La ocasión hubiera llegado, tarde o temprano. Pero José María Aznar, el ex-Presidente de ese pequeño país que consiguió otrora, osado, poner los pies sobre la mesa del amo del mundo, -un Bush Jr. de la saga de ese mismo nombre-; el monstruo de las finanzas que trastocó la díscola economía de una de las mayores potencias mundiales en desajustes, introduciéndola en el euro, para que, cuando viajasen a Berlín, los jefes de Gobierno no tuviesen que llevar sus calculadoras para traducir la equivalencia en pesetas de los intereses de los préstamos bancarios; en fin, el Pequeño Príncipe que consiguió que su apagado meteorito se convirtiera en estrella fulgurante gracias a hablar idiomas en el near approach, no pudo esperar más y se presentó en Antena 3 el 21 de mayo de 2013 para desarmar la bolera, armar la de vámonos Juana, marcarse unos chotís.
Sometido a las capciosas preguntas de una selección de periodistas, Aznar no rehuyó ninguna respuesta, aclaró todas las dudas, dejó patente tanto su voluntad como sus desapegos. Los análisis posteriores han destrozado, desgranándola hasta sus átomos y electrones, la entrevista. Aznar no ama a Rajoy. Aznar está preparado para volver a ser presidente. Aznar no sabía que a su hija le iluminaron la boda con dineros opacos y turbios manejos.
Ah, de Aznar.
Mi modesta interpretación de los mensajes de quien fue, sin dudas, para un selecto grupo de votantes del PP, el mejor presidente de la democracia española, va quizá en otra dirección. José María Aznar, cuando el gobierno del presidente Rajoy se está peleando, sin éxito ni aparente ni subterráneo, con la más fea situación económica de la historia reciente, inspirado por quienes le aplauden las gracias y añoran su dogmática capacidad de convicción, ha decidido entrar en el laberinto del PP, aquel en el que Mariano está perdido, para señalar a sus votantes, -los incondicionales y los posibles-, que él sí conoce la salida.
Y lo ha señalado, a mitad de la legislatura, con el dedo firme de avezado descubridor de tierras ignotas. «No os preocupéis por el desgaste de este equipo de subalternos» -vino a decir-, «gentes a las que les falta mi capacidad intelectual y de relación: yo estaré allí, cuando llegue el momento, para recordar el programa perdido y conduciros de nuevo a la verdadera fe y a la tierra prometida».
Para alguien que lo tiene todo, que ha conseguido publicar al menos un best seller; que ha situado ,en una delicada operación política, a su mismísima esposa, lega, en la alcaldía del mayor poblachón manchego que el mundo ha dado; que ha casado, con bombos y platillos, a su hija con un devoto juvenil; que da sin parar conferencias en inglés, cobrando, para explicar a alumnos de Historietas Españolas Modernas (Modern Spanish Tales) la incapacidad asociada al puesto de Presidente de Gobierno de todo aquel que no se apellide Aznar, etc., etc., la decisión podría parecer harto difícil.
No para José María Aznar, cuando siente la llamada del deber. Y, por lo que cabe deducir de su actuación, le han vuelto a llamar. Para que haga, sí, los deberes, postulándose, convirtiéndose en opción de recambio, prometiendo a los fieles, que no se desanimen, que el sabe cómo avivar la fogata de las ilusiones con sus fuelles bajo la manga. Manténganse, devotos, a la espera de que las tormentas de Gürtel amainen, se archiven, sobresean u olviden, confíen en que a partir de octubre aflojará algo el otro cinturón alemán, éste de marca Merkel, y no duden de que los opositores socialistas seguirán entretenidos en el dédalo del PP, jugando al escondite y gritando te pillé, canto la queda por mí y mis compañeros.
(Creo, incluso, que la situación se puede acompañar de la canción de Andrés Calamaro, «Con la frente marchita»: «Yo adivino el parpadeo/de las luces que a lo lejos/van marcando mi retorno./Son las mismas que alumbraron/con sus pálidos reflejos/hondas horas de dolor. /Y aunque no quise el regreso,/siempre se vuelve al primer amor.»
