¿Una estrategia para civilizados? ¿Sería posible, contra la Historia documentada, plantear una estrategia de cooperación y no de enfrentamiento que abarque, sin excepción, a los habitantes de todos los países de la Tierra? ¿Tiene sentido una fórmula de colaboración e interacción que permita avanzar a los que están más rezagados, ayudándolos en cuanto necesiten, y que, al mismo tiempo, suponga, por la población de los desarrollados, la asunción consciente, sacrificada y responsable, de que la senda del crecimiento sin límites está agotada para ellos?
Sinceramente, lo veo muy difícil, pero no imposible. Es más, no solamente lo veo posible, sino que lo considero imprescindible.
Hay una razón que es, para mí, superior a cualquier otra. No la formulo como muestra de petulancia, sino de sinceridad. Después de haber disfrutado la mayor parte de mi vida, consciente de mis limitaciones y de mis escasos logros personales, estoy orgulloso, como parte de la especie humana, de lo conseguido hasta ahora. Pero el camino no está, ni mucho menos terminado. Al contrario, queda la por recorrer la parte más difícil -y apasionante- la que llevaría a desvelar, es de suponer, misterios esenciales.
Para que la Humanidad pueda alcanzar el tope de su capacidad de acumular conocimiento, debería hacerlo de forma coordinada y conjunta. Saber más no puede ser un objetivo abstracto, ni dirigido simplemente hacia el logro de un mayor disfrute de unos pocos. Creer que existimos para conseguir el máximo placer es reducir a una estrategia salvaje nuestra esencia individual y colectiva.
La inteligencia del hombre, utilizada en toda la extensión que le permita satisfacer, hasta donde le sea posible su curiosidad, su ansia de saber, le imposibilita renunciar a un fin último, que, para algunos, entre los que me cuento, es intrínseco a nuestra naturaleza: poder responder con certeza a solo dos preguntas: ¿Somos? Y si somos, ¿Para qué somos?.
Puede que algunos crean que la evolución del homo sapiens está llegando a un momento en que se producirá una mutación genética, y se escindirá la especie, dando nacimiento a un supersapiens, con capacidad incluso de sojuzgar a los que en la actualidad llamamos humanos. Quienes así puedan pensar, obviamente, se entenderán ellos mismos situados en la parte superior del conocimiento, en la cúspide del árbol genético portador de los principios activos, combinación de alelos imprescindibles para producir ese ADN selectivo del que surgirán Mesías o Espartacos.
No será ese el camino. Antes de que tal suceso tenga la menor viabilidad evolutiva -¿dentro de unas decenas de miles de años?- la Humanidad habrá provocado su extinción, pues una característica actual de nuestra especie es la capacidad de fabricar armas de destrucción total que han desarrollado ya muchos países.
Ese potencial nuclear será utilizado algún día -dentro del corto plazo que vengo considerando-, si no cambia la estrategia. Porque aquello que se ha generado para la eventualidad de llegar a emplearlo, se acabará usando. Es la Ley de Murphy en su grado superior, identificable con el principio de que surgió un admirable aforismo: Si vis pacem, para belum. Porque la tendrás; la paz, no: la guerra. Ármate, pues, y te llegará la ocasión, tarde o temprano, de emplear las armas de las que te has abastecido con la excusa de defenderte.
Desde luego, la Historia de la Humanidad, revela una implacable sucesión de acontecimientos en los que unas poblaciones han sojuzgado y esquilmado a otras con o sin argumentos religiosos y deontológicos, con regularidad. Unos han venido por el este, otras por el norte y el sur, alguna vez por el oeste.
Existen incluso guerras suficientes en el panorama actual para ratificar que la técnica de destruir antes que buscar la cooperación, sigue teniendo seguidores entusiastas. Se ejerce, especialmente, con los más débiles. La razón subyacente es siempre la misma: sacar rendimiento de la posición de superioridad. Su empleo permite derrocar a tirano que fue útil, cuando ha dejado de ser interesante o no colabora; pactar con el gobierno corrupto la extracción de recursos de una zona, sin atender a la situación de la población local; etc.
Aunque creo que la tecnología habrá de subordinarse siempre a la filosofía (o, mejor, a esa curiosidad cosmogónica que considero irrenunciable, y que da sentido a la vida, especialmente, a la de la especie), vivimos en un momento de eclosión tecnológica. Los hombres -algunos grupos, algunos hombres-, si bien dispersos, tienen un control muy superior al que se tenía hasta hace muy pocas décadas sobre los procesos, y saben cómo provocar reacciones y transformaciones muy potentes sobre la materia.
La transferencia de esa tecnología no precisa, en muchos casos, transporte físico: lo pueden llevar esos individuos en sus cerebros, en su experiencia, y, por tanto, puede ubicarse en cualquier sitio. Esa capacidad para aprovechar mejor los recursos, fabricar lo necesario o útil de forma más económica, en menos tiempo, etc. es el factor de producción más buscado. El factor trabajo (no especializado) ocupa un plano muy inferior. Incluso la disponibilidad de capital ha mostrado su maleabilidad, pues el gran capital está dispuesto a invertir en proyectos al margen de intereses nacionales o zonales.
Para que la evolución tenga sentido, el mundo debe estar en paz. (1). Por ello, la fuerza inmanente a esta revolución tecnológica tendría un desenlace miserable si no estuviera vinculada intrínsecamente a la ética. A diferencia de las anteriores «transiciones tecnológicas», ésta tiene características autodestructivas: no tiene fronteras, no está ligada a ningún grupo concreto, la sociedad de la información la sitúa bajo el prisma de la transparencia, crece exponencialmente, y genera tensiones en la redistribución de empleo y riqueza jamás conocidas con anterioridad.
Conseguir que la ética sea el factor de producción relevante de la estrategia civilizada debería ser función exclusivo y excluyente en el que habría de asentarse la cooperación internacional. Sería la única base posible, sobre la que erigir una estrategia civilizada común para la especie humana. La sociedad global conduce a ese planteamiento: o se fundamenta el desarrollo futuro sobre la ética, o no será.
Me interesa especialmente, en este sentido, el estudio de los movimientos internacionales que se están desarrollando desde Estados Unidos y desde China, y, en particular, el segundo, porque incorpora un elemento aconfesional y descansa (al menos, teóricamente) sobre una economía dirigida desde el Estado. Su contrapunto con la filosofía occidental, con base cristiana y de economía liberal de mercado, es manifiesta.
Afortunadamente, aconfesionalidad y cristianismo, convergen, hoy, en los valores de la ética universal. Puede que sea por poco tiempo, y debido a la globalización, al peso de la sociedad de información, y a que ningún dirigente le gustaría ser descubierto como un corrupto, un genocida, o un ladrón (lo disimularían, en todo caso, con ardor).
El Gobierno chino ha puesto en marcha una iniciativa que se puede identificar, en su esencia, y sin problema, como una estrategia civilizada. Se trata de una estrategia humana, esto es, elaborada, consistente, por exclusión de lo improvisado, natural o salvaje. Es la única con sentido global que haya sido formulada jamás. Puede desconfiarse de la pureza de su intención, criticarse su formulación grandilocuente, tal vez. Pero no tenemos otra, al menos, aún; y es urgente que se plantee por parte del otro bloque de potencias, y sería deseable que, en lugar de aparecer como antagónico, sea complementario del mismo.
Porque la propuesta china es un plan muy interesante. No es solamente un zhongguo meng, -un sueño chino-, sino una yi dai yi lu, -una franja, una ruta- desde China, a través de Asia Central, hacia Europa.
El origen de ese movimiento, surge de que el gobierno chino considera superado con éxito notable la fase de país en desarrollo que necesita recursos externos para crecer. En lugar de seguir buscando la inversión extranjera, su necesidad prioritaria, en el terreno financiero internacional, ha pasado a ser la contraria: dar salida rentable, a los 3,5 billones de dólares que ha conseguido en los años eficaces de exportación a precios extraordinariamente competitivos, gracias a una mano de obra eficiente, y a costes de producción muy bajos.
La colaboración con las empresas extranjeras ha respondido, en las últimas décadas, a un esquema: mayoría de capital chino en el capital social, préstamos internacionales, y permisividad total a la hora de implementar máquinas y tecnología extranjera para, con trabajadores locales -mejor pagados que la media, satisfechos por tanto-, cumplir los estándares de calidad impuestos por los países a los que estaban destinadas las mercancías.
En las migraciones estacionales salvajes de cebras y ñúes, en busca de pastos, los cocodrilos acechan, apostados en los pasos obligados para la manada. Amparados en su alto número, la mayoría de los cuadrúpedos sobreviven, dejando el tributo de los más intrépidos o los más torpes en las fauces de los saurios. Hay confluencia de dos estrategias, en la que no solo los cocodrilos, también los supervivientes trashumantes pueden considerarse ganadores.
En la estrategia china, lo que se desplazan son mercancías y financiación. No faltan peligros para la travesía (las zonas de Asia Central, el terrorismo, la pérdida de rentabilidad), pero el peligro mayor es que la ruta no tenga retorno, sea un camino de solo ida. La apuesta china necesita obtener una respuesta desde el otro lado.
(continuará)
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(1) Muchas tribus africanas llaman Ubuntu a los principios abstractos que incluyen la verdad, la aceptación de la responsabilidad, la justicia, la reconciliación y la reparación. Ubuntu constituye la esencia del ser humano. Una persona solo sería persona a través de otro que captase su humanidad, y se vinculara a ella. La solidaridad individual sería, por tanto, una contradicción en términos. La búsqueda de bien común sería un objetivo irrenunciable, porque la propia humanidad adquiere realidad solo por su pertenencia a la comunidad.
