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La Tesorería de la Seguridad Social en su laberinto

15 diciembre, 2016 By amarias Deja un comentario

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Tengo mi teoría acerca de porqué España, a pesar de contar con millones de gentes voluntariosas e imaginativas, es un país colectivamente ineficiente. No voy a comparar, en esta ocasión, con lo que sucede en otros sitios, porque no hace falta salir al campo para reconocer lo que debe mejorarse.

La razón fundamental, en mi opinión, de tantas horas, esfuerzos y capacidades perdidas, es que muchos de los que han llegado a los lugares en donde se deben tomar las decisiones, son incompetentes. No saben, no aprenden, no les importa. La selección natural no opera en demasiados estamentos, y prima la selección artificial, con los resultados que cabría esperar. Hay bolsas ejemplares de eficiencia, pero no son contagiosas.

La falta de idoneidad de muchas cúpulas -incluyo, por supuesto, también a las empresas privadas- no es la única causa. Las dos siguientes, en mi escala particular de dónde se origina la ineficiencia-, son:

a) la incapacidad para definir unas reglas de actuación, y seguirlas, en prácticamente todos los órdenes de la vida social y empresarial. Todos quieren opinar, antes que escuchar y no preocupa el tener algo qué decir, sino ocupar espacio. Constantemente se discute lo hecho por otros, se incumple lo pactado, se regula mal y, sobre todo, ni siquiera existen normas, y cuando las hay (de empresa, de departamento de la Administración pública, de asociación, de agrupación de cualquier género que pretenda reflejar una guía de actuación) se desprecian sistemáticamente, sin que se aplique al infractor sanción alguna (las normas de Tráfico son, quizá, la excepción, por su decidido propósito recaudatorio: en este caso se inventan niveles irrelevantes como infracción para poder imponer una multa al detectado)

b) más recientemente, con la aparición generalizada de la devoción a las nuevas tecnologías, y la ignorancia general acerca de cómo funcionan esas cosas, se han incorporado a la ceremonia de la confusión cientos o miles de jóvenes, pertrechados con su conocimiento de algún metalenguaje informático, pero que, lamentablemente, no tienen mucha idea de para qué servirán los códigos y programas que generan con su sabiduría. Estamos en un mundo tecnológico, sí, pero poblado de zombis.

La combinación de no saber lo qué se quiere y la ejecución de esa ignorancia por un equipo informático que no sabe para qué debe servir la generación de ventanas escritas en lenguajes crípticos, instrucciones, subprogramas ejecutables,  árboles decisionales que asemejan escalas de Jacob, etc. produce monstruos.

Uno de ellos, y muy relevante, por lo que significa, es la web de la tesorería de la Seguridad Social, y su colección de arabescos imaginativos. No está hecha para ser usada, es decir, para pagar cotizaciones. Está hecha para desanimar al más pintado.

Y lo que es peor es que -y ruego que no se impute esta ocurrencia a una persona concreta, sino a la pesantez del sistema en sí mismo- cuando se expone, ante el enésimo funcionario al que se ha acudido para exponer que lo que se desea es «que se me indique cómo pagar sin recargo la cuota correspondiente a un único trabajador a tiempo parcial de una Comunidad de Propietarios de solo cinco viviendas, teniendo los certificados digitales correspondientes», reciba por enésima menos uno respuesta, «no puedo ayudarle. Es que mi ordenador no tiene el mismo programa informático que descargan los usuarios, y no sé cómo funciona el suyo».

Jóvenes, tenéis mucho trabajo por delante para ordenar este país, y debéis empezar por una labor aparentemente sencilla: simplificando trámites, eliminando incompetentes, generando normas que sean útiles y sencillas de cumplir, no laberintos en donde se pierden los ánimos particulares, y los dineros de todos.


Los picopicapinos (picatueros les decimos en Asturias) avisan de su presencia con un peculiar chillido, una especie de graznido, destinado, supongo, a advertir a otras aves que están ahí, y que están dispuestos a defender su territorio, aunque también lo lanzan cuando están asustados. Si bien su población es numerosa, no es muy común verlos por la ciudad, y menos, cerca de las viviendas, porque son desconfiados y, por tanto, huidizos.

Este, ya no tan joven -como lo demuestra lo extenso de la coloración roja de su zona anal-,  pájaro carpintero (dendropocos major) ha descubierto una cajita preparada para servir alimento complementario a otras aves, y, despreciando la opción para la que ha sido dotado genéticamente por la madre naturaleza, en lugar de horadar la corteza de viejos árboles y troncos, para poner al descubierto larvas y adultos de insectos litófagos, la ha tomado con la caja.

Más o menos siempre a la misma hora, acude a darle picotazos, ahuyentando a cualquier otra ave que ose acercarse mientras él perfora, ya que no duda en utilizar contra él, también, su robusto pico. Se ha convertido en el señor de los gorriones, carboneros, herrerillos, currucas, colirrojos, papamoscas, etc., que compiten, en ordenada secuencia,  por su dosis de sobrealimentación a diario.

Lo más curioso es que el carpintero no come de la caja, sino la caja. Hace ya días que no lo veo por el lugar. Como huella de su obstinada presencia, ha dejado una sarta de agujeros.

Publicado en: Administraciones públicas Etiquetado como: análisis informático, carpintero, fracaso., informáticos, laberinto, nuevas tecnologías, pájaro, programa, seguridad social, tesorería

Cuento de invierno: El especialista en entuertos

30 enero, 2014 By amarias2013 Deja un comentario

Jorgesindo Hortihuela era un joven despierto, de natural dicharachero y cuyo carácter jovial y, más especialmente, su disposición para pagar las consumiciones de los parroquianos en los bares, le hacía muy querido en toda la comarca.

A decir verdad, Jorgesindo no había conseguido superar el Bachillerato elemental, aunque todos quienes le conocían, -admirados por su florida labia y el dosificado empleo de términos jurídicos, que aderezaba con impertinentes latinajos-, le atribuían estudios de Derecho. Incluso había quien comentaba que sus versátiles conocimientos estaban afianzados por la concienzuda preparación de oposiciones a judicatura, que el susodicho había tenido que abandonar, dolorosamente, al acaecer el fallecimiento de una tía suya que, con su pensión, se los venía sufragando.

En cualquier caso, tanto entre los que estaban seguros como entre quienes se permitieran abrigar la menor duda acerca de si había terminado o no la carrera, le sobraban a Jorgesindo encargos para acometer, ejecutar y conducir a buen término, las delicadas gestiones que, por culpa del complejo entramado administrativo y jurídico que arrastra la vida moderna, sus paisanos se veían ocasionalmente impelidos a desarrollar en la capital.

Como muchos otros que emplean su natural lucidez en iluminar espacios sombríos de sus semejantes, se aprovechaba Jorgesindo de la creencia generalizada de que la Administración Pública es inabarcablemente compleja, esféricamente incompetente y desmesuradamente cara para quienes se aventuran en sus recovecos. Por tanto, el infeliz que acudiera a esa cueva laberíntica, sin la asesoría de un experto capaz de guiarlo por sus intrincados vericuetos, perdería su tiempo y muchos dineros, volviendo a su casa sin haber resuelto lo que le llevó a entrometerse en ella.

Y aunque se discrepe personalmente -lo que no contradigo, porque no deseo ahora polemizar sobre ese punto- en que la Administración Pública esté cerca o lejos de ser sencilla, competente y gratuita, admítaseme de que son muchos, en especial los que viven alejados de los citadinos ruidos y pesares, los que cuando reciben un papel timbrado, un certificado o una citación ante una autoridad de cualquier pelaje, se azoran, inquietan y apesadumbran, sin saber qué hacer.

Lo que no está en contradicción, por cierto, con que, cuando el vecino, un familiar o alguien ajeno les pretende arrebatar el menor trozo de tierra o la sombra de un alero, se empecinarán en llevar el caso a los Tribunales y estarán dispuestos a gastarse en el pleito cien veces lo que valdría la minucia.

Jorgesindo había consolidado la fama de hacer creer que sabía perfectamente a qué puerta tocar y a qué fulano convencer, de todos los despachos de la Corte. Fuera de su Eminencia el Arzobispo de la Diócesis, Gobernador Civil o Militar, magistrado del Supremo o Juez de la más infima instancia, todos los pasillos y cualquiera de las autoridades los tenía andados, medidos y sabidos.

Ya fueran temas laborales o civiles, el sagaz muchacho se jactaba de solucionar todas las cuestiones, porque, allí donde no pudiera llegar él con pies y manos, por razones que se podían imaginar pero que no confesaría -decía- ni en su lecho mortal, sabía quién era el experto y cuál su gracia.

Todos los que habían tenido algún problema se hacían lenguas de la habilidad de Jorgesindo para ir al meollo del asunto, de su perspicacia para seguir el tema, sin perderle la cara al embrollo, informando puntualmente del estado de la cosa aunque, como es natural, pocas se resolvían con presteza.

-A mí me está resolviendo el tema de cobrar la pensión de jubilación –reconocía Melandra Estiperdida-. Hace un año que cumplí la edad, y tengo cotizados diez años como empleada de hogar a tiempo parcial. Cuando me den la pensión, además de los mil euros que le llevo dados, tengo que entregarle los seis primeros meses por adelantado.

No era la única en estar agradecida.

-¡Qué puedo decir yo!. Jorgesindo me está tramitando el cobro de la invalidez de los últimos dos años, en los Juzgados, y llevamos ya tres juicios, porque los médicos de la Seguridad Social hicieron mal los informes, pero me dice que el tema está a punto de resolverse.

Los quinientos euros que Petronilo Gómez había entregado al muchacho gestor, los daba por bien empleados.

-En mi caso, Gracias a un abogado que me recomendó Jorgesindo, estamos en camino de resolver la herencia de mis suegros, que estaba muy envenenada. Mandó una carta a mis cuñadas que les metió el miedo en el cuerpo –exponía Roque Credulancio, mientras apuraba un vaso de vino en Casa Cartonero.

A veces, la cuestión era aún más compleja, dadas las teclas que había que tocar.

-Me consiguió, hablando con el Cardenal de la catedral, que no vendieran la sepultura de mi padre, que estaba caducada.

Todos quienes habían confiado en Jorgesindo habían vivido historias, en el fondo, parecidas, claramente demostrativas de las dificultades que el hábil gestor había tenido que resolver:

-Me llevó al Juzgado, y en el juicio, firmé unos papeles. Un ayudante del juez me pidió trescientos euros y me perdonaron no sé qué impuestos atrasados.

-Algo así nos pasó a nosotros. Ahora estamos pendientes del tercer juicio que es ya, por lo que me dice Jorgesindo, el definitivo. Si ganamos tenemos que darle otros mil euros por el papeleo, y arreglado -confesaba Melandra Pelardilla en el colmado.

-Aunque no vi al cardenal, Jorgesindo fue directo a la Catedral y habló con uno de los sacerdotes que están con él y lo resolvió por quinientos euros en un momento.

Y así siguiendo, hasta la saciedad del que quiera escuchar la relación de los casos resueltos y, sobre todo, en vías de serlo.

Sucedió que un día apareció por la comarca el nieto de uno de esos campesinos, que había estado fuera varios años y se enteró de lo que Jorgesindo había resuelto para los suyos. Montó en cólera al descubrir, tan a las claras para él, el tejemaneje que el tal experto había urdido con la ignorancia y credulidad de aquellas gentes, y, yendo casa por casa de los que consideraba afectados, les explicó cómo veía el las cosas.

-No hay cardenales en esa Catedral y, en todo caso, las sepulturas lo son a perpetuidad o, al menos, por noventa y nueve años -dijo a unos.

-Los juicios civiles necesitan de procurador y abogado y el juez no sale a los pasillos para recibir dineros -explicaba a otros.

-El cálculo de la pensión es inmediato y gratuito, y, si hay derecho, se empieza a cobrar desde que se cumplen las condiciones -argumentaba aquí o allá.

Consumió en las aclaraciones todo el tiempo que tenía de sus cortas vacaciones, resolvió dudas, leyó cientos de papeles, comprobando, en la mayor parte de los casos, que eran ociosos, inútiles, falsarios.

Cuando se despidió de todos, creyó que había desenmarañado las madejas. Estaba contento de haber resultado útil, sacando a aquellos campesinos ingenuos de los atolladeros. Por su suerte, no pudo escuchar lo que, ya ido, comentaron los afectados en la cantina.

-¿Vamos a hacer algo? -preguntó Pazcuato López, el abuelo del tipo de la ciudad.-¿Qué se opina?

-Dejemos las cosas como están. Jorgesindo nos ha sido útil hasta ahora. No tenemos problemas con él. Y tu nieto parece buen chaval, pero, la verdad, aquí ha venido como engorrinador. A tocarnos las pelotas, vamos.

Todos estuvieron de acuerdo en no hacer nada. Siguieron en la cuerda de Jorgesindo, el especialista en resolver entuertos, complacidos.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: cuento, cuento de invierno, derechos, engaño, entuerto, experto, fraude, gestor, intermediario, lucidez, seguridad social

Un Cuento real: La jubilación activa de los autónomos

5 noviembre, 2013 By amarias2013 11 comentarios

A quien pueda interesar, esta es la situación actual, a partir del 17 de marzo de 2013:

Si Vd. es autónomo y ha llegado a la edad de jubilación:

Si desea mantener su actividad como profesional, debe seguir dado de alta como autónomo, pasando a cotizar al mínimo correspondiente a Contingencias Comunes (IT).

Para trabajadores con 65 años de edad y 38 años y 6 meses de cotización ó 67 años de edad y 37 años de cotización este tipo es del : 3,3% ó 2,8%, si está acogido al sistema de protección por cese de actividad.

Por tanto, si está en la base de cotización máxima, que es de 1.888,8 euros, y no estando acogido al sistema de protección por cese de actividad, le correspondería pagar: 62,33 euros.

A partir del mismo momento en que alcance la edad legal de jubilación, puede empezar a cobrar el 50% de la pensión que le corresponda (determinado según la Base reguladora que le proporcionará en cualquier oficina de la SS, y que dependerá de sus cotizaciones anteriores y de que esté o no casado, y de los hijos a su cargo).

No importará que Vd. facture poco o mucho como autónomo, puesto que para estos profesionales, mientras se mantengan en esta situación, solo se les abonará el 50% de la Base reguladora.

Publicado en: Economía, Empresa, Sociedad Etiquetado como: actividad, autónomo, cese, cuota, edad, jubilación, jubilación activa, mínimo, protección, seguridad social, trabajo

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