Aunque no está demostrado, es absolutamente posible, con probabilidad cercana a la certeza, que hace muchos, muchísimos años, se estuviera viviendo una situación muy parecida a la actual. Y es también posible que, si tuviéramos la oportunidad de retroceder en el tiempo tanto como quisiéramos, nos encontraríamos un escenario poblado de seres misteriosos, princesas enamoradizas, hadas madrinas, enanos saltarines y lobos parlantes.
Es allí donde quiero situar esta historia, para que quienes creen estar seguros de saberlo todo y de que no hay nada que pueda asombrarles, se convenzan de lo contrario. Porque, por muy intensas que hayan sido las propias vivencias, siempre habrán quedado huecos para muchas más, y solo será posible tenerlas en cuenta utilizando la imaginación.
En uno de esos lugares, vivían tres princesas, cada cual más hermosa que la anterior, si hubiera forma humana de ponerlas en orden, como los números primos o los húsares de un regimiento. Una era morena como su madre, la Reina, con unos ojos verdes que encandilaban a todo el que pretendiese dilucidar, mirándolos, si eran del color de la obsidiana o del aguamarina. Otra era rubia, como su padre, el Rey, y tenía un cuerpo cimbreante como cáñamo de terciopelo, que era objeto de admiración rendida para todo el que tuviera la suerte de pasar cerca y rozarla aunque solo fuera con las fragancias de su aliento. Y, en fin, la tercera, era pelirroja con los matices del sol del atardecer los días de otoño, porque su pelo se había contagiado del color predominante el día en que nació y, contemplada a contraluz, hipnotizaba más que el vuelo de una mariposa.
A pesar del distinto color de su pelo, eran tan parecidas de carácter, tan similares de porte y compostura, que, cuando llevaban puesta la toca con la que las princesas evidencian o mejoran su recato, no había forma de distinguirlas. Por eso las llamaban, las tres Gracias, aunque sus nombres verdaderos eran Leocadia, Leonor y Leovigilda, por una promesa hecha a los dioses por su madre, creyendo que iba a ser estéril.
Las tres jóvenes estaban siempre juntas. Iban a la escuela donde se forma a las princesas ya a primeras horas de la mañana, estudiaban allí comportamiento principesco, cánticos meríficos y expresiones melindrosas, y, volvían, con sus cartapacios llenos de cuentos de hadas y deseos de besos de desencantamiento, a palacio, cuando el día declinaba. Eran las tres únicas alumnas y, siendo la escuela concertada, el Estado abonaba la media pensión.
La escuela para princesas estaba situada al otro lado de la calle, enfrente al Palacio y, por eso, para tan corto tránsito, no utilizaban la carroza real, sino que iban andando, tranquilamente, pian pianito, de un sitio al otro, … eso sí, vigiladas por el alguacil mayor, que las observaba, a las horas oportunas, desde una ventana, cuidando de que nadie las importunara con preguntas impertinentes, ni ellas se distrajeran con cuestiones que no venían al caso.
Un día neblinoso, con una niebla tan intensa que era imposible ver un burro a dos pasos, un enano saltarín, del tipo específico de los que se dedican a fastidiar a reyes y princesas en los cuentos infantiles, proponiéndoles pruebas muy difíciles de cumplir para librarlos de sus malévolos encantamientos, y que venía acechando su oportunidad desde que eran niñas, se les acercó, cuando salían de la escuela principesca, y, con voz aflautada, disimulando la ronquera que era propia de su hábito de fumar hojas secas de aquilega, les dijo:
-¿Saben sus altezas principescas que hay fiesta con saltimbanquis en el pueblo en el que sus majestades son reyes y señores, y la entrada es gratuita para princesas y gnomos?
Las princesas no tenían ni pajolera idea de que tal oportunidad existiera, porque no les era permitido alejarse de palacio más que para cruzar la calle. Por eso, y como estaban educadas para decir la verdad en lo que no tenía importancia, expresaron, al unísono, lo que procedía: «No».
Para abreviar la historia, diré que, picadas por la curiosidad y la labia pegajosa del enano saltarín (que, en realidad, era el gigante Melanchón, y vivía en un frondoso bosque de robledales y hayedos, y estaba harto de comer bellotas tanto crudas como cocidas y de fumar plantas venenosas para mejorar la digestión), accedieron, por una sola vez, y sin que sirva de precedente, a desviarse de su camino, y, dando la vuelta a la escuela principesca, envueltas en la niebla, se encaminaron hacia el pueblo, que quedaba justo al otro lado.
El alguacil, que no veía ni torta por razón de la densa capa neblinosa, pero que daba por seguro de que, todo habría sucedido como cualquier día, cuando le pareció oportuno, cerró la puerta, e informó a los Reyes que las infantas habían llegado y se habían retirado a sus aposentos, preparándose para la cena.
Llegó la hora de la cena y las tres gracias no aparecieron. Entretanto, a ellas les había sucedido algo terrible. Engañadas por el embaucador polimorfo, no tardaron, sin embargo, en advertir que no había fiesta alguna, ni saltimbanquis o espectáculos malabares, ni siquiera pueblo, pues, al doblar el primer recodo, el enano saltarín tomó su forma más principal de gigante Melanchón, y, cogiendo a las tres jóvenes con toda la delicadeza de sus manazas, se las metió en el bolsillo, relamiéndose de antemano por lo sabrosísimas que estarían, convenientemente aderezadas con patatas, cebolla picada y pimientos coloradetes, que pensaba agenciar, al paso, en cualquier abacería.
La culpa de que las cosas no sucedieron exactamente como imaginaba el coloso multifacético, hay que atribuírsela a un agujero que tenía en el bolsillo del pantalón, y en el que no había reparado ni él ni su madre, con la que vivía, y que era la zurcidora y la que lo tenía a régimen de bellotas. Por ese agujero, mientras Melanchón corría, dando saltos de gozo, -pues su condición saltarina no dependía del tamaño que adoptaba su cuerpo, al ser característica intrínseca, es decir, natural-, muy contento de estar de vuelta a su bosque encantado con las preciosas cargas que venía anhelando desde que había advertido cuán apetitosas se les ponían las carnes turgentes, se le escaparon, una tras otra, las tres princesas, sin que el se apercibiera.
Cada una cayó en un sitio diferente. Luego, utilizando las artes que les habían enseñado para el caso en que pudiera ocurrirles algo parecido -en la asignatura de Raptos y Encantamientos-, se preocuparon, en principio, en volver lo antes posible a Palacio, en donde estaba seguras que les esperarían sus padres, preocupados, sí, pero con la cena preparada.
La morena, al llegar a un río bastante caudaloso, se transformó en una trucha y, después de nadar varias decenas de kilómetros, apareció en la fuente del jardín de su casa palaciega, en donde volvió a adoptar la forma humana, esto es, su aspecto divino. La rubia, que era más aficionada a dejar volar sus pensamientos, tomó el aspecto de un águila real y, dejándose llevar por las corrientes atmosféricas, recaló en la aguja terminal del pináculo de la torre más alta del palacio, momento en que pudo ser nuevamente la joven hermosa que conocían sus padres y, con mucho cuidado, resbalando asida a tejas y canalones, llegó al suelo y se incorporó, gozosa, al yantar, ya algo más frío.
En cuanto a la pelirroja, estuvieron esperando un buen rato. Era la más lista, decían, y no tenía explicación alguna que no estuviera de vuelta como las otras. Pasaron las horas, los días, los meses y los reinos y, sin embargo, nunca más se supo de ella.
Dicen que decidió quedarse en el bosque, incluso que, caprichosa de ánimo, se había enamorado secretamente del enano gigantuelo, creyéndolo príncipe encantado o poseedor de quién sabe qué cualidades o virtudes. No pasaba de ser mera especulación, pues, por más que la buscaron, entrando hasta los confines en los que el bosque empezaba a ser peligroso, no hallaron ni un pelo rojo que les pusiera sobre la pista.
Todos los años, por estas fechas, sale una expedición de Palacio, con ojeadores y perros sabuesos, para dejar unos ramos de flores en el sitio donde se cree que cayó. Incluso alguien recita unos versos en su memoria, ya muy desdibujada, contaminada por las especulaciones, pues ya se sabe cómo es la gente. Incluso se duda que hayan sido tres, las Gracias, o que de serlo, haya sido princesa.
FIN

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