El nombre de País de la Tranquilidad no debiera llamar a engaño. Aquella época alegre y despreocupada, en la que -según decían las antiguas crónicas- bastaba con meter, con mínima pericia, la mano en el arroyo más cercano para sacarla con una trucha atrapada entre los dedos, o los frutos de los melocotoneros y naranjos se pudrían en el suelo porque nadie se molestaba en agacharse a cogerlos, había quedado atrás.
El País de la Tranquilidad estaba, hoy en día, sometido a muchas amenazas. Era una sensación difusa, imprecisa, pero que había cobrado cuerpo en todos sus habitantes. que se habían vuelto recelosos.
La fama que habían adquirido tampoco les beneficiaba, porque seguía siendo un atractivo irresistible para los habitantes de otros países, en los que la hambruna, la falta de recursos y la desesperación eran aún superiores.
-Ayer, a pleno día, han robado en casa de mi vecino -era un comentario que podía oírse en la mercería de la esquina, mientras la propietaria del negocio envolvía los seis botones que le acababa de comprar una cliente, y que iban destinados a ser cosidos en una chaqueta de ante a la que había hecho recortar los faldones en una sastrería especializada en arreglos, regentada por unos comerciantes cochinchinos.
-Dice la policía que los ladrones son bandas organizadas extranjeras que disponen de llave maestra de cualquier puerta de seguridad -ratificaba, en otro lugar y momento, exponiendo su información, el encargado del concesionario de automóviles a la cajera, quien le acababa de traer un café con azúcar de la máquina expendedora y con la que, dicho sea de paso, tenía una relación sentimental.
-En un programa de televisión han explicado que esos individuos envían la fotografía de las cerraduras a una empresa italiana y, a vuelta de correo, contra reembolso, les mandan la llave maestra. Actúan en grupos de tres personas, y mientras uno vigila la calle, los otros dos entran en el piso. Prefieren pisos altos, van directamente a la habitación principal y usan la escalera, no el ascensor, para evitar el encuentro con un vecino – podría ser la explicación que, para completar el dibujo del panorama, ofrecía el técnico en comunicaciones avanzadas que había sufrido un ERE la semana pasada y estaba esperando. mientras tomaba una cerveza, que, de un momento a otro, le avisaran de que su esposa se había puesto de parto.
El Comité de Seguridad del País de la Tranquilidad estaba al tanto de la preocupación ciudadana y, por eso, llevaban reuniéndose, en una sesión de las llamadas permanentes, desde hacía más cinco años. Habían avanzado mucho en su tarea: tenían localizadas muchas de las amenazas, y detectado la mayoría de las vulnerabilidades.
-Antes de tomar una decisión -expresó aquel día de enero su Presidente, repasando sus notas- es imprescindible establecer prioridades, puesto que nuestros recursos son muy limitados.
-La mayor amenaza a la que nos enfrentamos es, sin duda, la del cambio climático, que puede derretir los polos, elevar la altura del mar más de seis metros, inundar los pueblos costeros y calentar la superficie de la Tierra en más de seis grados.
-No estoy de acuerdo -replicó el Jefe del Estado Mayor de los Ejércitos-. El riesgo más alto que sufre nuestra sociedad es el de la guerra atómica, en la que los países del arco fanático quieran probar la eficiencia de sus armas nucleares atacando uno de nuestros aliados.
-Quiá -mantuvo, con firmeza, el Comisionado de la Federación de Empresarios que, por cierto, venía de declarar ante el Tribunal justiciero por una presunta apropiación de las cuotas de los asociados, y que habría empleado en un viaje a las Hébridas con su concubina-. El máximo peligro de nuestra sociedad es la invasión de los productos corniculianos, a precios ridículos, porque sus salarios son la décima parte de los de nuestra clase trabajadora.
A pesar de que llevaban tantas reuniones, analizando amenazas y vulnerabilidades, no conseguían ponerse de acuerdo en establecer las prioridades, porque todos los peligros les parecían de muy alta importancia. Cuando ya declinaba el día, un asistente muy joven que, al parecer no había sido invitado porque no formaba parte del Comité, dijo en voz muy alta:
-¿Será de alguno de Vds. un todoterreno azul que se está llevando la grúa?
Hubo un silencio, y varios de los presentes salieron corriendo, asustados.
FIN

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