A todos los niños les gustan los cuentos y a algunos, mucho. A mis cuatro nietas les encantan, especialmente a las dos mayores (que aún no cumplieron los tres años). No les importa que se les cuente el mismo relato una y otra vez, e incluso diría que les parece mejor caminar por los senderos trillados, porque si se cambia la versión del cuento que conocen, enseguida te sacan la tarjeta roja. «Eso no es, abuelo», me interrumpen.
Entre sus cuentos preferidos figura, en muy alto lugar -apenas superado por El patito feo-, el de Caperucita roja,- Es encantadora la tensión con la que siguen el diálogo esperpéntico entre la ingenua niña y lobo disfrazado con el gorro de dormir y el camisón de la abuela, y el alivio con el que reciben la entrada en escena del leñador, que, con la poderosa ayuda de la imaginación, encontrará a las dos, sanas y salvas.
Una de mis nietas mayores no vocaliza aún bien, y Caperucita roja es, para ella, Caperucita coja. Creyendo que le ayudaría a ver las diferencias, inventé un cuento de una niña que tenía una piernecita más corta que la otra, y que andaba a saltos por el bosque, y que, en uno de sus paseos, se encontró con el «bobo felón». No tuve éxito, pues ignora lo que es ser felón, y la historieta discurrió por cauces más bien abstractos para una niña tan pequeña.
Pero los adultos no ignoramos que nuestra historia real está plagada de felones, que actúan como si fueran bobos, aunque no hacen más que aprovecharse de que estamos cojos, y que esta cojera nos impide alejarnos corriendo de su intención de engañarnos.
No hace falta realizar encuestas de aceptación para saber a ciencia cierta que nuestra inocencia de caperucitas ha sido traicionada a mansalva. No se libra del lastre de desfachatez, trampas y, en suma, felonía, ninguna de las instituciones. Aunque, por supuesto, estemos convencidos de que los que engañan son minoría, son más que suficientes. En este bosque de despropósitos, nos encontramos a cada dos pasos por gentes aviesas que, fingiéndose bobos, han utilizado, no solo nuestra credulidad, sino el prestigio de las instituciones en las que desempeñan sus cargos, en su propio beneficio y abusando de nuestra necesidad.
No preciso citar a nadie, porque el mal está ya en boca de todos. No hay un hueco, del rey abajo, ninguno, en el que no haya señales de malicia. Veo a los bobos felones contestando, taimados, a nuestras preguntas de ¿Por qué lo hicisteis?
-Para servirte mejor.
-Porque no podíamos estar al tanto de todo.
-Ya les habíamos advertido de que no lo hicieran.
-Hay que mantener la presunción de inocencia.
-No se podía actuar de otro modo.
-Todos han hecho lo mismo.
Pues ya lo ven, están descubiertos. Aliado insospechado, el diablo cojuelo ha levantado uno tras otro los tejados de esta ciudad para poner al descubierto las desnudeces de los que se creían bien pertrechados, disfrazados de corderos, esto es, de bobos, de bien intencionados.
¿Cómo acabará el cuento? No lo se muy bien, pero veo cada vez más aislados a los que carecen de razones para justificar el tamaño de sus ganancias, lo desmesurado de sus gorros de oropel, la camisa abultada por las bolsas que birlaron. Somos muchos los que estamos del lado de las Caperucitas cojas. Y esperamos que aparezca en acción el leñador de la verdad, ése que, abriendo el vientre de la desfachatez, saque de nuevo a la luz nuestra esperanza, sana y salva.
Veo que en el bosque hay algunos leñadores, ocupados en recoger ramas y astillas y evitando afectar a los árboles altos de este bosque.
Mi tendencia al pesimismo me indica que los jugos gástricos de la codicia han debido haber hecho de las suyas, y, cuanto más tardemos, más convertidos en piltrafas encontraremos los buenos deseos que se han engullido. Mientras creemos estar atendiendo a las explicaciones sobre el estado de nuestra democracia y la recuperación de la economía, interesándonos por lo que pensamos son las respuestas sinceras de la abuela, lo que escuchamos son los argumentos perversos de los lobos feroces, digo, de los bobos felones, que siguen tragando Caperucitas.
FIN

Deja una respuesta