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Otras gentes: (y 10) Mi gente

6 septiembre, 2017 By amarias Deja un comentario

Termino este conjunto de disquisiciones acerca de algunas de las varias acepciones que en el rico idioma español adopta el vocablo gente, con uno de sus empleos más polisémicos y, por ello, curiosos.

La expresión «mi gente», en la actualidad, es más habitual en el mundo de la empresa y de la política. Cuando un jefe o jefecillo anuncia a un cliente «te envío mi gente», está manifestando, por ejemplo, tanto una relación de autoridad como una situación de confianza con el personal a su mando y un específico interés en solucionar el problema o situación. Si existiera solamente una obligación, derivada del cargo, de atender a la petición y, en particular, si se tratara de una reclamación de resultado incierto, posiblemente se limitaría a decir, desde su poyete autoritario «Le mando a alguien».

En el ámbito doméstico, por «mi gente» o «los míos», debe entenderse, inequívocamente, la familia, aquellos miembros de la misma, a los que se siente unido el dicente por vínculos muy especiales, de sangre y proximidad. Con esa gente existe, al menos en el momento en que la frase se formula, una confianza máxima, nacida de enlaces genéticos y no adulterada por zancadillas y traspiés de la vida. Si algo se tuerce, el hijo de vuelve pródigo y dilapida el negocio, el cónyuge nos pone cornamenta sentimental (y lo descubrimos) o el progenitor evidencia una demencia senil insoportable, es probable que los apelativos no sean, ni de lejos, cariñosos.

En estos tiempos en que lo gregario es signo de identidad de la especie, la sintonía máxima puede encontrarse entre desconocidos con los que se está viendo en directo un partido de fútbol, o una carrera de motos, a los que, en un ataque de fervor, se puede llegar a decir: «Vosotros sois mi gente, la gente con la que me siento bien».

Hay bastante devoción a reunirse, al cabo de muchas décadas, con los compañeros del colegio o del Instituto a los que se perdió de vista por avatares de la vida; los que hicimos la mili, tenemos una protuberancia nostálgica a convocar para un almuerzo multitudinario a los comilitones de la compañía, de cuya inmensa mayoría se ignora el nombre, y en las copas, alguien se suele levantar para apostillar algo así como «vosotros sois mis mejores amigos, mi gente».

Lamentablemente, llevados por la falsificación, también de los sentimientos, conocemos muy poco del próximo, incluso del muy próximo. El lema que parece presidir nuestras actuaciones con los demás, a salvo de un círculo restringido pero variable de acuerdo con el momento, es «ignora a los demás, como ellos te ignoran a ti».

Lo que se ha revelado como peligroso. Para la seguridad y para la libertad. Padres que ignoran que sus hijos son terroristas, vecinos que definen como «simpáticos», porque les saludaban con un «Hola» cuando se cruzaban en el portal, a violadores en serie, ejecutivos de prestigio que acumulaban réditos irregulares en paraísos fiscales, políticos honorables que recibían herencias falsas de antepasados especuladores, etc.

Gerald Durrel, en «My family and other animals», en un inolvidable retrato autobiográfico, pasa revista a «su gente», el grupo de seres adorables con los que compartió una niñez llena de pasión. El juego burlón del título resulta certero para quienes nos adentramos, con el autor, en las anécdotas de su peculiar troupe.

Observando el cariño con el que bastantes de mis coetáneos cuidan a cánidos a los que encuentran, al parecer, merecedores de un afecto que no están dispuestos a dispensar a quienes más se les asemejan (al menos, en lo exterior), me pregunto, a quién considerarán, si fueran requeridos para ello, digno de aparecer como «su gente». ¿Excluirían a sus familias, a sus coetáneos?

(Estoy convencido de que dentro de unos meses la tensión actual que se vive por el llamado «tema catalán» se habrá disipado como azucarillo en el tazón, pero quiero traer a colación lo que leí en un periódico de la pluma de un periodista solvente: «La gente que sigue a Puigdemont no es la misma que votó a Mas, pero es «su gente», y, con él, está dispuesta a llegar hasta el final»)

Por mi parte, este es el final de mi librito que he titulado como «Otras gentes».


En un charco de agua fresca, cerca del follaje, apremiadas por la sed, resulta habitual que se concentren aves de varias especies. Aquí, junto al carbonero y los herrerillos, un pinzón abreva también sin importarle la vecindad ni la discrepancia de plumas o pelajes.

 

 

 

Publicado en: Actualidad, Sociedad Etiquetado como: carbonero, Cataluña, failia, gente, herrerillo, pinzón

Identidades al descubierto

21 octubre, 2016 By amarias 1 comentario

carbonero volando

Recibimos continuas advertencias sobre la necesidad de preservar nuestra identidad -de la policía como de amigos-, pero, como seguramente no sabemos en qué tipo de piltrafa expuesta a la observación pública se ha convertido la referencia a lo que nos identifica públicamente, no hacemos mucho caso.

Estaríamos en lo cierto si sospecháramos que en los inmensos bancos de datos que Google pone a disposición de quien quiera pagar por la información o introducirse subrepticiamente en el fangal, está prácticamente todo de lo que nos concierne, y una buena parte de lo que ignoramos de nosotros mismos.

Otros cazadores de identidad no son tan sutiles ni usan medios sofisticados. No será la primera vez que increpo a un fulano que, con pinzas manejadas hábilmente, detecto buscando documentos bancarios en los colectores de papel: es una labor más selectiva, y supongo que fructífera, que la de los que revientan sin más los contenedores: me imagino que algún capitán de mafias bien pertrechadas para sacar partido a esos datos les pagará por el trabajo.

El 20 de octubre de 2016 los media nos recordaron (por si hacía falta) que hace cinco años que ETA anunció el cese definitivo de su actividad armada, y celebramos, en efecto, que desde entonces, no mata a nadie. Es un torpe alivio, que no puede borrar la memoria de los 829 asesinados en el holocausto de una causa demencial. Que la comunicación de esa descarada indulgencia fuera realizada por tres encapuchados, que pretendían darnos por enterados de que nos perdonaban la vida, la angustia y el sufrimiento, me hace recoger sus palabras con la escobilla del desprecio hacia la forma en que los asesinos y sus cómplices escogieron defender sus razones, a las que convirtieron en inaceptables, sin necesidad de entrar a considerar su fondo.

Están proliferando los portadores de identidades ocultas, que tiran piedras sobre los valores comunes y esconden sus identidades. Grafiteros , estafadores, corruptores y corruptos, ladrones de guante blanco y al descuido, vándalos que se ocultan entre la multitud aprovechando congregaciones culturales o deportivas, incluso universitarios a los que se debe exigir más formación y mejor criterio, junto con otras muchas categorías de tipos sin identificar, que nos hacen daño. Unos se divierten con ello, otros se aprovechan de nuestra confianza, los más se mueven a hurtadillas por la propiedad común y la propia, para quitarnos lo que no les pertenece.

No creo que el diagnóstico certero, ante tantas identidades falseadas o enmascaradas, sea que nuestra sociedad está enferma. Me parece más bien que, amparados por nuestra parte en la esperanza de que no nos afectarán, nos hemos convertido en débiles y apetitosos objetivos.


P.S. Es fácil distinguir entre el herrerillo común (parus caeruleus) y el carbonero común (parus major). El primero, bastante más pequeño, tiene la coronilla azul y el segundo, negra. La foto con la que decoro este Comentario es la de un carbonero garrapinos (parus ater), tan pequeño como el herrerillo, que tiene la coronilla y la pechera negras y una mancha blanca en la nuca.

Otros muchos tipos del pájaro carbonero son más propios de otras latitudes, salvo el herrerillo capuchino, que lleva una cresta que, en la mayoría de los casos, lo hace inconfundible. Identificar aves es una actividad apasionante, y si se pretende fotografiarlas en vuelo, además de un buen objetivo, son precisas mucha paciencia y la voluntad de pasar desapercibido.

Publicado en: Actualidad, Sociedad Etiquetado como: aves, capuchino, carbonero, corrupción, ETA, garrapinos, herrerillo, identidad, policía, robo

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