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Cuento de verano: El tercer vuelo de la paloma

5 septiembre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Para la completa comprensión de la historia, este cronista deberá empezar recordando que, cuando Hänsel y Gretel se perdieron en el bosque en el que, mientras su padre talaba árboles, habían sido autorizados para recoger fresas para su madre, una paloma tuvo una intervención muy, pero que muy singular.

Ella fue la que, cuando salió la luna en la noche oscura de la desesperación de los infelices, habiendo prometido que les guiaría a la casa de sus padres, les condujo por el contrario hasta la casita de chocolate en la que moraba una anciana que, después de permitir que los niños se pusieran morados de productos azucarados, desenmascaró su aviesa naturaleza: explotadora del trabajo infantil -ordenó a Gretel que limpiara la casa y cocinara sin parar para su hermano- y canibalismo. (Este último, por cierto, desinformado, ya que la pérfida utilizó el supuesto engrosamiento del dedo meñique de Hänsel como índice general de su engorde, error inexcusable, ya que, en opinión técnicamente fundada, esos tejidos musculares tienen escasa grasa, situación que, por lo demás, hubiera hecho innecesario que el pequeño le presentara huesos de pollo para desanimarla del avance del régimen de engrosamiento que tenía como objetivo conducirlo a la olla con mayor sustancia).

La misma paloma, después de que los niños consiguieron liberarse de su secuestro (de aquella manera tan traumática para sus tiernas mentes infantiles), apareció una segunda vez, indicándoles que «Ahora, sí os guiaré a la casa de vuestros padres», lo que, en efecto, hizo en esta ocasión, auxiliada por el cisne de otra historia excelente, que conocemos como El Patito Feo.

Curioso por conocer lo que había sido de los niños, he investigado algo. Después de un período de tratamiento sicológico, Hänsel y Gretel, obtuvieron una beca del Estado bávaro, y obtuvieron ambos, con honores, el título de bachiller superior. Hänsel terminó la carrera de medicina, y se especializó en geriatría en Estados Unidos, y, más concretamente, en los tipos de demencia senil que derivan hacia formas malévolas de la personalidad. Es propietario en la actualidad una clínica concertada en Madrid, junto a otros personajes de cuento, toma y daca.

Gretel pertenece al grupo de los verdes (Die Grünen), del que fue uno de sus líderes hasta hace poco, en que tuvo que abandonar las actividades públicas debido a su diabetes, ya muy avanzada. Tiene una diplomatura en alimentación natural, que nunca ha ejercido. Vive en Alemania, en pareja con una compañera; no han adoptado hijos.

Los dos hermanos no se han visto desde hace años. Creo haber detectado que han surgido algunas desavenencias entre ambos, derivadas del reparto de los derechos de autor de su truculenta historia, en el que no se han puesto de acuerdo, pues cada uno reclama la parte protagonista.

Cuando contacté con Hänsel, ofreciéndole la posibilidad de un reencuentro ante las cámaras del Programa de TV «Restañando heridas del pasado», declinó, alegando que su prestigio como galeno no le permitía propiciar tales mascaradas, amén que el distanciamiento con Gretel era solo aparente.

Estaba ya cerrando el capítulo de mi investigación, cuando se me apareció la paloma. Reconocí, por su forma de volar, que era la misma que ilustraba el cuento que tantas veces había leído.

-Me equivoqué. Se equivocó la paloma -dijo, utilizando una forma impersonal, que me recordó unos versos de Rafael Alberti que popularizó en su momento Juan Pardo, y que tenía olvidados-. Por ir al norte fui al sur, por el trigo fui al agua; creyendo ir a casa de los padres de los niños, les conduje por error a la casa de la anciana del bosque. Pero no fue por mala intención. Eso debes dejarlo claro en tu relato. Yo no soy una paloma mensajera, no tengo sentido de la orientación. Soy como me ves, blanca. Soy la paloma de la paz.

La vi tan sincera, tan arrepentida de aquel error, que le propuse, como compensación para todo lo que nos había hecho sufrir a los niños de todo el mundo, y, en especial, a las especialmente sensibles criaturas españolas de mi época, que, dadas sus virtudes maravillosas, nos dedicase, como amigos desde la infancia de Hänsel y Gretel, un tercer vuelo:

-Sácanos de aquí. Sácanos de este pozo en el que estamos. Guíanos sobre cómo salir.

La paloma de la paz me miró fijamente y se fue, por supuesto, volando.

-Veré lo que se puede hacer.

Eso dijo. Espero con los dedos cruzados que esta vez no se eqivoque.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: anciana, angel arias, canibalismo, cuentos de verano, geriatría, Gretel, Hänsel, meñique, paloma, paloma de la paz

Historias mínimas

23 febrero, 2013 By amarias2013 4 comentarios

Mientras hago cola para que me atienda el pescadero -tengo el número 78 y acaban de vocear el 56-, una señora a la que no conozco de nada (abrigo de paño negro algo ajado y zapatillas de andar por casa) me dice espontáneamente que «si fuera más joven, me marcharía al extranjero«.

Completa el análisis con la confesión de que «la pensión no me da para vivir«, a lo que, mostrándome comprensivo, asiento, y, sin pretender saltarme el turno, solo a efectos de información, le pregunto al tendero si la merluza viene con anisakis y me contesta con aire cansado que «todas lo tienen«.

La señora del abrigo no me abandona, y me cuenta que ella comprará bacaladitas, que son baratas y que a su marido le gustan fritas rebozadas en harina, y que nunca les ha encontrado gusanos, ni tampoco a las sardinillas ni a las platijas. «Al menos, por ahora».

Tengo claro que sus reflexiones no pretenden estimularme a que coja el petate y me vaya rumbo adelante a probar fortuna en las américas, ni me está recomendando que compre un pescado concreto, sino que es una manera simple de hilar la hebra con un desconocido. Antes, se hablaba del tiempo y ahora, de la crisis y de los gusanos que se han instalado en la merluza atlántica, hundiéndole valor y precio, que ya nadie la quiere ni para un sofrito.

Estoy callado un rato, pero, como creo que debo responder a la confianza ajena alimentando  la conversación, mientras observo lo lento que avanza el turno (lo achaco a un prejubilado está comprando ingredientes de manual para una paella mínima, que se le deberían pesar en una balanza de precisión), le pregunto a mi nueva amiga si tiene hijos y me contesta sin recelo que tiene dos: el varón, es catedrático de universidad en física atómica y la niña (que deduzco por la edad de mi interlocutora ocasional que ha debido abandonar la infancia hace ya varias décadas) es juez de primera instancia en Badajoz o Teruel, no estoy seguro.

Calibro con aires de inspector de la troika la frescura del producto expuesto en el mostrador, pero me estoy imaginando a los dos funcionarios  retoños de la anciana haciendo huelga reinvidicativa, cada uno en su dominio del hecho, expresando ante la opinión pública (que es la manera de no dejarlas caer en saco roto) sus pretensiones particulares de mejora de la Universidad y de la Justicia.

Una media hora después, el pescadero me ha limpiado y pelado los lomos de la palometa negra que voy a convertir en cachopos de pescado y, en el ínterin, he vuelto a regalar a mis compañeros de espera (lo hago siempre), con un análisis pedante sobre la decadencia en la credibilidad de todos los stake holders patrios (así dije), desde la monarquía a la banca, pasando por empresas y partidos, y sin que haya dejado libre ni al zapatero de la esquina, que, incomprensiblemente, me ha perdido un cordón del zapato que compré en las rebajas de Milano, que le confié para que le pusiera mediasuelas.

El ojo avizor del representante de la multinacional que es dueña de la cadena de supermercados debió estar observándome, porque la chica de la caja, ha mirado y remirado el billete de cincuenta euros que le entregué para pagar la compra, pasándolo incluso por una máquina de detectar billetes falsos. No solo eso: me ha hecho abrir la bolsa de deporte en la que había guardado los libros que saqué de la biblioteca pública, advirtiéndome, con tono serio, que la próxima vez debo dejarla en consigna.

Ya en la calle, con mi aspecto de buena persona incapaz de romper un plato sin pagar por los desperfectos, ví al pasar ante un escaparate de electrodomésticos que la televisión presentaba la implacable persecución periodística de varias personas que hasta ayer mismos habían sido respetables y que ahora se encontraban encausadas por delitos cuyo tipo penal respondería a un solo propósito: aprovecharse de las ventajas de su posición para apropiarse de lo ajeno.

Todos los perseguidos por la curiosidad periodística huyen como pueden del asedio, sin decir esta boca es mía, aunque a veces, por la presión, se les escapa algún gesto expresivo o una palabra malsonante, pero, en general, me recuerdan a las tomas nocturnas de los animales de las reservas del Serengueti, que parecen irreales, brillantes los ojos por el miedo de haber sido sorpendidos haciendo lo que les es propio (Por cierto: no los llamaría alimañas, solo cumplen con su naturaleza).

El resto del camino de vuelta a casa, con los lomos de palometa y los tres libros (que debo devolver sin falta antes de que cumpla el mes o me castigarán anulándome el carné por el doble de días que superen la fecha límite), no pude quitarme de la cabeza que la gente normal y cumplidora de nuestra sociedad estamoos acostumbrados a que comprueben nuestra honestidad a cada paso, y sufrimos la investigación resignadamente, como un mal necesario (nos casi despelotamos ante los detectores de metal de cualquier aeropuerto, dejamos en la consigna del museo la cámara de fotos y el paraguas, pagamos una hora por los cinco minutos en que dejamos aparcado el coche para recoger al chiquillo,  pedimos perdón para que nos atiendan lo más rápido posible en el pasillo de espera del hospital en donde se retuerce de dolor nuestra parienta desde hace tres horas, pagamos la matrícula del chaval por unos estudios que no van a servirle ni para cobrar el paro, …)  .

No parecemos habernos dado cuenta de que esta labor de estricta vigilancia del cumplimiento de nuestros deberes y obligaciones (algunas inventadas) ese es el método seguido por el sistema para mantener ocupados a los inspectores y guardianes del centeno y de la caja pequeña de los dineros públicos, permitiendo que se escapen los peces gordos, por otras puertas y con otras cajas, y  que solo se verán sometidos a controles cuando, por azar, caigan en las redes que pretendían pescar  especies desprotegidas o como resultado de instrucciones misteriosas.

Es entonces cuando comprobamos, al verlos expuestos en la pescadería de la justicia repentina, al abrir sus entrañas, que sus estómagos estaban llenos de gusanos, y nos preguntamos, inquietos con razón, si los habitantes más gruesos del mar económico no estarán todos contaminados, podres por dentro.

¿Y qué haremos, entonces con ellos? ¿Les perdonamos, les damos otra oportunidad de mentirnos, olvidamos cuanto han hecho, los tiramos a la basura? ¿Nos dejamos convencer de que son inocentes, de que no sabían que lo que hacían era malo, o, aún peor, asumimos que la culpa es nuestra, por no haberlos vigilado?

Tengo la impresión de que estas historias que ahora estamos descubriendo me van a hacer cambiar el gusto por el pescado. Encima, hay quienes se asombran de que las hamburguesas contengan trazas de caballo. Que investiguen primero si no estamos siendo alimentados con piedras de molino.

Publicado en: Economía, Sociedad Etiquetado como: anciana, anisakis, crisis, economía, gusano, merluza, palometa, pescadería, piedras de molino, trampas

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