¿Recuerdan aquel bombero que, temiendo lo despidieran por falta de trabajo, prendía fuego al bosque prácticamente cada domingo?. Cuando por fin descubrieron que era él el incendiario, apenas si quedaban cuatro árboles en pie. Su caso no es diferente al del policía que se convertía por las noches en ladrón, o al de esos abogados que aconsejan a sus clientes pleitear por un quítame allá esas pajas para engordar la minuta. ¡Imaginemos a un médico inyectando cultivos de virus en los conductos de refrigeración de los espacios públicos!
Se cuentan muchas historias parecidas, algunas de las cuales se estudian incluso en las escuelas de negocio. Una de las que se nos vende entre las más ilustrativas es la del hijo del cristalero que, creyendo ayudar a su padre, se dedicaba a romper sistemáticamente los cristales del vecindario. Lo que consiguió, después de un fugaz esplendor, es que todos los clientes se empobrecieran con tanto gasto inútil, y su padre, ya sin encargos, tuvo que cerrar la tienda.
(Por cierto: Por muy claras que parezcan las enseñanzas de este tipo de cuentos para quienes los usan como ejemplo, siendo cada cual libre de actuar como le parezca, entender lo que le venga en gana y, muchos, propensos a hacer lo contrario de lo que se les aconseja, no es de extrañar que haya alumnos, que al aplicar cualquier idea a su vida real, interpreten que están haciendo lo que deben, haciendo lo contrario de lo que deberían).
Por mi costumbre de tener siempre el oído dispuesto a escuchar historias, una vez sorprendí el relato muy curioso que un anciano le estaba refiriendo a una mujer joven, -seguramente, su hija-, y que guarda cierta relación con el tema que estoy tratando.
Ambos estaban en una estación ferroviaria, esperando un tren de cercanías que se retrasaba, y que yo también debía coger. Esta era su historia.
Resulta que en un pueblo de la antigua URSS, cuando aún aquellas tierras eran imperio, vivía un leñador que había perdido una mano en un desgraciado accidente, por lo que ya no podía ejercer el oficio por el que habían subsistido, hasta entonces, mal que bien, él, su mujer lituana y sus seis hijos, todos de tierna edad a la sazón. El pueblo, precisó el viejo relator, estaba situado en los territorios propios de la región de Kasharkastán, o así me pareció que sonaba su nombre: tan cerca de las zonas gélidas de Siberia, que parecía alejado de la mano de Dios y, desde luego, lo estaba de los hombres.
A un pueblo tan remoto nunca llegaban cartas ni periódicos, y las únicas noticias que ocupaban las conversaciones de los lugareños eran las relativas al propio lugar, a los mínimos avatares de sus gentes, las querencias de sus animales domésticos o la cíclica evolución de sus escasas haciendas.
Así estaban las cosas, cuando un día llegó una carta. Era invierno y todo estaba blanco como el rostro de una virgen el día de su boda. *La llevaba uno de los correos del Zar, demacrado, con el uniforme hecho jirones y el pie derecho sanguinolento. Se colocó en el centro del pueblo, guiando como pudo su escuálido caballo bayo, que babeaba espuma verdosa.
El trote cansado de los cascos, ya desherrados, sobre las piedras de la plaza, despertó la atención de los habitantes del poblado, que no estaban, en absoluto, acostumbrados a las visitas, y rodearon al extraño. Por eso, todos vieron que tanto el jinete como su montura estaban extenuados por la tremenda travesía y, a pesar de los esfuerzos que hicieron para que se recuperaran, asistieron, impotentes para cambiar el destino, a la muerte de ambos. Primero, falleció el caballo, y, al poco, murió el correo, no sin antes anunciar:
-Traigo una carta.
En efecto, cuando miraron en la cartera de cuero que traía bien sujeta a la silla de montar, encontraron una carta, en la que con el lógico temor, identificaron el sello del Zar.
-Algo nos quiere decir su dignísima Majestad imperial-dedujo el alcalde pedáneo, mirando el sobre, perfectamente lacrado.
-¿A quién va dirigida la misiva? -preguntó una joven de mejillas sonrosadas, que pasaba por ser la más hermosa del pueblo.
El alcalde leyó, enfatizando como pudo las palabras: «A quien pudiera corresponder».
No pretendo hacer el cuento largo, aunque el anciano se entretuvo refiriendo las muchas dudas acerca de las posibles interpretaciones que tan genérica designación de destinatario suscitaban entre los lugareños. Finalmente, se pusieron de acuerdo en que, ante todo y en primer lugar, deberían designar un cartero, puesto que, hasta entonces, por falta de cometidos para él, ya que nunca había llegado una sola carta al pueblo, carecían de alguien que desempeñara tal oficio.
El leñador manco se postuló para el trabajo y fue aceptado de inmediato. «Por fin, podré alimentar a mi esposa y a mis hijos, con lo que me paguen por este trabajo». Convinieron un salario -ni muy alto ni muy bajo-, que pagarían entre todos los habitantes y se fueron a sus casas, tranquilizados, no sin antes haber dado sepultura al correo y haber sorteado los cuartos del caballo.
El nuevo cartero volvió a su casa con la carta sellada en el zurrón. «Has de repartirla de acuerdo con las indicaciones», fue la instrucción que recibió del Consejo popular. «Es tu responsabilidad como nuevo funcionario provisional del Zar».
En aquel momento, llegó el tren que estábamos esperando, y nos apresuramos a subir al vagón que a cada uno correspondía, ya que en nuestra estación solo se detiene unos segundos, el tiempo justo para que los nuevos viajeros se introduzcan en él con sus maletas. El anciano relator y la que parecía su hija (tal vez, ahora que lo pienso mejor, sería su nieta), tenían asiento preferente, en tanto que yo ocupaba uno de los de clase turista.
Por eso, no pude escuchar el final de la historia. *Lo que no me impidió imaginarlo. He supuesto que, decidido a no entregar a nadie la carta, que no respondiera exactamente a lo indicado en la dirección, la misiva permaneció sin distribuir, años y años, hasta que los ratones y las polillas la hicieron desaparecer, o, ta*l vez, si alguien se hubiera animado a abrirla, faltándole renglones significativos, indescifrable.
Puede que nadie se hubiera atrevido jamás a romper el sello del zar, y la razón podía estar en el propio cartero, celoso de cumplir con su deber. Por ello, el cartero del pueblo que no escribía cartas, conservó su trabajo mientras vivió, ya que tenía una actividad pendiente técnicamente impracticable: entregar la carta a su correcto destinatario, que no podía ser descubierto con la información disponible.
Porque, para justificación del cartero, creo que una carta cerrada que deba ser entregada a quien corresponda solo puede ser distribuida correctamente si se abre, para conocer su contenido, lo que vulneraría el deber sagrado, reconocido en todos los códigos legales del mundo, de inviolabilidad de la correspondencia.
De todas maneras, si algún día vuelvo a encontrar al anciano, le preguntaré cómo acaba su cuento. El tiempo pasa y, hasta ahora, no hemos coincidido. En ninguna enciclopedia, atlas o diccionario figura la región de Kasharkastán, de la que me hubiera gustado contar algo más, y eso que he consultado a expertos de todo tipo.
FIN
