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La vida humana como instrumento

11 marzo, 2016 By amarias 1 comentario

Cada 11 de marzo, desde 2004, quienes vivíamos entonces en Madrid, debemos confrontarnos con la memoria de un suceso que llenó nuestro día de angustia, dolor, incertidumbre, estupor y lágrimas. Fue un día diferente, porque la ciudad fue elegida como mensajera del terror y sus habitantes, como víctimas forzosas de una inmolación indiscriminada. Murieron 191 compañeros, fueron heridos físicamente otros 1.857; tal vez, incluso más.

Una conspiración de varios desgraciados eligió esta ciudad para lanzar un mensaje mortal, pero no por ello menos calificable de irracional y estúpido, aquel jueves que había amanecido con vocación de ser igual que cualquier otro, asesinando a algunos de los nuestros . Cuantos más, mejor. Escribo «de los nuestros», y elijo sin dudar las palabras: porque los que se convertirían en asesinos venían del otro lado, del lugar de aquellos que, en su enajenación antinatura, creen que la vida humana puede ser instrumento para cualquier objetivo.

Me duele volver a repasar aquel día, reviviendo mis propias angustias; localizar dónde estaban mis hijos, llamar a los amigos que sabía que se desplazaban en tren a su trabajo cada mañana temprana, penetrar en la selva del desconcierto instantáneo para saber qué habría pasado con los que residían en el Pozo del tío Raimundo y en la Colmena de Santa Eugenia, reavivar la solidaridad desde los escombros de la sensibilidad acuchillada en otras barriadas también golpeadas.

Recibiendo cada poco la comunicación atropellada, intuitiva, inocentemente falaz, de algunos confidentes de la izquierda plural, convencidos sin reservas de que ETA estaba detrás del atentado y, en consecuencia de aquella lógica precipitada, las elecciones que se habían supuesto ganadas, y que estaban programadas para el siguiente domingo, 14, sin margen de campaña, estaban perdidas.

A medida de que se iban separando los muertos de los heridos, aparecían más datos, teléfonos y mochilas, se empañaron las conjeturas con otras hipótesis, afloraron otras verdades, se deshicieron sospechas a la luz de nuevas evidencias. Los supervivientes nos tornamos mayoritariamente indignados cuando se fue conociendo que el Gobierno en funciones ocultaba que el ataque había sido provocado por fanáticos que habían esgrimido el nombre de su Dios en falso, y seguía atribuyéndolo a terroristas de la casa de locos que todavía seguía pareciendo a muchos un país del norte de nuestra sociología malparada.

Descansarán los muertos, porque no tienen otra función que les competa, pero no debería descansar ninguno de los vivos, mientras queden grupos que pretendan sostener que el ser humano es instrumento, y que, para amedrentar con viciosos objetivos, maten, hieran o lo pretendan. No importa que se inmolen ellos mismos, que inciten a otros a hacerlo, o que se oculten, desde lo profundo de su miseria mental, detrás de un artefacto que accionen a distancia.

Dañan nuestra condición humana, nos perjudican frente a la naturaleza de las cosas, hieren nuestra pretensión de ser racionales, solidarios, sensatos, fieles a un Dios que está por encima de cualquier concepto, y que nos ordena, en lo íntimo de nuestro ser, querer lo humano.

(Un Dios que no conoce de religiones, sectas ni creencias, ni le importan, porque ni siquiera le hace falta existir para saberse.)

—-

Nota: El once-eme es también fecha que nos recuerda un accidente que combinó las descomunales fuerzas de la naturaleza con la limitada capacidad humana para preverlo todo: Fukushima. Sucedió lejos de nosotros en la distancia física, pero nos afectó mucho, y quizá de forma aún más persistente. Sobre este suceso también tengo escrito; hubo más de 20.000 muertos, se contabilizaron centenares de miles de heridos, provocó casi medio millón de desplazados, no pocos para siempre.

Sirvió para poner en presente que dominar la Tierra tendrá siempre riesgos y la técnica, aunque los trate de reducir al mínimo, no acierta a controlarlos siempre, ni todos. Son demasiadas variables, entre las que hay que incluir, cualquier omisión, error, negligencia o fallo humanos, además de las demostraciones de fuerza del azar y los dioses de superior naturaleza.

Publicado en: Actualidad Etiquetado como: ETA, fallecidos, islamistas, once-eme, terrorismo

No es un Cuento de invierno: Minutos de reflexión

11 marzo, 2014 By amarias 1 comentario

Hace diez años, varias bombas controladas a distancia explotaron en cuatro trenes de cercanías de la capital de un país real, que tenía cierto parecido con el de Valgamediós, aunque la principal diferencia era que en aquel país no había mucho lugar para la fantasía.

El atentado terrorista que padeció Madrid cambió muchas cosas. Para algunos, de forma definitiva. Los artefactos explosivos mataron a 191 personas y causaron heridas físicas de diversa consideración a más de dos mil. Hubo también miles de heridos síquicos, quizá millones, porque a éstos sería imposible contarlos, ya que, como es natural, la mayoría no solicitaron tratamiento.

Cuando se propagó la información de que la capital de España había sido elegida por las fuerzas del mal para hacer una exhibición cruel de su minúsculo poder, hubo algunos que pensaron de inmediato que el atentado era obra de los terroristas que tenían instaladas sus tiendas junto a las nuestras, los «asesinos de casa», por así decirlo. ETA, de la que se creía conocerlo todo.

Era el momento de estar más unidos que nunca contra ese enemigo interior que había hecho de la extorsión y el miedo su forma de vida.

No era fácil imaginar, desde la sorpresa inicial, que los atentados tenían como autores a un grupo de fanáticos religiosos que reinterpretaban, manchándolas de sus odios, las voluntades por las que Dios había sido creado, y que querían, por encima de todas las cosas, hacer daño, cuanto más daño, mejor, sin importar a quién. Los yihadistas, de los que se sabía muy poco.

Estos asesinos con talantes medievales y artefactos de hacer daño modernos, no se estrellaron con un avión que ellos mismos conducían. No se inmolaron con sus víctimas. Pudieron disfrutar del momento de gozo de conocer que su operación había tenido el éxito que esperaban: la masacre de centenares de personas a las que no conocían de nada; generar la desesperación y el miedo de miles de desconocidos; abrir las especulaciones de millones de hombres y mujeres que se preguntaban para qué se había asesinado a tantos.

Se han guardado desde entonces, en los lugares más dispares, muchos minutos de reflexión. Como es sabido, en los minutos de reflexión, las gentes se ponen de pie, guardan silencio con la mente generalmente en blanco, y esperan que el tiempo, que parece en esos casos terriblemente lento, pase de una vez. Después, aplauden o gritan, aunque -convencidos a priori de que no pueden hacer nada más-, sencillamente, vuelven por donde solían.

La fecha del once de marzo de 2004, para muchos españoles y, en especial, para quienes han sufrido las consecuencias del atentado directamente, está marcada de rojo en el calendario de sus vidas.

También lo está, por razones muy diferentes, para quienes han instigado y participado o colaborado en el atentado.

Algunos de ellos -no podemos dudarlo- están muertos, o en la cárcel.

Pero, con seguridad, hay decenas, quizá centenares de seres diferentes -no podemos llamarlos semejantes-, para los que este día significa un momento de gozo, de triunfo. Me escalofría saber que, dos años después del atentado, un 16% de los musulmanes que vivían en España simpatizaban con la acción terrorista.

Puede que sean miles quienes, al escuchar que las víctimas y sus familiares y la inmensa mayoría de quienes están a su lado en el dolor y en la memoria, vuelven a vivir aquellos momentos, deseando que nunca hubieran existido, sientan por su parte la sensación de que han conseguido algo, de que han hecho bien.

Para los que aún puedan creer -dentro como fuera de España- que la actuación de tenía fundamento, no tengo más que una combinación de lástima y desprecio.

Que esos minutos de silencio caigan sobre ellos, sobre los asesinos y sus cómplices, sobre los que creen que matar está justificado para que las ideas, cualquiera que sean, se impongan sobre las razones. Que les aplasten las fuerzas de la sensatez.

Y que esta maldición, surgida del respeto al hombre y no del odio, nos libere, a los pacíficos, a los que siempre estaremos junto a las víctimas, de la desgracia de tener que convivir con los criminales, con los asesinos, con sus cómplices, con sus encubridores, con los que nos siguen mintiendo sobre los móviles para superponer sobre las verdades, sus deseos y fantasías.

FIN

 

Publicado en: España Etiquetado como: atentado, conmemoración, islámico, Madrid, once-eme, terrorismo, víctimas

Huecos que llenar

20 mayo, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Resulta preocupante la tendencia hacia los extremos que se ha instalado, como postura, en nuestra sociedad. Como ciudadano que valora, como elemento sustancial del progreso colectivo, la moderación en los planteamientos, desde el posibilismo, creo grave que los dos partidos mayoritarios hayan perdido credibilidad, arraigo social y, todavía peor, aparezcan encharcados en una pobreza intelectual sin precedentes.

No expreso nada que no sea conocido. Las posiciciones de los representantes del Gobierno exudan una suficiencia que solo cabe interpretar como desprecio hacia cualquiera que opine lo contrario, cerrando vías de diálogo y negando explicaciones a lo que precisaría, por el contrario, muchas. Los descubrimientos de que la corrupción y el enriquecimiento ilícito han sido móviles de muchos dirigentes, no ayuda, en absoluto, a la credibilidad.

Tampoco los socialistas deben sentirse orgullosos de haber conducido el país a un sistema de prestaciones públicas insostenible, apoyado inversiones en infraestructuras estériles y, sumidos en el mismo cáncer que corrompe amplias zonas de la representatividad del sistema, no pueden alardear de haber cumplido con honestidad -ya que no con inteligencia- sus responsabilidades de gobierno, cuando las tuvieron.

Es imprescindible recuperar una normalidad democrática, en la que se debe combinar la autocrítica, y la renovación masiva de rostros que no estén ni manchados por las sospechas de corrupción ni por la petulancia de alardeadores de poseer la verdad. Y, como más importante, es necesario que las protestas sociales, los descontentos, encuentren sus vías de canalización y análisis distintos de la calle.

Hay hueco para nuevos partidos de centro-izquierda. No se puede convertir la calle en lugar de expresión sistemático de la contrariedad. La protesta por lo que está mal, como canalizacón del descontento -y hay mucho que debe ser cambiado-, cuando no encuentra vías ordenadas de resolución, no conduce más que a propiciar más desorden, más inquietud, peor justicia.

El parlamento debe recuperar, por la cuenta que nos tiene, su lugar como centro del debate político. Y las instituciones, han de cumplir el papel para el que fueron concebidas. No me parece que la judicatura deba asumir la función de recuperar la respetabilidad democrática. No le corresponde. Tampoco creo que la calle sea el foro adecuado para intercambio de opiniones, ni que se pueda dirigir un país con lemas ni soflamas, ni que la policía deba cumplir ningún papel como medio para sofocar la voz del que discrepa.

Recuperemos el respeto hacia los que tienen razones, abriéndoles los caminos para que las expresen serenamente.

Publicado en: Política Etiquetado como: autocrítica, centro-izquierda, corrupciión, honestidad, inteligencia, once-eme, Partido Poplar, partido socialista, partidos, protesta, renovación, social

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