Al socaire

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Cómico o ridículo (20)

4 marzo, 2017 By amarias 1 comentario

Todos lo hemos vivido así, o lo vivirán de ese modo. Se pasa de ser los más jóvenes, sin transición, a ser de los mayores del grupo.

Pertenezco a la promoción cultural de los que nos casamos poco después de terminar la carrera. No pretendo, al indicar este detalle, aprovechar para hacer un relato de las razones que nos movían, a poco de encontrar un trabajo remunerado, para organizar el proyecto vital. Pretendo solo presentar el marco personal con el que contar un par de anécdotas de mi época como profesor de la Escuela de Minas de Oviedo.

Desde 1972, y durante tres años, simultanée mi trabajo en Ensidesa con el de profesor encargado de dos cursos de la asignatura de Algebra Lineal. Eran tiempos de pluriempleo, y hoy no me duelen prendas en reconocer que ambas tareas lo eran a tiempo completo. Sumados ambos sueldos, ganaba una miseria, pero no era el dinero lo que me guiaba, -no lo apunto como mérito, sino como realidad compartida con otros muchos- sino catapultar la economía de la recién formada familia a zonas de confort.

Todos los días de la semana, de lunes a viernes, después de la jornada de Ensidesa (factoría de Avilés), que por fortuna para la compatibilización horaria, era continua, almorzaba apuradamente en en el comedor de la empresa, y, sin mucho tiempo para preparar las clases, me lanzaba a cuatro horas seguidas (dos por grupo) de permanencia en las aulas, ante un centenar de alumnos a los que seguramente no sacaba más de tres o cuatro años de media de edad.

Cuando me casé, en marzo de 1974, en pleno curso, no me atreví a pedir permiso por el feliz acontecimiento, y llevé a la que empezaba a ser mi paciente esposa, de viaje de novios de fin de semana, a Santillana del Mar, volviendo a tiempo para dar las clases del lunes.

No sería ese mismo lunes, pero, pongamos, el martes siguiente, María Jesús empezó a mostrarme sus habilidades culinarias con unos estupendos escalopines a la cayena. Estaban muy sabrosos, aunque los encontré algo picantes.

Llevaba apenas media hora de clase cuando me acometió un ardor indescriptible. Debo indicar, además, que las clases, en aquellas aulas inmensas, se desarrollaban con mucho apoyo escrito con tiza sobre encerados de pizarra, que era necesario borrar cada poco. Toqué el timbre, y apareció un conserje -supongo que sería Jesús, ya una institución por entonces, pues Mario aún no se había incorporado-.

-Por favor, tráigame un vaso de agua -pedí con un hilo de voz-

Al poco, aunque los minutos me parecieron siglos, llegó el deseado líquido, que ingerí de un trago.

Pero no se amortiguaba mi ardor, así que volví a tocar el timbre, y pedí otro vaso. Así terminé la primera clase.

Cuando al comienzo de la segunda clase del día, y a pesar de haber aprovechado el descanso de cinco minutos para abrevar como si me hubiera convertido en un camello a punto de cruzar el desierto, volví a pedir otro vaso de agua, Jesús vino con una jarra:

-No se qué te pasa hoy, pero tienes un incendio en el estómago.

Lo tenía. Cuando, por fin, terminé la jornada y María Jesús me ofreció cenar de los mismos escalopines a la cayena que tanto me habían gustado al almuerzo, me interesé por saber la cantidad de especie que había utilizado.

-Solo cuatro o cinco de los pimientitos -me reconoció-. Para que estuvieran más sabrosos.

Los grupos de Algebra de aquel año resultaron muy especiales. Había estudiantes excepcionales, en lo académico y en lo personal. Unas semanas antes de lo que acabo de recordar, comuniqué a mis alumnos que me casaba, y que seguramente me tomaría uno o dos días libres.

Al día siguiente, el delegado de uno de los cursos me entregó,  solemnemente, con el aplauso de la clase que, seguramente, habría participado en el regalo, junto a un aparatoso ramo de flores, un par de gallos de pelea de alpaca, que conservé hasta que, en una de las muchas mudanzas (ya se sabe que tres mudanzas equivalen a un naufragio) se me perdieron.

El grado de confianza o de cordial desvergüenza con aquellos (falsos) discípulos, quedó reflejado en la frase que grabaron en una de las figurillas. Era algo así: «Al profesor Arias, con el deseo de que nunca se pelee con su esposa».

Pues, sí, fue premonitorio, jóvenes colegas de antaño. Cuarenta y tres años después, aquí estamos. Sin apenas rasguños. ¡Y mira que soy un tipo difícil…!


Esta pareja de carboneros garrapinos comparte lugar en el comedero del jardín comunitario. No lo tienen fácil, porque la competencia es mucha, y estas aves -de las más pequeñas del plantel de comensales- deben aprovechar momentos en que el lugar queda momentáneamente libre. Con preferencia, a primera hora del amanecer, 0 cuando el sol ya se ha ido bajo el horizonte de la manzana de casas. Con eso no quiero justificar la baja calidad de la foto, sino poner de manifiesto la complicidad y sagacidad de estos pequeños páridos.

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Salidas

25 junio, 2016 By amarias 6 comentarios

En el metro de Madrid, que es el que mejor conozco, hay una norma no escrita por la que, en las paradas, los que tienen que salir del vagón lo hacen por el centro, y los que quieren entrar, utilizan los laterales, ya sea de la izquierda o de la derecha.

Desde luego, en el predecible como nunca panorama resultante de las reelecciones para formar gobierno en España, del 26 de junio de 2016, los que están en el vagón no quieren salir ni aunque les inviten sus amigos íntimos, y los que están locos por entrar, se han liado a darse empujones y dedicarse algunas bofetadas, para defender su presunto derecho a ocupar los asientos libres, en especial, los reservados.

No entiendo muy bien por qué. Los ciudadanos, después de una campaña en la que dudo que alguien se haya leído los programas electorales -incluso, los resúmenes- y, por tanto, dado que su decisión fue puesta de manifiesto ya en la anterior convocatoria, votarán lo mismo. ¿Por qué habrían de cambiar? ¿Para facilitar un acuerdo que los líderes de los partidos principales no han sido capaces de adoptar? ¡Vaya! Si hacen lo que el cuerpo les pide un día de domingo de junio, se abstendrán.

Los indecisos -se especula que un 30% oculta su intención o anda dándole vueltas a si entregará su (estéril) voto individual a alguno de los opositores a dirigirnos durante cuatro años el soliviantado cotarro-, en nada contribuirán cuando aclaren su incertidumbre personal a mejorar la indefinición colectiva.

Los que predicen, precisan, incluso, que la mayor parte de esos que dejan para el último momento la decisión sobre la papeleta que introducirán en la urna, son mujeres, y, profundizando en la sospechosa misoginia de sus análisis, abundan en que, son aficionadas a otros programas (los de diversión mediática).

Si eso fuera cierto, una parte no despreciable de los votos se decidirá, por tanto, por la aplicación de cualquiera de los métodos de decisión holístico-elucubrante que aplicábamos cuando éramos niños. (Recuerdo para la memoria de los más provectos, algunos torpes ejemplos: «Si me cruzo con alguien con perro, voy a aprobar el examen de Ciencias Naturales»; «Si mi madre ha preparado arroz con leche de postre, me compro una peonza»; etc.)

He dejado de creer en las mal llamadas consultas democráticas desde que me di cuenta que la inmensa mayoría de la gente es muy, pero que muy, manipulable y, como premisa menor, es incapaz de leerse nada escrito.

Si se confía en que las decisiones se tomen por todos los asistentes a una convención, acto o asamblea, por ejemplo, y nadie se ha preocupado por tener preparado de antemano la forma satisfactoria de salida de la reunión, los debates serán interminables, y las voces se tornarán cada vez más encrespadas. En definitiva, siguiendo con la imagen del principio: los que están en el vagón no saldrán (si lo desearan, que no parece sea el caso), ni los de fuera, podrán entrar (aunque lo ansíen).

Nuestra función como espectadores, con nuestra papela de votantes en la mano, es mínima. Podríamos imaginar lo que sería más conveniente (ordenar el flujo de entrada y salida, para facilitar el cumplimiento de los itinerarios), pero el tren está parado en el andén, calentando motores, con riesgo de ripado.

Bloqueo a la vista, y… si el metro avanza, porque alguno de los que estén dentro quiera hacer de maquinista, alto riesgo de que se lleve por delante a unos cuantos de los que pugnan en los andenes.

El ejemplo del Brexit es estupendo para concretar esta metáfora. Ha ganado por los pelos de la casualidad más herrumbrosa, la opción de los que quieren salirse de la Unión Europea, una idea que, como el lema de los anuncios del Banco de Santander, que Goma Espuma ha convertido en genial, representa «algo sencillo, personal y justo», para los que tienen la intuición de que vale más estar solo que mal acompañado.

El mismo lema sirve para los que han votado quedarse, solo que éstos perdieron. Los que quieren salirse superaron a los que desearían mantenerse en esa agrupación de «viejos comerciantes con colmillos retorcidos que defienden lo suyo con añagazas legales » y «torpes ilusos de la intención infantil de lograr algún día una Europa fuerte». La diferencia entre el 51,8% y el 48,2% conseguida por los ganadores, se puede calificar, por lo menos, muy sutil.

Salen unos, entran otros, el tren cambia de dirección, la vida sigue. Entretenidos quedan unos (pocos) en recomponer destrozos, mientras la mayoría se apuntará con brío a la nueva situación haciéndola viable y -mal que nos pese a los que queríamos que se quedaran-, mejor. El futuro siempre es mejor, por eso, por definición.

En nuestras elecciones del domingo -mañana cuando esto escribo- ganarán los que hayan votado al Partido Popular, que serán una ridícula minoría en relación con el total de votantes, y aún más exigüa si se contabiliza respecto al número de los que podrían haber votado.

Estarán próximos a una mayoría imposible, porque no van a coaligarse, los votantes del decaído PSOE y del emergente avieso combinado Unidos Podemos. Y asistiremos a la caída ligera, pero apreciable, de la opción contemporizadora de Ciudadanos, dirigida por un brillante Albert(o) Ribera, que, al margen de simpatías ideológicas, aprecio como el que más juego dialéctico, y coherencia personal, ha ofrecido de todos los candidatos.

Así, pues, no saldremos del atolladero. Porque lo que interesa no es quien gana la ridícula ventaja de ser el más votado de cuatro opciones, cuyos programas, dejando aparte tendencias del corazón e impulsos ancestrales, son inviables.

Los de unos, porque han surgido de un gabinete de iluminados que desconoce el mundo real (aunque utilicen algunas anécdotas extraídas de él);los de otros, porque se obstinan en defender seguir con lo emprendido sin escuchar a los descontentos (que tienen poderosas razones para estarlo); y, en fin, los otros dos partidos, …uno porque ha olvidado que la socialdemocracia es realismo de progreso, pero concreto, contante y sonante; y el otro, porque tiene un tufo a condimento profesoral londinense que echa para atrás a los que podría atraer, que son los juiciosos posibilistas.

Yo ya voté, o sea que no me voy a dejar influir por lo que pase hoy ni por el tiempo de mañana.

Publicado en: Sin categoría Etiquetado como: elecciones, fracaso., metro, Partido Popular, Podemos, profesor, salidas, tren, votaciones, voto

Mi Diccionario desvergonzado: líder, cargo, ópera, reforma, verano, profesor, carácter, mito, deuda

6 agosto, 2014 By amarias 1 comentario

Líder.-1. Dirigente de una agrupación política que ha tenido una larga trayectoria personal en otros partidos, normalmente situados a gran distancia ideológica de sus actuales principios confesos, en los que aprendió vocabulario, actitudes y destreza en disimular sus propias creencias, adaptándolas a la previsible mayoría. 2. Deportista de cierta competición extremadamente aburrida como espectáculo, que lleva casi desde los primeros momentos una camiseta de color amarillo chillón, para que se le distinga durante la conexión telesiva, referencia visual infalible para facilitar la siesta. 3. Persona a la que se atribuye carisma, pretensión de propiedades mágicas que actúa como placebo colectivo.

Cargo.- 1. Cantidad que una entidad financiera hace figurar como pasivo en la cuenta corriente y de la que los expertos aconsejan analizar con atención su procedencia y cuantía, lo que demostraría la desconfianza experimentada de sus titulares 2. Persona que cobra más que las demás en un grupo, como resultado de lo cual, esto deben aplicarse con mayor intensidad para justificar su sueldo de él y el sueldo de lo suyo. 3. Buque de mercancías preferido por los polizontes en las travesías por mar.

Opera.- 1.- Culta combinación de música y canto cuyo argumento no es necesario conocer, ya que lo que lo única que cambia son los interpretes. 2. Edificio bastante antiguo en el que se representan obras teatrales y se proyectan películas, y en  la que, sin que se conozca la razón, si, por casualidad, la obra representada es justamente una ópera, se debe acudir luciendo el mismo traje que si se asistiera a una boda.

Reforma. 1. Eliminación del gotelé en un piso para sustituirlo por pintura al temple, que se realiza por inmigrantes y se paga con dinero negro. 2. Cambio o renovación, incluso con material nuevo, bien en la cocina (cimera,  grifería y frigorífico), bien en el aseo de invitados (eliminación del bidé). 3. Modificación de la cúpula directiva en un partido político, sin interés externo. .

Verano. 1. Tiempo comprendido entre un propósito de hacer múltiples cosas y la comprobación de que no se han hecho. 2. Se dice que falta a aquella persona que no nos resulta simpática, como indicativo de lo que le falta para ser similar a nosotros. 3. Época del año que las familias con hijos pequeños aprovechan para acercarse a una playa y untarse con cremas propias mientras huelen sudor ajeno.

 Profesor.-1. Maestro que da clases particulares, mediante remuneración adecuada, de una asignatura árida y de la que, por fortuna, suele conocer los trucos del titular de la misma en la Universidad o Institución de enseñanza, incluido, el libro de donde extrae los problemas de examen. 2. Virtuoso de un instrumento, que toca en una orquesta de renombre, y que da clases a alumnos poco dotados de cualquier otro, para ganarse la vida.

Carácter.-1- Exageración para referirse a personas que alardean de mucho remango, lo que suele provocar su aislamiento. 2. Símbolo del teclado sin mucha utilización, salvo tres o cuatro que nunca están en el sitio adecuado.

Mito.- Elucubración increíble, tenida por falsa, salvo que los responsables de interpretar los designios divinos lo declaren dogma.

Deuda. 1. Ingente cantidad de dinero que, por designio irrefutable, deben los países pobres a los que les están explotando. 2.Entre particulares, cantidad de dinero que suele olvidar el que lo ha recibo, y que permanece indeleble en la memoria del que lo ha entregado, hasta que se salde. 3. Formulismo arcaizante por el que quien ha recibido un favor o atención -típicamente, un puesto de trabajo- expresa su ferviente deseo de no tener jamás que corresponderlo.

(continúará).

 

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Cuento de primavera: Entrevista a un Premio Nobel

22 mayo, 2014 By amarias Deja un comentario

Pocas personas han sido tan laureadas como Hoshùa HâoSchí, Premio Nobel de Economía en 2017, Premio Príncipe de Asturias de la Concordia y las Artes Marciales en 2021, Galardonado con el Eral de Paja turresilano en 2024 y, más recientemente, Ciruela de Oro en Matalebreras, entre otros muchas distinciones que avalan su prestigio internacional.

Hemos tenido la inmensa fortuna de poder entrevistarlo mientras hacía sus abluciones y gárgaras matinales en la Posada del Pueblo de La Zarzuela (antiguo Palacio Real, carretera de la República, s/n), en la suntuosa habitación que compartía con varias decenas de miembros de su cátedra de Predicción Fallida de Acontecimientos Importantes, en la Universidad de Nán Jing (antigua Bei Jing).

Invitado por el Gobierno Multilateral de la Federación Acordada de las Miniregiones Europeas (sección desgajada de la extinta Unión Europea), HâoSchí pronunciará varias conferencias en chino mandarín e inglés americano, idiomas que domina perfectamente. La entrevista se realizó por el sistema de traducción automática, del catalán normalizado (versión 27.2x) al chino mandarín (renovado).

La primera pregunta resultaba obligada:

-¿Está satisfecho de haber acertado en todas sus previsiones, de hacia dónde evolucionaría la economía mundial?

-Tengo una sensación bipolar. Por una parte, me alegro por haber previsto que la tercera guerra mundial era, no solo necesaria, sino inminente. Había dos bloques que habían desarrollado, cada uno por su parte, un armamento muy potente, y corría el riesgo de quedarse obsoleto. Por otra parte, estaba claro para mí que la globalización había sido un fracaso, no por el concepto, sino por su realización práctica.

-Perdone, pero ambos comentarios me parece que no justifican eso que usted llama «sensación bipolar», ya que solo demuestra satisfacción por haber acertado en sus previsiones. ¿No sintió lástima o desencanto al observar que nadie hacía caso de sus fundamentadas predicciones de que había que cambiar de inmediato de metodología, o que todo se iría al garete?

-No entiendo bien lo que Vd. indica como «garete», que el traductor simultáneo expresa como «carajo», palabra que no tiene equivalente en chino mandarín. En cualquier caso, debo decirle que la compasión no  está entre los sentimientos que considero tolerables para un científico. Cuando me refería a una sensación bipolar, trataba de expresar que lo que lamento era no haber previsto que la situación evolucionaría de forma aún peor.

-¿No le parece suficiente una guerra mundial que ha provocado casi mil millones de muertos?

-Se había hablado durante muchos años de que la sobrepoblación mundial no era el problema, pues había alimentos para todos. Lo que pocos habíamos previsto es que la cuestión clave no era la producción, sino la distribución. Y por distribución no debería entenderse, como sabe ahora todo el mundo, disponer de medios de transporte, sino haber establecido un sistema de retribución o de ayuda para que a nadie faltara lo suficiente. Es evidente, aunque suene a paradójico, que ahora estamos más aliviados, y los países ganadores de esta guerra se dedicarán durante algunos años a la reconstrucción de lo destruido, aunque amplias zonas de la antigua Europa han quedado, lamentablemente, contaminadas radioactivamente por cientos de años.

-He leído sus libros, que han sido reimpresos múltiples veces, y Vd. había escrito que ni el mercado ni la economía centralizada funcionaban, y que la Humanidad, por su propia naturaleza, está condenada al fracaso cíclico de lo que emprende. ¿No encuentra que esa afirmación nos deja sin alternativas futuras?

-Yo no soy culpable de lo que sucede, sino solo de hacer bien el análisis. Se supo a su debido tiempo que la corrupción está en la base, se quiera o no, de cualquier sistema económico construido por el hombre, pues es inherente no ya a su naturaleza, sino a cómo se exterioriza la evolución del Universo. El crecimiento del desorden, que podemos identificar como el mal, es la consecuencia no solo de un principio termodinámico, sino de un pathos filosofal, un fatalismo crónico. No podemos sustraernos a él. La paz es solo la continuación de la guerra por otros medios.

-¿No cree que los avances tecnológicos pretenden imponer racionalidad en ese caos, y satisfacer mejor y más barato las necesidades humanas?

-Eso, como la historia ha demostrado reiteradamente, es un mito, procedente de la más antiguas leyendas, que han atribuido, desde el descubrimiento de cómo hacer fuego o desde el invento de la rueda, a la tecnología la generación de bienestar. Los avances tecnológicos ofrecen soluciones inmediatas, pero no son duraderas. Al contrario, precipitan los desastres, al acortar los ciclos. Esta cuestión no es discutida ahora por nadie, cuando la destrucción masiva provocada por la Tercera Guerra Mundial ha dejado al descubierto los cimientos de decenas de antiguas civilizaciones, que resultaba que fueron incluso más avanzadas de lo que se creía la nuestra, estado al que llegaron, por fortuna para ellas, de forma mucho más lenta, al no estar apoyadas en la globalización ni, por supuesto, en las telecomunicaciones.

Estábamos en ese punto, cuando sonó un timbre, y una formación de soldados, que vestían a la antigua usanza pretoriana, se llevaron al profesor Hâo-Schí, marcando el paso, con un ritmo que podría considerarse intermedio entre el paso de la oca y el paso ligero de maniobras militares.

Espero llegar a tiempo antes del cierre de la edición, para que esta entrevista pueda imprimirse a ciclostil con el resto del material recopilado, y cruzo los dedos para que el reparto de las hojas volanderas por voluntarios no vuelva a fallar, como sucedió con el número pasado. Aunque, bien es cierto, que hay noticias que no pierden actualidad jamás.

FIN

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Cuento de primavera: Los dos maestros

18 mayo, 2014 By amarias Deja un comentario

En la Universidad de Constimpalo, cursaba el último curso de la Facultad de Ciencias Útiles para la Vida, un alumno ni muy bueno ni muy malo, que se llamaba Curiosindo Preocupancio.

Estaba a punto de conseguir el preciado título, pues le quedaban solamente dos asignaturas para acabar la prestigiosa carrera, que, según el denso programa de créditos y clases prácticas que había procurado seguir con aceptable aprovechamiento, le habría de capacitar para lanzarse al siempre apasionante, aunque igualmente misterioso, viaje personal por la existencia.

Queriendo prepararse bien para esas dos pruebas finales,  y deseando obtener la seguridad de que había conseguido el objetivo perseguido por aquella carrera universitaria a la que había dedicado los años de su juventud, se decidió a pedir una entrevista a los profesores de ambas, para que le dieran sus últimas orientaciones.

Curiosindo no tuvo mayores problemas para obtener una cita, dentro de las horas de tutoría que sus maestros tenían asignadas. El primero en recibirlo fue D. Fulgencio Propulso, catedrático de Ampliación de Procesos Esenciales. El Dr. Propulso tenía fama de ser muy estricto, y las pruebas o exámenes finales, incluso aunque la asignatura que impartía correspondía al último curso de la carrera, eran muy complicados.

-Dígame, joven -le invitó a hablar, acompañando las palabras de un gesto que le señalaba una silla ante la mesa que estaba alfombrada de decenas libros abiertos y cuadernos de notas-. Le advierto que no tengo mucho tiempo, pues estoy preparando una conferencia para mi toma de posesión en el sillón C mayúscula de la Academia de Doctores Eminentísimos.

Curiosindo no se amilanó. Después de todo, estaba a punto de conseguir el título y lo que deseaba era prepararse bien para superar la asignatura.

-Perdone mi atrevimiento -se explicó-. He hecho dos repasos de la materia completa de su asignatura, leyéndome una buena parte de la bibliografía recomendada. He tomado apuntes de sus clases y creo estar preparado, por lo que espero no tener problemas para superar el examen, salvo que tenga un mal día. No me asusta cualquier pregunta, pero me inquieta algo: ¿cuáles son las cuestiones esenciales que debería recordar el resto de mi vida, en su respetable opinión, de su asignatura y, si no le importa referirse a ello, de la propia carrera?

El Dr. Propulso le miró. En un primer momento, creyó que le estaba tomando el pelo. Mas, viendo el rostro atento e incluso preocupado del joven, tomó aire, y, con el mejor tono doctoral que pudo encontrar en su coleto, le espetó:

-Todo es importante, señor…¿Cómo me dijo que era su nombre? Ah, sí, claro. Sr. Preocupancio. Las materias de la carrera han sido seleccionadas con rigor, y, en concreto, mi asignatura, es fundamental. Recopila los conocimientos prácticos de decenas, por no hablar de millares, de científicos eminentes, a los que he añadido mi propio saber. Nada hay prescindible y, estoy seguro, a lo largo de su vida, tendrá ocasión de utilizarlo todo. Y si hay algo que no vaya a tener la oportunidad de emplear, pregúntese porqué, pues probablemente será por haber cometido algún error de visión.

El catedrático se extendió en múltiples indicaciones, recordó, mientras hablaba, su propia juventud, describió, con bastante detalle, su trayectoria personal, tan brillante, y le recomendó cinco o seis lecturas complementarias. Curiosindo salió del despacho del catedrático de Ampliación de Procesos Esenciales con los pies fríos y la cabeza caliente.

Como tenía hora, de forma inmediata, con el profesor de Conocimientos Básicos, se dirigió, corriendo, para no llegar tarde, al ala oeste de la Facultad, en donde se encontraba el titular de la asignatura, Dr. Suspicious Directa. Tenía la puerta del despacho abierta, y le pareció a Curiosindo que estaba lanzando dardos contra un blanco situado en una de las paredes.

El joven le contó prácticamente el mismo discurso que al colega al que acababa de ver.

-¿Lo más importante, dices? -se preguntó, a sí mismo, asimilando la pregunta, el Dr. Directa-. La verdad, creo que el que seas capaz de formular la cuestión en esos términos, demuestra que tienes la madurez suficiente para que te apruebe la asignatura, por lo que no hace falta que te presentes al examen. Tienes notable.

Curiosindo se azoró.

-No…no pretendía eso, Dr. Directa. Yo lo que quería, en realidad…

El Dr. Directa le interrumpió.

-Se muy bien lo que quieres, y yo mismo me lo he preguntado muchas veces. ¿Qué es lo que sabemos en realidad? Muy poco. Es, sobre todo, la actitud, lo que cuenta, no lo que se sabe. Porque lo que creemos conocer solamente es útil para la vida si somos capaces de ponerlo continuamente en cuestión, es decir, en solfa.

El profesor echó mano de un cajón de su mesa, en la que Curiosindo solo descubría un libro abierto, un papel y un bolígrafo; también vio que la papelera estaba llena de papeles arrugados. Del cajón sacó una hoja en la que había varias líneas, escritas a máquina.

-Esto es lo que se me ha ocurrido como esencial, cuando, hace unos años, me hice la pregunta. Me parece que aquí está todo o casi todo. Si echas en falta algo, añádelo por tu cuenta, y no hace falta que me lo digas a mí. Guárdalo para ti, y úsalo siempre que quieras.

Curiosindo salió del despacho con aquella hoja de papel en la mano. A medida que la iba leyendo, le surgieron nuevas ideas. Al día siguiente, la volvió a leer, y le aparecieron otras nuevas.

Le pareció, en verdad, una página mágica. De un gran maestro. Cuando terminó la carrera, la hizo enmarcar y, si no me equivoco, es la primera cosa que pone en su despacho, antes incluso que la fotografía de su mujer, de sus hijos, de los apuntes de Ampliación de Procesos Esenciales que, por cierto, no ha vuelto a sentir la necesidad de abrir, aunque también obtuvo la calificación de notable, una de las mejores de su promoción.

FIN

 

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Cuento de otoño: El profesor de paleontología que fue invitado a una cena de promoción

30 septiembre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

A partir del momento en que se cumple cierta edad, y más especialmente, llegada la de jubilación, es habitual en estos tiempos que alguien más animoso o especialmente desocupado convoque a los antiguos compañeros de estudios a una comida o cena «de la promoción».

La característica que aglutine al grupo es lo de menos, puesto que, cuando ya la curva de los años entre en su declive final, pretextos habrá a montones. Puede tratarse de reunir a paisanos de patria chica que coincidieron en un mismo batallón comiendo los ranchos de milicia, miembros de extintas sociedades deportivas o benéficas de las muchas que en nuestro mundo han sido, catecúmenos que se prepararon para su primera comunión en idéntica parroquia, pandilleros de vacaciones en veranos, o ex-militantes de la Liga Comunista Revolucionaria.

El objetivo normalmente expresado para justificar esas exhibiciones de bonhomía y disponibilidad de tiempo libre es que así se estrechan los vetustos lazos, al recordar anécdotas de aquellos tiempos idos y se disfruta, en fin, de la felicidad de encontrarse otra vez entre aquellos con los que se compartió algo y de los que se perdió la pista.

Cuando el viejo profesor recibió la invitación para asistir a una cena de promoción de sus antiguos alumnos de Paleontología y Estratigrafía, que habían terminado su carrera hacía treinta y tres años, según rezaba el tarjetón, su primera reacción fue de incredulidad. ¿Qué motivo llevaba a aquellas personas, a las que cabría sin esfuerzo imaginar sexagenarios, para incorporarlo a él, casi nonagenario, a esa celebración, sin haberlo hecho antes?

Vencido, aunque no convencido, por una mezcla de satisfacción, vanidad y curiosidad, ratificó su presencia en el acto gastronómico, y el día previsto, compareció, apoyándose en el bastón con empuñadura de plata que ahora le facilitaba andar con más presteza.

Un sonriente ser de cabeza monda y unos mostachos parcialmente amarillentos por la nicotina, se abalanzó sobre él, tan pronto entró en el comedor, abrazándole con la energía que solo se utilizaría con un hermano de sangre recién salido de la cárcel:

-¡Querido don Protasio! ¡Amado profesor inolvidable!¡Qué alegría!¡Está igual que entonces! ¿Se acuerda de mí? -y, sin esperar respuesta, el parlante aclaró: ¡Soy Rogelio Narváez!

Se acordaba, desde luego, de Rogelio Neopilina galatheae, un monoclapóforo al que se consideraba un fósil viviente, clave para conocer cómo estaban dispuestas las partes blandas de sus ancestros del paleozoico. Volvió a ponerle cara, y lo remitió al silúrico mental, de donde no debería haber salido.

La memoria del profesor había sido privilegiada, y la facilidad para asociar nombres de los alumnos y alguna de sus características físicas, a los yertos sujetos de la Paleontología, era un juego imaginativo al que se prestaba conscientemente.

Las diversiones al alcance de un paleontólogo son mas bien escuetas de figura, y, aunque había dedicado muchas horas a estudiar y analizar fósiles, solo había creído descubrir ciertas irregularidades morfológicas en las tecas de los Rhombifera, que facilitarían su identificación, y que la comunidad científica había desestimado por irrelevante.

Gracias a su memoria prodigiosa, Protasio Calzón Ceratites semipartitus, un tipo sencillo, liso de tez, a salvo de una costura que le había dejado la varicela infantil, había podido obtener la cátedra de paleontología en la Politécnica de Corpinduncia con solo veinticinco años. Aún ahora podía jactarse de recitar, sin confusión, todas las opciones de identificación basadas en la migración anal de los equinoideos, dieciséis años después de su jubilación como emérito.

-Por supuesto que sí. No eras precisamente de los mejores. Aprobaste mi asignatura en la convalidación final de carrera, porque era la única que te quedaba pendiente -le aclaró el venerable profesor-. ¿Qué haces ahora?

-Soy consejero delegado de una multinacional que exporta alta tecnología de comunicaciones al sudeste asiático -contestó, sin perder su sonrisa, el interpelado-. Me va bien, aunque jamás he vuelto a ver un bicho de ésos que a Vd. le parecían tan importantes, en mi vida, ni al natural ni en pintura.

Todos se presentaron, sucesivamente, y el profesor los fue recordando, situando en el casillero morfológico, y, puesto que ya nada le importaba, les explicó los apelativos con los que los había tenido asociados en su memoria. Allí estaba Marcelo Pérez Pricyclopyge binodosa, un tipo grande y de tórax fortachón, con sus ojos enormes, ahora -según aclaró el exalumno- ocupando la secretaría general en el Ministerio de Cultura, y reconociendo, de paso, que el último libro lo había leído hacía diez años, y era una novela de Mika Valtari.

El encuentro con Javier Pteraspis agnato, pequeño y afilado, torpe en el andar, pero el más listo de la clase, le resultó especialmente emotivo:

-¿Qué haces ahora, Javier? -le preguntó.

-Se me acabó el paro hace unos meses y ahora me dedico a arreglar electrodomésticos, para ir tirando. -fue la tímida respuesta.

Un silencio había acompañado a esa explicación, y el maestro paleontólogo sospechó que la mayoría de aquellos que estaban festejando el aniversario de haber terminado su carrera no habían vuelto a verse desde entonces.

El viejo profesor fue tratado con máxima deferencia, y le ofrecieron el sitio de cabecera en la mesa, sentándolo junto a Primitivo Tarancón Taxocrinus coletti, que aún evidenciaba su tendencia a engordar, aumentada por el gusto a la cerveza, y que había sido el delegado de curso. Se dedicaba a la política, confesó, y le apasionaba coleccionar minerales radioactivos. Por él se enteró de la razón por la que le habían invitado a aquella cena de celebración: era el único profesor que aún quedaba vivo.

Cuando ya había servido el postre y, todos estaban ya medio chispas por lo mucho que habían bebido (pues así suele hacerse, que se bebe de más cuando se paga a escote), trataron de convencer al profesor para que dijera unas palabras.

El anciano, doblando la servilleta, que dejó sobre la mesa, se excusó por un momento, alegando que debía ir al baño. Agarró su bastón con mano algo trémula.

-Ah, sí, por supuesto. Hay que cuidar la próstata, don Protasio -le saludó, con un guiño, desde el fondo de la mesa, Marcial Diez Cornuproetus, cuyas orejas desproporcionadas sobresalían del cefalón, haciéndolo especial entre los Trilobites, que eran Tamargo y Tovar; éste último se había casado con la hija de un magnate colombiano de la seda y llevaba contabilizadas cuatro vueltas al mundo, e incluso estaba apuntado desde hacía años para viajar a Marte, tan pronto se pudiera.

No volvió. Salió a la calle y, dándose prisa, antes de que cualquiera lo advirtiera, tomó un taxi y se volvió a la residencia.

Puede que hubiera habido más cenas o celebraciones de aquella promoción, pero no volvieron a llamarlo. Ni siquiera se interesaron por su salud, que empeoró.

Y el caso es que aquella noche llevaba preparada su disertación, porque había supuesto, correctamente, que le pedirían que hablara en aquella cena. Pero, de repente, se había sentido muy cansado.

¿Qué les había enseñado? ¿Para qué les había servido?

-¡Y, al menos -razonó para su coleto, en el taxi- yo traté de introducirlos en la Paleontología, que estudia seres que vivieron hace más de 280 millones de años y nada han cambiado en estos últimos 33! ¿Qué pensaría, si viviera, el profesor de Electrotecnia? ¿Tendría remordimientos por las veces que les había hecho aplicar la ley de Ohms a sus educandos, en problemas imaginativos que combinaban conexiones de resistencias y capacitancias en serie y paralelo, largas como riestras de pimientos choriceros?

Un sueño profundo le invadió aquella noche, y soñó, como no podía ser de otra forma, con trepostomados, platyceras y peronopsis. Fue muy relajante. Se había sentido un Siluraster perfectus, inalterable a pesar del frío glacial que empezaba a cubrir de escarcha los cristales. Pero dentro, en la habitación con derecho a baño de asiento, se estaba calentito.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: cena, cuentos de otoño, fósiles, Liga Comunista revolucionaria, paleontología, pricyclopyge binodosa, profesor, promoción, siluraster perfectus, tiempo libre

Cuento de otoño: La discípula que se enamoró de un profesor de Filosofía

27 septiembre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Se han contado bastantes historias de alumnos que se enamoran de sus profesores, especialmente de jóvenes adolescentes femeninas que caen platónicamente rendidas ante las virtudes que imaginan en sus maestros. Las explicaciones científicas son terminantes, atribuyendo este fenómeno a una variante del síndrome del prisionero: cuando estás viendo horas y horas a un tipo aburrido contándote cuestiones que no entiendes, a algunos seres impresionables no les queda más remedio que suponer que tienen una aventura con él.

De entre las anécdotas amorosas, una de las que más me impresionaron es la de Hanna Arendt enamorándose de su profesor Martin Heidegger, con el que incluso llegó a mayores. Ella era, por entonces, una estudiante muy avanzada y él la utilizó, según cuentan los biógrafos, para probar con su alumna algunas de sus tesis sobre el ser y no ser, que, con todo, sigue siendo la cuestión.

Aunque no tuvieran la misma difusión, porque sus protagonistas permanecieron completamente anónimos, todos seguramente conocemos historias de profesores que se lían con alumnas y les dan buenas notas a cambio de ciertos favores extraacadémicos. Es menos común el caso del profesor o profesora que pide un favor académico a un alumno -por ejemplo, que le ayude a confeccionar el libro de texto obligatorio o a terminar una tesis doctoral inabarcable- y, a cambio, le paga en especies carnales o en viajes a Polutonia.

Había una vez una estudiante de lenguas orientales que se enamoró de un profesor de Filosofía. No coincidían en las aulas, esto es, el profesor no tenía a su enamorada como alumna. Ni siquiera pertenecían a la misma Universidad o centro académico. Es más, no vivían en el mismo país. Qué voy a decir, es que no eran ni coetáneos: el profesor hacía años que había fallecido cuando la alumna se enteró de su existencia.

Tales anómalas circunstancias no impidieron la relación amorosa, si bien, como puede comprenderse, solo en dirección unilateral. Pero, cuanto más leía la estudiante los escritos que caían en sus manos de cuanto había elucubrado el profesor de filosofía, más rendida se sentía por la fuerza de sus palabras. Le temblaban las piernas repasando sus definiciones de conceptos inmensos, como la metafísica del bienestar, la felicidad como meta intelectual o los presupuestos de la ética contemplativa.

Por eso, sin poder resistir más la fuerza de los afectos, acudió a una vidente para que le pusiera en contacto con el maestro difunto.

-Toma, al irte a la cama, tres copas de Benedictine seguidas en las que hayas machacado dos lonchas de jengibre y recita los versos de la página 23 de la edición de bolsillo del libro rojo de Mao en su idioma original -le aconsejó la especialista.

-¿Y veré así, por fin, a mi amado profesor de filosofía? -preguntó el alma cándida.

-Sí, sin duda -fue la respuesta escueta-. A la mañana siguiente tendrás una sensación placentera.

-¿Cómo lo reconoceré? -inquirió, nuevamente, la jovencita- Jamás he visto una foto o retrato suyo. Solo lo conozco por lo que ha escrito.

-Lo sabrás -determinó la de la bola de cristal, mientras le señalaba una carta del tarot que representaba la papesa- por señales inequívocas. Podrás hablar con el cuanto quieras, y pedir que te aclare las dudas que tengas.

Dicho y hecho. La joven estudiante se empapó de Benedictine, durmió aquella noche placenteramente pero, a la mañana siguiente no se acordaba de nada. Pero de nada de nada. Ni siquiera de dónde había puesto el jengibre con el librito, lo que ya tiene castigo.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: amor, angel arias, cuentos de otoño, discípula, enamoramiento, favores académicos, filosofía, Hannah Arendt, Heidegger, lenguas orientales, profesor

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