Al socaire

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Cuento de otoño: La granja sin matarife

10 octubre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Hay cuentos que ponen la carne de gallina, incluso a los que presumen de ser duros y correosos como los cocodrilos. Este es uno de ellos, por lo que no es aconsejable que se lea a los niños antes de irse a dormir, pero es conveniente que lo conozcan para que estén bien despiertos ante lo que se les avecina.

Había una granja en la que los animales eran cuidados con esmero. Comían cuanto les apetecía, tenían sus zonas de esparcimiento y, por las noches, se procuraba, con el auxilio de unos feroces mastines, de que ninguna alimaña merodease por los alrededores.

En consecuencia, vivían una existencia muelle, engordaban, se reproducían y disfrutaban de las ventajas de un clima y entorno muy agradables. El propietario de la granja era un hombre bueno, sensible con los animales y, en consecuencia con unos principios éticos que había asumido como inquebrantables, había tomado una decisión muy importante.

Había despedido al matarife. No soportaba que sus animales fueran convertidos en carne para ser llevados al mercado como hamburguesas, filetes o chorizos. Ni siquiera cuando las gallinas habían dejado de poner huevos, las vacas de dar leche o los caballos ya no aguantaban el peso ni del más liviano de los jinetes, les daba pasaporte forzado al otro mundo.

Los seguía alimentando y cuidando, mientras envejecían. Y cuando la muerte les llegaba de forma natural, los enterraba piadosamente en una ladera soleada.

La situación se hizo difícil. No exactamente para el dueño de la granja, que era muy rico porque su abuelo había hecho fortuna en las Américas (cuando las Américas existían como tierra prometida). Se hizo difícil para los animales más jóvenes, que veían cómo los más viejos ocupaban los mejores sitios en los comederos, en los pesebres, en las perchas y en las zonas en donde se podía rumiar bajo la mejor sombra.

Un cerdo de raza ibérica prístina convocó a los jóvenes de todas las especies para una reunión informativa. Lo hizo al amparo de la hora de la siesta, mientras los mayores dormitaban. Y eligió como sitio en donde despertar las menores sospechas, un lugar alejado de los comederos, cerca de los montones de estiércol, en donde se fabricaba abono orgánico para fortalecer los campos de remolacha y trigo.

-No debemos soportar más esta deplorable situación. Los viejos ocupan el sitio que nos corresponde en la granja. El amo los quiere más, solo porque son más antiguos en este lugar, y ellos se comen lo más sustancioso del alimento, sin producir nada a cambio. -argumentó, convincente.

-Es cierto -corroboró una de las gallinas ponederas-. El amo se come nuestros huevos, bebe la leche de las vacas nodrizas y carga pesadamente a los alazanes más jóvenes, mientras las gallinas cluecas y añosas, las vacas estériles y los caballos que no sirven ni como sementales ni para tiro, nos desplazan de los lugares de privilegio.

-Aún peor -gritó una ternera primeriza, que estaba recién parida-. Mi abuela y sus amigos decrépitos nos miran por encima del hombro, dándonos estúpidos consejos, acerca de si no debemos desperdiciar la comida que cae de los comederos, o la conveniencia de tener pocas crías para no sobrecargar la economía del patrón.

-No valen ni para solazarnos con ellos -terció una oveja que tenía restos de hierbabuena en el mentón-. Hay varios machos cabríos a los que no les importa que estemos en celo para cubrirnos, pero que se interponen entre los más potentes de nuestros compañeros, reclamando prudencia en las prácticas sexuales, porque alegan que disminuye la esperanza de vida…

El intercambio de pareceres discurrió de ese tenor durante una hora larga. Al final de la cual, uno de los cerdos más lustrosos, propuso la adopción de una medida que, en realidad, llevaba ya estudiada.

-Debemos proponer al amo que vuelva a contratar el matarife. Será la forma de eliminar a tanto vejestorio y disfrutaremos de la granja para nosotros solos, los jóvenes, como merecemos.

La propuesta fue aprobada por aclamación. Y aquella misma tarde, los animales jóvenes de aquella granja especial, que estaban dotados .como también sus mayores- de la facultad de hacerse entender de los humanos, trasladaron, como una condición irrenunciable, que el matarife debía volver a ocupar sus funciones en la granja.

El amo no quería, llevado de su sensibilidad, malestar entre los animales a los que respetaba y quería. Deseaba hacer lo mejor para ellos y, no queriendo que el alboroto se convirtiera en una revolución, llamó al matarife, para que cumpliera con el trabajo para el que estaba capacitado.

Y lo hizo, válgame Dios si lo hizo a conciencia. Explicó al amo que los animales viejos tenían la carne demasiado dura para ser llevada al mercado y no merecía la pena pagar las tasas del matadero ni los costes de conducirlos al mercado.

En cambio, sacrificó a una buena parte de los animales jóvenes, que tenían las carnes tiernas y mucho más jugosas y apetecibles para los mercados.

La calma volvió a reinar en la granja. Y los animales rebeldes, tanto los que quedaron por el momento en la casa de labranza como los que fueron conducidos al sacrificio, tuvieron algún tiempo para meditar sobre el alcance de su protesta.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: . sacrificio, amo, anciano, angel arias, animales, caballo, cerdo, cuentos de otoño, estéril, gallina, granja, joven, matarife, propietario

Cuento de otoño: El cartero del pueblo que no escribía cartas.

25 septiembre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

¿Recuerdan aquel bombero que, temiendo lo despidieran por falta de trabajo, prendía fuego al bosque prácticamente cada domingo?. Cuando por fin descubrieron que era él el incendiario, apenas si quedaban cuatro árboles en pie. Su caso no es diferente al del policía que se convertía por las noches en ladrón, o al de esos abogados que aconsejan a sus clientes pleitear por un quítame allá esas pajas para engordar la minuta. ¡Imaginemos a un médico inyectando cultivos de virus en los conductos de refrigeración de los espacios públicos!

Se cuentan muchas historias parecidas, algunas de las cuales se estudian incluso en las escuelas de negocio. Una de las que se nos vende entre las más ilustrativas es la del hijo del cristalero que, creyendo ayudar a su padre, se dedicaba a romper sistemáticamente los cristales del vecindario. Lo que consiguió, después de un fugaz esplendor, es que todos los clientes se empobrecieran con tanto gasto inútil, y su padre, ya sin encargos, tuvo que cerrar la tienda.

(Por cierto: Por muy claras que parezcan las enseñanzas de este tipo de cuentos para quienes los usan como ejemplo, siendo cada cual libre de actuar como le parezca, entender lo que le venga en gana y, muchos, propensos a hacer lo contrario de lo que se les aconseja, no es de extrañar que haya alumnos, que al aplicar cualquier idea a su vida real, interpreten que están haciendo lo que deben, haciendo lo contrario de lo que deberían).

Por mi costumbre de tener siempre el oído dispuesto a escuchar historias, una vez sorprendí el relato muy curioso que un anciano le estaba refiriendo a una mujer joven, -seguramente, su hija-, y que guarda cierta relación con el tema que estoy tratando.

Ambos estaban en una estación ferroviaria, esperando un tren de cercanías que se retrasaba, y que yo también debía coger. Esta era su historia.

Resulta que en un pueblo de la antigua URSS, cuando aún aquellas tierras eran imperio, vivía un leñador que había perdido una mano en un desgraciado accidente, por lo que ya no podía ejercer el oficio por el que habían subsistido, hasta entonces, mal que bien, él, su mujer lituana y sus seis hijos, todos de tierna edad a la sazón. El pueblo, precisó el viejo relator, estaba situado en los territorios propios de la región de Kasharkastán, o así me pareció que sonaba su nombre: tan cerca de las zonas gélidas de Siberia, que parecía alejado de la mano de Dios y, desde luego, lo estaba de los hombres.

A un pueblo tan remoto nunca llegaban cartas ni periódicos, y las únicas noticias que ocupaban las conversaciones de los lugareños eran las relativas al propio lugar, a los mínimos avatares de sus gentes, las querencias de sus animales domésticos o la cíclica evolución de sus escasas haciendas.

Así estaban las cosas, cuando un día llegó una carta. Era invierno y todo estaba blanco como el rostro de una virgen el día de su boda. *La llevaba uno de los correos del Zar, demacrado, con el uniforme hecho jirones y el pie derecho sanguinolento. Se colocó en el centro del pueblo, guiando como pudo su escuálido caballo bayo, que babeaba espuma verdosa.

El trote cansado de los cascos, ya desherrados, sobre las piedras de la plaza, despertó la atención de los habitantes del poblado, que no estaban, en absoluto, acostumbrados a las visitas, y rodearon al extraño. Por eso, todos vieron que tanto el jinete como su montura estaban extenuados por la tremenda travesía y, a pesar de los esfuerzos que hicieron para que se recuperaran, asistieron, impotentes para cambiar el destino, a la muerte de ambos. Primero, falleció el caballo, y, al poco, murió el correo, no sin antes anunciar:

-Traigo una carta.

En efecto, cuando miraron en la cartera de cuero que traía bien sujeta a la silla de montar, encontraron una carta, en la que con el lógico temor, identificaron el sello del Zar.

-Algo nos quiere decir su dignísima Majestad imperial-dedujo el alcalde pedáneo, mirando el sobre, perfectamente lacrado.

-¿A quién va dirigida la misiva? -preguntó una joven de mejillas sonrosadas, que pasaba por ser la más hermosa del pueblo.

El alcalde leyó, enfatizando como pudo las palabras: «A quien pudiera corresponder».

No pretendo hacer el cuento largo, aunque el anciano se entretuvo refiriendo las muchas dudas acerca de las posibles interpretaciones que tan genérica designación de destinatario suscitaban entre los lugareños. Finalmente, se pusieron de acuerdo en que, ante todo y en primer lugar, deberían designar un cartero, puesto que, hasta entonces, por falta de cometidos para él, ya que nunca había llegado una sola carta al pueblo, carecían de alguien que desempeñara tal oficio.

El leñador manco se postuló para el trabajo y fue aceptado de inmediato. «Por fin, podré alimentar a mi esposa y a mis hijos, con lo que me paguen por este trabajo». Convinieron un salario -ni muy alto ni muy bajo-, que pagarían entre todos los habitantes y se fueron a sus casas, tranquilizados, no sin antes haber dado sepultura al correo y haber sorteado los cuartos del caballo.

El nuevo cartero volvió a su casa con la carta sellada en el zurrón. «Has de repartirla de acuerdo con las indicaciones», fue la instrucción que recibió del Consejo popular. «Es tu responsabilidad como nuevo funcionario provisional del Zar».

En aquel momento, llegó el tren que estábamos esperando, y nos apresuramos a subir al vagón que a cada uno correspondía, ya que en nuestra estación solo se detiene unos segundos, el tiempo justo para que los nuevos viajeros se introduzcan en él con sus maletas. El anciano relator y la que parecía su hija (tal vez, ahora que lo pienso mejor, sería su nieta), tenían asiento preferente, en tanto que yo ocupaba uno de los de clase turista.

Por eso, no pude escuchar el final de la historia. *Lo que no me impidió imaginarlo. He supuesto que, decidido a no entregar a nadie la carta, que no respondiera exactamente a lo indicado en la dirección, la misiva permaneció sin distribuir, años y años, hasta que los ratones y las polillas la hicieron desaparecer, o, ta*l vez, si alguien se hubiera animado a abrirla, faltándole renglones significativos, indescifrable.

Puede que nadie se hubiera atrevido jamás a romper el sello del zar, y la razón podía estar en el propio cartero, celoso de cumplir con su deber. Por ello, el cartero del pueblo que no escribía cartas, conservó su trabajo mientras vivió, ya que tenía una actividad pendiente técnicamente impracticable: entregar la carta a su correcto destinatario, que no podía ser descubierto con la información disponible.

Porque, para justificación del cartero, creo que una carta cerrada que deba ser entregada a quien corresponda solo puede ser distribuida correctamente si se abre, para conocer su contenido, lo que vulneraría el deber sagrado, reconocido en todos los códigos legales del mundo, de inviolabilidad de la correspondencia.

De todas maneras, si algún día vuelvo a encontrar al anciano, le preguntaré cómo acaba su cuento. El tiempo pasa y, hasta ahora, no hemos coincidido. En ninguna enciclopedia, atlas o diccionario figura la región de Kasharkastán, de la que me hubiera gustado contar algo más, y eso que he consultado a expertos de todo tipo.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: angel arias, caballo, cartero, correo, cuentos de otoño, invierno, zar

Bring on the empty horses

3 febrero, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

«Traigan los caballos vacíos» es el título enigmático que David Niven dió a uno de sus trabajos literarios. No creo que los jóvenes recuerden a ese magnífico actor secundario de Los cañones de Navarone, una película de las llamadas de guerra con las que los adolescentes de lo que se llamó la España imperial fuimos educados en la admiración a lo norteamericano, (sus hazañas inventadas, sus héroes honorables y actrices, casi todas, extranjeras, que aparecían fugazmente en la pantalla para besarse con tres o cuatro tipos guapetones, hasta que se decidían por el personaje que interpretaba quien tenía las letras más grandes en los títulos de crédito).

De aquella película, se me ha quedado incrustada entre las imágenes memorables de mi vida la espalda desnuda de Gia Scala, recién descubierta como espía. Ese debía ser el motivo -supongo- por el que la censura de principios de los 60 del pasado siglo la había calificado como «solo apta para mayores de 16 años» -edad que yo no tenía (por poco) cuando la pusieron por primera vez en el Cine Santa Cruz, en Oviedo.

El feroz portero que se encargaba de pedir los carnés acreditativos a aquellos a quienes nos temblaba el labio mientras sosteníamos la entrada, me rechazó una vez,  y cuando, al día siguiente, camuflado entre varios compis más fornidos, se me ofreció la posibilidad de desentrañar las razones por las que el obseso de la tijera había restringido el uso de aquella medicina de divertimento a chavales con bozo ya asentado y a hembras con años de menstruación acreditables, me propuse no volver a afeitarme el bigote, lo que cumplí sin mayores interrupciones hasrta hoy.

Traigan los caballos vacíos es una frase sin sentido, que Niven atribuye al director húngaro Michael Curtiz, quien tenía un dominio precario del inglés, y que, en realidad, quería decir «traigan los caballos sin jinete», esto es, desmontados.

Parecerá al lector de este Comentario inconsistente, pero, leyendo ayer los periódicos con las desgracias del día, asimilé llas tristes novedades a la necesidad de que, en lugar de tanto tropel de jinetes montando a la carrera caballos enjaezados de mentiras, se nos trajeran al plató  «los caballos vacíos», esto es, sin entrañas, despojados de sus tripas.

A ninguno de los colaboradores del director Curtiz se le ocurrió ofrecerle, en lo que hubiera sido el cumplimiento exacto de lo que había expresado, rocines destripados, pero hoy nuestro caso es diferente.

No queremos hechos simulados, sino verdades desnudas; y, por favor, dejen de tomarnos por niños. Aunque protagonizada por mayores sin reparos, esta película real deben verla todos los públicos, para vergüenza de los que la hicieron posible y ejemplaridad de cuantos tengan tentaciones de seguir tomándolos como modelo.

Publicado en: Política, Sociedad Etiquetado como: caballo, Cañones de Navarone, David Niven, desmontado, economía, empty horses, españa imperial, ética, gobierno, justicia, películas, política, reproche generalizado, verdad desnuda

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