Cada 11 de marzo, desde 2004, quienes vivíamos entonces en Madrid, debemos confrontarnos con la memoria de un suceso que llenó nuestro día de angustia, dolor, incertidumbre, estupor y lágrimas. Fue un día diferente, porque la ciudad fue elegida como mensajera del terror y sus habitantes, como víctimas forzosas de una inmolación indiscriminada. Murieron 191 compañeros, fueron heridos físicamente otros 1.857; tal vez, incluso más.
Una conspiración de varios desgraciados eligió esta ciudad para lanzar un mensaje mortal, pero no por ello menos calificable de irracional y estúpido, aquel jueves que había amanecido con vocación de ser igual que cualquier otro, asesinando a algunos de los nuestros . Cuantos más, mejor. Escribo «de los nuestros», y elijo sin dudar las palabras: porque los que se convertirían en asesinos venían del otro lado, del lugar de aquellos que, en su enajenación antinatura, creen que la vida humana puede ser instrumento para cualquier objetivo.
Me duele volver a repasar aquel día, reviviendo mis propias angustias; localizar dónde estaban mis hijos, llamar a los amigos que sabía que se desplazaban en tren a su trabajo cada mañana temprana, penetrar en la selva del desconcierto instantáneo para saber qué habría pasado con los que residían en el Pozo del tío Raimundo y en la Colmena de Santa Eugenia, reavivar la solidaridad desde los escombros de la sensibilidad acuchillada en otras barriadas también golpeadas.
Recibiendo cada poco la comunicación atropellada, intuitiva, inocentemente falaz, de algunos confidentes de la izquierda plural, convencidos sin reservas de que ETA estaba detrás del atentado y, en consecuencia de aquella lógica precipitada, las elecciones que se habían supuesto ganadas, y que estaban programadas para el siguiente domingo, 14, sin margen de campaña, estaban perdidas.
A medida de que se iban separando los muertos de los heridos, aparecían más datos, teléfonos y mochilas, se empañaron las conjeturas con otras hipótesis, afloraron otras verdades, se deshicieron sospechas a la luz de nuevas evidencias. Los supervivientes nos tornamos mayoritariamente indignados cuando se fue conociendo que el Gobierno en funciones ocultaba que el ataque había sido provocado por fanáticos que habían esgrimido el nombre de su Dios en falso, y seguía atribuyéndolo a terroristas de la casa de locos que todavía seguía pareciendo a muchos un país del norte de nuestra sociología malparada.
Descansarán los muertos, porque no tienen otra función que les competa, pero no debería descansar ninguno de los vivos, mientras queden grupos que pretendan sostener que el ser humano es instrumento, y que, para amedrentar con viciosos objetivos, maten, hieran o lo pretendan. No importa que se inmolen ellos mismos, que inciten a otros a hacerlo, o que se oculten, desde lo profundo de su miseria mental, detrás de un artefacto que accionen a distancia.
Dañan nuestra condición humana, nos perjudican frente a la naturaleza de las cosas, hieren nuestra pretensión de ser racionales, solidarios, sensatos, fieles a un Dios que está por encima de cualquier concepto, y que nos ordena, en lo íntimo de nuestro ser, querer lo humano.
(Un Dios que no conoce de religiones, sectas ni creencias, ni le importan, porque ni siquiera le hace falta existir para saberse.)
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Nota: El once-eme es también fecha que nos recuerda un accidente que combinó las descomunales fuerzas de la naturaleza con la limitada capacidad humana para preverlo todo: Fukushima. Sucedió lejos de nosotros en la distancia física, pero nos afectó mucho, y quizá de forma aún más persistente. Sobre este suceso también tengo escrito; hubo más de 20.000 muertos, se contabilizaron centenares de miles de heridos, provocó casi medio millón de desplazados, no pocos para siempre.
Sirvió para poner en presente que dominar la Tierra tendrá siempre riesgos y la técnica, aunque los trate de reducir al mínimo, no acierta a controlarlos siempre, ni todos. Son demasiadas variables, entre las que hay que incluir, cualquier omisión, error, negligencia o fallo humanos, además de las demostraciones de fuerza del azar y los dioses de superior naturaleza.
