Estaría terminando el encuentro entre el Real Madrid y el Chelsea (léase Chélsi) y hacía poco que la Dos emitía Cría Cuervos. La muerte de Hugo Chavez, presidente electo desde la última consulta al pueblo bolivariano, victoria que ya no podría hacer efectiva, fue noticia en directo solo para el programa 24 horas.
Era poco antes de las 10 de la noche en España del 5 de marzo de 2013. El vicepresidente Maduro, con un tono compungido que nos recordaba por estos territorios también recorridos por las dictaduras a Arias Navarro, anunció que el inmortal líder, el revolucionario que había cambiado de nombre a Venezuela y dividido como nadie antes al país durante años de repartir mejor la miseria, había fallecido, víctima de un cáncer recalcitrante que ni la sedicente avanzada tecnología cubana había podido vencer.
Se terminó, pues, lo que se daba y los analistas de urgencias repasan lo poco que saben hoy de Venezuela para exponerlo con el aire dogmático del que tiene las claves de su ignorancia. Hay gentes en las calles de Caracas gritando «¡Chavez vive!¡La revolución sigue!» y en los despachos no es difícil imaginar que se estarán definiendo estrategias para recuperar poderes perdidos.
La imagen más repetida de Chavez por estos lares, desde que sucedió la anécdota, presenta al recién fallecido interrumpiendo al entonces presidente español Zapatero, en una de esas convenciones tan numerosas como inútiles, y al Rey Juan Carlos, aún con buena salud, ordenándole que se callara. «¿Por qué no te callas?».
Hacer callar a Chavez, como a Fidel Castro, y, llevando el modelo a caricatura, a prácticamente cualquier mandatario latinoamericano, es/era un propósito irrealizable. Los latinos, aún con mayor fuerza que los españoles, no necesitan saber qué van a decir para hablar, y por eso, pueden tener, cuando se lanzan y tienen público, un discurso infinito.
Chavez tenía, por encima de todas las cualidades y defectos, el don de la palabra. Gracias a ese don y a sus cuatro ideas bien plantadas en un contexto popular adecuado, consiguió aglutinar en torno a su espíritu visionario a dos tipos de seguidores dilectos, incomprensiblemente los dos muy fieles, a lo largo de su andadura por la presidencia: unos, que creían en el socialismo utópico como fórmula para mejorar el mundo, y que dieron cobertura ideológica al invento; otros, que veían en el ejercicio de poder la fórmula insuperable para enriquecerse, y que se dedicaron a la faena con devoción de mafiosos.
Esa fórmula es la misma que utilizó, con éxito incuestionable, un modelo aún vivo: el también comandante ideólogo cristocomunista Fidel Castro.
Chavez gobernó durante 13 años a Venezuela y consiguió ser amado y reverenciado por la mayoría de la población venezolana. Son los más pobres, los menos cultos, los que no conocen los entresijos del poder internacional, ni falta que les hace, y tampoco saben lo que se cuece en su propio país, porque no tienen dinero para viajar y es difícil saber lo que hay de verdad o mentira en lo que ven en la televisión .
Muchos vivían (y viven) en ranchitos, tienen agua solo una vez a la semana (aunque el Gobierno les regaló una lavadora) y disponen de trabajos precarios, con nombres rimbombantes y uniforme recosido, que apenas si les dan para malvivir; hay otros muchos no tienen ningún trabajo, porque dicen que les basta con lo que les proporciona el Estado, porque Venezuela es muy rica, ¿sabes?, o lo que pueden conseguir en la calle, tal vez con una pistola o un cuchillo, ándase con cuidado con las balaceras y los operativos.
Pero no nos confundamos. Chavez no conseguiría ni un solo voto de quienes eran nostálgicos fervientes adecos o copeyanos, pero convencía a raudales a los que no lo eran de que esa mezcla de exótico socialismo cristiano y devoción internacional al comunismo antinorteamericano y antiimperialista tenía sentido. Despreciar esa posición, tachándola de producto de la incultura es un error gravísimo.
Esa Venezuela es la que se ha quedado silenciosa, velando un cadáver. No tardará en darse cuenta que su fallecido líder es insustituíble, y se preguntará, entonces, qué es lo que procede hacer.
Y es ahí donde el pueblo venezolano debe ver su oportunidad. España también la tiene, animándolo a que hable, poniéndose a su lado, para escucharlo, no para pedirle que se calle. Porque, aunque cueste reconocerlo, para ser como es, independientemente del bando en el que se encuentre, tiene sus razones.
