Jorgesindo Hortihuela era un joven despierto, de natural dicharachero y cuyo carácter jovial y, más especialmente, su disposición para pagar las consumiciones de los parroquianos en los bares, le hacía muy querido en toda la comarca.
A decir verdad, Jorgesindo no había conseguido superar el Bachillerato elemental, aunque todos quienes le conocían, -admirados por su florida labia y el dosificado empleo de términos jurídicos, que aderezaba con impertinentes latinajos-, le atribuían estudios de Derecho. Incluso había quien comentaba que sus versátiles conocimientos estaban afianzados por la concienzuda preparación de oposiciones a judicatura, que el susodicho había tenido que abandonar, dolorosamente, al acaecer el fallecimiento de una tía suya que, con su pensión, se los venía sufragando.
En cualquier caso, tanto entre los que estaban seguros como entre quienes se permitieran abrigar la menor duda acerca de si había terminado o no la carrera, le sobraban a Jorgesindo encargos para acometer, ejecutar y conducir a buen término, las delicadas gestiones que, por culpa del complejo entramado administrativo y jurídico que arrastra la vida moderna, sus paisanos se veían ocasionalmente impelidos a desarrollar en la capital.
Como muchos otros que emplean su natural lucidez en iluminar espacios sombríos de sus semejantes, se aprovechaba Jorgesindo de la creencia generalizada de que la Administración Pública es inabarcablemente compleja, esféricamente incompetente y desmesuradamente cara para quienes se aventuran en sus recovecos. Por tanto, el infeliz que acudiera a esa cueva laberíntica, sin la asesoría de un experto capaz de guiarlo por sus intrincados vericuetos, perdería su tiempo y muchos dineros, volviendo a su casa sin haber resuelto lo que le llevó a entrometerse en ella.
Y aunque se discrepe personalmente -lo que no contradigo, porque no deseo ahora polemizar sobre ese punto- en que la Administración Pública esté cerca o lejos de ser sencilla, competente y gratuita, admítaseme de que son muchos, en especial los que viven alejados de los citadinos ruidos y pesares, los que cuando reciben un papel timbrado, un certificado o una citación ante una autoridad de cualquier pelaje, se azoran, inquietan y apesadumbran, sin saber qué hacer.
Lo que no está en contradicción, por cierto, con que, cuando el vecino, un familiar o alguien ajeno les pretende arrebatar el menor trozo de tierra o la sombra de un alero, se empecinarán en llevar el caso a los Tribunales y estarán dispuestos a gastarse en el pleito cien veces lo que valdría la minucia.
Jorgesindo había consolidado la fama de hacer creer que sabía perfectamente a qué puerta tocar y a qué fulano convencer, de todos los despachos de la Corte. Fuera de su Eminencia el Arzobispo de la Diócesis, Gobernador Civil o Militar, magistrado del Supremo o Juez de la más infima instancia, todos los pasillos y cualquiera de las autoridades los tenía andados, medidos y sabidos.
Ya fueran temas laborales o civiles, el sagaz muchacho se jactaba de solucionar todas las cuestiones, porque, allí donde no pudiera llegar él con pies y manos, por razones que se podían imaginar pero que no confesaría -decía- ni en su lecho mortal, sabía quién era el experto y cuál su gracia.
Todos los que habían tenido algún problema se hacían lenguas de la habilidad de Jorgesindo para ir al meollo del asunto, de su perspicacia para seguir el tema, sin perderle la cara al embrollo, informando puntualmente del estado de la cosa aunque, como es natural, pocas se resolvían con presteza.
-A mí me está resolviendo el tema de cobrar la pensión de jubilación –reconocía Melandra Estiperdida-. Hace un año que cumplí la edad, y tengo cotizados diez años como empleada de hogar a tiempo parcial. Cuando me den la pensión, además de los mil euros que le llevo dados, tengo que entregarle los seis primeros meses por adelantado.
No era la única en estar agradecida.
-¡Qué puedo decir yo!. Jorgesindo me está tramitando el cobro de la invalidez de los últimos dos años, en los Juzgados, y llevamos ya tres juicios, porque los médicos de la Seguridad Social hicieron mal los informes, pero me dice que el tema está a punto de resolverse.
Los quinientos euros que Petronilo Gómez había entregado al muchacho gestor, los daba por bien empleados.
-En mi caso, Gracias a un abogado que me recomendó Jorgesindo, estamos en camino de resolver la herencia de mis suegros, que estaba muy envenenada. Mandó una carta a mis cuñadas que les metió el miedo en el cuerpo –exponía Roque Credulancio, mientras apuraba un vaso de vino en Casa Cartonero.
A veces, la cuestión era aún más compleja, dadas las teclas que había que tocar.
-Me consiguió, hablando con el Cardenal de la catedral, que no vendieran la sepultura de mi padre, que estaba caducada.
Todos quienes habían confiado en Jorgesindo habían vivido historias, en el fondo, parecidas, claramente demostrativas de las dificultades que el hábil gestor había tenido que resolver:
-Me llevó al Juzgado, y en el juicio, firmé unos papeles. Un ayudante del juez me pidió trescientos euros y me perdonaron no sé qué impuestos atrasados.
-Algo así nos pasó a nosotros. Ahora estamos pendientes del tercer juicio que es ya, por lo que me dice Jorgesindo, el definitivo. Si ganamos tenemos que darle otros mil euros por el papeleo, y arreglado -confesaba Melandra Pelardilla en el colmado.
-Aunque no vi al cardenal, Jorgesindo fue directo a la Catedral y habló con uno de los sacerdotes que están con él y lo resolvió por quinientos euros en un momento.
Y así siguiendo, hasta la saciedad del que quiera escuchar la relación de los casos resueltos y, sobre todo, en vías de serlo.
Sucedió que un día apareció por la comarca el nieto de uno de esos campesinos, que había estado fuera varios años y se enteró de lo que Jorgesindo había resuelto para los suyos. Montó en cólera al descubrir, tan a las claras para él, el tejemaneje que el tal experto había urdido con la ignorancia y credulidad de aquellas gentes, y, yendo casa por casa de los que consideraba afectados, les explicó cómo veía el las cosas.
-No hay cardenales en esa Catedral y, en todo caso, las sepulturas lo son a perpetuidad o, al menos, por noventa y nueve años -dijo a unos.
-Los juicios civiles necesitan de procurador y abogado y el juez no sale a los pasillos para recibir dineros -explicaba a otros.
-El cálculo de la pensión es inmediato y gratuito, y, si hay derecho, se empieza a cobrar desde que se cumplen las condiciones -argumentaba aquí o allá.
Consumió en las aclaraciones todo el tiempo que tenía de sus cortas vacaciones, resolvió dudas, leyó cientos de papeles, comprobando, en la mayor parte de los casos, que eran ociosos, inútiles, falsarios.
Cuando se despidió de todos, creyó que había desenmarañado las madejas. Estaba contento de haber resultado útil, sacando a aquellos campesinos ingenuos de los atolladeros. Por su suerte, no pudo escuchar lo que, ya ido, comentaron los afectados en la cantina.
-¿Vamos a hacer algo? -preguntó Pazcuato López, el abuelo del tipo de la ciudad.-¿Qué se opina?
-Dejemos las cosas como están. Jorgesindo nos ha sido útil hasta ahora. No tenemos problemas con él. Y tu nieto parece buen chaval, pero, la verdad, aquí ha venido como engorrinador. A tocarnos las pelotas, vamos.
Todos estuvieron de acuerdo en no hacer nada. Siguieron en la cuerda de Jorgesindo, el especialista en resolver entuertos, complacidos.
FIN

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