Resulta preocupante la tendencia hacia los extremos que se ha instalado, como postura, en nuestra sociedad. Como ciudadano que valora, como elemento sustancial del progreso colectivo, la moderación en los planteamientos, desde el posibilismo, creo grave que los dos partidos mayoritarios hayan perdido credibilidad, arraigo social y, todavía peor, aparezcan encharcados en una pobreza intelectual sin precedentes.
No expreso nada que no sea conocido. Las posiciciones de los representantes del Gobierno exudan una suficiencia que solo cabe interpretar como desprecio hacia cualquiera que opine lo contrario, cerrando vías de diálogo y negando explicaciones a lo que precisaría, por el contrario, muchas. Los descubrimientos de que la corrupción y el enriquecimiento ilícito han sido móviles de muchos dirigentes, no ayuda, en absoluto, a la credibilidad.
Tampoco los socialistas deben sentirse orgullosos de haber conducido el país a un sistema de prestaciones públicas insostenible, apoyado inversiones en infraestructuras estériles y, sumidos en el mismo cáncer que corrompe amplias zonas de la representatividad del sistema, no pueden alardear de haber cumplido con honestidad -ya que no con inteligencia- sus responsabilidades de gobierno, cuando las tuvieron.
Es imprescindible recuperar una normalidad democrática, en la que se debe combinar la autocrítica, y la renovación masiva de rostros que no estén ni manchados por las sospechas de corrupción ni por la petulancia de alardeadores de poseer la verdad. Y, como más importante, es necesario que las protestas sociales, los descontentos, encuentren sus vías de canalización y análisis distintos de la calle.
Hay hueco para nuevos partidos de centro-izquierda. No se puede convertir la calle en lugar de expresión sistemático de la contrariedad. La protesta por lo que está mal, como canalizacón del descontento -y hay mucho que debe ser cambiado-, cuando no encuentra vías ordenadas de resolución, no conduce más que a propiciar más desorden, más inquietud, peor justicia.
El parlamento debe recuperar, por la cuenta que nos tiene, su lugar como centro del debate político. Y las instituciones, han de cumplir el papel para el que fueron concebidas. No me parece que la judicatura deba asumir la función de recuperar la respetabilidad democrática. No le corresponde. Tampoco creo que la calle sea el foro adecuado para intercambio de opiniones, ni que se pueda dirigir un país con lemas ni soflamas, ni que la policía deba cumplir ningún papel como medio para sofocar la voz del que discrepa.
Recuperemos el respeto hacia los que tienen razones, abriéndoles los caminos para que las expresen serenamente.

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