Al socaire

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Cuento de primavera: La raya

7 mayo, 2014 By amarias Deja un comentario

Cuando el ratón de campo, merodeando por las cercanías, buscando bayas y raíces tiernas, vio la raya en el suelo, le preguntó a la comadreja, que asomaba las narices desde su covacha:

-¿Qué significa esta raya?

Era una raya blanca, trazada con exquisito cuidado, que rodeaba un roble centenario del bosque de Cornshall, en la húmeda región de los lagos de Shadowgrey. La cueva de la comadreja estaba, justamente, en una hendidura de ese árbol respetable.

-Esa raya, querido pero ignorante ratoncillo, significa que nadie puede pasar a este lado sin mi permiso -le contestó, tan fresca, la comadreja.

El ratón de campo no daba crédito a lo que estaba oyendo.

-¿Qué me estás diciendo? Hasta donde me es conocido, y así me lo transmitieron mis padres, y hasta los padres de los padres de mis abuelos, a los que conocí cuando ya estaban en las últimas, todo el territorio de este bosque y sus aledaños es comunal. Es decir -el ratoncillo, que dudaba de la perspicacia de la comadreja, a la que había confundido, en un primer momento, con la musaraña, con la que tampoco guardaba buenas migas, puntualizó en lenguaje más asequible-, nos pertenece por igual a todos.

Pero la comadreja estaba determinada a explicar su actuación, erre que erre.

-Pues, atiende tú, ridículo personaje de estos andurriales. A partir de ayer por la noche, momento en que he trazado esta señal, este terreno es mío, de mi uso particular y restrictivo. Y punto pelota.

El ratoncillo de campo, convencido de que a la comadreja se le había ido la olla, se fue a otro sitio, porque calibró que no estaba el horno para bollos. Como tenía más cosas en las que pensar, se olvidó del incidente en un quítame allá esas pajas.

Por su parte, el bosque seguía dando sus frutos, la lluvia caía cuando correspondía, y la atmósfera estaba limpia como una patena.

Un par de días más tarde, el roedor campestre se topó con una raya en torno a la fuente a donde solía acudir a beber después de sus caminatas, pues el agua, debido a las sustancias minerales que tenía disueltas en ella, le sabía mejor y le parecía, en su evaluadora apreciación ratonil, más fresca que muchas otras.

Aquella nueva raya en el suelo le impresionó, pero aún más le dejó patidifuso -como suele decirse- que un oso pardo le pusiera, de forma amistosa aunque resuelta, la zarpa encima de la cocorota:

-¡Alto ahí, joven amigo! Esta fuente es de mi propiedad. Si quieres beber de sus aguas, deberás abonarme un cuenco de moras maduras. Y debes estar agradecido de que no te imponga un precio más alto, lo que hago solo en consideración a tu ridículo tamaño.

El ratoncito casi se cae de espaldas:

-P…pero esta fuente siempre fue pública. Los padres de los abuelos de mis bisab… -empezó a decir.

-Menos monsergas, renacuajo -le interrumpió el plantígrado-. Lo tomas o lo dejas, que son lentejas. Las cosas están cambiando de paradigma, jovencito. No tienes más que mirar a tu alrededor para darte cuenta de que aquí, el que no corre, vuela.

El pequeño roedor, que no estaba dispuesto a darle lo que le pedía el oso, si bien, atendiendo a la diferencia de tamaño entre ambos animales, comprendía que tenía todas las de perder en caso de confrontación, se fue con viento fresco, saciando su sed junto al arroyo que fluía algo más abajo.

-La gente se está volviendo loca -murmuró para sus adentros, porque no tenía a nadie con quien comentar la extraña sensación que se estaba apoderando de él.

Había avanzado varios metros, cuando, al pasar por delante del roble en torno al cual la comadreja había trazado hacía un par de lunas la raya que le había salido de sus pilosas ocurrencias, observó que se alzaba ahora un murete de barro y ramas secas, por encima del cual asomaba el morro del mustélido, tan campante:

-¿Qué diablos has querido decir ahora con esta edificación, que parece más propia de castores que de comadrejas? -osó preguntarle nuestro azorado amigo, sin acercarse mucho, ya que recordó, de pronto, que las comadrejas se comen a los ratones  cuando les acucia el apetito, incluso aunque les doblen de tamaño (lo que era el caso).

-Ya ves. Nadie puede atravesar, al menos, por tierra, este territorio, que ha pasado a ser de mi exclusiva propiedad, por arte de birlibirloque -fue la increíble contestación que surgió de entre los bigotes de la comadreja.

El ratón de campo se llevó las patas a la cabeza. Esto no impidió, con todo, que se quedase pensativo, que era la cualidad que más le apetecía desarrollar cuando se encontraba con algo que no entendía.

En el camino hacia su madriguera, se encontró con que el corzo, el urogallo, la nutria el topo, el gavilán,…bueno, prácticamente todos los animales del bosque, también habían establecido, y de muy diferentes maneras, los límites a su territorio particular.

-Esto es el fin -dijo a su pareja, cuando llegó al agujero que les servía de refugio, apartando, como cada día, el pegajoso abrazo de las dos decenas de retoños que se empeñaban en babearle con sus carantoñas juguetonas- ¿Te has fijado en la fiebre que está asolando el bosque? ¡Todos están obsesionados con señalar alguna propiedad, segregándola de lo que hasta ahora era bien común!.

La hembra del ratoncillo de campo, le hizo pasar, con algo de misterio, adentro del agujero, y cerró la puerta, una de esas puertas de chicha y nabo que duran el tiempo justo para el tente mientras cobro, y que se encuentran en los comercios que hacen los suecos.

-Chiss…-le confesó- He comprado esta madriguera al taimado zorro a cambio de llevarle dos huevos de gallina al mes durante un año. Así que ahora es nuestra. Aquí está la escritura, firmada por el zorro y por mí, a la espera solamente de que añadas tus huellas dactilares en esa esquina de la hoja, para darle validez de toda validez.

El ratoncillo de campo se sintió más solo que nunca, pero, como la cosa le parecía que no tenía remedio, puso su pata, impregnada de barro y ceniza en el lugar que le indicaba su ratoncita querida.

-No quiero problemas, pero algo me dice que, de ahora en adelante, los tendremos a mares.

Fue el comienzo, según las crónicas, de una época llena de sobresaltos en el mundo de los animales del bosque, cuya tranquilidad quedó quebrada como el cántaro de la lechera.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias, Sin categoría Etiquetado como: bosque, comadreja, cuento, cuento de primavera. animales, escritura, lobo, mustélido, oso, propiedad, ratón, roedor, sobresaltos, zorro

Cuento de primavera: Reivindicando al Lobo

30 abril, 2014 By amarias Deja un comentario

En esta hora de reparaciones y perdones, reivindiquemos al Lobo.

Escribo su nombre con mayúsculas, para distinguirlo de lobos, lobeznos y perros salvajes.

La especie lobuna ha sido elegida como malvado protagonista sistemático de los cuentos infantiles, presentándolo, ora como astuto embaucador de borregos, ora como obstinado perseguidor de puercos. Incluso se han dramatizado sus aullidos, tildándolos de melodías infernales, sobrecogedoras, recortando la silueta del animal a la luz de la luna, para hacerlo aparecer, no ya como depredador, sino como licántropo chupasangres.

Aquí no pretendo defender a todos los lobos, y menos a los lobos de carne y hueso de su natural especie, porque a ésos ya los defienden los naturalistas, con argumentos suficientes y, por lo general, bastante sólidos y desinteresados .

El Lobo al que me corresponde rescatar de la infamia, es el de la Caperucita Roja de Charles Perrault. Puntualizo, con ello, que no me preocupa el destino de los lobos imaginarios de cualesquiera de las múltiples versiones de los cuentos de lobos y caperucitas que circulan por ahí, que son adulteraciones ridículas de la historia primigenia, urdidas con el deleznable propósito de provocar pavor en los infantes de cortísima edad y, de paso, servir de lucimiento a sus familiares aficionados a la teatralización, empeñados en poner sus voces engoladas a los personajes del cuento.

Recuerdo, para abrir boca, las circunstancias históricas. Tenemos, por un lado, a Charles Perrault, funcionario marginado después de años de fiel servicio, viudo desde los treinta, que escribe Le Chaperon Rouge a sus cincuenta y cinco años, tomando prestados varios de los elementos principales de la tradición oral, adaptándolos a sus propósitos.

¿Se trataba de advertir a los niños del peligro de entretenerse a charlar con un lobo en el bosque? Evidentemente, no. La probabilidad de que un niño de ciudad, incluso en el siglo XVII, se pudiera tropezar con un lobo empecinado en entablar con él amigable conversación, era entonces como hoy, nula.

Lo que Perrault deseaba era poner en guardia a las tiernas jovencitas, que, impulsadas por sus ardores adolescentes, corrían grave peligro de perder su virginidad si prestaban atención a las trampas de seducción que les pudieran tender, en el camino de virtud hacia el santo matrimonio, taimados depredadores de pelo en pecho, sueltos por ahí, atentos a lo que salta.

No viene al caso que el objetivo pretendido por Perrault parezca, hoy por hoy, incomprensible a muchas madres que impulsan a sus hijas adolescentes a recorrer el camino boscoso que a ellas les estuvo vetado. Los hechos, como es sabido, hay que juzgarlos en su contexto histórico, no a la luz de los profundos cambios socio-psico-sexuales que se han producido desde entonces.

Volvamos, pues, a los hechos, y hagámoslo con rigor: un lobo nunca pudo comerse a Caperucita y a su abuelita. Por imposibilidad fisiológica: estos animales no engullen sino pequeños trozos desgarrados, ni son capaces de devorar a otros seres sin antes haberlos degollado, ni en su estómago hay capacidad para conservar, -no importa si incólumes o cuarteados-, los cuerpos de dos personas, por mínima que fuera su envergadura, que resultaría siempre mayor que la del propio animal.

Departamentos de investigación de la disciplina académica de Cuentos y Chismes, procedentes de innúmeras Facultades, coinciden: la historia se ha adulterado. O bien Caperucita y su abuelita jamás fueron devoradas o, si lo fueron, no pudieron ser halladas vivas en el estómago de un animal, salvo que el asunto formara parte de los mitos bíblicos o las leyendas orientales, lo que no es el caso.

Perrault termina su narración abandonando los restos de ambas mujeres dentro del estómago del Lobo, y poniendo, con ello, su punto final, para añadir una moraleja rimada que no deja lugar a dudas de su pretensión: prevenir a las bellas jóvenes adolescentes frente a los melosos aduladores. Esos son las fieras, a las que el abuelo Perrault, presenta embutidos en la piel de su Lobo imaginario.

Versiones posteriores, pretendiendo cambiar el relato y esa moraleja, afirman con rotundidad que fueron encontradas vivas, ya fuera por un cazador, un leñador, o ambos, y, como más importante, cambian al Lobo con mayúsculas por un lobo minúsculo que, aunque estirado, no supera el tamaño de la abuelita.

Ninguno de estos personajes tiene protagonismo en la historia del buen Charles, que solo se refiere genéricamente, y de pasada, a «los leñadores», pero no les concede la palabra.

Perrault hace hablar, si, al Lobo, y lo convierte en capaz de mantener largas conversaciones con Caperucita, tanto en su primer encuentro como cuando, -ya metidos ambos, desnudos, en la cama, y desaparecida de la escena la abuelita-, satisface la curiosidad anatómica de la joven con insuperables metáforas que sirven al cuento.

¿Quién y por qué se adulteró la historia?. La Universidad de Compustrola ha publicado recientemente una interesante tesis doctoral, calificada cum laude, según la cual, no pudo ser un Cazador quien, con el propósito de atribuirse posteriormente el mérito de haberlas salvado, hubiera imputado al lobo el desaguisado e inventado la trola del festín lopero.

Copio literalmente: «Cualquiera que conozca un poco de animales y depredadores, sabe que la obsesión por la caza actúa en el ser humano de antídoto o sustituto de la lujuria, y ningún practicante de este arte ancestral  se pondría en riesgo a sí mismo, si pudiera resolver la cuestión con un tiro desde la distancia.»

Añado yo: Los cazadores, como los pescadores, acostumbran a inventarse el tamaño de sus capturas, pero no puedo imaginar a ningún aficionado a tales mañas, que, habiendo capturado a una pieza digna de medalla de honor, alardee de haberla dejado suelta por el mundo, renunciando con ello a rescatar su credibilidad ante los escépticos.

Queda pues, como único malvado de la historia, el Leñador. Algunos pretendieron atribuir al propio Charles Perrault ese papel. Estoy en total desacuerdo. Perrault era, cuando escribió el cuento, ya un venerable anciano para la esperanza de vida que se estilaba entonces, se le apreciaba como autor de libros serios-había`publicado decenas de libros ilegibles-, y, como culmen argumental, es inverosímil que hubiera deseado escribir su propia inmolación, presentándose como rijoso seductor de jovencitas, Lobo de su cuento.

Todo apunta al Leñador. Fue el Leñador, – es decir, alguien que utilizaba ese heterónimo-, el autor de las versiones que acabaron por dar crédito a la artificiosa excusa, con la que pretendió ocultar sus despreciables deseos, sus infames propósitos y disimular su destrozo sobre la virtuosa Caperucita, despejando el camino para sus posteriores desmanes, eliminando cualquier huella creíble de la advertencia que Perrault había dejado tan claramente expresada.

¿Y en qué se convirtió la abuela?  En una tierna anciana que quería a Caperucita más que a su propia vida, y que habría sucumbido la primera en las fauces del Lobo?  Pero no era así, para Perrault. Era una Celestina, una villana, que habría cobrado sus buenos dineros por mantener sin cerrar el portón de la casa y facilitar el acceso a las dependencias donde dormía la adolescente.

Todo habría cambiado en este análisis si Perrault nos hubiera hablado de un Cocodrilo, y no de un Lobo. Se habrían obviado las elucubraciones posteriores.  Porque hasta los más incompetentes de fisiología animal, saben que dos personas que hubieran sido devoradas por un saurio, de ser rescatadas de su estómago, habrían sido encontradas convertidas en una pasta irreconocible, pues  todo el mundo ha oído hablar del poder destructor de sus jugos gástricos y de su capacidad para tragarse enteras, vacas y hasta elefantes.

Reivindiquemos al Lobo. Era solo un álibi, un trasunto literario, un travestido imaginativo, en el que Perrault embutió a todos aquellos que se aprovechan de la credulidad de las adolescentes.

Una última advertencia. Dicen por ahí que los tiempos han cambiado y que ahora las caperucitas saben muy bien a qué atenerse. Por lo que observo a mi alrededor, tengo mis dudas. Llamemos a los lobos por sus nombres, desenmascarándolos y pongamos al Lobo, puesto que ya no sirve para el cuento, con alcanfores y papel celofán, en su legítimo armario.

FIN

 

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias, Sin categoría Etiquetado como: abuelita, Caperucita Rojaa, cazador, Chaperon Rouge, cuento, cuento de primavera, depredador, lobo, moraleja, Perrault, rijoso

Cuento de primavera: El bello y la bestia

27 marzo, 2014 By amarias 1 comentario

Había una vez, en un lejano país, -alejado de cualquiera de las fronteras conocidas-, una joven virtuosa que vivía preparándose para el día de mañana, que, como es sabido, se corresponde más o menos con el momento de la vida de cada persona en el que la sociedad te reconoce como adulto y te ofrece la posibilidad de trabajar con una remuneración que te permita vivir con la dignidad propia de los cuentos de hadas.

Esta joven tenía un padre ya bastante anciano, que se había quedado viudo cuando era niña de pocos años, y, consciente del poco tiempo que tenía libre para dedicárselo a su querida hija, había confiado su educación a una vecina que, por cochina casualidad, era una bruja piruja de lo más retorcido.

Cuando la hechicera comprendió que sus enseñanzas -consistentes en la confección de infectos brebajes y malévolos conjuros- no eran asimilados por la adolescente, montó en su escoba al mismo tiempo que en una cólera terrible, y convirtió al padre en un adefesio (un jarrón de imitación de porcelana china, con forma más bien de vaso de noche) y a la joven en una loba de tamaño descomunal, a la que obligó a vagar por el bosque, y, dada su nueva naturaleza, se vio constreñida a alimentarse de los animales que pudiera cazar.

Por fortuna, los maleficios brujeriles tienen sus limitaciones y la condición que iba implícita en éste, en concreto, fue que, la joven-loba se mantendría indefinidamente como tal si antes de los veintiún años no encontraba a alguien que la amase en su propia condición de bestia maléfica. Cuestión de solución realmente muy complicada, ya que en aquella comarca todos consideraban a los lobos seres abominables, condenados a la extinción, pues diezmaban los rebaños de ovejas, mataban sin piedad a las gallinas e, incluso, atacaban a los seres humanos cuando se encontraban a solas con ellos en un descampado y los hallaban desarmados.

Cuando en la comarca fue conocido que, además de las manadas lobunas habituales (que habían sido monitorizadas con microchips instalados en sus orejas), se había asentado una loba de magnitud descomunal a la que, por la sola razón de su tamaño, habría de inferirse ostentaría una inusual capacidad devoradora, organizaron de inmediato una batida, con el propósito concreto de matarla y disecar su piel para hacerla alfombra. Todo ello, contando con la licencia correspondiente.

El falso jarrón chino había sido, entre tanto, recogido por un buhonero, que lo había descubierto husmeando entre los enseres de la destartalada casa, vencida por el abandono, en que se había convertido la otrora apacible vivienda del anciano padre. Estaba puesto a la venta en la plaza del pueblo, junto con otros inútiles cachivaches de variada procedencia, y, no habiendo perdido su capacidad de escuchar, allí mismo se enteró de lo que pretendían sus antiguos paisanos.

Lleno de dolor, sintió el deseo de estallar en lágrimas, aunque solo consiguió que se abrieran unas cuantas grietas en el recubrimiento porcelanoso, lo que lo afeó aún más. Su aspecto llegó a ser tan deplorable, que cuando un joven le preguntó al mercachifle por el precio, ya que tenía intención de ofrecérselo a su sufrida madre como regalo de cumpleaños, éste se lo regaló.

-Quítamelo de la vista y con esto ya te estaré agradecido, -dijo el buhonero-. Su presencia disminuye el valor del resto de mi mercancía, porque todos me preguntan si no lo extraje de un yacimiento etrusco, pues exuda a veces limo por las grietas.

Cuando los cazadores de la comarca se alistaron para formar el grupo que tenía el objetivo de dar fin a la gran loba, el citado joven, que resplandecía por su belleza y bondad  entre los demás,- ya que no había sido atacado por la viruela y había leído la Historia de San Pascual Bailón y Santa Nicasia del Palomar,  y se las había creído, decidió incorporarse al mismo, con la intención de boicotear la caza.

No tenía, en realidad, ese deseo anticinegético nada que ver con su bondad, sino que provenía del hecho constatable de que estudiaba etiología y pertenecía a un colectivo harto estrambótico, ya que se presentaba como empecinado en la defensa de la fauna salvaje que aún subsistía por aquella época. Incluso se jactaba en su currículum de haber participado con su opinión en ciertos foros, tomando ideas prestadas de insignes naturalistas, expresando que los lobos no eran dañinos por su naturaleza, sino inocentes contribuyentes al equilibrio ecológico, y que, además, podían servir de un atractivo turístico, siendo mayores los beneficios que podrían derivarse de su conservación que los producidos por su exterminio.

-Haré mucho ruido para espantar a los lobos y conseguiré que se vayan o escondan. En particular, me gustaría que esa loba gigantesca pudiera escapar con vida, tener hijos y que sean todos de gran tamaño.

Así había escrito en un diario que mantenía abierto, y en el que cada día escribía una impresión, un hauki  o una poesía en rima asonante.

Quiso su suerte que el día de la batida, mientras los demás se afanaban en cubrir las muchas hectáreas de bosque tratando de avistar a la dañina fiera, el meritado joven, que estaba muy bien dotado (para las luengas caminatas), tomó un hatajo para llegar a donde suponía, por la espesura imperante y dado su conocimiento de las costumbres de los salvajes cánidos, que podría ocultarse la bestia.

Grande fue su sorpresa cuando, habiendo llegado a ese punto, desde el que se oían a lo lejos los ladridos de los perros y el trajinar entre los matos de las armadas huestes, se topó en efecto con la loba, que estaba lamiéndose la pata derecha, despreocupadamente. Al mirar aquella escena, contrastada al trasluz por los rayos solares del espléndido amanecer, quedó deslumbrado por el halo que circundaba el pelirrojo pelaje del gigantesco animal, resplandeciente en sus hermosas guedejas, y se sintió algo traspuesto. Le pareció que, en su interior, se despertaba un desconocido ardor, que no era de lástima o compasión, sino cercano al amor, aún sin poder precisar si era tensión natural o licenciosa inclinación.

Más fuerte fue, sin embargo, la impresión, cuando le pareció escuchar que la loba se quejaba de esta manera:

-Pobre de mí, sujeta a los avatares de una naturaleza que me es impropia, destinada a vagar por estos umbríos bosques, a alimentarme de sangre y de carroña, en lugar de vivir apaciblemente con los míos y, además, sin poder ejercer las artes para las que me inclinación me guiaría en mi provecho y el de otros semejantes bípedos.

Esta quejumbrosa reflexión avivó la curiosidad del hermoso joven que, creyendo estar en presencia de un ser angélico -si bien convertido en una apariencia monstruosa, por quién sabe qué oscuras razones de esos seres que actúan sobre la voluntad y desvaríos de los humanos-, se acercó aún más a la loba, perdido el miedo, para preguntarle:

-Dime, oh hermoso animal que estás entre los más dotados de tu naturaleza lobuna. ¿Qué pensamientos sombríos son ésos? ¿No estás contento, infiero, de ser lobo?¿Te rebelas contra tu naturaleza, siendo ésta esplendorosa, según veo?

A lo que, por no haber perdido la capacidad del habla de los humanos, contestó la loba:

-No soy lobo, sino loba. Esto, para empezar. Y, además, para mayor precisión, te diré que fui no hace muchos años, Merceditas, la hija de Pedro Ligares, el porquero.

-¿Cómo has llegado a esta condición, criatura? -le espetó el hermoso doncel, mirando a todos los lados, porque temía ser objeto de una broma de mal gusto. Merceditas era, según creía, una moza que había dejado el pueblo para dedicarse a ser chica de alterne en un lupanar de centro Europa.

-He sido encantada por una bruja, malvada vecina que me condenó a esta desventura por no hacer caso de sus torcidas propuestas, consistentes en preparar brebajes con los que engatusar a los jóvenes para que cayeran rendidos en los brazos de mujeres sin corazón, o potajes con los que convencer a los humildes de que los poderosos están haciendo las cosas por su bien, o … -continuó la bestia, abriendo unas terribles fauces con las que pretendía modular mejor las palabras, y en la que ya faltaba un incisivo.

-Calla, calla, por Dios -le atajó el bello muchacho, sin darse respiro -No sigas, que el ánimo se me encoje. Te conozco, Merceditas, aunque bajo ese pelaje jamás te hubiera reconocido. Lo que cuentas es abominable. ¿Dónde está tu padre, que no te ha defendido de ese maleficio?

-La malvada bruja lo ha convertido en un jarrón chino y, además, falso -fue la terrible respuesta que oyó el bello de la bestia.

Y el joven comprendió que aquel jarrón no era si no el que tenía su madre sobre la mesa de la cocina, sosteniendo un ramo de flores artificiales que simulaban dalias.

-Oir para ver y ver para creer -fue lo único que se le ocurrió al muchacho.

Y, en ese momento mismo, los tipos de la batida, divisaron a la bestia, y apuntando al bulto, allí mismo la acribillaron a balazos. Justo en el instante en que, vendido el maleficio por el amor del bello, la loba se había transformado en la hermosa joven que había sido, aunque, por las graves heridas inferidas, nada se pudo hacer para salvarla.

Todos se quedaron atónitos, y el bello, consternado. Aún hoy el caso sigue abierto en las instancias judiciales, sean éstas cuales fueren, pues estas cuestiones de competencia entre licantropía, magia y cuestiones de familia, no encuentran atribución sencilla en los órdenes correspondientes de los tribunales de Justicia.

P.S. Si le interesa al lector saber qué pasó con el jarrón, encuentro justificada su curiosidad. Vuelto de pronto a la forma humana, se encontró desnudo en casa de la madre del joven sobre la mesa de la cocina, causándole buena impresión. Cuando se recuperó del luto, se casó con la hacendosa viuda, de la que en su época cerámica había podido constatar cuán seria, diligente y ordenada era para las cosas del hogar. No consta que haya trabajado posteriormente de porquero ni tampoco que le correspondiera jubilación, al haber pasado los últimos años sin cotizar. Vivió posiblemente del cuento (y de la viuda).

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias, Sin categoría Etiquetado como: bello, bestia, cazadores, cuento, cuento de primavera, ecologista, loba, lobo

Cuento de verano: Miradas introspectivas

15 septiembre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Casi todas las historias que nos han contado de niños terminaban cuando empezaban a ponerse interesantes. Durante años me preocupé por la salud de la Princesa Garbanzo ¿Fue feliz, en verdad, con esa debilidad congénita de su sensibilidad?…Cabe suponer que, con tan bajo umbral para soportar el dolor, pasó su vida entre analgésicos y depresiones y murió demasiado joven y amargada, para alivio de quienes estaban a su alrededor, buscando cómo complacerla.

No es difícil, sin necesidad de entrar por la ventana de su alcoba, ver a su esposo, el Príncipe Calzonazos, cambiando en Ikea una y otra vez los colchones y la almohada de plumón especial por otros aún más adaptables a las delicadezas de su cuerpo, o denunciando al vecino que vive a doscientas yardas porque no puede dormir desde la fiesta de cumpleaños que organizó el verano pasado.

El sastrecillo Valiente es, seguro, otro de los modelos infantiles que no conseguiría superar su tendencia enfermiza a convertir los hechos triviales en heroicos. Podemos disculpar que, en momentos de escaso trabajo, en lugar de remendar pantalones para los necesitados del lugar, se confeccionara una banda para alardear de haber matado siete moscas de un solo golpe de palmeta, pero ¿nadie tuvo argumentos para corregirle de su peligrosa megalomanía?

Nos lo podemos imaginar, en la madurez física, creyendo haber escalado el Everest cada vez que subía el repecho para alcanzar su casa, presumiendo con sus amigos de poder hacer un soneto en minutos por solo haber encontrado que pasmo rima con sarcasmo, o dando por seguro, como asesor de eventos, que podíamos ser sede de los Juegos Olímpicos solo por la forma en que un par de compromisarios le habían mirado a los ojos.

La actitud más preocupante de todos esos personajes de ensueño me parece la de los padres de Caperucita Roja. No cabe mayor crueldad que dejar a una señora anciana, por mucho que quisieran convencerse de su capacidad para atenderse a sí misma, viviendo sola en medio de un bosque lleno de animales salvajes y sin una sola tienda de ultramarinos en las cercanías. Sin duda, eran merecedores del mayor reproche y tanto más cuando ordenaron a su hija que le llevara unas cuantas tonterías en una cestita.

Se nos ha dicho muchas veces que esa historia tiene por objetivo alertar a las niñas de los peligros de atravesar zonas desconocidas, y dejarse engañar por gentes malas que les ofrecen caramelos para raptarlas y llevarlas a países del lejano oriente, en donde servirán de alimento carnal a sultanes, tipos rijosos o patanes malnacidos.

Pero no se ha analizado el comportamiento de los papás de la niña del gorro encarnado. ¿Por qué no tenían a la abuelita con ellos? Y, después de tanto tiempo sin visitarla, ¿el envío de su infantil unigénita, haciéndola atravesar una zona boscosa, no reflejaba la intención de desprenderse de la niña que, sí, podría ser todo lo pedantuela y estar en esa edad inquisidora en que a todo se le pregunta por qué, pero no merecía ponerla en tan graves peligros?

Estas miradas introspectivas a lo que se nos contaba de niños me han facilitado, dicho sea de paso, descubrir muchas falsedades y mentiras en lo que nos contaban los demás, ya metido en un mundo de adultos. Especialmente, si nos lo decían los que tenían algo que perder si eran descubiertos haciéndolo mal. Lo que no me había pasado hasta ahora es que lo difícil haya pasado a ser descubrir lo poco que hay de verdad en lo que nos cuentan.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: abandono, abuelita, angel arias, Calzonazos, Caperucita Roja, cuentos de verano, leñadores, lobo, megalomanía, miradas introspectivas, Princesita Garbanzo, residencia, Sastrecillo Valiente, siete de un golpe, soledad, umbral del dolor

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