No existen muchos cuentos con pretensiones formativas en los que se haga hablar a seres inanimados, figura literaria que, cuando se estudiaban esas menudencias en la escuela, se llamaba prosopopeya. Supongo que la razón es no restar credibilidad al relato, pues aunque es poco probable encontrarse con ranas que se metamorfoseen en príncipes encantadores, doncellas encantadas cuyos cabellos crezcan casi a la velocidad de la luz, brujas pirujas o gnomos avarientos, no hay porqué descartar esa posibilidad, simplemente porque uno no haya tenido esa suerte.
Reconozco que la historia que voy a contar tiene pocos visos de ser verdadera, pero así me la refirieron y, desde luego, la encuentro de un alto potencial educativo.
En un bosque de robles de la baja Sajonia, más cerca de los tiempos del rey que rabió que de los de Maricastaña, creció un árbol que, por encontrarse en las condiciones idóneas de tierra, agua y aire, era el más alto de la comarca. Su porte era orgullo de sus congéneres, que, en silencio, lo admiraban, pugnando, sin lograrlo, por llegar a su altura.
Sucedió, en fin, lo que acontece a casi todos los árboles, cuando se encuentran con leñadores, ya manejen hachas o máquinas de serrar. Lo cortaron, y lo convirtieron en tablas de diferentes tamaños, dejando un tocón apenas sobresaliente, en donde se podían contar los años que había vivido: setenta y tres.
A cada uno de los trozos de aquel gigante caído, le dieron un destino más o menos adecuado. Y, para lo que nos importa, con una de las ramas, un carpintero de la ciudad de Trotzdem, fabricó dos sillas.
El carpintero tenía aficiones artísticas y, por eso, confeccionó las dos sillas de manera bastante diferente. A una, la dotó de un respaldo con un bajorelieve de animales mitológicos y faunos, en una escena de caza interesante, pues los faunos eran las piezas perseguidas por unicornios; incluso, talló los brazos y las patas con hojas de acanto y azucenas, copiándolas de un libro de arte que le dejó en préstamo un anticuario.
A la otra silla, sintiéndose cansado de hacer filigranas con el cincel y el mazo, y a pesar de que había tenido la intención primigenia de fabricar dos sillas iguales, la dejó monda y lironda. Tenía aspecto de silla, desde luego, pero resultaba de lo más rústico y elemental. Incluso, si a la primera le había encajado un asiento de terciopelo con cintas bordolesas doradas, a esta segunda le encasquetó, simplemente, una plancha de ocume en el lugar en donde los usuarios habían de descansar sus posaderas.
Como puede comprenderse, cada una de las sillas estaba predestinada para servir un servicio disparejo. La que estaba más ilustrada, despertó el interés de una devota, que la compró en el mismo taller del artesano y se la regaló a un sacerdote católico de su diócesis. La otra, convenientemente rebajada de precio, fue adquirida de segunda mano por un obrero de la construcción, padre de familia numerosa, que se había visto en la necesidad de ampliar el escaso mobiliario de su vivienda cuando su señora suegra, recién enviudada, resolvió venirse a Trotzdem con su hija y yerno, dejando las gallinas y la vaca, que eran sus únicas posesiones, a cargo de una vecina de Gottseidank, de donde procedía, de la que nunca más supo.
La silla que soportó, desde entonces, el peso del honorable párroco, fue instalada en un confesionario de los de rejilla lateral, en donde tuvo ocasión de oír los pecados de la feligresía católica, que ciertamente no eran mayoría de la población -tratándose de una ciudad en un país protestante-, pero sí resultaron harto pecadores y, por eso, nada aburridos, pues su imaginación pecaminosa y sus vicios alcanzaban cotas altísimas.
La otra silla, aunque resistió algunos años con estoicismo ebúrneo, no pudo aguantar el peso creciente de la mamá política, dad a los dulces, y acabó desfondándose, vencida en un lateral la plancha de ocume, que sacó astillas. Todavía fue peor: por la humedad del garito en donde vivía la familia del obrero, se había creado un hábitat propicio para que proliferaran las más voraces termitas, insectos que, combinados sus destrozos con los quehaceres de unas nada sutiles carcomas, dejaron tres de las cuatro patas de la silla convertidas en un acerico.
El mueble bendecido podía haber aguantado durante generaciones, pero al sacerdote lo promovieron a obispo y, al abandonar la diócesis, su sucesor, que era aún más voluminoso, encontró la silla inadecuada, amén de pretenciosa e inadecuada, con aquellos dibujos que se le antojaron paganos. Por eso, la sacó del confesionario y la puso a la puerta de la sacristía, de donde, un fin de semana, alguien se la llevó, con la intención de separar el retablo del respaldo, y venderlo en un mercadillo.
Fue así como, tras unos cuantos vaivenes más, se encontraron en una pira de las que se organizan para festejar el comienzo de la primavera, las dos sillas -lo que quedaba de ellas- e, inmediatamente se reconocieron y saludaron con un chirrido.
-¿Cómo te fue en todo este tiempo? -preguntó la más humilde a la cortesana.
-Peor, imposible -fue lo que oyó por contestación- tuve que soportar el peso de más de cien quilos de un prelado casi todos los días, y pongo al dios de los bosques por testigo que sus flatulencias me impregnaron de un olor nauseabundo, que en nada se asemeja al aroma que traía. Y eso, sin contar con que escuché de los humanos tales perversidades que, cuando me quedo dormida, me despierto llena de remordimientos.
-Nada de lo tuyo ha de ser comparable con lo mío -dijo la otra, agarrándose como podía a lo que restaba de su esencia-. Me comieron por dentro animales no solo voraces, sino de lo más desconsiderado, pues me afectaron a la esencia, haciéndome huecos por doquier. Y, para mayor dolor, tuve que aguantar, no solo el peso de unas posaderas que en nada deberían envidiar, en su despropósito, las que te hicieron a ti tanto daño y supusieron tufo, sino que, siendo más débil, no me desmoroné por amor propio.
Mientras las llamas las consumían, quienes pudieron aguzar el oído se enteraron, pues, de las historias de cada una: mismo origen, idéntico artesano quien fabricara su concreto aspecto, y muy diferentes posaderas a las que sirvieron de aposento. Todo ello, para después de haber cumplido con dignidad su cometido, venir a convertirse en fuego de diversión, humo de jolgorio, junto a otras maderas sin historia, paja de rellenar, telas sucias y serrín de serrería. Así son las cosas también para las sillas.
FIN

Deja una respuesta