Cuando Juanelo Valiente retornó de sus merecidas vacaciones en la tierra de sus ancestros, por buen nombre, Siempreverde, no tardó en apreciar que, en su ausencia, las cosas habían vuelto a empeorar.
En realidad, es principio general y comúnmente aceptado, que lo que, siendo propio, no se vigila, se deteriora por sí mismo, y si no se está atento a limpiar, adecentar y eliminar adherencias, de forma continua, al cabo de poco tiempo, en donde había algo de valor, se encontrará un pingajo.
Lo que ya no es tan sabido o, por lo menos, rara vez se tiene en cuenta, es que, en tratándose de lo común, esto es, de lo que pertenece a todos, la falta de vigilancia produce un deterioro aún más rápido, y por ser el bien que ha de mantenerse mucho más valioso que lo de uno solo, resulta -en principio- tanto más doloroso el avance de su miseria.
Los síntomas aparecieron ya desde el primer día. El Cartero real, habitual portador de misivas sin la menor importancia, le comunicaba en una Notificación del Ministerio de Velocidades que había sido multado con cien maravedís por superar en cuatro micromillas a la hora la velocidad máxima admitida para los cabriolés con pescante de ébano, regla exótica que había sido aprobada en el último Consejo de Ministros antes de las vacaciones de verano.
La exacción le había sido deducida ya de su cuenta bancaria, correspondiéndole ahora, según decía el boleto en letra autoborrativa, alegar lo que a su derecho correspondiera en los tribunales competentes, siendo circunstancia que solo parecía conocer Juanelo, el que su vehículo no había sido cabriolé, sino charriot, y que, a la sazón, se debería hallar dado de baja y en situación de desguace, misión que había confiado, como entendía corresponde, a un competente taller autorizado para minucias vitales.
Disgustado por el mal pie con el que se celebraba su retorno, se dirigió a la sede del gremio de Profesionales Libres, al que pertenecía, para anunciar que se encontraba nuevamente a disposición de lo que se le ordenara, encontrándose con que un cartel, en la misma puerta, adherido con cinta de embalar, indicaba que el gremio había sido disuelto, por orden del Ministerio de Libertades Vigiladas, de reciente creación, y se invitaba a los socios a que defendieran sus reivindicaciones, en el caso hipotético de que las tuvieran, de acuerdo con su leal saber y entender individual.
Barruntando ya que las vacaciones de la plebe habrían sido aprovechadas por los controladores del Sistema para hacer otros cambios, aún más profundos, fue, con el corazón más contrito, al Palacio de Comunicaciones Generales, lugar en donde, en multitud de paneles llamados informativos, se disponían, sin orden ni concierto, las muy variadas disposiciones que modificaban, con igual criterio, las anteriores, nacidas, en general, bajo idénticos auspicios.
Sus peores sospechas quedaron confirmadas de inmediato. Multitud de normas, reglamentos, leyes, adenda, edictos, eukases, diligencias, providencias, autos, directivas, sentencias y revocaciones habían sido dictadas o aprobadas durante los treinta días en que había estado de vacaciones.
Había cambiado tanto todo, que resultaba imposible saber cuál era la norma última que correspondía seguir. Juanelo Valiente, armado solo de su perspicacia, retiró de un manotazo varias de aquellas notificaciones, y las estrujó con sus propias manos, mientras gritaba:
-¡Cómo puede ser que lo que está creado para ayudar y proteger al individuo se haya convertido en un monstruo incontrolable!
Parecía, en verdad, fuera de sí. Los pocos ciudadanos que se encontraban en el inmenso espacio de la planta baja del Palacio de Comunicaciones Generales -las zonas altas eran inaccesibles para el común- le miraron, sin decir nada, aunque alguno le aconsejó, con un leve movimiento de los labios, que se callara.
En aquel momento, aparecieron varios funcionarios, cuyos rostros estaban ocultos por material antidisturbios que, con dureza, golpearon a Juanelo Valiente, tirándolo al suelo, y luego lo esposaron y lo condujeron hacia los sótanos.
-El sistema tiene siempre razón y los que están contra él, están contra todos -explicó, para quien pudiera oírle, quien parecía el jefe de aquel equipo.
Así resultó engullido Juanelo por el sistema. Cuando sus amigos advirtieron que faltaba a los habituales encuentros, en donde se entretenían en resolver complicados Sudokus y otros acertijos que estimulan la imaginación -según se creía-se interesaron por él, para lo que fue imprescindible rellenar el formulario informático previsto al efecto. Al cabo de unos días, recibieron la notificación, enviada contra reembolso, de que faltaban datos para la completa identificación del Expediente del asunto, y que, por ello, no había podido ser procesada.
Cada una de sus peticiones de información, encontró similar respuesta. «No es posible procesar su consulta por datos incompletos». Pidieron ver al responsable físico del Departamento de Errores del Sistema, pero el programa informático les contestó, en un tono que juzgaron impertinente, que, antes, deberían agotar los procedimientos automáticos, que no sabían ni consiguieron saber cuáles son exactamente.
Escribieron, exhaustos, esta frase sobre una sábana: «Juanelo, ¿dónde estás?. Tus amigos nos te olvidan», y se apostaron nos apostamos ante el mecanismo de control de acceso al Gran Palacio del Sistema. Así estuvieron varios días. Para su asombro y definitiva desesperación, por allí no entró ninguna persona. Aquella entrada no era utilizada por nadie. Todo el recinto, hasta donde alcanzaba la vista, parecía abandonado, si bien, aunque alejados como se encontraban del complejo central de edificios, llegaban extraños sonidos de actividad.
Decidieron, al cabo, abandonar la búsqueda de Juanelo. Los que conocían su coraje, se manifestaban seguros de que Juanelo Valiente sería capaz de hacer algo para evadirse, y se tranquilizaron de que sabría cómo salir del problema por sus propias fuerzas.
Así fue. Cuando ya nadie recordaba el caso, emergió Juanelo Valiente, desmejorado, pálido, pero vivo. Contó que había conseguido zafarse de su reclusión, aprovechando que aquel día, el mecanismo que le proporcionaba papilla de arroz sintético y agua reciclada por un conducto minúsculo, se atoró, y la puerta de su celda quedó circunstancialmente abierta.
Dijo también que había recorrido todas las dependencias, buscando la salida, y no había encontrado a nadie. Tenía la seguridad de que no había nadie detrás del funcionamiento del Sistema, que se estaba alimentando por inercia.
Es verdad que no le creyeron, porque todos tenían miedo a las represalias, ya que las Notificaciones no paraban de llegar, lo que parecía probar que alguien controlaba todo, aunque fuera para mal. Multas, subidas de impuestos, limitaciones de prestaciones…
Pero Juanelo Valiente no hizo caso, en adelante, de ninguna de ellas. Vació sus cuentas bancarias, pidió la liquidación en su empresa, no contestaba correos, cambió de lugar de residencia, pagaba al contado, cobraba en negro, repudió a sus amigos, no leía periódicos, y, lo que es más importante, dejó que se olvidara el nombre de Juanelo Valiente, pasando al más absoluto anonimato para el Sistema, del que vive completamente al margen, desde entonces.
Por lo que le va muy bien, según se puede inferir.
FIN

Deja una respuesta