El Sr. y la Sra. Pérez están sentados en torno a la mesa de la cocina, mientras el reloj de la Plaza del Sol emite las primeras veintisiete campanadas.
Sr. Pérez: ¡Vaya, hace solo unas horas que ha terminado 2013 y aún estamos esperando a que llegue!
Sra. Pérez: Ha sido un año terrible, y si no ha acabado, es normal que se retrase su comienzo. Lo mejor sería que no llegara nunca, porque entonces seríamos tan felices como si no hubiera existido jamás.
Sr. Pérez: (Se limpia con la servilleta los restos de confeti) El pavo estaba exquisito, mucho mejor que el del año pasado, aunque no recuerdo si el año pasado tuvimos pavo para cenar. Debe ser porque esta vez no lo has rellenado de orejones ni pasas.
Sra. Pérez: No lo creo. El año pasado tuvimos a tu madre por estas fechas, Y este año no le he puesto pavo al pavo, lo que le da un gusto especial.
Sr. Pérez: Sí, lo he notado. Un sabor a pavo muy característico, como el que no comimos el Día de Acción de Gracias. (Se produce un pequeño silencio, que puede durar entre diez o solo unos pocos minutos. Cuando está a punto de terminar el enojoso paréntesis, el Sr. Pérez se levanta, parsimonioso, y hace como que mira por una ventana inexistente un paisaje inexistente. Está así, de espaldas al público, durante varios minutos, que parecen un siglo. El reloj de la Plaza del Sol emite tres campanadas y media). Vuelven a ser las doce por segunda vez en esta noche, y la cantante calva sigue sin aparecer. Vamos a tener que celebrar, otra vez, el fin de año sin ella.
Sra. Pérez: Me ha dicho la vecina que está de viaje en Londres, para abortar. Ha tenido la mala suerte de quedar embarazada otra vez en el pasillo. Un embarazo claramente no deseado.
Sr. Pérez: ¿Otra vez? No deberían hacer pasillos tan largos en las casas… Luego dicen que no hay dinero. Ganas de fastidiar, es lo que hay. (El Sr. Pérez pronuncia «fastidiar» como si se refiriera a un acto pecaminoso)
Sra. Pérez: Parece que se encontró con un calzoncillo del bombero mientras quitaba el filtro del polvo al aspirador. Estaba agachada, en una postura muy incómoda.
Sr. Pérez: Es intolerable que hagan bomberos tan largos. Deberían ser más exigentes en las pruebas de admisión, como antes.
Sra. Pérez: Me pregunto si lo sabrá su marido. A él le gustan mucho los niños.
Sr. Pérez: No lo creo. Es un hombre la mar de despistado. El otro día se olvidó sus modales como si tal cosa, y salió a la calle con un humor de perros caniches.
Sra. Pérez: En todo caso, habrá que decírselo algún día. La ignorancia es la madre de todos los vicios.
Sr. Pérez: ¿Decirle, qué?¿Qué su esposa ha ido a abortar a Londres o que su pasillo es demasiado largo para un bombero?
Sra. Pérez: (Se sienta sobre la mesa de la cocina, levantándose la falda hasta la altura de los calcetines, que lleva anudados al muslo izquierdo). ¡Qué tonto eres! Seguro que el le ha pagado el viaje y está de vuelta de todo. Es ex-Ministro del gobierno y, gracias a Dios, no le faltan recomendaciones para hacer lo que le venga en gana. Trabaja para una multinacional desde que fracasó como Ministro.
Sr. Pérez: Pero…¿lo sabe, no lo sabe? Me muero de curiosidad.
Sra. Pérez: Se lo preguntaremos al bombero, él suele estar bastante enterado de lo que pasa por ahí, y, sobre todo, por aquí. (Suenan las últimas veinte campanadas. La Sra. Pérez trata de seguir el ritmo comiendo uvas, pero se atraganta y las escupe). ¡Cómo pasa el tiempo, parece que fue ayer cuando éramos terriblemente felices! Y eso que, en aquel tiempo, no teníamos nada. Ni reloj.
Sr. Pérez: Sí, como no teníamos nada, cualquier cosa que hiciéramos nos bastaba para creer que hacíamos algo (Se queda pensativo). Este reloj retrasa continuamente. Así no hay quien se ponga de acuerdo sobre el momento en que hay que decidirse a ser feliz.
Sra. Pérez: Piensa en positivo. Por lo menos, nosotros no tendremos que ir a Londres a abortar.
Sr. Pérez: (Se mira los pantalones, y hace un gesto de impotencia). No, ya no nos hace falta. Desde hace años no vamos a ninguna parte. De la cama a la mesa, de la mesa a la cama. Un día, y otro, y otro.
(Llaman al timbre. Aparece la cantante calva, luciendo un moño estrambótico y el bombero, que se distinguirá porque lleva un casco de motorista. La Sra. Pérez se va hacia la falsa ventana y hace como que mira por ella, sin mirar).
Sra. Pérez: ¡Adelante! La puerta está abierta, Como no tenemos llave, tampoco tenemos puerta.
(Entran los recién llegados, y el Sr. y la Sra. Pérez se disponen para salir).
Cantante calva (con un tono algo cantarín, pero no demasiado, como de haber bebido unas sidras): Venimos de alborotar en Torrelodones.
Sra. Pérez: Había entendido que se habían ido a disfrutar de Londres este fin de semana.
Bombero: Era solo para despertar sospechas y presumir. En realidad, no hemos salido del país.
Sr. Pérez: Qué decepción. Es una broma intolerable, impropia de gente decente. No lo toleraré. No es propio.
Cantante calva: Pero, piense, Sr. Pérez, que ha tenido el mismo efecto. Todo quedará en casa. Eso sí, para que no vuelva a suceder, he mandado que reduzcan mi pasillo a la cuarta parte. Una couloirtomía, creo que se llama. De esas que hacen gratis en las clínicas de inseminación in vitro.
Sr. Pérez: (para sí) Hasta que no reduzcan el cuerpo de los bomberos no dejará de haber incendios en las casas. Sin contar con que los niños que nacen en una probeta no creo que tengan el alma como los demás. Al menos, no todos. Tal vez, uno de cada seis o siete. La Iglesia de Madrid no consentiría tamaño despilfarro.
Sra. Pérez: (Intenta marcharse del escenario, arrastrando durante un rato, sin darse cuenta, la mesa; la vuelve a poner en su sitio, cuando advierte que se está quedando con el culo al aire) ¿Se lo ha dicho alguien al marido de la cantante calva, antes de que se entere por otra persona que no sea de su confianza? Y todavía más importante: ¿No habrá nadie que explique a la gente que la fecundación artificial es una estafa, y que los niños que nacen de una probeta no tienen alma hasta que son niños?
Bombero: Imposible. Está de viaje de negocios en Londres. Ha ido a abortar con su único amor de toda la vida. Dicen que solo te hacen una pregunta, algo así como cuánto dinero tienes. Aunque es necesario jurar que no eres católico ni nada de eso.
Cantante calva: Es porque abortar allí es legal si puedes permitírtelo. Yo prefiero ir a alborotar a Torrelodones, que es lo que yo he hecho. Me gusta, porque sigue siendo ilegal y es mucho más barato, porque todo queda en casa. (Avanza hacia el frente del proscenio). ¿Les canto algo, o les vale igual que guarde silencio durante el mismo rato? ¿Les gustaría que callara el aria Glitter and be gay?
(Hay un largo y apestoso silencio. El bombero y la cantante calva ocupan exactamente los mismos sitios que el Sr. y la Sra. Pérez. El reloj de la Plaza/Puerta del Sol emite veintisiete campanadas)
Bombero: ¡Vaya, hace solo unas horas que ha terminado 2013 y aún estamos esperando a que llegue!
Cantante calva: Ha sido un año terrible, y si no ha acabado…
(Cae el telón. Un tipo, que se parece mucho al Presidente de Gobierno o al Ministro de Justicia, pero que lleva un cartel al cuello en el que se lee Eugene Ionesco -o algo parecido- invita a la gente a que se marche, pues la función está a punto de empezar y deben dejar la sala vacía. La cantante calva sigue exactamente el libreto, aunque ahora lo va cantando con su voz de contralto de coloratura).
FIN
