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Cuento de primavera: La mujer y la serpiente

2 mayo, 2014 By amarias Deja un comentario

Cuando la mujer, especie única, -como todas las demás que se encontraban en el jardín de las delicias-, estuvo segura de que el hombre se había marchado de paseo con el león y la elefanta, llamó a la serpiente, con la que tenía particular confianza, al descubrirla, solazándose sobre unas piedras, como acostumbraba.

-¡Ven aquí, criatura, que tengo que contarte algo!

El ofidio restregó, de forma voluptuosa, su piel escamosa contra los trozos del conglomerado al que estaba aupado.

-¿Por qué no vienes tú a mi lado, preciosa, ya que eres tú la que tiene el interés? -replicó, con su voz aflautada, pues el invierno había sido, como siempre, crudo.

La mujer, condescendiente con la insolencia, habitual en la serpiente, lo que la hacía ser objeto de regulares críticas en el delicioso jardín, se acercó al bicho, sin el menor recelo ni asco, y le confesó al oído con misterioso empaque:

-Creo que estoy embarazada.

La serpiente no pudo menos que expresar su incredulidad con una ruidosa carcajada. Una lagartija que se encontraba cerca quedó tan petrificada por la estentórea manifestación, que se empapizó con el aire del que sorbía su mágica dosis alimentaria.

-¡Embarazada! ¿Tienes idea de lo que eso significa? ¡Estamos en el Paraíso, donde todo lo que existe es eterno! Somos los que somos, y punto. Ni uno más, ni uno menos. Y aquello que no es, no tiene realidad, porque el territorio de la imaginación no pertenece a nuestro alcance.

-Ya, ya se que lo que planteo es imposible de toda imposibilidad. Pero no me expresaría de esta forma, si no fuera porque tengo determinados síntomas. Lo que siento es nuevo, y, como no tengo forma de referirme a ello de otro modo, lo llamo embarazo, que es la palabra que, sin saber por qué, se me ha ocurrido como apropiada.

En el jardín de las delicias, el rumor de los riachuelos y fuentes naturales proporcionaba una agradable sensación de orden, a la que contribuía, sin duda alguna, el que las cosas sucedían siempre de forma predecible, siguiendo una secuencia lógica inmutable.

-¿Síntomas? ¿Determinados síntomas? -el escamoso animal puso énfasis en el adjetivo- ¿Te refieres a sensaciones nuevas? ¿Como cuales? -preguntó, retorciéndose de risa, regodeándose de lo que entendía como simpleza de la mujer.

-Te lo cuento, con el ruego de que mantengas toda discreción y reservas -dijo la bípedo, que se sentó al  lado de la serpiente, con cuidado de no rozarla, y continuó su plática:

-Ayer, cuando el hombre llegó de su habitual paseo de cada tarde, me pidió que escuchara lo que tenía que decirme. Me dijo: «Es importante». ¡Fíjate! ¡Importante, otra palabra extraña!

Una suave brisa movió los cabellos de la mujer, que eran de un color entre castaño, rubio y pelirrojo, según la evolución de la luz que incidiera sobre ellos. Desde que había aparecido en el jardín, era conocido a todos los demás seres que lo habitaban, que el hombre había puesto sus ojos en ella.

-Me solicitó luego, con hermosas palabras elegidas entre las más raras de las que forman nuestro lenguaje, que me sentara sobre su regazo, y, con extremo cuidado, manoseó mis pechos y mis muslos, lo que me provocó una sensación que nunca había sentido antes. Luego, me susurró esto al oído, a lo que doy vueltas desde entonces, sin poder quitármelo de encima: «Cuando no te veo, siento que te imagino; y cuando te imagino, tengo celos de todo aquel que te esté viendo».

La serpiente observó a la mujer. Como era el animal más antiguo del jardín y, por su agilidad y destreza para ocultarse, también era reputado como el más sagaz, tenía una amplia capacidad para detectar el mínimo cambio que no correspondiera al orden regular, perfectamente sincronizado y establecido por el regulador del ritmo eterno.

-Aunque de aspecto rudimentario, me atrevería a afirmar que eso que te ha comunicado el hombre es una poesía. Es, sin duda, un elemento ajeno a nuestro mundo. El hombre te ha metido en el cuerpo una aberración procedente del jardín vecino, llamado de la Imaginación o la Sensibilidad. No se cómo pudo llegar hasta él esa especie tan peligrosa, y sospecho que el hombre ha cometido el error de adentrarse en ese otro jardín. Te lo digo muy en serio: aléjate del hombre. Está contagiado por el mal de la sensibilidad, que es extremadamente dañino para nosotros. Échalo de ti, porque te traerá desgracia.

-No me asustes, que no te creo. La sensación que tuve no fue de desagrado, sino de placer, algo diferente completamente a lo que había sentido antes, en toda la anterioridad, en este jardín de las delicias -puntualizó la mujer, que no deseaba perderse en disquisiciones, pues empezaba a desarrollar, de forma natural, el antídoto contra la dosis de sensibilidad que el hombre le había introducido en la cabeza-. Pero lo que, en realidad, me importa ahora es saber si estoy  o no embarazada. Porque, después de haberme dicho esto que te cuento, el hombre…

La serpiente lanzó un silbido penetrante y se escabulló en una grieta. Antes de desaparecer, la mujer le oyó decir:

-Nos vemos mañana junto al manzano, el árbol que está en medio del jardín. Te aseguro que no estás embarazada, desde luego, porque aquí somos todos estériles. La especie a la que pertenece el hombre y la tuya son tan diferentes como lo soy yo de un cocodrilo. Pero, o mucho me equivoco, el hombre y tú habéis encontrado la intranquilidad, y seréis expulsados en cualquier momento de este Paraíso. Se acabó el recreo, que es frase que se me acaba de ocurrir, y que no se lo que significa.

Por la noche de aquel día, cayeron, no se supo nunca si de forma natural o forzada, las barreras que separaban el jardín de las delicias del de la imaginación, y hubo bastante confusión, que persiste todavía. Y si no fue por aquella noche, por alguna de las inmediatas siguientes, resultó que la mujer quedó embarazada, esta vez, sin acudir a la poesía.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: cuento, cuento de primavera, delicias, embarazo, hombre, imaginación, mujer, placer, serpiente

Cuento de otoño: Los amantes de Estepona

11 octubre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Se conocieron un verano; ella, perteneciente a una familia con posibles, estaba de vacaciones en la Costa del Sol y él, hijo de jornalero y ama de casa, jugaba en el Esteponense FC de medio-centro. Fue amor a primera vista; él se fijó en sus pechos saltarines y ella en sus robustas piernas.

Ella se llamaba Nuria, le gustaba leer novelas rosa y aún más el dulce de membrillo, lo que ayudaba a redondear sus caderas. Acababa de cumplir los diecisiete, y los aparentaba.

El, Manuel Antonio, era conocido como «Lito», tenía treinta y dos años, y había jugado una temporada en el Málaga, sin éxito, por lo que había sido devuelto a las categorías inferiores. Se entrenaba poco, porque trabajaba a media jornada de fontanero en los servicios municipales y, cuando se terciaba, hacía chapuzas para particulares.

Como tenían tiempo libre solían dar largos paseos. Por la punta del Saladillo, el Paseo Marítimo, la playa de la Rada,…incluso se les vió un par de veces en la playa de El Cristo, que ya empezaba a ser ocupada por nudistas, aunque vergonzantes.

En verdad, lo que más les apetecía era acercarse a Sierra Bermeja, utilizando prestada la furgoneta del servicio de aguas que conducía Lito, dejando una mano libre del volante, y perderse luego por los senderos de lo que es hoy el Parque de los Pedregales, allí donde la ermita del patrono San Isidro, aguardando la oscurecida.

Las amigas de Nuria, conocidas de otros veraneos, los llamaron pronto «los amantes de Teruel», aunque les cuadraba mejor, obviamente, los amantes de Estepona.

Los amigos de Manuel Antonio pretendieron hacerle reflexionar sobre el a dónde quería parar.

-La niña es un bombón, pero si pasa algo se te va a caer en el pelo. El padre es teniente coronel de Artillería, y se trae muy malas pulgas. -le advirtieron.

-Si la envidia fuera tiña, …-era la única respuesta que obtenían.

Pasaron un verano magnífico y, cuando llegó para Nuria la hora de marchar para reencontrarse con el norte, prometieron escribirse casi todos los días y verse con la frecuencia que les fuera posible.

-Es difícil, porque la distancia es mucha y mis padres no me dejan más que salir hasta las diez -se lamentaba la rapaza.

-Aunque digan que la distancia es el olvido, yo te prometo fidelidad hasta la muerte -aseguraba Manuel Antonio, cruzando los dedos.

No me consta que se hayan escrito mucho, pero sí de un hecho de excepcional importancia, al menos para Nuria. Sucedió que, por falta de las debidas precauciones en determinadas ocupaciones placenteras, o tal vez de una ignorancia culposa, Nuria se había quedado embarazada.

«Queridísimo Lito -escribió la joven, allá por el mes de noviembre, en plena temporada escolar y deportiva-. Estoy de los nervios. Tengo una falta de tres meses. Hice la prueba de la rana y no tengo dudas de que me tocó premio. No te dije nada antes hasta estar segura. Pienso que fue por aquella noche en que me clavé una piedra en el pompis. Dime qué vamos a hacer. Besos, Nuria»

Manuel Antonio leyó la escueta misiva, escrita con la letra grande y bastante desgarbada que se le hacía muy difícil de entender, hasta el punto de que, muchas veces, no comprendía algunas palabras o frases, quedándose a medias o a tercias.

Pero aquella vez lo comprendió todo, aunque, para quien no estuviera en el ajo, el estilo de Nuria pudiera parecer algo críptico. En directo, pues: su amiga estaba preñada. Solo que él no tenía ninguna gana de perder su libertad por una criatura más o menos que viniera al mundo, y verse con ello traspasado a la solemnidad de ser padre de familia.

Tenía, además, desde finales de septiembre, relación formal con cierta moza de Estepona, que trabajaba en una almazara y era también consentidora.

Por eso, tras un período de meditación sobre las opciones, decidió hacerse el longis. Escribió, al cabo de una o dos semanas, una nota deliberadamente oscura:

Querida Nenuca -la llamaba así porque le había encontrado la piel suave como la de un bebé, aunque ahora también era la manera en que se refería a la novia esteponense-. No te preocupes por nada. Las faltas se pitan en el momento en que se cometen. De la rana, qué te voy a decir. Solo se aprovechan las ancas, y en rebozo. A mí me dan repelús. La piedra que dices era serpentina, y no tiene ningún valor. Besos, Lito.

Nuria se quedó apesadumbrada, porque, como era lista para algunas cosas, vio claro que Lito se desentendía del asunto del penalti. Armándose de valor, le contó a sus padres el percance, pidiendo perdón por el desliz y haciéndose la víctima.

-Yo qué sabía -le confesó a su madre, que venía de ejercicios espirituales con los Avelinos-. Creía que los niños venían de París y no de Estepona.

El padre quiso inicialmente enviar un destacamento de artilleros, tomar Estepona y diezmar a la población varonil, pero, recobrada la calma, tomó una decisión estratégica más adecuada.

-Hay que poner punto y aparte a esta situación embarazosa -bramó.

Como por aquella época en que estaba prohibido abortar en España, Nuria fue enviada con su madre a Londres, de compras, y en un largo fin de semana quedó formalmente liberada, sin mayores consecuencias.

Pasaron muchos años. Nuria no volvió a ir ni pasar por Estepona -incluso renunció a acercarse a Málaga, y eso que tuvo oportunidad de que le adjudicaran una plaza de funcionaria en esa localidad.

Tampoco supo nada de Lito, que, por cierto, se retiró del fútbol al año siguiente, por una rotura doble de menisco, se casó con la chica de la zona, tuvieron dos hijas y actualmente está jubilado del Servicio de aguas, que fue privatizado y en el que llegó a ser encargado de saneamiento.

Algunas noches, Nuria sueña con que el niño que pudo haber tenido se llama Florencio o Pascasio y que unas monjas clarisas lo cuidaron hasta que pudo valerse por sí mismo, y ahora enseña Geografía en un instituto. Curiosamente, ese es parecido al sueño que, de tarde en tarde, inquieta a Manuel Antonio.

Ambos no supieron jamás lo que podría haber sido la historia completa de los amantes de Estepona, si hubieran querido jugar sus cartas de otra manera, o si las leyes que cambiaron bastante más tarde, hubieran convertido al nonato Florencio en un hijo natural, pero con todos los derechos que sostienen a los nacidos dentro de un matrimonio bendecido.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: aborto, amantes, amantes de Teruel, angel arias, cuentos de otoño, embarazo, estepona, hijo natural, historia alternativa, La rada, Málaga, Paseo Marítimo, Saladillo, servicio de aguas

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