Al socaire

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«Adiós, Angel»

9 mayo, 2021 By amarias 4 comentarios

Desde hace casi quince años vengo escribiendo con regularidad en este blog (antes hospedado en «blogia«) y expresando mis ideas, con la libertad que es consecuencia de mi independencia ideológica, intereses y aficiones y con las limitaciones propias de mi información y conocimientos.

No escribo esto como si exhibición orgullosa, sino que pretendo sea reflejo de mi sinceridad a la hora de comentar temas de actualidad y, cuando escribo sobre otras materias, apelo a la comprensión del lector más informado o inteligente sobre la naturaleza de mis fuentes y capacidad.

A lo largo de mi vida, he hecho buenos amigos y he disfrutado de su apoyo, enseñanza y afecto. Como todo ser humano, he crecido con ello y me enorgullezco de haber contado con la ilustración o la benevolencia de la mayoría. Si otros se jactan de haber sido transportados a hombros de gigantes, yo reconozco con satisfacción que gran parte de lo que soy, de mi imagen como profesional y personal, se debe al alimento de los afectos y estímulos -también de las críticas- que me han dispensado los que me quieren.

He perdido, también, buenos amigos. He cambiado varias veces de residencia, y algunos se han ido alejando por razón de la distancia física («quien más separa y mata/vida sola», escribí hace tiempo). Otros me han sido arrebatados por las garras de la muerte.

Pero hoy quiero traer a este comentario la tristeza de reconocer que hay amigos que se han separado por discrepancia con la expresión de una opinión que contrariaba, al parecer, sus íntimas convicciones. Puede el lector pensar que he sido abandonado en lo afectivo por quienes tienen creencias religiosas diferentes a mi respetuoso agnosticismo. No. La causante principal de las deserciones que han provocado la pérdida o el distanciamiento prácticamente total de algunos amigos es la política.

Cuando la cuestión del independentismo catalán volvía a manifestarse con fuerza, algún amigo al que creía librepensador (en sentido real) e inteligente para ver más allá del fondo mediático y la deformación social e histórica que embarraba las ideas, me abandonó. «No entiendes la profundidad de las raíces catalanes, no comprendes que somos un país que no tiene que ver con Castilla» -fue, en esencia, la expresión del portazo que me dieron en las narices. Y dejaron de hablarme, de escribirme, de ser conmigo. No sé dónde están ahora, no contestan a mis mensajes. Han desaparecido. Su «Adiós, amigo» resuena, aún, en mis oídos.

Mi interpretación de la deriva socialista, capitaneada en mi sincera opinión, por un desquiciado liderazgo de quien se ha apropiado de siglas respetables y ha buscado apoyo en quienes tienen en su adn político (¿se dirá así?) la destrucción de nuestro actual estado de derecho, me ha granjeado el castigo de nuevas deserciones en mi círculo de amigos.

«Adiós, amigo», me vuelven a decir. Abandonan la silla siempre dispuesta en la mesa para comentar con cordialidad, abierta disposición e independencia de toda servidumbre, los problemas de la convivencia social, con el diálogo que enriquece la visión de cada uno.  Temo que no nos volvamos a ver o me miren de otra manera. Porque yo no puedo cambiar. No puedo traicionar mi carácter independiente, crítico, irónico.

No voy a convertirme en otra persona. Soy comprensivo, pero no me pidan que me transforme en estúpido.

 

Publicado en: Personal Etiquetado como: adiós, amigos, amistad, catalanismo, convicciones, discrepancias ideológicas, personal, religión, socialismo

Dios

27 diciembre, 2019 By amarias 2 comentarios

Paseando por Toledo hace un par de años, a la puerta de un Convento de los muchos que conforman el carácter severo del callejear por la Ciudad Imperial, avisté a una monja, ya anciana, que parecía estar atisbando el exterior como con miedo de acceder a él y yo, curioso, me acerqué a ella, decidido a entablar conversación.

Sorprendentemente, la encontré receptiva y dicharachera. Así pude enterarme que, después de más de sesenta años de clausura, había sido autorizada para acompañar y cuidar a su hermana, gravemente enferma, residente en no sé que pueblo lucense.

La mujer no parecía tener prisa; al contrario, se mostraba encantada con la charla, y yo disponía de tiempo y curiosidad bastante para darle réplica y, de paso, enterarme de algunos detalles de la vida conventual. Así que, después de algunos minutos, me atreví a insinuarle: «Vd., madre, que por lo que me cuenta lleva desde los dieciséis años rezando a Dios y consagrada a Su servicio, habrá tenido, sin duda, momentos en los que habrá entrado en conversación espiritual con El. ¿Qué se siente? ¿Qué recuerdos tiene de esos momentos que supongo mágicos?».

No pretendía provocar, sino mantener la corriente de simpatía que se había creado entre nosotros. La monja me miró desde lo profundo de su plácido rostro, quedó pensativa durante unos intensos segundos, y dijo sin muestra de reproche alguno, suspirando: «Ay, nenín, ¡Si, por lo menos, El silbara!»

Tengo ya más de setenta años y, aunque un blog no es precisamente el lugar más adecuado para airear las propias miserias, no sorprenderé a mis seguidores y simpatizantes si afirmo que no soy creyente, lo que no me impide declararme respetuoso con quienes practican una religión, desde la convicción y la entrega al servicio de los demás; y,  en particular, por mi propia formación, me siento interesado por analizar el comportamiento de los que se dicen practicantes de la religión católica y por su estructura de poder terrenal.

Esta fue la religión de mis padres y de muchas de las personas ya fallecidas de mi familia a las que guardo un imborrable afecto; en ella fui educado. Entre los libros de mi mesita, siempre se encontrará una Biblia, cuya lectura me entretiene, ilustra y sugiere. Puedo, además, presentar ejemplos de personas excelentes, con las que mantengo una gran amistad, y que se dicen y actúan como católicos, movidos por una fe que juzgo misteriosa y la esperanza en una vida mejor que se me antoja fruto de la fantasía.

Podría, seguramente, decir algo parecido, si mis circunstancias personales -de nacimiento y origen- hubieran sido diferentes, de otras religiones y creencias. Seguro que la mayoría de las que tienen una trayectoria históricamente consolidada pueden ofrecer ejemplos de personas de irreprochable conducta y estricto servicio a la ética universal, combinadas con la fe y la creencia, asumida como intocable, de que su religión es la única verdadera.

Nada de eso, ni lo mucho que leí, ni lo que oigo y veo, de allegados y amigos que pueden ser ejemplo de vida para muchos, me ha convencido para doblegar mi escepticismo de que exista un Dios y de que, si existiera, se ocupara de nosotros.

Tengo para mí, como otros pensadores más cualificados que me precedieron en el escepticismo de la fe, que el «hecho religioso» ha sido perfeccionado y adornado,- a partir de la consciencia de la finitud de la existencia humana y de nuestra pequeñez ante el gigantesco despliegue cósmico cuyo fundamento aún no hemos logrado desentrañar-, por circunstancias, alimentado por mentes imaginativas, sostenido por miedos a catástrofes y guerras, poblado de formulas mágicas y adornado con milagros aparentes y sucesos inexplicables, conformando un mosaico con interés etnográfico pero poca chicha metafísica.

Esa «forma divina», un concepto abstracto de extraordinaria fortaleza, ha tomado, según los tiempos y los pueblos, distintas apariencias y, en cuanto a su hipotético mandato, esa petición de contribuir a restaurar el orden celestial que regiría el destino superior de la conducta humana, ha dado lugar a santos y mártires, pero también es culpable de aberraciones, guerras, asesinatos en su nombre.

En el caso preciso de la religión católica, ha venido a concretarse hoy, al margen de mitos y fantasías, y superando su pasado oscuro, en la permanente invocación a la ética universal, magníficamente representada en «amaos los unos a los otros», o, por lo menos «no hagas a otro lo que no desearías te hicieran a ti». Y para algunos de los seguidores excepcionales de esta creencia, significa, como ejemplo de entrega encomiable, la voluntad de esforzarse en ayudar a los demás, haciendo la vida de los desfavorecidos menos dura, y la de los sufrientes menos gravosa.

Si hace falta invocar a Dios para actuar así, tengámoslo presente, difundamos ese mensaje de devoción a un mandato superior. Que trascienda y cobre fuerza general, donde no existe otra forma de convencer el ánimo individual a no dañar, a obrar el bien, a ser solidario.

Y como lo siento, lo escribo: Afortunados sean aquellos que no necesitan invocar a Dios para entregar su tiempo, su inteligencia y su capacidad, para mejorar lo que les rodea, superando barreras de creencias, razas, orígenes, ideologías y tendencias. Porque ellos no verán tampoco a Dios, pero nos ayudarán a sentir que la especie humana tiene sentido por sí misma.

Publicado en: Actualidad, Religión Etiquetado como: creencias, Dios, religión

Otras gentes: (5) Gentes del montón

30 agosto, 2017 By amarias Deja un comentario

A pesar, o quizá por ello, de considerarnos especiales, de pretender como axioma que somos el centro de nuestro mínimo universo, la igualdad, monótona, anodina y cruel, se cierne sobre nuestra existencia, devorándola. Nacemos, consumimos nuestro tiempo en diminutas acciones sin la menor repercusión exterior, salvo para un círculo de familiares y amigos cuya dimensión trasladada a escala cósmica sería inmensamente ridícula, y morimos, desapareciendo para siempre, y en un somero instante, de la memoria colectiva.

Si emplazados en el Universo con nuestro bagaje mínimo, somos menos que una mota de polvo estelar, ubicados en el planeta Tierra y en este preciso instante, como seres vivos humanos, con capacidad para imaginar, sentir y crear, nuestra anomalía colectiva adquiere un encanto especial. ¿Qué significa tener consciencia de nuestra existencia, a qué conduce ser capaces de planificar, aún equivocándonos, el futuro?

Estas y otras preguntas similares han consumido muchas energías de gentes especiales, extraordinarias, que, a lo largo de los siglos, han aportado granitos de arena sobre nuestro desconocimiento global, poniendo alguna claridad en la noche de la supina ignorancia. Pero solo unos pocos, quizá apenas un par de miles de humanos, han superado en toda la historia de la Humanidad, el umbral de la oscuridad, iluminándola con la antorcha de su sabiduría, de su tenacidad, hasta que su luz se apagó para siempre, dejándonos alguna reflexión sobre la compleja personalidad del Universo en el que estamos realizando nuestra trayectoria como especie hacia un final aún desconocido.

Todos los demás, somos gentes del montón, sin nada extraordinario, tan parecidos a cualquier otro de los que llamamos oficialmente semejantes que bien podríamos considerarnos idénticos a ellos, como las moscas que importunan nuestro descanso, como vemos los pájaros cuyo nombre ignoramos y a cuyos detalles morfológicos o  diferentes cantos no prestamos la menor atención.

Gentes extraordinarias y gentes del montón compartimos la misma estructura química, que combina únicamente cuatro elementos: carbono, nitrógeno, hidrógeno y oxígeno, con solo cuatro radicales, que Watson y Crick en 1953 caracterizaron como adenina, guanina, citosina y timina. Con ese soporte químico tan básico, se construye la vida, se transmiten las características genéticas, se genera la genialidad o la vulgaridad; solo la combinación de cadenas de esos radicales, y las transformaciones químicas o físicas que presentan, diferencia a la mosca del mono, al científico del lerdo, al criminal del pacífico.

Ah, pero algo más sutil, aún por detectar, maravilloso y enigmático, provoca que esas bases nitrogenadas acumulen experiencia, sean capaces de transmitirse sensaciones, imaginar y transmitir ideas y elucubraciones. Se sabe que algunos individuos son geniales desde el nacimiento, por la afortunada combinación de radicales con información y estímulos previos. Se sabe también que esas estructuras genéticas son aptas, especialmente en el ser humano, para incorporar más datos, más información, sabiduría creativa.

Si pudiera formular un deseo de aplicación general, escribiría que mi sueño existencial es que, guiados por gentes excepcionales, la inmensa mayoría de los tipos del montón, nos concentremos en trazar los límites de nuestra ignorancia, venciéndola, al margen de ideologías, falsificaciones, y fantasias. Las herramientas para lograrlo me parecen, hoy como siempre, la formación, la investigación, el espíritu crítico, la solidaridad, el método, la confianza en la capacidad humana, …


Estos  tres gorriones comunes (passer domesticus) vuelan hacia el comedero, que les proporciona alimento fácil y abundante. Resultan indiferenciables, salvo para un observador interesado en analizar el comportamiento de estas aves en un entorno reducido. El ave del medio es un macho con plumaje de verano, el píleo gris, babero negro y  mejillas gris sombrío.

Publicado en: Actualidad, Sociedad Etiquetado como: ética, formación, gentes, ideologías, investigación, montón, religión, sociedad, solidaridad

Otras gentes:(4) Gentes del libro

29 agosto, 2017 By amarias Deja un comentario

Según la versión clásica del Islamismo y su relación con el derecho, «gentes del libro» son aquellos que practican una de las tres religiones monoteístas que tienen su base en el Antiguo Testamento: cristianismo, judaísmo e islamismo, considerado por todas ellas un libro sagrado.

Cuando  la península ibérica estuvo casi totalmente bajo dominio musulmán, estas gentes o pueblos Libro (gente de la dhimmah) vivían bajo la protección del sultán, siendo sus derechos y deberes diferentes, pudiendo practicar su fe y mantener determinadas prerrogativas a cambio de impuestos, que eran muy superiores para los no islamistas.

La reaparición de la yihad, guerra santa por causa de Dios, -invocada por fanáticos del Islam que, en versiones bastante incoherentes entre sí e ininteligibles desde una posición moderna y deontológica, pretenden implantar una interpretación rígida de los preceptos supuestamente transmitidos por un arcángel al profeta, y no dudan en inmolarse o cometer atentados indiscriminados contra poblaciones que disfrutan de la libertad que han traído la implantación de sistemas democráticos y, en general, oficialmente no confesionales-, ha conmovido la sensación de seguridad de las democracias occidentales.

El vertiginoso envenenamiento de las pacíficas concepciones del Islam, en que, como se esfuerzan en repetir creyentes, admiradores o antiguos educandos en esa religión, se basan sus preceptos, ha aportado incomprensión y recelo hacia todos los practicantes de la doctrina de Mahoma.

Nos sentimos directamente amenazados por estos fanáticos, y, en la confusión entre creyentes y radicalizados, muchos ven en cualquier musulmán -incluso en quienes tienen aspecto árabe, cobrizo o negroide- un potencial sospechoso, un enemigo de nuestra libertad.

Contagioso, el mal está extendido por doquier y no resulta posible identificar una sola causa de la difusión de adeptos a esa doctrina herética. Se propaga utilizando promesas de placeres terrenales y futuros, concentrando extorsiones que implican manejos de dinero y poder, adobando mentiras, lanzando amenazas y provocando terror; es alimentado por drogas, robos y saqueos, no desdeña el ejercicio de autoridad malsana, se cuela como presión de grupo contra crédulos, necesitados, iluminados o sicópatas, supone la falsificación de la historia y el desprecio a la interpretación humanista del Corán, se apoya en la marginación y pobreza reales, crea y mantiene guetos, ritos y vestimentas que separan y se retroalimentan.

Cierto que quienes invocan el nombre de Alá, para embarcarse en acciones terroristas que han causado ya decenas de miles de víctimas civiles (en el sentido o acepción de «no militares») proliferan con mayor intensidad en países en los que la religión islámica es oficial o de seguimiento mayoritario, pero desde el atentado de las Torres Gemelas en Nueva York, son muchos, harto frecuentes, y con efecto mediático muy alto por sus características de actuación indiscriminada, los individuos radicalizados que actúan en Occidente y,  especialmente, en Europa.

El atentado sufrido por pacíficos transeúntes de las Ramblas de Barcelona, el 17 de agosto de 2017, perpetrado por un grupo de individuos, al parecer dirigidos por un imán de Ripoll, y cuya extensión y número aún no está completamente clarificado, ha puesto de manifiesto demasiadas cosas para dejarlas en la nube de la ignorancia. He aquí algunas:

  1. Los terroristas yihadistas, son la mayor amenaza actual contra la seguridad ciudadana. Puede que no consigan amedrentar ni afectar a la libertad ambulatoria de la inmensa mayoría, pero la diversidad de sus métodos y su misma existencia, con células que se han formado y crecido en el territorio europeo (y, en lo que más nos afecta, español), y, por tanto, camufladas como «ciudadanos normales», exige una actuación policial y de las fuerzas de seguridad, coordinada, seria, inteligente, completa. Esta actuación ha de desarrollarse también, contando con la colaboración ciudadana: hay riesgo también de radicalización de fanáticos en la permisividad y la excesiva  tolerancia cuando está en peligro nuestra vida y la de ciudadanos pacíficos, que nada quieren entender ni saber de esa antihistórica, antiética y criminal iniciativa religiosa. Se nos pide que no nos amedrentemos, y puede que, en general, se consiga -aunque las limitaciones ya existen, y los gastos extras por la seguridad, aumentan-, pero debemos también ser vigilantes y actuar defensivamente ante el riesgo. Ignorar al otro, al semejante, genera un espacio de ocultación para el diferente, el potencial asesino, el fanático que usa la religión como justificación mortífera.
  2. La falta de coordinación policial, los errores y omisiones en la transmisión de información sobre individuos peligrosos o en vías de radicalización, es inadmisible. Da lo mismo que sean treinta mil o cien mil los radicalizados con perfil criminal. Las redes de información, en una época digital y de comunicaciones, han de funcionar a la perfección y no hay excusa para que no haya sido así, para que no sea así. Cierto que la policía no puede vigilar a todo sospechoso (no sería admisible legalmente), pero los atentados han demostrado que no existen «lobos solitarios», sino grupos coordinados, dirigidos por cabecillas extremistas, educados en la interpretación elucubrante de la doctrina de Mahoma, amparados en su libertad -la nuestra, la que deseamos para nuestra sociedad- para urdir actos terroristas.
  3. Nuestra sociedad, devenida fundamental agnóstica, e incluso crítica de valores históricos vinculados a la religión cristiana, ha caído en la trampa de una excesiva tolerancia. Nuestros representantes públicos se abrazan sonrientes con sátrapas y tiranos nuestras ministras y empresarias se ponen la mantilla o visten «con recato» para no contrariar o escandalizar con la exhibición de su cabellera, sus brazos o piernas al descubierto…y aquí nos hemos acostumbrado a la visión de una pobre mujer cubierta con velo hasta las cejas y con un paño que tapa hasta la menor curva de su sobrepeso, acompañada por un tipo en camiseta que mira sin ocultar su apetencia rijosa ante cualquiera fémina infiel en pantalón corto.
    En fin, si queremos abortar definitivamente esta lacra que nos ha surgido, abandonemos -al menos, de momento- la idea de llevar a la democracia a países islámicos, aplaudiendo primaveras árabes conducidas por un par de centenares de jóvenes voluntariosos concentrados en una plaza pública.  Controlemos el comercio de armas  (también, al detalle), preocupémonos de la verdad de la integración de los inmigrantes y mejoremos hasta el límite la bondad de nuestra policía contra esa delincuencia organizada, que no dude en utilizar cualquier medio para atentar. Y alertemos a los pacíficos contra los excesos de confianza.
  4. Y, como cristianos, judíos, agnósticos o practicantes de cualquiera de los múltiples
    caminos para solucionar nuestra necesidad de explicar nuestra existencia, podemos recordar lo que ya Gilles Kepel en 2000 escribía en su libro «La Yihad» -aparte de algunas equivocaciones de perspectiva que se detectan desde la evolución posterior del terrorismo islámico, al que daba por prácticamente finiquitado-: «El declive de la ideología abre a los musulmanes un vasto espectro para determinar su futuro y emanciparse del corsé dogmático (…)» enlazando con la tradición de sus sociedades que «se caracteriza  por una extrema plasticidad en cuanto a las mutaciones del universo».
    Esta plasticidad es la que debería unir, hoy más que nunca, a las gentes del libro, con los agnósticos, y los demás creyentes, en la ética universal que, para muchos -entre los que me cuento- es la doctrina suprema del ser humano.
    —-
    Mientras estaba a la caza de una buena fotografía de avutardas, en Villafáfila, esta  avecilla vino a posarse sobre un murete cercano, con graciosos revoloteos. Es un macho de lavandera boyera (motacilla flava), con su plumaje de verano, que gusta de los campos de alfalfa, para criar, y que abandonara en el invierno.

La hembra y el ave joven  pueden confundirse con la bisbita campestre, que tiene el mismo porte, mismos hábitats (en tierras pan llevar ibéricas).

 

Publicado en: Actualidad, Política, Religión Etiquetado como: islamismo, libertad, libro, motacilla, policía, radicales, Ramblas, religión, seguridad, terroristas, vigilancia, Villafáfila

Soneto a un yihadista

5 junio, 2017 By amarias 5 comentarios

En el nombre de Dios deja de juzgar.
No pretendas ampararte en tu creencia
cuando lo que te dirige es la demencia
de fanáticos que acuden a inventar
mandatos del más allá para captar
adeptos crédulos a la indecencia
de que inmolando a otros, residencia
se obtendrá del Paraíso, viejo cantar
carente de la mínima vigencia
que hoy repugna no ya a ética, a un altar
en que se venere la divina ausencia
con respeto a los demás. Hazte tratar
tu fijación, pide ayuda en conciencia,
mas, si quieres morir, hazlo sin matar.

4 de junio 2017 @angelmanuelarias

Publicado en: Actualidad, Poesía, Religión Etiquetado como: altar, inmolación, matar, morir, poema, religión, terroristas, yihadista

Temible Leviathan

2 abril, 2015 By amarias Deja un comentario

La película titulada Leviathan, que dirigió en 2014 el inspirado Andréi Zviáguintsev, con un guión escrito junto a  Oleg Negin -protagonizada por un elenco de actores encomiable- me llevó a releer uno de mis pasajes preferidos de la Biblia: el libro de Job.

Ese monstruo acuático, identificado con una de las formas del demonio, que comparte muchas de sus características físicas con el cocodrilo y  del que «no hay sobre la tierra su semejante, porque está hecho para no temer nada» (Job, 41,34) es el elemento subyacente de la historia que nos cuenta Zviáguintsev: un hombre serio, sometido a la prueba de perderlo todo y que, efectivamente, es desposeído de cuanto ama (su casa, su pareja, su hijo, su libertad).

Su culpa no es otra que haberse enfrentado, en defensa de su derecho, con el auxilio de un letrado eficiente , al poder. Que la historia tenga como escenario la Rusia de Putin y que el poder triunfante adopte en la película la forma de un sistema político concreto al que los representantes de la judicatura, de la iglesia, de la policía, del empresariado, …rinden pleitesía , no nos impide, al contrario, entender que la historia es universal.

La vivimos aquí, también, en España. Tenemos ejemplos concretos. Yo, también. Poderes corruptos, que no pueden disimular siquiera en la incapacidad o en la ignorancia su desfachatez con los más débiles, que solo pueden esgrimir en su defensa, el valor del derecho.

El libro de Job es, en su conjunto, la narración de un misterioso episodio que, a los niños y a los inocentes se les esquematiza indicando que es la historia de un hombre que soporta con resignación la prueba de Jahvé, hasta el punto de perderlo todo. Sin embargo, la lectura desinhibida del texto nos descubre que el pobre Job se resiste únicamente a reconocer, como le aconsejan sus amigos, que vierten sobre él su propia culpa, que ha pecado. No lo hace por resistencia orgullosa, sino porque ha tratado siempre de ser justo, y, como el propio Jahvé le reconocerá, así ha sido: «¿Cuántas iniquidades y pecados tengo yo?» (Job, 13,23)

En fin: véan, si no lo han hecho, la película. Es magnífica. Y, si puedo aportar un poco de mi erudición de pacotilla, a los que tengan ganas de hacer gozar el espíritu con algo más que los sentidos del cuerpo, arrímense a Garcilaso de la Vega (1501?-1535), por ejemplo. Imagino al pastor Albanio, enamorado de Camila, a la que acaba de descubrir dormida.  Prudente y azorado, se plantea, en hermosos versos, si tendrá fuerza suficiente para despertarla.  Estando en estas elucubraciones, la joven se despierta y llama en su socorro a Diana, lo que obliga a actuar con rapidez al galán, que la sujeta, mientras le solicita: «No te muevas, que no te he de soltar; escucha un poco».

La fuerza de Leviathan parece magnífica, y sus servidores, confiados en ella y en sus ventajas. Los que no le tememos y deseamos que los justos no sean llevados a su ruina, sino al triunfo, nos apropiamos de la frase de Albanio, para sacarla de contexto, pero aplicarla a quienes se jactan de tener el poder de su parte: «No te he de soltar. Escucha un poco».

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El origen de Dios

31 marzo, 2015 By amarias Deja un comentario

Supongo que no se escandalizará nadie (no lo pretendo, desde luego), si afirmo, para abrir bocas, que la antigüedad de Dios es, por lo menos, tan extensa como la de la capacidad de los homínidos para elaborar un pensamiento, aunque fuera de la máxima sencillez, sobre la desproporción de la naturaleza circundante y la incapacidad propia para dominarla.

Concretando algo: puede que el germen impulsor haya sido la confrontación con la muerte del otro como segura premonición de la propia; o, como iniciación poética, la contemplación silenciosa del cielo estrellado en una noche sin nubles, o el impacto emocional de la paz derivada como consecuencia de algún fenómeno meterológico de inusual intensidad que destruyó parte del paisaje

La vida del ser consciente está llena de peligros y la necesidad de apaciguar su inquietud provoca la urgencia de encontrar un antídoto. Dios, dioses, fuerzas superiores a las que, tal vez, rendir pleitesía; mejor aún, pretender dominarlas, para que atiendan nuestros deseos, complacer sus designios, convertirlas, en fin, en uno de los nuestros.

Hegel expresó con lucidez agnóstica, surgida de su formación cristiana, que Dios es un invento de la Humanidad, y que las religiones no suponen más que una rentabilización de esa carencia de la naturaleza dotada, por evolución caprichosa, de la anomalía del pensamiento. Otros lo hicieron antes, e incluso, mucho antes, y otros siguieron elaborando la teoría de la invención de Dios por el hombre.

Un divulgador científico muy afamado hoy en día, Hawking, se encarga de repetir que Dios no existe. Lo hace con la convicción de quien está, o se pretende estarlo, más enterado que la mayoría de sus coetáneos acerca de cómo se generó el Cosmos. Convertido en un involuntario anticristo, pretende incluso convencer al mismo Papa, de que se está a punto de descubrir qué pasó en esos nanosegundos que cambiaron la nada en energía, y que ha llegado la hora del desencanto.

Estamos en la Semana Santa católica de 2015 y son numerosas las localidades españolas que conmemoran, con escenificación variopinta,  los pasajes del nuevo Testamento en los que se nos describe la Pasión de un hombre singular, (Jesús), su  muerte y posterior resurrección del mundo de los muertos, prueba ésta tenida por demostración inequívoca de su naturaleza divina, al margen de genealogías, milagros y parábolas.

La conmemoración de esos episodios, de cuya realidad, a grandes rasgos, hace unos 2.000 años, no se plantean demasiadas dudas (a salvo, claro está, de la vuelta del crucificado al mundo de los vivos para ascender luego a los cielos, en donde serán también acogidos los bienaventurados), adquiere, en la práctica de las procesiones patrias, la categoría de espectáculo.

La Semana Santa que se practica en centenares de ciudades y pueblos españoles -Andalucía y Castilla, sobre todo- es una demostración genuina, brutal, intrasvasable a terceros, de la capacidad de exageración y despropósito que ha crecido con nosotros. Autoridades, cofrades, matronas con mantilla, portadores de pasos y de cruces, niños y adultos disfrazados de romanos, sayones o filisteos, devotos de verdad y de mentira, desfilan ante miles de otras personas que toman fotos, comentan, murmuran, aplauden, critican o se emocionan.

No me acerca más a la divinidad el contemplar esta exhibición compleja de actitudes, aunque no puedo evitar reflexionar sobre la naturaleza del origen de Dios y, de forma aún más intensa, sobre lo que querríamos que la divinidad hiciera por nosotros.

(El año pasado escribía esto: https://angelmanuelarias.com/procesiones-y-espectaculos/)

Publicado en: Actualidad, Religión Etiquetado como: Dios, procesiones, religión, Semana santa

Boatos y beatos

19 marzo, 2013 By amarias2013 2 comentarios

La vistosa magnificencia de los actos ceremoniales vinculados tanto a la dimisión del Papa Benedicto XVI como a la posterior elección del Papa Francisco, con ese incalificable de otro modo que como estupendo espectáculo, ha puesto de manifiesto la importancia del boato.

No es imaginable que ese momento hubiera despertado la misma admiración, alcanzado su gran difusión y merecido tal expectante y florido análisis de silencios, paseos, humos, gestos, escarapelas, tocados e incluso pasiones, si no estuviera soportado por un cuidado juego de colores, correcta dirección escénica de los pausados ritmos, sapiencia estricta acerca de las liturgias precisas y seguro dominio de las fórmulas de locución y apoyos gestuales, tanto en la lengua muerta latina como en su hija viva, consagrada  como idioma universal por los pontífices de la fe católica, el italiano.

¿Suponer a un Papa elegido en un cónclave de remoto lugar, convocando a conjurados para cambiar el orden mundial, sin más auxilio que la fuerza de sus ejemplos y el apoyo de los fieles a la ética universal, portador él mismo de serias dudas sobre las verdades reveladas y de su papel como intemediario frente a los altos espíritus, crítico con el comportamiento licencioso de alguno de los suyos, amenazado por ellos,  y aún más perseguido por muchos de los jerifaltes terrenales debido a su implacable verbo?

No, claro. El boato es imprescindible. Sin boatos, no hay beatos. Y sin beatos, las farmacias espirituales deberían colocar el fatídico letrero de «no hay atutía».(1)

—-

(1) «No hay atutía» (que revertió en el lenguaje popular, y así se utiliza hoy en día, como «no hay tu tía», indicaba que en una farmacia se había agotado la atutía, un polvo utilizado como unguento básico en algunas pócimas para dolencias oculares.

Publicado en: Religión Etiquetado como: atutía, beato, Benedicto XVI. Papa Francisco, boato, ejemplo, elección papal, escarapelas, ética, religión

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