Mientras hago cola para que me atienda el pescadero -tengo el número 78 y acaban de vocear el 56-, una señora a la que no conozco de nada (abrigo de paño negro algo ajado y zapatillas de andar por casa) me dice espontáneamente que «si fuera más joven, me marcharía al extranjero«.
Completa el análisis con la confesión de que «la pensión no me da para vivir«, a lo que, mostrándome comprensivo, asiento, y, sin pretender saltarme el turno, solo a efectos de información, le pregunto al tendero si la merluza viene con anisakis y me contesta con aire cansado que «todas lo tienen«.
La señora del abrigo no me abandona, y me cuenta que ella comprará bacaladitas, que son baratas y que a su marido le gustan fritas rebozadas en harina, y que nunca les ha encontrado gusanos, ni tampoco a las sardinillas ni a las platijas. «Al menos, por ahora».
Tengo claro que sus reflexiones no pretenden estimularme a que coja el petate y me vaya rumbo adelante a probar fortuna en las américas, ni me está recomendando que compre un pescado concreto, sino que es una manera simple de hilar la hebra con un desconocido. Antes, se hablaba del tiempo y ahora, de la crisis y de los gusanos que se han instalado en la merluza atlántica, hundiéndole valor y precio, que ya nadie la quiere ni para un sofrito.
Estoy callado un rato, pero, como creo que debo responder a la confianza ajena alimentando la conversación, mientras observo lo lento que avanza el turno (lo achaco a un prejubilado está comprando ingredientes de manual para una paella mínima, que se le deberían pesar en una balanza de precisión), le pregunto a mi nueva amiga si tiene hijos y me contesta sin recelo que tiene dos: el varón, es catedrático de universidad en física atómica y la niña (que deduzco por la edad de mi interlocutora ocasional que ha debido abandonar la infancia hace ya varias décadas) es juez de primera instancia en Badajoz o Teruel, no estoy seguro.
Calibro con aires de inspector de la troika la frescura del producto expuesto en el mostrador, pero me estoy imaginando a los dos funcionarios retoños de la anciana haciendo huelga reinvidicativa, cada uno en su dominio del hecho, expresando ante la opinión pública (que es la manera de no dejarlas caer en saco roto) sus pretensiones particulares de mejora de la Universidad y de la Justicia.
Una media hora después, el pescadero me ha limpiado y pelado los lomos de la palometa negra que voy a convertir en cachopos de pescado y, en el ínterin, he vuelto a regalar a mis compañeros de espera (lo hago siempre), con un análisis pedante sobre la decadencia en la credibilidad de todos los stake holders patrios (así dije), desde la monarquía a la banca, pasando por empresas y partidos, y sin que haya dejado libre ni al zapatero de la esquina, que, incomprensiblemente, me ha perdido un cordón del zapato que compré en las rebajas de Milano, que le confié para que le pusiera mediasuelas.
El ojo avizor del representante de la multinacional que es dueña de la cadena de supermercados debió estar observándome, porque la chica de la caja, ha mirado y remirado el billete de cincuenta euros que le entregué para pagar la compra, pasándolo incluso por una máquina de detectar billetes falsos. No solo eso: me ha hecho abrir la bolsa de deporte en la que había guardado los libros que saqué de la biblioteca pública, advirtiéndome, con tono serio, que la próxima vez debo dejarla en consigna.
Ya en la calle, con mi aspecto de buena persona incapaz de romper un plato sin pagar por los desperfectos, ví al pasar ante un escaparate de electrodomésticos que la televisión presentaba la implacable persecución periodística de varias personas que hasta ayer mismos habían sido respetables y que ahora se encontraban encausadas por delitos cuyo tipo penal respondería a un solo propósito: aprovecharse de las ventajas de su posición para apropiarse de lo ajeno.
Todos los perseguidos por la curiosidad periodística huyen como pueden del asedio, sin decir esta boca es mía, aunque a veces, por la presión, se les escapa algún gesto expresivo o una palabra malsonante, pero, en general, me recuerdan a las tomas nocturnas de los animales de las reservas del Serengueti, que parecen irreales, brillantes los ojos por el miedo de haber sido sorpendidos haciendo lo que les es propio (Por cierto: no los llamaría alimañas, solo cumplen con su naturaleza).
El resto del camino de vuelta a casa, con los lomos de palometa y los tres libros (que debo devolver sin falta antes de que cumpla el mes o me castigarán anulándome el carné por el doble de días que superen la fecha límite), no pude quitarme de la cabeza que la gente normal y cumplidora de nuestra sociedad estamoos acostumbrados a que comprueben nuestra honestidad a cada paso, y sufrimos la investigación resignadamente, como un mal necesario (nos casi despelotamos ante los detectores de metal de cualquier aeropuerto, dejamos en la consigna del museo la cámara de fotos y el paraguas, pagamos una hora por los cinco minutos en que dejamos aparcado el coche para recoger al chiquillo, pedimos perdón para que nos atiendan lo más rápido posible en el pasillo de espera del hospital en donde se retuerce de dolor nuestra parienta desde hace tres horas, pagamos la matrícula del chaval por unos estudios que no van a servirle ni para cobrar el paro, …) .
No parecemos habernos dado cuenta de que esta labor de estricta vigilancia del cumplimiento de nuestros deberes y obligaciones (algunas inventadas) ese es el método seguido por el sistema para mantener ocupados a los inspectores y guardianes del centeno y de la caja pequeña de los dineros públicos, permitiendo que se escapen los peces gordos, por otras puertas y con otras cajas, y que solo se verán sometidos a controles cuando, por azar, caigan en las redes que pretendían pescar especies desprotegidas o como resultado de instrucciones misteriosas.
Es entonces cuando comprobamos, al verlos expuestos en la pescadería de la justicia repentina, al abrir sus entrañas, que sus estómagos estaban llenos de gusanos, y nos preguntamos, inquietos con razón, si los habitantes más gruesos del mar económico no estarán todos contaminados, podres por dentro.
¿Y qué haremos, entonces con ellos? ¿Les perdonamos, les damos otra oportunidad de mentirnos, olvidamos cuanto han hecho, los tiramos a la basura? ¿Nos dejamos convencer de que son inocentes, de que no sabían que lo que hacían era malo, o, aún peor, asumimos que la culpa es nuestra, por no haberlos vigilado?
Tengo la impresión de que estas historias que ahora estamos descubriendo me van a hacer cambiar el gusto por el pescado. Encima, hay quienes se asombran de que las hamburguesas contengan trazas de caballo. Que investiguen primero si no estamos siendo alimentados con piedras de molino.
