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La madre de todas las ciencias

22 noviembre, 2014 By amarias Deja un comentario

Sin ganas de abrir un nuevo debate sobre el tema, me apunto a la opción expresada por el maestro Alonso Quijano de que la experiencia es la madre de todas las ciencias.

Cierto que si el asunto hubiera surgido en una tertulia académica (de esas que ya no se estilan), hubiera defendido a la Filosofía, pero no está el horno para bollos ni florituras reposteras, sino para empanadas. Y no de las rellenas de bonito o carne guisada, sino de esas mentales que, a los que tenemos el alma señalada por los zurriagazos de la cruda realidad, nos hacen temer que el aprendizaje colectivo es imposible, y que, por mucho que se haya escrito, analizado o dicho,  la inmensa mayoría sigue siendo crédula, y se traga lo que sea, con tal de que se le adorne convenientemente.

Me parece que la corrupción, en particular, la de los que manejan dineros públicos, es inadmisible, pero la solución a ese problema, en el que ahora se ceban, como truchas al atardecer en tarde tormentosa de verano, todos los líderes políticos, es sencillo, pues basta adoptar este principio:  «pocas manos y muchos ojos». Se lo oí decir a Sergio Fajardo, gobernador de Antioquia, en una magnífica entrevista que le hizo recientemente Jordi Evole.

Tengo escrito, además,  que no soy de los partidarios de que nos flagelemos con la obsesión de ser calificados como uno de los países más corruptos del mundo.  Con seguridad, no lo somos. En todas partes cuecen corrupciones.

Si en algo podemos aparentemente distinguirnos, separándonos especialmente de nuestros vecinos de porte inmaculado, es que nuestros corruptos han sido, por confiados, además de ladrones, torpes para ocultar mejor el resultado de sus fechorías. Los que los eligieron -culpa in eligendo-, merecen ser calificados de cómplices más que de engañados, y los que debían vigilarlos y no lo hicieron -culpa in vigilando-, por mucho que intenten escurrirse, no se salvan con menor sanción que la de ser designados como incompetentes, y, por tanto, inútiles para seguir en las labores de cuidar lo de todos.

Tema distinto y, desde luego, muy difícil, es analizar cómo salir de la crisis, y muy en especial, resolver la necesidad apremiante de crear empleo, generando nuevas actividades y empresas que tengan continuidad. Tampoco es menos importante, arbitrar nuevas formas de distribuir las plusvalías que se produzcan por el juicioso empleo de los recursos humanos, naturales y físicos.

Para mayor dificultad del cierre categorial, no se puede descuidar que, puesto que la situación es de emergencia, habrá que echar mano -justificada, transparente, gradual, ordenada y procurando evitar medidas confiscatorias- al patrimonio de los que más acumulan, sobre todo, al ocioso.

Me produce, por ello,  gran alarma personal  que las argumentaciones, claramente improvisadas en lo económico y con nulo apoyo tecnológico, de los sabiondos chicos de Podemos (aunque no ignoro que detrás también se incorporan algunos canos), magníficamente adobadas con palabras duras como puños, ajustadas al guión,  contra los partidos mayoritarios, no sean contrastadas por interlocutores que, puestos enfrente, además de alardear de parecida labia, sean capaces de aportar ideas viables sobre cómo mejorar la realidad, y no entren en el juego de buscar solo la descalificación desde la ética.

La ética, como el valor a los militares, se supone a los políticos. Y, si se descubre que a alguno le falta, se le hace consejo de guerra deontológico y se le manda al paredón del escarnio.

Claro que es necesario, como catarsis, meter  a unos cuantos de los corruptos en la cárcel. Pero me temo que si nos proponemos meter en jaulas a todos los que tengan manchadas las manos de esa mierda, no vamos a tener plazas suficientes.

Contentémonos, pues, con amedrentar para siempre a los que lo hayan sido y, sobre todo, dejemos el terreno marcado con advertencias de peligro a todos los que se hubieran propuesto serlo. Implantemos  un sistema estricto de control del gasto público -atentos a porcentajes, comisiones, revisiones de contratos, etc. pero no ignoremos que donde más se ha perdido es en adjudicaciones de obras inútiles-.

Pongamos ya el foco en lo que más interesa al futuro: crear empleo.

Cuando me entero con sorpresa de los beneficios de las grandes empresas, crecientes en épocas de crisis; cuando observo que el lujo y la ostentación con la que viven algunos no solo no ha disminuido, sino que ha aumentado; cuando veo que la investigación, la enseñanza, la Universidad, la sanidad y todo aquello que sustenta nuestro estado de bienestar, sigue confiado al buen hacer de unos cuantos, capaces de abstraerse del fragor de incompetencia que les rodea, … echo de menos que salgan a la palestra, exponiendo sus ideas, no a jóvenes politólogos, no a economistas o historiadores con la cabeza caliente, no a miembros de partidos viejos proclamando a quien quiera escucharlos que van a renovar sus estructuras, ni siquiera a teóricos de partidos nuevos alardeando de pureza, sino a gentes con experiencia concreta, viajados y bragados, conocedores de cómo funciona la realidad, tanto la española como la internacional, y que, con base en ello y en su voluntad de servir al bien público, nos propongan ideas factibles, cuantificadas, serias y serenas, que puedan obligar sin escapatoria a los que tienen más y que nos comprometan a todos, en ese objetivo irrenunciable de salir rápido del agujero sin que haya vencidos, sino solo convencidos.

Porque la experiencia es la madre de la ciencia, en especial, de la ciencia que da de comer a las familias. Por otros caminos, me atrevo a vaticinar que se llega a una mayor descomposición social, a ahuyentar a inversores, aspaventando a los dineros, profundizado, con cada tormenta estéril de improperios y descalificaciones, en un desánimo improductivo.

Si no lo corregimos, gane quien gane en próximas elecciones, con ese panorama, cuando se disipe el humo de las ilusiones,  nos encontraremos atrás, bastante más atrás.

El mundo es global y no se puede pretender jugar en solitario. El sistema económico imperante es el capitalismo de base liberal y no es factible, sin que se nos caigan encima los cascotes de la pirámide, cambiar sus cimientos, ni hace falta. A un país intermedio como España, solo le es preciso reformar con inteligencia la parte que nos sustenta. Teniendo presente que, como en toda selva, al que se separa de su rebaño natural, se lo comen los depredadores.

 

 

Publicado en: Actualidad Etiquetado como: Antioquia, bienestar, cárcel, ciencia, corrupción, descomposición social, empleo, experiencia, improductivo, Jordi Evole, Podemos, política, programa, Quijhano, Sergio Fajardo, tecnología

Cuento de primavera: Entrevista a un Premio Nobel

22 mayo, 2014 By amarias Deja un comentario

Pocas personas han sido tan laureadas como Hoshùa HâoSchí, Premio Nobel de Economía en 2017, Premio Príncipe de Asturias de la Concordia y las Artes Marciales en 2021, Galardonado con el Eral de Paja turresilano en 2024 y, más recientemente, Ciruela de Oro en Matalebreras, entre otros muchas distinciones que avalan su prestigio internacional.

Hemos tenido la inmensa fortuna de poder entrevistarlo mientras hacía sus abluciones y gárgaras matinales en la Posada del Pueblo de La Zarzuela (antiguo Palacio Real, carretera de la República, s/n), en la suntuosa habitación que compartía con varias decenas de miembros de su cátedra de Predicción Fallida de Acontecimientos Importantes, en la Universidad de Nán Jing (antigua Bei Jing).

Invitado por el Gobierno Multilateral de la Federación Acordada de las Miniregiones Europeas (sección desgajada de la extinta Unión Europea), HâoSchí pronunciará varias conferencias en chino mandarín e inglés americano, idiomas que domina perfectamente. La entrevista se realizó por el sistema de traducción automática, del catalán normalizado (versión 27.2x) al chino mandarín (renovado).

La primera pregunta resultaba obligada:

-¿Está satisfecho de haber acertado en todas sus previsiones, de hacia dónde evolucionaría la economía mundial?

-Tengo una sensación bipolar. Por una parte, me alegro por haber previsto que la tercera guerra mundial era, no solo necesaria, sino inminente. Había dos bloques que habían desarrollado, cada uno por su parte, un armamento muy potente, y corría el riesgo de quedarse obsoleto. Por otra parte, estaba claro para mí que la globalización había sido un fracaso, no por el concepto, sino por su realización práctica.

-Perdone, pero ambos comentarios me parece que no justifican eso que usted llama «sensación bipolar», ya que solo demuestra satisfacción por haber acertado en sus previsiones. ¿No sintió lástima o desencanto al observar que nadie hacía caso de sus fundamentadas predicciones de que había que cambiar de inmediato de metodología, o que todo se iría al garete?

-No entiendo bien lo que Vd. indica como «garete», que el traductor simultáneo expresa como «carajo», palabra que no tiene equivalente en chino mandarín. En cualquier caso, debo decirle que la compasión no  está entre los sentimientos que considero tolerables para un científico. Cuando me refería a una sensación bipolar, trataba de expresar que lo que lamento era no haber previsto que la situación evolucionaría de forma aún peor.

-¿No le parece suficiente una guerra mundial que ha provocado casi mil millones de muertos?

-Se había hablado durante muchos años de que la sobrepoblación mundial no era el problema, pues había alimentos para todos. Lo que pocos habíamos previsto es que la cuestión clave no era la producción, sino la distribución. Y por distribución no debería entenderse, como sabe ahora todo el mundo, disponer de medios de transporte, sino haber establecido un sistema de retribución o de ayuda para que a nadie faltara lo suficiente. Es evidente, aunque suene a paradójico, que ahora estamos más aliviados, y los países ganadores de esta guerra se dedicarán durante algunos años a la reconstrucción de lo destruido, aunque amplias zonas de la antigua Europa han quedado, lamentablemente, contaminadas radioactivamente por cientos de años.

-He leído sus libros, que han sido reimpresos múltiples veces, y Vd. había escrito que ni el mercado ni la economía centralizada funcionaban, y que la Humanidad, por su propia naturaleza, está condenada al fracaso cíclico de lo que emprende. ¿No encuentra que esa afirmación nos deja sin alternativas futuras?

-Yo no soy culpable de lo que sucede, sino solo de hacer bien el análisis. Se supo a su debido tiempo que la corrupción está en la base, se quiera o no, de cualquier sistema económico construido por el hombre, pues es inherente no ya a su naturaleza, sino a cómo se exterioriza la evolución del Universo. El crecimiento del desorden, que podemos identificar como el mal, es la consecuencia no solo de un principio termodinámico, sino de un pathos filosofal, un fatalismo crónico. No podemos sustraernos a él. La paz es solo la continuación de la guerra por otros medios.

-¿No cree que los avances tecnológicos pretenden imponer racionalidad en ese caos, y satisfacer mejor y más barato las necesidades humanas?

-Eso, como la historia ha demostrado reiteradamente, es un mito, procedente de la más antiguas leyendas, que han atribuido, desde el descubrimiento de cómo hacer fuego o desde el invento de la rueda, a la tecnología la generación de bienestar. Los avances tecnológicos ofrecen soluciones inmediatas, pero no son duraderas. Al contrario, precipitan los desastres, al acortar los ciclos. Esta cuestión no es discutida ahora por nadie, cuando la destrucción masiva provocada por la Tercera Guerra Mundial ha dejado al descubierto los cimientos de decenas de antiguas civilizaciones, que resultaba que fueron incluso más avanzadas de lo que se creía la nuestra, estado al que llegaron, por fortuna para ellas, de forma mucho más lenta, al no estar apoyadas en la globalización ni, por supuesto, en las telecomunicaciones.

Estábamos en ese punto, cuando sonó un timbre, y una formación de soldados, que vestían a la antigua usanza pretoriana, se llevaron al profesor Hâo-Schí, marcando el paso, con un ritmo que podría considerarse intermedio entre el paso de la oca y el paso ligero de maniobras militares.

Espero llegar a tiempo antes del cierre de la edición, para que esta entrevista pueda imprimirse a ciclostil con el resto del material recopilado, y cruzo los dedos para que el reparto de las hojas volanderas por voluntarios no vuelva a fallar, como sucedió con el número pasado. Aunque, bien es cierto, que hay noticias que no pierden actualidad jamás.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: bienestar, caos, cuento, cuento de primavera, enconomía planficiada, mercado, profesor, reparto, tercera guerra mundial

Cuento de invierno: Aprendiendo a no competir

11 febrero, 2014 By amarias Deja un comentario

coctelimposibleDibujo AngelArias

Todas las escuelas de negocios pretenden enseñar a sus alumnos a ganar. En la convicción  de que nos encontramos en un mundo competitivo, se asume que para tener éxito hay que disponer de determinadas habilidades no naturales que, cuando las aprendemos, nos sitúan en el camino de los triunfadores.

Los centros comerciales disponen en la sección de librerías de un pedestal especial en el que, bajo la advocación mágica de «Libros de empresa», sabios en el arte de convencer ofrecen consejos para liderar, mandar, y obviar el fracaso -o, por lo menos, aprender de él-. La fórmula consiste, en suma, en expresar con ejemplos sencillos, extraídos de la imaginación y de los animalarios, como mantras, que existe una estrategia para el éxito y que, si se dispone de ella, el mercado nos brindará sus oportunidades, como una sandía abierta por la mitad.

Torquibando Loguarde, diplomado por la escuela de negocios NOSSABE, es el autor de un manual singular, en el que ha pergeñado una estrategia para perdedores. Publicado en enero de este año, su libro, que gozó de una subvención de la ONG Lostintheway, mereció críticas  feroces de algunos gurús del mercado que lo acusaron de terrorismo empresarial, siendo retirado a los pocos días de los estantes.

La idea de Torquibando, según reconoció en una entrevista que no llegó a ser publicada, a un redactor del Semanario The Economissing, le sobrevino cuando estaba buscando desesperadamente un lugar en donde solucionar una repentina apretura de vientre (había desayunado mermelada de grosellas), y se encontró con que todos las cafeterías, bares, restaurantes y comercios que hallaba, esgrimían el letrero de «Aseos solo para uso de nuestros clientes». Apremiado por la necesidad, tuvo que comprar una pirinola en un hipermercado (que, según confiesa, no necesitaba para nada) y, para colmo, tampoco le sirvió para lo que precisaba pues, en el colmo de la mala suerte, se fue por los pantalones antes de llegar al lugar de servicio.

He conseguido el  texto de aquella entrevista de publicación frustrada, gracias a la amistad con un miembro del Consejo Editorial de The Economissing. En las propias palabras de Torquibando, su propuesta consistía en lo siguiente:

«Se trata de aprender a no competir, dejando a un lado la tendencia natural a ser considerado como perteneciente a la élite de nuestras complejas y desquiciadas tribus. Enfrentarse en peleas con el resto de nuestros coetáneos para destacar sobre ellos y así poder gestionar una parcela mayor de poder y ganar, por esta razón, más dinero y más poder, no mejora la productividad general. Al contrario, la reduce, porque en combatir a los que creemos más capaces que nosotros, se pierden, inútilmente energías, se desanima a muchos que no cuentan con apoyos y se incrementa la corrupción de las estructuras».

Torquibando no estaba, según aclaró, en realidad, apoyando el abandono de la batalla por la supervivencia. Más bien, apoyaba «reservar las fuerzas para utilizarlas en el momento adecuado, pues es imposible luchar contra los corruptos». Al igual que en el dominó, en el que el jugador que dispone de muchas fichas de un mismo palo, debe saber conservarlas para ponerlas sobre la mesa en el momento más tardío del juego, cerrando así la posibilidad de acceso a la pareja contraria, quien disponga de habilidades o virtudes o esté dotado de una inteligencia especial, y no quiera que sus naves queden destruidas por el fuego granado de quienes defienden sus posiciones de privilegio, debe aparentar ser imbécil.

En su libro, del que tengo un ejemplar dedicado, indica que «la estrategia de perdedor ha de mantenerse en tanto sea posible, adornándola con equivocaciones y errores controlados que harán pensar a quienes nos rodeen que se encuentran ante alguien al que no han de temer en absoluto, despertando el sentimiento de lástima hacia nosotros, que, como es sabido, es vecino al de aprovechamiento de la debilidad del prójimo.»

Torquibando fue contrario a las estrategias encaminadas simplemente a ganar, y que se basan en aprovechar las oportunidades en las que poder desarrollar nuestras teóricas habilidades o ventajas comparativas. Al no encontrarnos en un mercado perfecto, en el que lo que más falta es la honestidad, creyó un error entrar en competencia con nuestros congéneres, ya que todos los que se consideren iguales tendrán, exactamente el mismo deseo y, lo que es peor, constataremos, si somos sinceros, que habrá muchos superiores a nosotros, a los que nos enfrentaríamos sin tener ninguna opción, salvo que faltáramos a la ética, lo que Torquibando descarta.

«Si en el año 1750 después de Cristo, cuando la Humanidad contaba con menos de 800 millones de personas, ya se habían generado miles de cerebros superdotados que causan nuestro asombro, podemos imaginar, sin réplica, que hoy en día, con más de 6.000 millones de habitantes, la Tierra tendrá 16 o más  Leonardos de Vinci,  otros tantos Maquiavelo,  diez Laplace, una decena y media de Poincaré, siete Huanchu Doaren, etc., etc. »

Si no competimos,  podremos dedicar nuestro tiempo a realizar las tareas sencillas que se nos encomendarán por quienes se crean superiores a nosotros, reservando la energía para colaborar, fuera de mercado, en hacer que la sociedad funcione algo mejor.

Reconozco que, si los escritos de Zygmunt Bauman ya me habían abierto algunas esperanzas de que la Humanidad abandonase la lucha biológica por la supervivencia y se dedicara a cooperar por el bienestar del conjunto , las ideas de Torquibando me emocionaron.

Enterarme de que había fallecido, víctima de un ataque de caspa, fue una dura sorpresa, de la que me cuesta reponerme. No estuvimos muchos en su sepelio; apenas la familia -estaba divorciado, no tenía hijos, y vivía solo, con la única compañía animal de una pareja de periquitos machos-, su casero,  unos cuantos amigos que, según me pareció, no se conocían entre sí y un desconocido de todos, que era yo, deambulando perdidos por la sala del tanatorio en donde su cadáver era exhibido como en una pecera.

Había ordenado que su cuerpo fuera incinerado, junto al manuscrito y los ejemplares de su libro que habían sido retirados por la censura y que alguien trajo en una furgoneta, deseo específico que fue aceptado a regañadientes por el tipo del crematorio.

Volví a casa y me agarré al ejemplar de «Aprendiendo a no competir», como a un tesoro.

FIN

 

 

 

 

 

 

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: Aprendiendo, bienestar, competir, corrupción, cuento, cuento de invierno, estrategia, fracaso., gurú, libro de empresa, triunfar

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