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Tambores y timbales

21 enero, 2022 By amarias Deja un comentario

Desde 1980 a 1985, cuando la guerra fría -la grave tensión político-militar entre Estados Unidos y la URSS, que había empezado en 1945 y se prolongaría hasta 1991-, alcanzaba uno de sus momentos más angustiosos, viví en Alemania con mi familia.

Mis amigos alemanes temían que ambas potencias probasen la eficacia de sus misiles en tierras europeas y uno de ellos pretendía atisbar el final de la cuestión, con un campo de batalla con varios millones de muertos, mediante una reunión de urgencia de los altos mandos militares en la que ambos lados se llevarían las manos a la cabeza, extremadamente compungidos: «¿Qué hemos hecho? -se preguntarían- ¡Hay que acabar con este despropósito de inmediato! Lleguemos a un acuerdo. Firmemos la paz».

Europa aparecía así como el escenario en donde los dos bloques dirimirían sus diferencias, probando sus avances militares en un territorio ajeno, causando desolación y destrucción en él, antes de llegar a un acuerdo que beneficiara a sus propios intereses.

La guerra fría tuvo un final formal con el desplome de la Unión Soviética que, aunque cabe exponer diversas razones, puede imputarse principalmente a la pérdida de credibilidad del modelo comunista, a pesar de los esfuerzos de Michael Gorbachov -presidente de la URSS en esos últimos años- para llevar a cabo reformas sociales y económicas sustanciales. El fracaso de esas ideas, que pasaron a la Historia universal con los términos de glasnost (apertura) y perestroia (reestructuración), señalarían para Occidente la pretensión orgullosa de una supuesta victoria del libre comercio -entendido como valor esencial de la democracia,  frente a la dictadura del poder centralizador del Estado.

La situación por la que estamos pasando hoy, en enero de 2022, revive el tufo de aquellas tensiones y genera un nuevo temor a un conflicto bélico, aunque los protagonistas del desacuerdo han cambiado y el material de disputa podría parecer, a primera vista, irrelevante. Desaparecida la URSS hace ya años, la ambición personal de Putin, el presidente de Rusia -el mayor de los países que componían aquella-, pretende reconstruir parte de aquel poder territorial y estratégico.

La base sentimental de esa opción, que no tendría cabida formal dada la diferencia de músculo militar y económico entre Rusia y sus hipotéticos enemigos, encuentra un adecuado caldo de cultivo porque, enfrente, se encuentra con la debilidad circunstancial de Occidente. Los Estados Unidos de Norteamérica han perdido la capacidad y el interés por el liderazgo mundial y la Unión Europea parece estar en proceso de descomposición interna y sufre de una grave pérdida de identidad corporativa.

En 12 de julio de 2021, Vladimir Putin publicaba unas reflexiones en la plataforma web del Kremlin (en inglés, ucraniano y ruso)  con el título «On the Historical Unit of Russians and Ukrainians», que debe ser visto como el Catecismo, o guía espiritual de las actuaciones que viene acometiendo Rusia en relación con los países bálticos y, por ello, ha sido interpretado por especialistas occidentales como una «llamada a la guerra».

El argumento central del ensayo ofrece dos vertientes: a) Rusia no tiene intención de atacar ni invadir ningún territorio, al contrario de lo que Occidente, personalizado en Estados Unidos, ha venido demostrando con la «ocupación militar» y las exhibiciones de fuerza en los países que lindan con ella por el lado de Europa y b) El alegato occidental de invasión rusa de Crimea está construido en una falsedad, pues ha sido la población, mayoritariamente rusa, la que pidió la reintegración y con el apoyo de un referéndum.

En consecuencia, concluye el Kremlin, Rusia no invadirá Ucrania, ni va aliarse con Bielorusia para atacarla, ni cualquier país debe temer sus injerencias. Pero… se defenderá ante la amenaza fehaciente de Occidente contra su hegemonía, y lo hará con todas las fuerzas a su alcance. La agrupación de fuerzas y equipamiento militares en las fronteras con Ucrania no debe ser visto más como un ejercicio de libertad en el uso de su propio territorio; por el contrario, «la invasión y ocupación por destacamentos de la OTAN» en los países que pertenecieron a la URSS (Estonia, Letonia, Lituania, Rumania o Bulgaria, en concreto) es una amenaza para Rusia.

En ese contexto de tambores de guerra y timbales de jolgorio insensato, debemos esperar que cualquier desgraciado accidente por parte de cualquiera de los contingentes militares que se están acumulando a ambos lados de la frontera entre Rusia y la apetecible Ucrania o con los países colindantes de la Unión Europea,  no provoque la brusca transformación de las amenazas en una pelea dramática que haga del terreno de la vieja Europa, una vez más, (y a la tercera va la vencida), campo de martirologio.

No se trata de esgrimir la opción de medidas económicas que, en mi opinión, de ser adoptadas por Occidente contra Rusia si se decidiera a ocupar Ucrania o como medida de presión, serían lo más parecido a un tiro en el pie: ante un invierno frío el gas ruso es fundamental para Alemania y otros paises del este europeo. Si, por ejemplo, las tropas rusas entraran en Ucrania por la región del Donbás (donde se encuentran las provincias rebeldes de Lugansk y Donetsk) el escenario de guerra se perfilría de inmediato. Aún más amplio frente se presentaría si, con la alianza de Biolorusia, Rusia pretende tomar Kiev y avanzar en la invasión total de Ucrania. En ambos casos, es poco probable que la disputa se concentre en una batalla regional con armas más o menos convencionales.

Deberíamos confiar que las negociaciones entre Estados Unidos y Rusia sirvan para calmar los ánimos de Putin y le permitan ofrecer a su pueblo sensación de victoria sobre occidente al dictador educado en la KGB con ínfulas de zar. Sin embargo, la ausencia de la Unión Europea en el marco de esas conversaciones -aunque se pretenda minimizar ese vacío en la mesa de negociación- podría hacer pensar, y temer, que tiene todas las papeletas para terminar como el perdedor de la disputa.

 

Publicado en: Actualidad, Ejército, Europa, Rusia Etiquetado como: Donbás, Donetsk, glasnost, guerra, Kiev, Lugansk, Michael Gorbachoff, perestroika, Rusia, Ucrania, Unión europea, URSS, Vladimir Putin

Ventajas posicionales en las perchas del gallinero

20 abril, 2016 By amarias 2 comentarios

En los gallineros de corral, hay perchas en donde las aves se encaraman para dormir; tienen una puerta de madera, marcada por muchas estaciones de inclemencias, que se cierra de forma elemental con un pasador metálico o un tarugo, y su gatera inferior sirve de acceso a los residentes durante el día, sobre todo, a las gallinas ponedoras.

No hace falta que el granjero conmine a gallos y polluelas a recogerse para el descanso, porque, apenas anochece, todos se retiran voluntariamente, y el propietario de la explotación asegura la puerta con un candado y tapa la gatera con una tablilla, en la esperanza de que los hurones, martas, zorros, ladronzuelos y otras alimañas no aprovechen la oscuridad para perjudicar su economía.

En las perchas, los animales dominantes se sitúan siempre arriba. Allí se encaraman los gallos y sus predilectas. Si los espacios entre varas no son suficientemente grandes, las deyecciones de las aves que se posan en los palitroques superiores, caen sobre las que están abajo.

En la granja humana hay un país que se coloca, desde que el mundo es este mundo, en el palo más alto de la percha, que es Estados Unidos. Desde allí, anuncia las madrugadas y lanza picotazos a quienes apetece. A su lado se encuentra un segundón que le tributa fidelidad, con tal similitud que puede llegar a confundirse con él, aunque por lo general actúa como un eficiente mayordomo; sin embargo, por sus modales se  le intuyen poderes impropios a un sirviente, recordando la película de Joseph Losey que se tituló, precisamente, The servant. Me refiero al Reino Unido.

Esa hegemonía bicéfala no admite discusión desde comienzos del siglo XX, y venía preparándose con minuciosidad por los secretistas poderes de la granja. Lo demás, son anécdotas para los álbumes de familia. Por ejemplo, la aparición  en marzo de 2003, del jefe de gobierno español José María Aznar, flanqueando el dúo formado por George Bush y Tony Blair, que representaban aquel poder, como también lo hacía un despistado José Manuel Durao Barroso, fue no solo extemporánea, sino esperpéntica. La decisión de tomar el acuerdo para invadir Irak, estaba tomada, y respondía a intereses superiores. ¿La globalización? ¿El desarrollo internacional? ¿La paz?

En la granja no hay lugar para sentimentales. La década de los 70 del siglo XX ofrece tremendos ejemplos de cómo esos poderes están preparados para ejercer el control, sin importarles incluso manipular los elementos fácticos.

En esa década perniciosa se abandonaron los neo-experimentos basados en teorías macroeconómicas, inspiradas por papeles de propósitos pacíficos, escritas por tipos serios que habían estudiado en prestigiosas Universidades. Se cambiaron los elementos de acción, impulsando actividades temperamentales, a la manera tradicional : guerras, asesinatos de líderes, división de etnias, sectarismos religiosos. Se pretendía que el miedo se apoderase de la granja, porque los animales bajo el terror actúan sin concierto.

No estoy escribiendo un folleto de Historia, pero tampoco un cuento chino. En 1967, Israel se apoderó -en la guerra de los Seis días- del Golan, que pertenecía a Siria, tomando el control del alto Jordán y garantizándose el acceso al agua, bien escaso y fundamental en esa árida zona.

Contrariamente a lo pactado al finalizar la Guerra de Yom Kipur (1973), Israel conservó este territorio y lo mantiene hoy día, a pesar de que el Consejo de Seguridad de la ONU, por unanimidad, declaró en 1981, que la decisión israelí era»nula y sin valor». No faltan expertos legales que discuten el carácter vinculante de la decisión, e Israel se ha esforzado, con la sonrisa de los gallos de la quintana, en negar que se trate de una anexión porque no ha declarado territorio israelí al ocupado. Reconoce, eso sí, que se trata de un espacio fundamental, y no solo para proveerse de agua, sino como base para un posible acuerdo de paz con Siria.

La década terminaría con magníficos fuegos, no de artificio, sino de armas automáticas. En 1979 fue asesinado en Pakistán (que provenía de la división de la India en 1947 en dos estados, a los que se incorporó Bangla Desh en 1972) el primer ministro Zulfikar Ali Bhutto, por el general Zia ul Haq, que contaba con el apoyo del Estado Mayor. Quedaron así sentadas las bases para la inestabilidad del país, gobernado por militares o políticos afectos, solo alterada por cortos y dramáticos períodos de gobierno en los que consiguió el poder el PPP (Partido Popular de Pakistán), de base socialista, del que fue dirigente la hija de Zulfikar, Benazir, asesinada el 27 de diciembre de 2007.

Se encuentra un frío paralelismo con el final forzado de la aventura del pollito indio, aunque con menos contemplaciones.

El mismo año 1979 , la Revolución islámica del ayatolá Jomeini derrocó al sah Mohamed Reza Pahlavi, convirtiendo a Irán en un estado religioso. El fanatismo se incrustó como norma de actuación, haciendo olvidar en pocos meses que Irán era hasta entonces un país próspero, culto y pacífico, con un crecimiento rápido de su PIB, lo que anunciaba su acercamiento próximo al de las naciones más avanzadas.

1979 fue también el año en el que Sadam Husein asumió, mediante un golpe de Estado calificado de palaciego, la presidencia de Iraq. En 1978, Sadam había recibido el Collar de la Orden del Mérito Civil español. Era un político amigo, comandante de un país rico. Con la ambición de hacerse con el control de los pozos petrolíferos de la frontera, y apoyado por Estados Unidos, la URSS y Francia, en septiembre de 1980, de forma inexplicable para quienes no leen entre líneas, Irak e Irán se enzarzaron en una guerra que sumió en la miseria y en el odio recíproco a ambos países.

En 1981, Anuar el Sadat, presidente egipcio que había firmado un tratado de paz con Israel en los acuerdos de Camp David y que había sido co-galardonado por ello con el Premio Nobel de la Paz fue asesinado durante un desfile militar por miembros de la Yihad Islámica, una rama de los Hermanos musulmanes.

1979 fue un año especial también porque estalló la guerra en Afganistán, como consecuencia de su invasión de la Unión soviética, guerra que duró diez años, y que fue financiada por Estados Unidos y Arabia saudí y que contó con el apoyo de fuerzas muyahidines que habían sido reclutadas en Pakistán. Cuando los rusos se marcharon, se inició allí también una guerra civil.

Solo unos pocos años antes, a finales de 1971, había hecho su dramática aparición la organización terrorista árabe que se llamó Septiembre Negro (en recuerdo de la lucha entre Palestina y el ejército jordano en 1970). Fue responsable de varias masacres, del secuestro de un avión en el aeropuerto de Tel Aviv y del asesinato de once atletas israelíes durante los juegos de Munich en 1972, Según un telegrama del 13 de marzo de 1973, desclasificado en 1981 por el Departamento de Estado norteamericano, Septiembre Negro era un apéndice de Fatah.

Es un rompecabezas, pero solo aparente. Si se tiene la plantilla, las piezas encajan y componen una figura nada tranquilizadora.

Publicado en: Actualidad Etiquetado como: Benazir, Butto, estados unidos, Fatah, Golan, Gran bretaña, granja, Israel, Jomeini, Palestina, Reza Pahlavi, Sadam Husein, Sadat, Seis Días, Septiembre negro, URSS, Yon Kipur, Zia Ul Hak, Zulfikar

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