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Solo, sola, solos

31 marzo, 2016 By amarias Deja un comentario

La sensación de sentirse solo, desanimado, inapetente para buscar relación con los demás o frustrado por su comportamiento es una cosa y estar solo, otra.

Para lo primero, los psicólogos y siquiatras se aprestarán a proponer soluciones. Seguro que habrá consejos y pastillas. Además, en la inmensa mayoría de los casos, al cabo de un tiempo, con o sin tratamiento, la sensación desaparecerá.

Lo segundo, estar solo, es un estado. Es la realidad a la que nos conduce, sin que pongamos remedio, nuestro comportamiento colectivo.

Las causas son, posiblemente, múltiples. En primer lugar, nos hemos acostumbrado a no ver al otro. Tenemos puestas las gafas de no distinguir prácticamente, a nadie. Al caminar por cualquier calle de la ciudad, acudir a no importa qué acto o espectáculo, nos cruzaremos o compartiremos algún tiempo con cientos y hasta puede que miles de individuos a los que, cierto, con alta probabilidad no conocemos de nada, pero, con aún mayor certeza, no tendrán la menor curiosidad hacia nosotros. Ni nosotros por ellos. Pasaremos de largo sin mirarnos.

En segundo lugar, porque nuestro subconsciente tiene colocadas alarmas para protegernos de la convicción de que el conocimiento del otro es una molestia. Porque, a priori, es aburrido, inane, o seguramente estará enfermo, o nos presentará alguna necesidad o, aún peor, nos causará un problema. Salvo que sea presentado por alguien superior o busquemos egoistamente interesarlo para nuestra causa, la experiencia nos dicta que si no pertenece a nuestro círculo, tiene al menos nuestro poder adquisitivo, viste y calza como nosotros y si no se comporta o actúa como tenemos establecido grupalmente que debe ser correcto, ignoraremos su existencia. Lo que no quiere decir tampoco que, si cumple con tales condiciones, lo apreciemos por ello y le abramos la puerta. Es, en cualquier caso, un competidor -por el espacio, la mercancía, el posible afecto- y, lo mejor que se puede hacer frente a él, es mantenerlo a raya en el incógnito.

En tercer lugar, porque hemos llegado a la convicción interna de que ni siquiera nuestros iguales merecen atención, sino dosis de recelo. La proximidad al otro permitirá que descubra nuestras debilidades y nos hará más vulnerables. Incluso nos rodeamos de gases y parapetos de ocultación frente a la familia, los amigos, y, desde luego, así nos cuidamos de los compañeros de trabajo. Pocos detalles del yo, y lo más frívolos y triviales posible. Férrea cerrazón, para que nadie pueda comprometer nuestra intimidad y puerta de atrás abierta para escapar a la primera.

En cuarto lugar, porque ni buscamos ni se nos presentan ocasiones para romper el estado de soledad, y, si suceden, no sabríamos cómo interactuar. Ya podemos encontrarnos en el espectáculo más concurrido del mundo, con decenas de miles de individuos que, como nosotros, saltarán, vocearán, verán, oirán y, al final, aplaudirán, pero solo estaríamos actuando dentro del estado común de soledad. Incluso, después de ver la película, asistido a la representación política, finalizado el partido de fútbol o acabada la ceremonia religiosa, y aunque hayamos ido con amigos, nos despediremos, tal vez después de tomar una copa o el aperitivo, pero sin intercambiar más que unas pocas palabras. Ya se sabe, nos conocemos desde chiquillos, ¿qué más se puede decir?.

Las redes sociales no solo no son un escape a ese estar en soledad, sino que agudizan el diagnóstico. Podemos disponer de cientos de amigos, incluso miles, en las redes sociales. Es fácil atiborrar la cartera de perfiles ajenos. En consecuencia, nuestro ámbito virtual puede aparentar una intensa actividad, y ocupar gran parte de nuestro estado de soledad.

No negaré que cada día se pueda sentir el destello efímero de satisfacción o la somera felicidad sin consecuencias al cosechar varios decenas de «megusta» e inexpresivos emoticones convencionales de simpatía y cariño. Será aún más emocionante que algunos de nuestros contactos se hayan esforzado al escribirnos que les parece Guay, Magnífico, o Comomola,  cualquier paparrucha ajena que hayamos compartido o el Buenos días de primera hora. Ese será todo el poso de las manifestaciones de complicidad, la esencia de los deseos de compartir felicidad que podemos encontrar, tan pródigamente, en el mundo virtual.

Estamos, pues, solos. Queremos estar solos. Como la hormiga león en su covacha, esperamos que alguien se ponga a nuestro alcance, pero no salimos de ella. Nos quejamos del aislamiento en que vive la sociedad, pero no hacemos nada por abrir la ventana.

No es fácil romper el estado de soledad. Es sólido y generalizado. No hay fármacos, ni leyes, ni recomendaciones, ni consejos. Habrá que difundir actitudes.

Quiero que me mires, que te intereses de verdad por mí, que me atiendas y escuches. Por eso, ante todo, quiero saber cómo eres, qué te preocupa, qué quieres.

Quiero que dialoguemos, que interactuemos, que construyamos juntos, que nos conozcamos. Quiero que tú, como yo, como él, no estemos solos. Haz tuyo y difunde este deseo, porque son necesarios muchos estados de ánimo para cambiar el estado de soledad en que esta sociedad nos tiene situados.

Publicado en: Actualidad, Sociedad Etiquetado como: aislamiento, desánimo, deseo, Diálogo, emoticón, estado, interactuación, interés, me gusta, psicología, red social, siquiatría, soledad

Cuento de verano: Miradas introspectivas

15 septiembre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Casi todas las historias que nos han contado de niños terminaban cuando empezaban a ponerse interesantes. Durante años me preocupé por la salud de la Princesa Garbanzo ¿Fue feliz, en verdad, con esa debilidad congénita de su sensibilidad?…Cabe suponer que, con tan bajo umbral para soportar el dolor, pasó su vida entre analgésicos y depresiones y murió demasiado joven y amargada, para alivio de quienes estaban a su alrededor, buscando cómo complacerla.

No es difícil, sin necesidad de entrar por la ventana de su alcoba, ver a su esposo, el Príncipe Calzonazos, cambiando en Ikea una y otra vez los colchones y la almohada de plumón especial por otros aún más adaptables a las delicadezas de su cuerpo, o denunciando al vecino que vive a doscientas yardas porque no puede dormir desde la fiesta de cumpleaños que organizó el verano pasado.

El sastrecillo Valiente es, seguro, otro de los modelos infantiles que no conseguiría superar su tendencia enfermiza a convertir los hechos triviales en heroicos. Podemos disculpar que, en momentos de escaso trabajo, en lugar de remendar pantalones para los necesitados del lugar, se confeccionara una banda para alardear de haber matado siete moscas de un solo golpe de palmeta, pero ¿nadie tuvo argumentos para corregirle de su peligrosa megalomanía?

Nos lo podemos imaginar, en la madurez física, creyendo haber escalado el Everest cada vez que subía el repecho para alcanzar su casa, presumiendo con sus amigos de poder hacer un soneto en minutos por solo haber encontrado que pasmo rima con sarcasmo, o dando por seguro, como asesor de eventos, que podíamos ser sede de los Juegos Olímpicos solo por la forma en que un par de compromisarios le habían mirado a los ojos.

La actitud más preocupante de todos esos personajes de ensueño me parece la de los padres de Caperucita Roja. No cabe mayor crueldad que dejar a una señora anciana, por mucho que quisieran convencerse de su capacidad para atenderse a sí misma, viviendo sola en medio de un bosque lleno de animales salvajes y sin una sola tienda de ultramarinos en las cercanías. Sin duda, eran merecedores del mayor reproche y tanto más cuando ordenaron a su hija que le llevara unas cuantas tonterías en una cestita.

Se nos ha dicho muchas veces que esa historia tiene por objetivo alertar a las niñas de los peligros de atravesar zonas desconocidas, y dejarse engañar por gentes malas que les ofrecen caramelos para raptarlas y llevarlas a países del lejano oriente, en donde servirán de alimento carnal a sultanes, tipos rijosos o patanes malnacidos.

Pero no se ha analizado el comportamiento de los papás de la niña del gorro encarnado. ¿Por qué no tenían a la abuelita con ellos? Y, después de tanto tiempo sin visitarla, ¿el envío de su infantil unigénita, haciéndola atravesar una zona boscosa, no reflejaba la intención de desprenderse de la niña que, sí, podría ser todo lo pedantuela y estar en esa edad inquisidora en que a todo se le pregunta por qué, pero no merecía ponerla en tan graves peligros?

Estas miradas introspectivas a lo que se nos contaba de niños me han facilitado, dicho sea de paso, descubrir muchas falsedades y mentiras en lo que nos contaban los demás, ya metido en un mundo de adultos. Especialmente, si nos lo decían los que tenían algo que perder si eran descubiertos haciéndolo mal. Lo que no me había pasado hasta ahora es que lo difícil haya pasado a ser descubrir lo poco que hay de verdad en lo que nos cuentan.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: abandono, abuelita, angel arias, Calzonazos, Caperucita Roja, cuentos de verano, leñadores, lobo, megalomanía, miradas introspectivas, Princesita Garbanzo, residencia, Sastrecillo Valiente, siete de un golpe, soledad, umbral del dolor

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