tu tronco, pauta
que rendirá por inútiles, vanos, cuantos devaneos
propongan otros caminos a tus ramas, reos
de los ritmos que les marca de natura, flauta.

Por ese empeño y celo, en tu apariencia encuentra
mi vida espejo e igual y, a su costado, en el reflejo hallo
consuelo y paz,  alientos sanos, aires impolutos.

Pues si, por fatal confusión, la mayoría hoy se concentra
en descubrir, gozosa,  en todo afán ajeno el fallo,
donde fracasos solo ve, recojo yo, sin ser más sabio, frutos.

(Dedicado a Rafael Ceballos, abril 2015 @angelmanuelarias)

Publicado en: Poesía

Temible Leviathan

2 abril, 2015 By amarias Deja un comentario

La película titulada Leviathan, que dirigió en 2014 el inspirado Andréi Zviáguintsev, con un guión escrito junto a  Oleg Negin -protagonizada por un elenco de actores encomiable- me llevó a releer uno de mis pasajes preferidos de la Biblia: el libro de Job.

Ese monstruo acuático, identificado con una de las formas del demonio, que comparte muchas de sus características físicas con el cocodrilo y  del que «no hay sobre la tierra su semejante, porque está hecho para no temer nada» (Job, 41,34) es el elemento subyacente de la historia que nos cuenta Zviáguintsev: un hombre serio, sometido a la prueba de perderlo todo y que, efectivamente, es desposeído de cuanto ama (su casa, su pareja, su hijo, su libertad).

Su culpa no es otra que haberse enfrentado, en defensa de su derecho, con el auxilio de un letrado eficiente , al poder. Que la historia tenga como escenario la Rusia de Putin y que el poder triunfante adopte en la película la forma de un sistema político concreto al que los representantes de la judicatura, de la iglesia, de la policía, del empresariado, …rinden pleitesía , no nos impide, al contrario, entender que la historia es universal.

La vivimos aquí, también, en España. Tenemos ejemplos concretos. Yo, también. Poderes corruptos, que no pueden disimular siquiera en la incapacidad o en la ignorancia su desfachatez con los más débiles, que solo pueden esgrimir en su defensa, el valor del derecho.

El libro de Job es, en su conjunto, la narración de un misterioso episodio que, a los niños y a los inocentes se les esquematiza indicando que es la historia de un hombre que soporta con resignación la prueba de Jahvé, hasta el punto de perderlo todo. Sin embargo, la lectura desinhibida del texto nos descubre que el pobre Job se resiste únicamente a reconocer, como le aconsejan sus amigos, que vierten sobre él su propia culpa, que ha pecado. No lo hace por resistencia orgullosa, sino porque ha tratado siempre de ser justo, y, como el propio Jahvé le reconocerá, así ha sido: «¿Cuántas iniquidades y pecados tengo yo?» (Job, 13,23)

En fin: véan, si no lo han hecho, la película. Es magnífica. Y, si puedo aportar un poco de mi erudición de pacotilla, a los que tengan ganas de hacer gozar el espíritu con algo más que los sentidos del cuerpo, arrímense a Garcilaso de la Vega (1501?-1535), por ejemplo. Imagino al pastor Albanio, enamorado de Camila, a la que acaba de descubrir dormida.  Prudente y azorado, se plantea, en hermosos versos, si tendrá fuerza suficiente para despertarla.  Estando en estas elucubraciones, la joven se despierta y llama en su socorro a Diana, lo que obliga a actuar con rapidez al galán, que la sujeta, mientras le solicita: «No te muevas, que no te he de soltar; escucha un poco».

La fuerza de Leviathan parece magnífica, y sus servidores, confiados en ella y en sus ventajas. Los que no le tememos y deseamos que los justos no sean llevados a su ruina, sino al triunfo, nos apropiamos de la frase de Albanio, para sacarla de contexto, pero aplicarla a quienes se jactan de tener el poder de su parte: «No te he de soltar. Escucha un poco».

Publicado en: Actualidad, Política, Religión Etiquetado como: Job, Leviathan, religión, Zviáguintsev

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