Pocas personas han sido tan laureadas como Hoshùa HâoSchí, Premio Nobel de Economía en 2017, Premio Príncipe de Asturias de la Concordia y las Artes Marciales en 2021, Galardonado con el Eral de Paja turresilano en 2024 y, más recientemente, Ciruela de Oro en Matalebreras, entre otros muchas distinciones que avalan su prestigio internacional.
Hemos tenido la inmensa fortuna de poder entrevistarlo mientras hacía sus abluciones y gárgaras matinales en la Posada del Pueblo de La Zarzuela (antiguo Palacio Real, carretera de la República, s/n), en la suntuosa habitación que compartía con varias decenas de miembros de su cátedra de Predicción Fallida de Acontecimientos Importantes, en la Universidad de Nán Jing (antigua Bei Jing).
Invitado por el Gobierno Multilateral de la Federación Acordada de las Miniregiones Europeas (sección desgajada de la extinta Unión Europea), HâoSchí pronunciará varias conferencias en chino mandarín e inglés americano, idiomas que domina perfectamente. La entrevista se realizó por el sistema de traducción automática, del catalán normalizado (versión 27.2x) al chino mandarín (renovado).
La primera pregunta resultaba obligada:
-¿Está satisfecho de haber acertado en todas sus previsiones, de hacia dónde evolucionaría la economía mundial?
-Tengo una sensación bipolar. Por una parte, me alegro por haber previsto que la tercera guerra mundial era, no solo necesaria, sino inminente. Había dos bloques que habían desarrollado, cada uno por su parte, un armamento muy potente, y corría el riesgo de quedarse obsoleto. Por otra parte, estaba claro para mí que la globalización había sido un fracaso, no por el concepto, sino por su realización práctica.
-Perdone, pero ambos comentarios me parece que no justifican eso que usted llama «sensación bipolar», ya que solo demuestra satisfacción por haber acertado en sus previsiones. ¿No sintió lástima o desencanto al observar que nadie hacía caso de sus fundamentadas predicciones de que había que cambiar de inmediato de metodología, o que todo se iría al garete?
-No entiendo bien lo que Vd. indica como «garete», que el traductor simultáneo expresa como «carajo», palabra que no tiene equivalente en chino mandarín. En cualquier caso, debo decirle que la compasión no está entre los sentimientos que considero tolerables para un científico. Cuando me refería a una sensación bipolar, trataba de expresar que lo que lamento era no haber previsto que la situación evolucionaría de forma aún peor.
-¿No le parece suficiente una guerra mundial que ha provocado casi mil millones de muertos?
-Se había hablado durante muchos años de que la sobrepoblación mundial no era el problema, pues había alimentos para todos. Lo que pocos habíamos previsto es que la cuestión clave no era la producción, sino la distribución. Y por distribución no debería entenderse, como sabe ahora todo el mundo, disponer de medios de transporte, sino haber establecido un sistema de retribución o de ayuda para que a nadie faltara lo suficiente. Es evidente, aunque suene a paradójico, que ahora estamos más aliviados, y los países ganadores de esta guerra se dedicarán durante algunos años a la reconstrucción de lo destruido, aunque amplias zonas de la antigua Europa han quedado, lamentablemente, contaminadas radioactivamente por cientos de años.
-He leído sus libros, que han sido reimpresos múltiples veces, y Vd. había escrito que ni el mercado ni la economía centralizada funcionaban, y que la Humanidad, por su propia naturaleza, está condenada al fracaso cíclico de lo que emprende. ¿No encuentra que esa afirmación nos deja sin alternativas futuras?
-Yo no soy culpable de lo que sucede, sino solo de hacer bien el análisis. Se supo a su debido tiempo que la corrupción está en la base, se quiera o no, de cualquier sistema económico construido por el hombre, pues es inherente no ya a su naturaleza, sino a cómo se exterioriza la evolución del Universo. El crecimiento del desorden, que podemos identificar como el mal, es la consecuencia no solo de un principio termodinámico, sino de un pathos filosofal, un fatalismo crónico. No podemos sustraernos a él. La paz es solo la continuación de la guerra por otros medios.
-¿No cree que los avances tecnológicos pretenden imponer racionalidad en ese caos, y satisfacer mejor y más barato las necesidades humanas?
-Eso, como la historia ha demostrado reiteradamente, es un mito, procedente de la más antiguas leyendas, que han atribuido, desde el descubrimiento de cómo hacer fuego o desde el invento de la rueda, a la tecnología la generación de bienestar. Los avances tecnológicos ofrecen soluciones inmediatas, pero no son duraderas. Al contrario, precipitan los desastres, al acortar los ciclos. Esta cuestión no es discutida ahora por nadie, cuando la destrucción masiva provocada por la Tercera Guerra Mundial ha dejado al descubierto los cimientos de decenas de antiguas civilizaciones, que resultaba que fueron incluso más avanzadas de lo que se creía la nuestra, estado al que llegaron, por fortuna para ellas, de forma mucho más lenta, al no estar apoyadas en la globalización ni, por supuesto, en las telecomunicaciones.
Estábamos en ese punto, cuando sonó un timbre, y una formación de soldados, que vestían a la antigua usanza pretoriana, se llevaron al profesor Hâo-Schí, marcando el paso, con un ritmo que podría considerarse intermedio entre el paso de la oca y el paso ligero de maniobras militares.
Espero llegar a tiempo antes del cierre de la edición, para que esta entrevista pueda imprimirse a ciclostil con el resto del material recopilado, y cruzo los dedos para que el reparto de las hojas volanderas por voluntarios no vuelva a fallar, como sucedió con el número pasado. Aunque, bien es cierto, que hay noticias que no pierden actualidad jamás.
FIN

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