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Dana

15 septiembre, 2019 By amarias Deja un comentario

Algunas palabras técnicas, que son desconocidas para la mayoría no especializada, se cuelan de pronto, con intensidad, en el lenguaje común, incluso con sus valoraciones eruditas. Es el caso, pongo por ejemplos, de la fractura hidráulica («fracking»), el índice de referencia de prestamos hipotecarios («IRPH»), los fibromas y carcinomas (y sus diagnósticos diferenciales), o la «eutanasia pasiva», la «prisión permanente revisable o la «renta mínima universal».

Estas últimas semanas, hemos oído hablar mucho de la DANA (depresión aislada en niveles altos), término del argot meteorológico que ha venido a sustituir con fuerza al popularmente asimilado concepto de «gota fría». En regiones del Mediterráneo español, especialmente en Alicante, Albacete, Murcia, Granada y Valencia, se han sufrido las consecuencias del fenómeno con inmensas pérdidas materiales. Orihuela y su entorno han sido gravemente castigadas.

El fenómeno atmosférico ha supuesto, como cúmulo de desgracia, la pérdida de seis vidas humanas; personas que se encontraron atrapadas en su camino habitual, por rieras rebosadas o aguas fluviales crecidas que, en pocos minutos, anegaron carreteras, derribaron muros, desbordaron alcantarillados y penetraron en las casas aledañas a cauces y calles convertidas en anómalas salidas para el agua torrencial.

La intención inmediata de espectadores y sufridores del fenómeno de achacar al cambio climático los desastres provocados por la dana, ha sido desmentida por historiadores, meteorólogos y climatólogos. Este fenómeno natural no se debe a la elevación de temperatura media del planeta, ni es la primera vez que se presenta en nuestras latitudes. Es más: se produce todos los años, como consecuencia del choque de aire frío polar con el frente cálido y húmedo del Mediterráneo. Varía solo su intensidad como resultado combinado de múltiples circunstancias, y sus efectos pueden aparecer menos dramáticos si no afectan directamente a grandes poblaciones o -como es el lamentable caso actual- se cobran vidas y generan pérdidas graves a particulares.

No quiero sacar punta al lápiz rojo de la desventura, pero la situación sufrida me hace recalar, una vez más, en el problema fundamental de nuestra manera colectiva de abordar la prevención. Prácticamente, ninguna. Estamos poco inclinados a disponer de medios de cobertura, nos acogemos al rito de alertar, incluso con exageración,cuando el peligro es inmediato. Pasamos de actuar para paliar o evitar sus efectos cuando el riesgo es solo una posibilidad. Ya llegará el momento de preocuparse, parece decirnos la voz interior. Y, empeñados en ignorar los equilibrios ante el precipicio, preferimos dedicar nuestro tiempo a disfrutar del presente o, si el cabecilla de turno nos anima, nos entregamos a elucubraciones con poco sentido práctico, adoptando no pocas veces medidas y decisiones fuera de nuestras posibilidades.

No importa ahora discutir sobre el cambio climático, su verdad o sus consecuencias previsibles. El tema que el dana ha vuelto a poner sobre la mesa es inmediato, crucial. Debemos adoptar con urgencia medidas correctoras, preventivas y no solo paliativas, para proteger a las poblaciones en riesgo y a sus bienes de los peligros reales que ya conocemos, porque se han manifestado con anterioridad y tienen caracteres cíclicos o repetitivos.

Pregunto, pues: ¿Por qué se siguen consintiendo, autorizando y, en todo caso, utilizando sin pudor ni castigo las rieras y cauces secos como lugares de aparcamiento? ¿Por qué se construyen y mantienen casas -legales e ilegales- junto a arroyos, márgenes de ríos y zonas costeras y deltas, sin respetar terrenos demaniales, prohibiciones, y pasando por alto la atención a la más elemental prudencia? ¿No hay nadie responsable de limpiar regularmente imbornales y atender a sistemas de alcantarillado o a la recogida de aguas separativa, con la construcción de diques de choque para atender a lluvias torrenciales? ¿Se han calculado bien y se revisan regularmente los estados de acequias, presas, azudes, imbornales, taludes, puentes y sotopuentes, así como lugares de escorrentía? ¿Por qué no se atiende sistemáticamente a la limpieza de orillas de ríos, arroyos y viejos cauces, convertidos muchos de ellos en basureros impúdicos? ¿No es importante atender al desbroce y cortes de maleza de carreteras y vías, eliminando árboles y cualesquiera elementos que puedan significar obstáculos al tránsito?

No estoy hablando del comportamiento frente a la catástrofe. La capacidad de nuestro pueblo para volcarse ante la desgracia no tiene parangón. Se nos despierta, colectiva e individualmente, el ánimo solidario para ayudar a cualquiera que se vea afectado por una fatalidad, en especial si es una catástrofe colectiva. Merece todo aplauso.

Pero como planificadores, y como ejecutores de medidas preventivas, no estamos a esa altura. Desde la calma entre tempestades, nos entretenemos en discutir y proponer teorías fantasiosas sin estudio suficiente, gastamos dineros en acciones desproporcionadas, sin relación con nuestra capacidad económica o técnica, y optamos por ser campeones de las medidas restrictivas y adalides de las inversiones desmesuradas en lugar de preocuparnos por los problemas que demandan atención para que el lobo de la realidad no nos vuelva a morder con su despiadada dentadura.

Busco culpables de la falta de planificación no en el pueblo llano, poco apto para adoptar decisiones colectivas, sino en quienes nos dirigen y han dirigido. Si atiendo a la increíble disputa por sillones, que no por programas, con la que nos han martirizado los representantes que hemos elegido para gobernarnos en el futuro inmediato, me temo que la falta de planificación nos seguirá acompañando. Lástima.


Una abeja (apis mellifica) libando de la flor del limonero puede ser, en este momento, el símbolo de la calidad que hay que proteger y defender del ataque que está sufriendo. La terrible vespa velutina (avispa asiática) se propaga con descontrol por las regiones del norte de España, matando sin piedad a nuestras productoras de miel, causando estragos en sus colmenas. Esta imagen me sirve para recordar que tenemos la obligación de defender lo que nos es propio.

No me parece que en la lucha contra la avispa asiática se esté en el camino de vencer a ese feroz enemigo de la abeja autóctona. Porque el mal no apareció este año ni en nuestro territorio. Los primeros ejemplares se encontraron en Burdeos hace ya una decena de años y son varios desde que se conoce aquí la presencia de este depredador de la cabaña melífera. He leído que se está estudiando la acción del avispón autóctono como enemigo de la avispa asiática, y que se especula sobre la potenciación de la cría de cualquier ave insectívora (desde el halcón y aguilucho abejeros hasta el carbonero común).

Quizá quienes están analizando el problema con seriedad e inmediatez conocen los experimentos realizados en Francia con la mosca conops vesicularis, que anida en el abdomen de la avispa asiática y se alimenta de ella, o del  gusano pheromermis vesparum, que tiene un comportamiento similar. Aquí se están ensayando líquidos dulquérrimos, barreras de alambre y se ataca a los nidos detectados con fungicidas. Está muy bien. ¿Ha pensado alguien en la opción de hacer que las avispas asiáticas captadas vivas se conviertan en portadoras a sus nidos de algún veneno específico, que actúe sobre sus congéneres, en lugar de matarlas una a una?

Supongo que sí.

Publicado en: Actualidad, Ambiente, Asturias, Sociedad Etiquetado como: avispa asiática, avispón, dana, depresión, elecciones, gusano, inundaciones, niveles altos, Orihuela, prevención

Historias mínimas

23 febrero, 2013 By amarias2013 4 comentarios

Mientras hago cola para que me atienda el pescadero -tengo el número 78 y acaban de vocear el 56-, una señora a la que no conozco de nada (abrigo de paño negro algo ajado y zapatillas de andar por casa) me dice espontáneamente que «si fuera más joven, me marcharía al extranjero«.

Completa el análisis con la confesión de que «la pensión no me da para vivir«, a lo que, mostrándome comprensivo, asiento, y, sin pretender saltarme el turno, solo a efectos de información, le pregunto al tendero si la merluza viene con anisakis y me contesta con aire cansado que «todas lo tienen«.

La señora del abrigo no me abandona, y me cuenta que ella comprará bacaladitas, que son baratas y que a su marido le gustan fritas rebozadas en harina, y que nunca les ha encontrado gusanos, ni tampoco a las sardinillas ni a las platijas. «Al menos, por ahora».

Tengo claro que sus reflexiones no pretenden estimularme a que coja el petate y me vaya rumbo adelante a probar fortuna en las américas, ni me está recomendando que compre un pescado concreto, sino que es una manera simple de hilar la hebra con un desconocido. Antes, se hablaba del tiempo y ahora, de la crisis y de los gusanos que se han instalado en la merluza atlántica, hundiéndole valor y precio, que ya nadie la quiere ni para un sofrito.

Estoy callado un rato, pero, como creo que debo responder a la confianza ajena alimentando  la conversación, mientras observo lo lento que avanza el turno (lo achaco a un prejubilado está comprando ingredientes de manual para una paella mínima, que se le deberían pesar en una balanza de precisión), le pregunto a mi nueva amiga si tiene hijos y me contesta sin recelo que tiene dos: el varón, es catedrático de universidad en física atómica y la niña (que deduzco por la edad de mi interlocutora ocasional que ha debido abandonar la infancia hace ya varias décadas) es juez de primera instancia en Badajoz o Teruel, no estoy seguro.

Calibro con aires de inspector de la troika la frescura del producto expuesto en el mostrador, pero me estoy imaginando a los dos funcionarios  retoños de la anciana haciendo huelga reinvidicativa, cada uno en su dominio del hecho, expresando ante la opinión pública (que es la manera de no dejarlas caer en saco roto) sus pretensiones particulares de mejora de la Universidad y de la Justicia.

Una media hora después, el pescadero me ha limpiado y pelado los lomos de la palometa negra que voy a convertir en cachopos de pescado y, en el ínterin, he vuelto a regalar a mis compañeros de espera (lo hago siempre), con un análisis pedante sobre la decadencia en la credibilidad de todos los stake holders patrios (así dije), desde la monarquía a la banca, pasando por empresas y partidos, y sin que haya dejado libre ni al zapatero de la esquina, que, incomprensiblemente, me ha perdido un cordón del zapato que compré en las rebajas de Milano, que le confié para que le pusiera mediasuelas.

El ojo avizor del representante de la multinacional que es dueña de la cadena de supermercados debió estar observándome, porque la chica de la caja, ha mirado y remirado el billete de cincuenta euros que le entregué para pagar la compra, pasándolo incluso por una máquina de detectar billetes falsos. No solo eso: me ha hecho abrir la bolsa de deporte en la que había guardado los libros que saqué de la biblioteca pública, advirtiéndome, con tono serio, que la próxima vez debo dejarla en consigna.

Ya en la calle, con mi aspecto de buena persona incapaz de romper un plato sin pagar por los desperfectos, ví al pasar ante un escaparate de electrodomésticos que la televisión presentaba la implacable persecución periodística de varias personas que hasta ayer mismos habían sido respetables y que ahora se encontraban encausadas por delitos cuyo tipo penal respondería a un solo propósito: aprovecharse de las ventajas de su posición para apropiarse de lo ajeno.

Todos los perseguidos por la curiosidad periodística huyen como pueden del asedio, sin decir esta boca es mía, aunque a veces, por la presión, se les escapa algún gesto expresivo o una palabra malsonante, pero, en general, me recuerdan a las tomas nocturnas de los animales de las reservas del Serengueti, que parecen irreales, brillantes los ojos por el miedo de haber sido sorpendidos haciendo lo que les es propio (Por cierto: no los llamaría alimañas, solo cumplen con su naturaleza).

El resto del camino de vuelta a casa, con los lomos de palometa y los tres libros (que debo devolver sin falta antes de que cumpla el mes o me castigarán anulándome el carné por el doble de días que superen la fecha límite), no pude quitarme de la cabeza que la gente normal y cumplidora de nuestra sociedad estamoos acostumbrados a que comprueben nuestra honestidad a cada paso, y sufrimos la investigación resignadamente, como un mal necesario (nos casi despelotamos ante los detectores de metal de cualquier aeropuerto, dejamos en la consigna del museo la cámara de fotos y el paraguas, pagamos una hora por los cinco minutos en que dejamos aparcado el coche para recoger al chiquillo,  pedimos perdón para que nos atiendan lo más rápido posible en el pasillo de espera del hospital en donde se retuerce de dolor nuestra parienta desde hace tres horas, pagamos la matrícula del chaval por unos estudios que no van a servirle ni para cobrar el paro, …)  .

No parecemos habernos dado cuenta de que esta labor de estricta vigilancia del cumplimiento de nuestros deberes y obligaciones (algunas inventadas) ese es el método seguido por el sistema para mantener ocupados a los inspectores y guardianes del centeno y de la caja pequeña de los dineros públicos, permitiendo que se escapen los peces gordos, por otras puertas y con otras cajas, y  que solo se verán sometidos a controles cuando, por azar, caigan en las redes que pretendían pescar  especies desprotegidas o como resultado de instrucciones misteriosas.

Es entonces cuando comprobamos, al verlos expuestos en la pescadería de la justicia repentina, al abrir sus entrañas, que sus estómagos estaban llenos de gusanos, y nos preguntamos, inquietos con razón, si los habitantes más gruesos del mar económico no estarán todos contaminados, podres por dentro.

¿Y qué haremos, entonces con ellos? ¿Les perdonamos, les damos otra oportunidad de mentirnos, olvidamos cuanto han hecho, los tiramos a la basura? ¿Nos dejamos convencer de que son inocentes, de que no sabían que lo que hacían era malo, o, aún peor, asumimos que la culpa es nuestra, por no haberlos vigilado?

Tengo la impresión de que estas historias que ahora estamos descubriendo me van a hacer cambiar el gusto por el pescado. Encima, hay quienes se asombran de que las hamburguesas contengan trazas de caballo. Que investiguen primero si no estamos siendo alimentados con piedras de molino.

Publicado en: Economía, Sociedad Etiquetado como: anciana, anisakis, crisis, economía, gusano, merluza, palometa, pescadería, piedras de molino, trampas

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