Al socaire

Blog personal de Angel Arias. La mayor parte de los contenidos son copy@left, aunque los dibujos, poemas y relatos tienen el copy@right del autor

  • Inicio
  • Sobre mí

Copyright © 2026

Usted está aquí: Inicio / Archivo de pelirroja

Cuento de otoño: Las tres gracias

24 septiembre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Aunque no está demostrado, es absolutamente posible, con probabilidad cercana a la certeza, que hace muchos, muchísimos años, se estuviera viviendo una situación muy parecida a la actual. Y es también posible que, si tuviéramos la oportunidad de retroceder en el tiempo tanto como quisiéramos, nos encontraríamos un escenario poblado de seres misteriosos, princesas enamoradizas, hadas madrinas, enanos saltarines y lobos parlantes.

Es allí donde quiero situar esta historia, para que quienes creen estar seguros de saberlo todo y de que no hay nada que pueda asombrarles, se convenzan de lo contrario. Porque, por muy intensas que hayan sido las propias vivencias, siempre habrán quedado huecos para muchas más, y solo será posible tenerlas en cuenta utilizando la imaginación.

En uno de esos lugares, vivían tres princesas, cada cual más hermosa que la anterior, si hubiera forma humana de ponerlas en orden, como los números primos o los húsares de un regimiento. Una era morena como su madre, la Reina, con unos ojos verdes que encandilaban a todo el que pretendiese dilucidar, mirándolos, si eran del color de la obsidiana o del aguamarina. Otra era rubia, como su padre, el Rey, y tenía un cuerpo cimbreante como cáñamo de terciopelo, que era objeto de admiración rendida para todo el que tuviera la suerte de pasar cerca y rozarla aunque solo fuera con las fragancias de su aliento. Y, en fin, la tercera, era pelirroja con los matices del sol del atardecer los días de otoño, porque su pelo se había contagiado del color predominante el día en que nació y, contemplada a contraluz, hipnotizaba más que el vuelo de una mariposa.

A pesar del distinto color de su pelo, eran tan parecidas de carácter, tan similares de porte y compostura, que, cuando llevaban puesta la toca con la que las princesas evidencian o mejoran su recato, no había forma de distinguirlas. Por eso las llamaban, las tres Gracias, aunque sus nombres verdaderos eran Leocadia, Leonor y Leovigilda, por una promesa hecha a los dioses por su madre, creyendo que iba a ser estéril.

Las tres jóvenes estaban siempre juntas. Iban a la escuela donde se forma a las princesas ya a primeras horas de la mañana, estudiaban allí comportamiento principesco, cánticos meríficos y expresiones melindrosas, y, volvían, con sus cartapacios llenos de cuentos de hadas y deseos de besos de desencantamiento, a palacio, cuando el día declinaba. Eran las tres únicas alumnas y, siendo la escuela concertada, el Estado abonaba la media pensión.

La escuela para princesas estaba situada al otro lado de la calle, enfrente al Palacio y, por eso, para tan corto tránsito, no utilizaban la carroza real, sino que iban andando, tranquilamente, pian pianito, de un sitio al otro, … eso sí, vigiladas por el alguacil mayor, que las observaba, a las horas oportunas, desde una ventana, cuidando de que nadie las importunara con preguntas impertinentes, ni ellas se distrajeran con cuestiones que no venían al caso.

Un día neblinoso, con una niebla tan intensa que era imposible ver un burro a dos pasos, un enano saltarín, del tipo específico de los que se dedican a fastidiar a reyes y princesas en los cuentos infantiles, proponiéndoles pruebas muy difíciles de cumplir para librarlos de sus malévolos encantamientos, y que venía acechando su oportunidad desde que eran niñas, se les acercó, cuando salían de la escuela principesca, y, con voz aflautada, disimulando la ronquera que era propia de su hábito de fumar hojas secas de aquilega, les dijo:

-¿Saben sus altezas principescas que hay fiesta con saltimbanquis en el pueblo en el que sus majestades son reyes y señores, y la entrada es gratuita para princesas y gnomos?

Las princesas no tenían ni pajolera idea de que tal oportunidad existiera, porque no les era permitido alejarse de palacio más que para cruzar la calle. Por eso, y como estaban educadas para decir la verdad en lo que no tenía importancia, expresaron, al unísono, lo que procedía: «No».

Para abreviar la historia, diré que, picadas por la curiosidad y la labia pegajosa del enano saltarín (que, en realidad, era el gigante Melanchón, y vivía en un frondoso bosque de robledales y hayedos, y estaba harto de comer bellotas tanto crudas como cocidas y de fumar plantas venenosas para mejorar la digestión), accedieron, por una sola vez, y sin que sirva de precedente, a desviarse de su camino, y, dando la vuelta a la escuela principesca, envueltas en la niebla, se encaminaron hacia el pueblo, que quedaba justo al otro lado.

El alguacil, que no veía ni torta por razón de la densa capa neblinosa, pero que daba por seguro de que, todo habría sucedido como cualquier día, cuando le pareció oportuno, cerró la puerta, e informó a los Reyes que las infantas habían llegado y se habían retirado a sus aposentos, preparándose para la cena.

Llegó la hora de la cena y las tres gracias no aparecieron. Entretanto, a ellas les había sucedido algo terrible. Engañadas por el embaucador polimorfo, no tardaron, sin embargo, en advertir que no había fiesta alguna, ni saltimbanquis o espectáculos malabares, ni siquiera pueblo, pues, al doblar el primer recodo, el enano saltarín tomó su forma más principal de gigante Melanchón, y, cogiendo a las tres jóvenes con toda la delicadeza de sus manazas, se las metió en el bolsillo, relamiéndose de antemano por lo sabrosísimas que estarían, convenientemente aderezadas con patatas, cebolla picada y pimientos coloradetes, que pensaba agenciar, al paso, en cualquier abacería.

La culpa de que las cosas no sucedieron exactamente como imaginaba el coloso multifacético, hay que atribuírsela a un agujero que tenía en el bolsillo del pantalón, y en el que no había reparado ni él ni su madre, con la que vivía, y que era la zurcidora y la que lo tenía a régimen de bellotas. Por ese agujero, mientras Melanchón corría, dando saltos de gozo, -pues su condición saltarina no dependía del tamaño que adoptaba su cuerpo, al ser característica intrínseca, es decir, natural-, muy contento de estar de vuelta a su bosque encantado con las preciosas cargas que venía anhelando desde que había advertido cuán apetitosas se les ponían las carnes turgentes, se le escaparon, una tras otra, las tres princesas, sin que el se apercibiera.

Cada una cayó en un sitio diferente. Luego, utilizando las artes que les habían enseñado para el caso en que pudiera ocurrirles algo parecido -en la asignatura de Raptos y Encantamientos-, se preocuparon, en principio, en volver lo antes posible a Palacio, en donde estaba seguras que les esperarían sus padres, preocupados, sí, pero con la cena preparada.

La morena, al llegar a un río bastante caudaloso, se transformó en una trucha y, después de nadar varias decenas de kilómetros, apareció en la fuente del jardín de su casa palaciega, en donde volvió a adoptar la forma humana, esto es, su aspecto divino. La rubia, que era más aficionada a dejar volar sus pensamientos, tomó el aspecto de un águila real y, dejándose llevar por las corrientes atmosféricas, recaló en la aguja terminal del pináculo de la torre más alta del palacio, momento en que pudo ser nuevamente la joven hermosa que conocían sus padres y, con mucho cuidado, resbalando asida a tejas y canalones, llegó al suelo y se incorporó, gozosa, al yantar, ya algo más frío.

En cuanto a la pelirroja, estuvieron esperando un buen rato. Era la más lista, decían, y no tenía explicación alguna que no estuviera de vuelta como las otras. Pasaron las horas, los días, los meses y los reinos y, sin embargo, nunca más se supo de ella.

Dicen que decidió quedarse en el bosque, incluso que, caprichosa de ánimo, se había enamorado secretamente del enano gigantuelo, creyéndolo príncipe encantado o poseedor de quién sabe qué cualidades o virtudes. No pasaba de ser mera especulación, pues, por más que la buscaron, entrando hasta los confines en los que el bosque empezaba a ser peligroso, no hallaron ni un pelo rojo que les pusiera sobre la pista.

Todos los años, por estas fechas, sale una expedición de Palacio, con ojeadores y perros sabuesos, para dejar unos ramos de flores en el sitio donde se cree que cayó. Incluso alguien recita unos versos en su memoria, ya muy desdibujada, contaminada por las especulaciones, pues ya se sabe cómo es la gente. Incluso se duda que hayan sido tres, las Gracias, o que de serlo, haya sido princesa.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: angel arias, cuentos de otoño, enano saltarín, gigante Melanchón, las tres gracias, morena, pelirroja, princesa, rubia

Entradas recientes

  • Homilía y lecturas del funeral de Angel Arias – Viernes 14 abril
  • Cuentos para Preadolescentes (12)
  • Cuentos para preadolescentes (11)
  • Cuentos para preadolescentes (10)
  • Cuentos para Preadolescentes (9)
  • Cuentos para preadolescentes (7 y 8)
  • Por unos cuidados más justos
  • Quincuagésima Segunda (y última) Crónica desde Gaigé
  • Quincuagésima primera Crónica desde el País de Gaigé
  • Cuentos para Preadolescentes (6)
  • Cuentos para preadolescentes (5)
  • Cuentos para preadolescentes (4)
  • Cuentos para Preadolescentes (3)
  • Quincuagésima Crónica desde el País de Gaigé
  • Cuentos para preadolescentes (2)

Categorías

  • Actualidad
  • Administraciones públcias
  • Administraciones públicas
  • Ambiente
  • Arte
  • Asturias
  • Aves
  • Cáncer
  • Cartas filípicas
  • Cataluña
  • China
  • Cuentos y otras creaciones literarias
  • Cultura
  • Defensa
  • Deporte
  • Derecho
  • Dibujos y pinturas
  • Diccionario desvergonzado
  • Economía
  • Educación
  • Ejército
  • Empleo
  • Empresa
  • Energía
  • España
  • Europa
  • Filosofía
  • Fisica
  • Geología
  • Guerra en Ucrania
  • Industria
  • Ingeniería
  • Internacional
  • Investigación
  • Linkweak
  • Literatura
  • Madrid
  • Medicina
  • mineria
  • Monarquía
  • Mujer
  • País de Gaigé
  • Personal
  • Poesía
  • Política
  • Religión
  • Restauración
  • Rusia
  • Sanidad
  • Seguridad
  • Sin categoría
  • Sindicatos
  • Sociedad
  • Tecnologías
  • Transporte
  • Turismo
  • Ucrania
  • Uncategorized
  • Universidad
  • Urbanismo
  • Venezuela

Archivos

  • mayo 2023 (1)
  • marzo 2023 (1)
  • febrero 2023 (5)
  • enero 2023 (12)
  • diciembre 2022 (6)
  • noviembre 2022 (8)
  • octubre 2022 (8)
  • septiembre 2022 (6)
  • agosto 2022 (7)
  • julio 2022 (10)
  • junio 2022 (14)
  • mayo 2022 (10)
  • abril 2022 (15)
  • marzo 2022 (27)
  • febrero 2022 (15)
  • enero 2022 (7)
  • diciembre 2021 (13)
  • noviembre 2021 (12)
  • octubre 2021 (5)
  • septiembre 2021 (4)
  • agosto 2021 (6)
  • julio 2021 (7)
  • junio 2021 (6)
  • mayo 2021 (13)
  • abril 2021 (8)
  • marzo 2021 (11)
  • febrero 2021 (6)
  • enero 2021 (6)
  • diciembre 2020 (17)
  • noviembre 2020 (9)
  • octubre 2020 (5)
  • septiembre 2020 (5)
  • agosto 2020 (6)
  • julio 2020 (8)
  • junio 2020 (15)
  • mayo 2020 (26)
  • abril 2020 (35)
  • marzo 2020 (31)
  • febrero 2020 (9)
  • enero 2020 (3)
  • diciembre 2019 (11)
  • noviembre 2019 (8)
  • octubre 2019 (7)
  • septiembre 2019 (8)
  • agosto 2019 (4)
  • julio 2019 (9)
  • junio 2019 (6)
  • mayo 2019 (9)
  • abril 2019 (8)
  • marzo 2019 (11)
  • febrero 2019 (8)
  • enero 2019 (7)
  • diciembre 2018 (8)
  • noviembre 2018 (6)
  • octubre 2018 (5)
  • septiembre 2018 (2)
  • agosto 2018 (3)
  • julio 2018 (5)
  • junio 2018 (9)
  • mayo 2018 (4)
  • abril 2018 (2)
  • marzo 2018 (8)
  • febrero 2018 (5)
  • enero 2018 (10)
  • diciembre 2017 (14)
  • noviembre 2017 (4)
  • octubre 2017 (12)
  • septiembre 2017 (10)
  • agosto 2017 (5)
  • julio 2017 (7)
  • junio 2017 (8)
  • mayo 2017 (11)
  • abril 2017 (3)
  • marzo 2017 (12)
  • febrero 2017 (13)
  • enero 2017 (12)
  • diciembre 2016 (14)
  • noviembre 2016 (8)
  • octubre 2016 (11)
  • septiembre 2016 (3)
  • agosto 2016 (5)
  • julio 2016 (5)
  • junio 2016 (10)
  • mayo 2016 (7)
  • abril 2016 (13)
  • marzo 2016 (25)
  • febrero 2016 (13)
  • enero 2016 (12)
  • diciembre 2015 (15)
  • noviembre 2015 (5)
  • octubre 2015 (5)
  • septiembre 2015 (12)
  • agosto 2015 (1)
  • julio 2015 (6)
  • junio 2015 (9)
  • mayo 2015 (16)
  • abril 2015 (14)
  • marzo 2015 (16)
  • febrero 2015 (10)
  • enero 2015 (16)
  • diciembre 2014 (24)
  • noviembre 2014 (6)
  • octubre 2014 (14)
  • septiembre 2014 (15)
  • agosto 2014 (7)
  • julio 2014 (28)
  • junio 2014 (23)
  • mayo 2014 (27)
  • abril 2014 (28)
  • marzo 2014 (21)
  • febrero 2014 (20)
  • enero 2014 (22)
  • diciembre 2013 (20)
  • noviembre 2013 (24)
  • octubre 2013 (29)
  • septiembre 2013 (28)
  • agosto 2013 (3)
  • julio 2013 (36)
  • junio 2013 (35)
  • mayo 2013 (28)
  • abril 2013 (32)
  • marzo 2013 (30)
  • febrero 2013 (28)
  • enero 2013 (35)
  • diciembre 2012 (3)
julio 2026
L M X J V S D
 12345
6789101112
13141516171819
20212223242526
2728293031  
« May