Se conocieron un verano; ella, perteneciente a una familia con posibles, estaba de vacaciones en la Costa del Sol y él, hijo de jornalero y ama de casa, jugaba en el Esteponense FC de medio-centro. Fue amor a primera vista; él se fijó en sus pechos saltarines y ella en sus robustas piernas.
Ella se llamaba Nuria, le gustaba leer novelas rosa y aún más el dulce de membrillo, lo que ayudaba a redondear sus caderas. Acababa de cumplir los diecisiete, y los aparentaba.
El, Manuel Antonio, era conocido como «Lito», tenía treinta y dos años, y había jugado una temporada en el Málaga, sin éxito, por lo que había sido devuelto a las categorías inferiores. Se entrenaba poco, porque trabajaba a media jornada de fontanero en los servicios municipales y, cuando se terciaba, hacía chapuzas para particulares.
Como tenían tiempo libre solían dar largos paseos. Por la punta del Saladillo, el Paseo Marítimo, la playa de la Rada,…incluso se les vió un par de veces en la playa de El Cristo, que ya empezaba a ser ocupada por nudistas, aunque vergonzantes.
En verdad, lo que más les apetecía era acercarse a Sierra Bermeja, utilizando prestada la furgoneta del servicio de aguas que conducía Lito, dejando una mano libre del volante, y perderse luego por los senderos de lo que es hoy el Parque de los Pedregales, allí donde la ermita del patrono San Isidro, aguardando la oscurecida.
Las amigas de Nuria, conocidas de otros veraneos, los llamaron pronto «los amantes de Teruel», aunque les cuadraba mejor, obviamente, los amantes de Estepona.
Los amigos de Manuel Antonio pretendieron hacerle reflexionar sobre el a dónde quería parar.
-La niña es un bombón, pero si pasa algo se te va a caer en el pelo. El padre es teniente coronel de Artillería, y se trae muy malas pulgas. -le advirtieron.
-Si la envidia fuera tiña, …-era la única respuesta que obtenían.
Pasaron un verano magnífico y, cuando llegó para Nuria la hora de marchar para reencontrarse con el norte, prometieron escribirse casi todos los días y verse con la frecuencia que les fuera posible.
-Es difícil, porque la distancia es mucha y mis padres no me dejan más que salir hasta las diez -se lamentaba la rapaza.
-Aunque digan que la distancia es el olvido, yo te prometo fidelidad hasta la muerte -aseguraba Manuel Antonio, cruzando los dedos.
No me consta que se hayan escrito mucho, pero sí de un hecho de excepcional importancia, al menos para Nuria. Sucedió que, por falta de las debidas precauciones en determinadas ocupaciones placenteras, o tal vez de una ignorancia culposa, Nuria se había quedado embarazada.
«Queridísimo Lito -escribió la joven, allá por el mes de noviembre, en plena temporada escolar y deportiva-. Estoy de los nervios. Tengo una falta de tres meses. Hice la prueba de la rana y no tengo dudas de que me tocó premio. No te dije nada antes hasta estar segura. Pienso que fue por aquella noche en que me clavé una piedra en el pompis. Dime qué vamos a hacer. Besos, Nuria»
Manuel Antonio leyó la escueta misiva, escrita con la letra grande y bastante desgarbada que se le hacía muy difícil de entender, hasta el punto de que, muchas veces, no comprendía algunas palabras o frases, quedándose a medias o a tercias.
Pero aquella vez lo comprendió todo, aunque, para quien no estuviera en el ajo, el estilo de Nuria pudiera parecer algo críptico. En directo, pues: su amiga estaba preñada. Solo que él no tenía ninguna gana de perder su libertad por una criatura más o menos que viniera al mundo, y verse con ello traspasado a la solemnidad de ser padre de familia.
Tenía, además, desde finales de septiembre, relación formal con cierta moza de Estepona, que trabajaba en una almazara y era también consentidora.
Por eso, tras un período de meditación sobre las opciones, decidió hacerse el longis. Escribió, al cabo de una o dos semanas, una nota deliberadamente oscura:
Querida Nenuca -la llamaba así porque le había encontrado la piel suave como la de un bebé, aunque ahora también era la manera en que se refería a la novia esteponense-. No te preocupes por nada. Las faltas se pitan en el momento en que se cometen. De la rana, qué te voy a decir. Solo se aprovechan las ancas, y en rebozo. A mí me dan repelús. La piedra que dices era serpentina, y no tiene ningún valor. Besos, Lito.
Nuria se quedó apesadumbrada, porque, como era lista para algunas cosas, vio claro que Lito se desentendía del asunto del penalti. Armándose de valor, le contó a sus padres el percance, pidiendo perdón por el desliz y haciéndose la víctima.
-Yo qué sabía -le confesó a su madre, que venía de ejercicios espirituales con los Avelinos-. Creía que los niños venían de París y no de Estepona.
El padre quiso inicialmente enviar un destacamento de artilleros, tomar Estepona y diezmar a la población varonil, pero, recobrada la calma, tomó una decisión estratégica más adecuada.
-Hay que poner punto y aparte a esta situación embarazosa -bramó.
Como por aquella época en que estaba prohibido abortar en España, Nuria fue enviada con su madre a Londres, de compras, y en un largo fin de semana quedó formalmente liberada, sin mayores consecuencias.
Pasaron muchos años. Nuria no volvió a ir ni pasar por Estepona -incluso renunció a acercarse a Málaga, y eso que tuvo oportunidad de que le adjudicaran una plaza de funcionaria en esa localidad.
Tampoco supo nada de Lito, que, por cierto, se retiró del fútbol al año siguiente, por una rotura doble de menisco, se casó con la chica de la zona, tuvieron dos hijas y actualmente está jubilado del Servicio de aguas, que fue privatizado y en el que llegó a ser encargado de saneamiento.
Algunas noches, Nuria sueña con que el niño que pudo haber tenido se llama Florencio o Pascasio y que unas monjas clarisas lo cuidaron hasta que pudo valerse por sí mismo, y ahora enseña Geografía en un instituto. Curiosamente, ese es parecido al sueño que, de tarde en tarde, inquieta a Manuel Antonio.
Ambos no supieron jamás lo que podría haber sido la historia completa de los amantes de Estepona, si hubieran querido jugar sus cartas de otra manera, o si las leyes que cambiaron bastante más tarde, hubieran convertido al nonato Florencio en un hijo natural, pero con todos los derechos que sostienen a los nacidos dentro de un matrimonio bendecido.
FIN

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