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Ventajas posicionales en las perchas del gallinero

20 abril, 2016 By amarias 2 comentarios

En los gallineros de corral, hay perchas en donde las aves se encaraman para dormir; tienen una puerta de madera, marcada por muchas estaciones de inclemencias, que se cierra de forma elemental con un pasador metálico o un tarugo, y su gatera inferior sirve de acceso a los residentes durante el día, sobre todo, a las gallinas ponedoras.

No hace falta que el granjero conmine a gallos y polluelas a recogerse para el descanso, porque, apenas anochece, todos se retiran voluntariamente, y el propietario de la explotación asegura la puerta con un candado y tapa la gatera con una tablilla, en la esperanza de que los hurones, martas, zorros, ladronzuelos y otras alimañas no aprovechen la oscuridad para perjudicar su economía.

En las perchas, los animales dominantes se sitúan siempre arriba. Allí se encaraman los gallos y sus predilectas. Si los espacios entre varas no son suficientemente grandes, las deyecciones de las aves que se posan en los palitroques superiores, caen sobre las que están abajo.

En la granja humana hay un país que se coloca, desde que el mundo es este mundo, en el palo más alto de la percha, que es Estados Unidos. Desde allí, anuncia las madrugadas y lanza picotazos a quienes apetece. A su lado se encuentra un segundón que le tributa fidelidad, con tal similitud que puede llegar a confundirse con él, aunque por lo general actúa como un eficiente mayordomo; sin embargo, por sus modales se  le intuyen poderes impropios a un sirviente, recordando la película de Joseph Losey que se tituló, precisamente, The servant. Me refiero al Reino Unido.

Esa hegemonía bicéfala no admite discusión desde comienzos del siglo XX, y venía preparándose con minuciosidad por los secretistas poderes de la granja. Lo demás, son anécdotas para los álbumes de familia. Por ejemplo, la aparición  en marzo de 2003, del jefe de gobierno español José María Aznar, flanqueando el dúo formado por George Bush y Tony Blair, que representaban aquel poder, como también lo hacía un despistado José Manuel Durao Barroso, fue no solo extemporánea, sino esperpéntica. La decisión de tomar el acuerdo para invadir Irak, estaba tomada, y respondía a intereses superiores. ¿La globalización? ¿El desarrollo internacional? ¿La paz?

En la granja no hay lugar para sentimentales. La década de los 70 del siglo XX ofrece tremendos ejemplos de cómo esos poderes están preparados para ejercer el control, sin importarles incluso manipular los elementos fácticos.

En esa década perniciosa se abandonaron los neo-experimentos basados en teorías macroeconómicas, inspiradas por papeles de propósitos pacíficos, escritas por tipos serios que habían estudiado en prestigiosas Universidades. Se cambiaron los elementos de acción, impulsando actividades temperamentales, a la manera tradicional : guerras, asesinatos de líderes, división de etnias, sectarismos religiosos. Se pretendía que el miedo se apoderase de la granja, porque los animales bajo el terror actúan sin concierto.

No estoy escribiendo un folleto de Historia, pero tampoco un cuento chino. En 1967, Israel se apoderó -en la guerra de los Seis días- del Golan, que pertenecía a Siria, tomando el control del alto Jordán y garantizándose el acceso al agua, bien escaso y fundamental en esa árida zona.

Contrariamente a lo pactado al finalizar la Guerra de Yom Kipur (1973), Israel conservó este territorio y lo mantiene hoy día, a pesar de que el Consejo de Seguridad de la ONU, por unanimidad, declaró en 1981, que la decisión israelí era»nula y sin valor». No faltan expertos legales que discuten el carácter vinculante de la decisión, e Israel se ha esforzado, con la sonrisa de los gallos de la quintana, en negar que se trate de una anexión porque no ha declarado territorio israelí al ocupado. Reconoce, eso sí, que se trata de un espacio fundamental, y no solo para proveerse de agua, sino como base para un posible acuerdo de paz con Siria.

La década terminaría con magníficos fuegos, no de artificio, sino de armas automáticas. En 1979 fue asesinado en Pakistán (que provenía de la división de la India en 1947 en dos estados, a los que se incorporó Bangla Desh en 1972) el primer ministro Zulfikar Ali Bhutto, por el general Zia ul Haq, que contaba con el apoyo del Estado Mayor. Quedaron así sentadas las bases para la inestabilidad del país, gobernado por militares o políticos afectos, solo alterada por cortos y dramáticos períodos de gobierno en los que consiguió el poder el PPP (Partido Popular de Pakistán), de base socialista, del que fue dirigente la hija de Zulfikar, Benazir, asesinada el 27 de diciembre de 2007.

Se encuentra un frío paralelismo con el final forzado de la aventura del pollito indio, aunque con menos contemplaciones.

El mismo año 1979 , la Revolución islámica del ayatolá Jomeini derrocó al sah Mohamed Reza Pahlavi, convirtiendo a Irán en un estado religioso. El fanatismo se incrustó como norma de actuación, haciendo olvidar en pocos meses que Irán era hasta entonces un país próspero, culto y pacífico, con un crecimiento rápido de su PIB, lo que anunciaba su acercamiento próximo al de las naciones más avanzadas.

1979 fue también el año en el que Sadam Husein asumió, mediante un golpe de Estado calificado de palaciego, la presidencia de Iraq. En 1978, Sadam había recibido el Collar de la Orden del Mérito Civil español. Era un político amigo, comandante de un país rico. Con la ambición de hacerse con el control de los pozos petrolíferos de la frontera, y apoyado por Estados Unidos, la URSS y Francia, en septiembre de 1980, de forma inexplicable para quienes no leen entre líneas, Irak e Irán se enzarzaron en una guerra que sumió en la miseria y en el odio recíproco a ambos países.

En 1981, Anuar el Sadat, presidente egipcio que había firmado un tratado de paz con Israel en los acuerdos de Camp David y que había sido co-galardonado por ello con el Premio Nobel de la Paz fue asesinado durante un desfile militar por miembros de la Yihad Islámica, una rama de los Hermanos musulmanes.

1979 fue un año especial también porque estalló la guerra en Afganistán, como consecuencia de su invasión de la Unión soviética, guerra que duró diez años, y que fue financiada por Estados Unidos y Arabia saudí y que contó con el apoyo de fuerzas muyahidines que habían sido reclutadas en Pakistán. Cuando los rusos se marcharon, se inició allí también una guerra civil.

Solo unos pocos años antes, a finales de 1971, había hecho su dramática aparición la organización terrorista árabe que se llamó Septiembre Negro (en recuerdo de la lucha entre Palestina y el ejército jordano en 1970). Fue responsable de varias masacres, del secuestro de un avión en el aeropuerto de Tel Aviv y del asesinato de once atletas israelíes durante los juegos de Munich en 1972, Según un telegrama del 13 de marzo de 1973, desclasificado en 1981 por el Departamento de Estado norteamericano, Septiembre Negro era un apéndice de Fatah.

Es un rompecabezas, pero solo aparente. Si se tiene la plantilla, las piezas encajan y componen una figura nada tranquilizadora.

Publicado en: Actualidad Etiquetado como: Benazir, Butto, estados unidos, Fatah, Golan, Gran bretaña, granja, Israel, Jomeini, Palestina, Reza Pahlavi, Sadam Husein, Sadat, Seis Días, Septiembre negro, URSS, Yon Kipur, Zia Ul Hak, Zulfikar

¡Por Dios!

9 julio, 2014 By amarias Deja un comentario

Israelíes y palestinos se encuentran de nuevo enzarzados en una escalada de violencia de un conflicto que no tiene solución, porque no es cuestión de diálogo, sino de principios. Y cuando los principios son inamovibles, de poco vale que los que asisten a la exhibición de intransigencia exhorten a que se pongan de acuerdo los que se confrontan.

El antiguo responsable de Asuntos Exteriores de la Unión Europea, Javier Solana, actualmente Presidente de EsadeGeo (Center for Global Economy and Geopolitics), ha expresado que ese nuevo incidente en las estériles relaciones de ambas colectividades, «no conducirá a nada», lo que ha de interpretarse, no como una frase diplomática, sino como una conclusión nacida de su amplia experiencia en asistir a empecinamientos políticos, tratando de mediar entre quienes tienen clara su voluntad de no entenderse.

¿Por qué ha de ser así? Existen, como un análisis elemental puede poner de manifiesto, discrepancias religiosas, que solo pueden servir a los que creen todavía que la religión es un fundamento y no una excusa. Los judíos se creen descendientes de Isaac y los musulmanes pretenden serlo de Ismael, los hijos mitológicos de Abraham, habidos, respectivamente, con su esclava Agar y con su esposa Sara, y a los que Jehová, o Alá, en tiempos en los que los dioses hablaban con los humanos, encomendó de manera suficientemente oscura la construcción de la genealogía para su futura encarnación en el descabellado propósito de darse un paseo por nuestras miserias, sellando ese pacto con una acción realmente singular, es decir, estrambótica: ordenando que se cortara el prepucio a los descendientes varones.

No voy a adentrarme más en la narración bíblica, salvo para recordar sin mayor énfasis que uno de los hijos de Isaac fue Jacob (Israel), que tenía un hermano gemelo, Esaú, al que le gustaban mucho las lentejas y con el que compartía, al menos, un exagerado carácter pendenciero, pues peleaban ya desde el seno materno.

Poco que ver el cuento divertido con la complicada historia geopolítica que se tejió en torno a Palestina, aunque se podría adivinar por él, pero no justificar, los cientos de años de esclavitud y persecución que sufrieron los judíos, ni se encontrarán atisbos del juego descarado al que se sometió por las llamadas potencias occidentales, el territorio del cercano Oriente, ni hay preludios del genocidio nazi durante la segunda guerra mundial y, mucho menos, del estrambótico reconocimiento como nación de Israel, dándole un trozo de la tierra prometida, fabricando un parche sin futuro en una zona rodeada por musulmanes. Hay tanto escrito sobre la cuestión que es imposible resumirlo y no menos difícil, comprenderlo.

Los israelíes han conseguido, con la ayuda de los Estados Unidos, convertirse en una potencia militar, capaz de mantener a raya a los países árabes que la circundan y, no solo eso, apta para aventurarse en incursiones bélicas gracias a las cuales ha ido ampliando el espacio de su asentamiento. Los palestinos, empujados a una mísera dependencia económica del próspero estado israelí, -adobados también, por su parte, pero en mucha menor cuantía, con circunstanciales ayudas norteamericanas y subvenciones de subsistencia surgidas de aquí y de acullá-, se han convertido en un pueblo empobrecido, dividido y aislado: sus razones se ven como apestosas, su resistencia, inútil, las discrepancias entre sus líderes forman parte del folclore mundial, y, lo que es gravísimo, sus derechos -a la libertad, a la tranquilidad, a la construcción de una economía autosuficiente-, son ignorados sin despertar el menor sentimiento de culpabilidad ajena.

Los hechos recientes no son más que una consecuencia de algo que, en 1938!, la clarividente pensadora judía Simone Weil, inteligente cosmopolita renegada de sus raíces semíticas, ya veía como la prolongación de la sempiterna conflagración por hincar banderas en ese territorio estratégico.

Para Israel, atento a cualquier excusa, el asesinato de tres adolescentes judíos atribuido -de forma poco creíble- a miembros de Hamás, justifica hoy las represalias, el lanzamiento de misiles sobre Gaza, e incluso la movilización de 40.000 reservistas «dispuestos a defenderse» de quien no tiene capacidad de ofensa suficiente. Es decir, los dirigentes israelíes se declaran dispuestos a invadir otra vez las tierras que añoran como expansión de su Estado consentido.

David esgrimiendo la honda frente a otro David armado con torpedos de cabeza atómica y cohetes antimisiles.

¡Por Dios! ¿No seremos capaces nunca de contener los impulsos destructivos de la especie humana contra sí misma, allí donde afloren? ¿A qué necesitamos apelar, no para entendernos -en Israel y Palestina como en cualquiera de los múltiples lugares del planeta Tierra en donde la Humanidad se está destruyendo a sí misma, apelando a la religión, es decir, a la economía y a la ambición de unos pocos, escudada en designios de Aquel que, cuando le hacen hablar, los que no estamos en la procesión no sabemos interpretar lo que quiere decir?

¿O es que no hay quien, como yo -y otros que tienen más elementos que yo para analizar lo que nos pasa- entienda que hay que dejarse de una vez por todas de hacer atribuciones fuera de nuestra capacidad de actuación, y reconocer que mientras los que dirigen lo sustancial de lo que nos tiene que pasar sigan, en realidad, adorando a Belcebú-dinero, no tenemos solución?

Aunque momentáneamente parezca a los que las promueven y a los que creen obtener beneficio de aplastar a otros, tantas guerras y guerras, …no conducen a nada.

Porque nada es destruir lo creado por nosotros, una y otra vez, hasta que sea la última.

 

Publicado en: Actualidad, Internacional, Sociedad Etiquetado como: conflicto, guerra, Hamás, historia, Israel, judíos, palestinos, Solana

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