En el tablero mundial, el gobierno chino ha movido ficha. Hace apenas unos años, se consideraba a China como un país con gran capacidad de crecimiento, pero dormido. Se resaltaban sus grandes disparidades internas, su déficit de infraestructuras, su oscurantismo; después de los Mundiales de Atletismo de 2015 en Beiging, el mundo quizá entendió mejor, por fin, que el gigante tenía una fortaleza potencial que no estaba utilizando.
Con un Indice de Desarrollo Humano que la situaba en el lugar 80 del mundo y una huella ecológica de 1,6 Ha/persona, China se sitúa por debajo de la media en todas las valoraciones, oculto en la masa del pelotón. Sus 13.000 dólares/año de renta per cápita y su indice de progreso social de 47 sobre los 60-65 de Estados Unidos, Canadá, Suecia y algunos otros países europeos, parecían aventurar que aún le quedaba mucho tiempo de maduración.
Cabe plantearse ahora si las cifras son correctas, si la información occidental disponible es fiel. Incluso si las variaciones casi sicopáticas de las agencias de calificación de riesgos no padecen del síndrome del peligro amarillo, aún anclados en el fervor a la recuperación japonesa después de la segunda guerra mundial.
No se me malinterprete, sin embargo. Este trabajo no concluye con un arrebato de devoción hacia China y su política, sino con una seria llamada de atención. El modelo de desarrollo chino no reproduce, a sabiendas, el esquema de desarrollo simplista seguido hasta aquí por los países más avanzados, y es imprescindible analizar los fundamentos de la propuesta y recoger ese guante, dándole réplica o prestándole apoyo.
El mundo occidental, capitaneado por Estados Unidos, desde los atentados de las Torres Gemelas (11 de septiembre de 2001) se encuentra desorientado en su estrategia internacional. Los gobiernos norteamericanos -y se han sucedido republicanos y demócratas- han experimentado una involución en sus prioridades: han puesto en primer lugar del panel la quimera, convertida en obsesión general, de alcanzar total seguridad interna -en un país en donde prácticamente toda la población tiene armas, – y, en segundo lugar, vinculado a ese propósito, lograr una mayor autonomía en los sectores reputados clave; energía, tecnología, financiación, con paralela restricción de las posiciones de riesgo internacional.
La estrategia estadounidense ha derivado en perjuicio de los países del llamado Tercer Mundo, cuyos recursos han sido explotados durante décadas. Si el papel que había asumido Estados Unidos era el de líder del mundo libre, y garante de la paz y la seguridad global, esta posición se ha visto comprometida, fundamentalmente, por la pérdida de credibilidad interior sobre las ventajas para la ciudadanía norteamericana de soportar un coste económico y político tan alto.
El Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (Trans-Pacific Partnership, TPP), firmado tras un largo período de negociación entre varios países de la Cuenca del Pacífico, no es otra cosa que un tratado comercial. Estados Unidos lo considera complementario a la Asociación Transatlántica para el Comercio y la Inversión (TTIP), que no ha funcionado conforme a lo previsto, según opinión mayoritaria. En todo caso, se trata de acuerdos entre comerciantes, al estilo de los inicios del Mercado Común Europeo, que -no será preciso apuntarlo- ha derivado en una Unión Europea en grave crisis identitaria.
El mayor error de ese Acuerdo TPP es tratar de aislar a China que no figura como miembro del mismo, en tanto sí lo han suscrito Japón y otros países de la Cuenca con los que el nuevo coloso mundial tiene conflictos pendientes. Beijing ha enfatizado que con su estrategia solo pretende el despliegue de un «poder blando», con la generación de Zonas Económicas Especiales incluso en zonas sensibles al terrorismo. La estrategia china aparece así como respuesta (rápida) a las presiones económicas de Estados Unidos en el Pacífico. Como ha puesto de manifiesto E. Lincot (Fundador de la Cátedra de estudios chinos contemporáneos, CECC), » las rutas de la seda» -los nuevos ejes de la estrategia china- representan la confrontación entre dos visiones del comercio internacional.
Por un lado, el modelo neoliberal del Fondo Monetario Internacional y el esquema ideológico de fondo tan querido por los gobiernos estadounidenses, que se apoya en la libre competencia, el control financiero y las normas del derecho internacional (y, si no las hay, las norteamericanas). Por otro lado, los chinos presentan un fuerte intervencionismo desde el Estado que, en términos de diplomacia internacional, pretende la no injerencia, pero busca la colaboración, y también el compromiso con las causas de los países tercermundistas.
La intromisión de un terrorismo islámico, con actuaciones indiscriminadas que, cuando se han ejercido contra ciudadanos occidentales han provocado reacciones desaforadas por parte de los gobiernos directamente afectados, arriesga convertir las acciones contra el terrorismo en una guerra de civilizaciones, aumentando la sensación de conflicto global. Es imprescindible que los gobiernos no dejen que la ignorancia de la población propenda a la confusión entre terrorismo islámico y religión musulmana. Una forma importante de centrar el problema en sus justos términos es la alianza, desde la solidaridad y el apoyo económico espléndido, con los países en los que la religión musulmana es mayoritaria, y dar importancia justa a los atentados, mucho más numerosos y aún más cruentos, que sufren en sus localidades.
Hay mucha tarea por delante, para conseguir plasmar una estrategia civilizada occidental. Exige la superación de barreras étnicas, no solo económicas y culturales. Será necesario no solamente expresar con bonitas palabras la explotación que algunos de esos pueblos, y sus recursos, han sufrido históricamente, sino arbitrar compensaciones que habrán de venir por la vía de nuevas rutas para el desarrollo. La Unión Europea no puede asumir el liderazgo de una tarea tan compleja, en su actual situación de penuria ideológica y económica;ni siquiera planteárselo con solvencia y credibilidad.
Más delicado resulta la sensación de que Estados Unidos, como si se trata de un juego posicional, prefiere iniciar una estrategia propia -menos ambiciosa que la china, más predecible en sus intenciones-, en lugar de ir -con más o menos ímpetu y claridad, eso ya será cuestión de diplomacia- al encuentro de lo propuesto por el gobierno de Xi Jinping.
Pero en este territorio o se es herbívoro o carnívoro. Y ya está bien de devorarse unos a otros, debemos cambiar la dieta.
Domingo de Pascua de Resurrección, 27 de marzo de 2016.
