Las Princesas son, como los Reyes, los centauros o dragones, creaciones imaginarias, que solo tienen su razón de ser en los cuentos. Todo el mundo es consciente, cuando está sobrio, que no pueden existir personajes de sangre azul, ni cuadrúpedos con cabeza humana ni serpientes aladas que echen fuegos por las fauces.
Como criaturas irreales, de las que no es posible conocer con la más benévola certeza, qué piensan, hacen o destruyen, la imaginación de las gentes, a lo largo de los siglos, ha ido tejiendo en torno a esos seres un entramado mitológico. Lo curioso es que, olvidando los orígenes, muchos creen -o son obligados a creer- que tales construcciones mentales existen.
En el país de Valgamediós, en la zona limítrofe entre la imaginación y la certeza, vivía una familia real. Su inexistencia era pacífica, puesto que se limitaban a ocupar la zona encantada en la que nadie osaba penetrar, pues la amenaza de graves calamidades y desgracias a cuantos se aventurasen en esa tierra desconocida a los mortales, era suficiente para mantener a raya a los curiosos.
Como en todos los cuentos, había en la corte imaginaria, privilegios, lacayos, carrozas, fiestas, pleitesías y admiración fantasiosa respecto a lo que se suponía podía ser la vida de los habitantes del castillo encantado. A veces, alguien se jactaba de haber penetrado -echándole mucha imaginación-, como furtivo, en el territorio onírico, y contaba historias fabulosas del carácter campechano del Rey, de la inteligencia sobrenatural de la Reina y de la gracia y donosura de los Príncipes y Princesas que poblaban las páginas del cuento.
Un día, sin embargo, sucedió algo increíble. Los personajes del cuento empezaron a aparecer en la vida real, es decir, en la vida normal y aburrida, de los habitantes de Valgamediós.
Primero, alguien dijo que el Rey había sido visto con una plebeya, de la que, se elucubró de inmediato, estaba enamorado. Luego, fueron varios los que afirmaron haber conocido, de muy buena tinta -esto es, tinta indeleble-, aventuras reales con pastoras, artistas de cabaré y esposas de capitanes de su guardia real, aquellos que velaban para que la frontera no se traspasara.
El asunto empezó a ser muy serio, cuando el Príncipe heredero se enamoró perdidamente de una persona de carne y hueso y decidió casarse con ella.
Todos los encargados de mantener la fantasía se opusieron al desatino.
-Me caso -explicó el Príncipe ilusionado- y no me importaría perder mi condición inmortal para dar cumplida satisfacción a mi deseo. El Rey le explicó que no había ninguna necesidad de dar ese paso, pues los privilegios de los habitantes de la fantasía implicaban que sus deseos podían ser satisfechos sin tener que perder prerrogativa alguna.
-¿No puede ser que, dada nuestra condición inmortal, contagiemos al menos a una persona real de nuestra esencia? ¿No dicen los libros de cuentos, que son nuestra guía, que todo lo puede el amor? ¿No será esa unión que pretendo, la forma de convencer a quienes creen en nuestra existencia, que nuestro mundo y el de ellos tienen puntos de encuentro?-argumentaba el Príncipe, contemplando con melancolía inusitada lo que, en su terquedad -lanzada desde lo imaginario a lo real- pretendía eran caminos de felicidad que no podría alcanzar mientras se mantuviera preso en los límites de lo onírico.
Fue imposible convencerlo. Y, lo que es aún peor, sus hermanas, las Princesas, siguieron por ese camino.
Abandonaron, para consternación de quienes los habían creado y disgusto de quienes formaban parte de la irrealidad de la Realeza, los terrenos que les estaban destinados, y se confiaron en los brazos del amor.
Nadie les dijo que el amor era un antídoto muy útil para los mortales, que les hacía -al menos, por momentos- olvidar su condición perecedera, pero resultaba una pócima destructiva para quienes procedían del mundo de los cuentos.
Esa vulnerabilidad fue aprovechada por un dragón, que, echando fuego por sus bocas, se dedicó con todo su ahínco a hacer lo que es propio de tales seres mitológicos, que es seducir a Princesas y Príncipes incautos y consiguió atrapar a una de las Princesas.
El dragón de este cuento no tiene torre de marfil, sino mazmorras, y, llevado por otra imaginación, ha sometido a la cautiva a la más exhaustiva observación, exponiendo sus intimidades sin pudor. Las páginas del cuento se han poblado de cántaros rotos, secretos descubiertos del campo de la imaginación.
No hay en la realidad, como sucede en los cuentos, un Príncipe encantador que corte con su espada invencible la cabeza de los seres mitológicos que se pongan en su camino. Los procedimientos son tediosos, imprevisibles por el resultado, amargos en su naturaleza.
Los Reyes y las Princesas no pueden utilizar en ese espacio sus virtudes imaginarias, sino que, al ser iguales a los demás son, por ello, muy vulnerables. En el territorio del dragón, el destino de los miembros de sangre azul es ser devorados sin piedad.
FIN
