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Archivo de 23 marzo, 2016

Estrategias salvajes (10): La extraña fidelidad a los humanos de los Gasterópodos terrestres

23 marzo, 2016 By amarias Deja un comentario

Puede que si esta estrategia salvaje es leída por un experto en gasterópodos la encuentre algo traída por los pelos. Sin embargo, después de una discreta labor de investigación utilizando los medios a mi alcance, la defiendo como la más verdadera de todas las estrategias animales y, lo que es más importante, a los efectos de lo que me tengo propuesto con esta publicación, su aplicación al mundo empresarial tiene potencia.

La extraña fidelidad a los humanos de los Gasterópodos terrestres

Cuando me enteré hace un par de años de que en la excavación del yacimiento gravetiense -hace 25.000 años- de Cova de la Barriada (Alicante, cerca de Benidorm), se habían encontrado acumulaciones importantes de Iberus alonensis (un caracol propio de terrenos muy áridos),  en número y disposición que sugerían la aportación humana, me empecé a interesar por conocer más detalles de la superposición de los hábitats de los seres humanos y los caracoles terrestres. (1)

En Cova de la Barriada, los investigadores apuntaban que, por los vestigios encontrados, se había llevado a cabo la recolección de individuos de la especie, en su mayoría adultos, y que se habían tostado en algo parecido a un pozo de cocción, con pino y enebro.

Aunque se que no a todo el mundo le gustan los caracoles como alimento y hasta le pueden repugnar a alguien, por su aspecto baboso y el tipo de hábitat en donde normalmente los vemos,  valga como elemental justificación a mi curiosidad, que a mí siempre me atrajeron: tanto en el campo -es un espectáculo verlos aparecer por miríadas después de una descarga de tormenta en primavera- como en la cocina.

De niño, incluso, hacía competiciones con ellos, y ya entonces aprendí a distinguir algunos tipos. No todos, claro, ni mucho menos : el caracol degollado (Rumina decollata), el pequeño Xerosecta (Xerosecta sespitum), el moteado, el lobo (Euglandina rosea), el blanquillo, el turco. Hay quizá más de 1.000 especies en el mundo. Solo en Asturias se han detectado unas 120 especies de caracoles.

La más interesante de ellas y una de las primeras en que fijé mi atención, es  la Cepaea nemoralis, un caracol muy hermoso. Adopta colores muy variados, con bandas oscuras remarcando las circunvoluciones de la concha, y tiene una forma más esbelta y aplanada que la especie más común, el Helix pomatia o caracol de Borgoña, cuya morfología se estudia (o se estudiaba) en los libros de Ciencias Naturales de aquel Bachillerato (¡ay!).

Después de una lluvia repentina, preferiblemente en abril y mayo, los aficionados los recogen en abundancia, aunque suelen despreciar los que tienen conchas de colores, quizá imaginando que son venenosos. En los mercados, no es ahora raro ver en oferta sacos de caracoles «cultivados», a precios muy asequibles.

El Cepae nemoralis es buen comestible y, para mi gusto, es más sabroso (aunque el guiso sabe, sobre todo, a ajo, perejil y picante). En las tierras de Aragón, que saben de eso, es especialmente apreciado.

Así que, cuando, leyendo informaciones sobre descubrimientos arqueológicos en asentamientos humanos, encontré varios artículos que confirmaban que se habían descubierto, en yacimientos españoles y europeos datados en el Paleolítico Inferior (período Achelliense, es decir, hace unos 600.000 años), acumulaciones de conchas de Cepaea nemoralis, con señales inconfundibles de haber sido cocidas para devorar su interior, no tuve dudas: los caracoles y, en concreto, mi gasterópodo terrestre  más querido, había estado al lado de nuestra especie, prácticamente desde el origen.

Recomponiendo todas las evidencias que se estaban acumulando, me imaginé que, desde los primeros asentamientos de nuestros antepasados, a poco de abandonar su vida nómada y convertirse en pecarios cultivadores de granos y vegetales, después de tener dominados el fuego y con los primeros resultados del tallado a golpes de la piedra contra la piedra, los Cepaea se habían incorporado sistemáticamente a la dieta de los neandertalenses y otros respetables homínidos, en una comunión recíproca nunca interrumpida desde entonces.

Los Cepaea, como supongo que otros caracoles terrestres con concha, formaron parte de las delicadezas gastronómicas de nuestros antepasados y lo siguen siendo hoy. Y, a riesgo de que a algún espíritu remilgado le repugne la imagen, los caracoles terrestres les degustaban a ellos, cuando fallecían (y no eran incinerados en una actuación contra natura). El ciclo se completaba de manera sublime, en una reciprocidad propia de novela de amor pantagruélica.

El lector atento no necesitará que le advierta que no me estoy refiriendo a todos los gasterópodos, sino solo a los terrestres y, de entre ellos, a los de huerta (que es como decir, de cementerio) y, de entre ellos, a los cepaea. Su gran distribución no tiene que ver con la cercanía al mar de sus colonias, por lo que se encuentran presentes en los espacios interiores habitados por el hombre más diversos. No me interesa saber o imaginar que nuestros antepasados comieran también otros gasterópodos que no tienen concha, cuando, además, ya que las partes blandas desaparecen, no nos sería posible encontrar la evidencia de su degustación por el hombre primitivo en ningún resto fósil.

Nadie duda que los moluscos marinos fueron dieta habitual de los antepasados que deambulaban por la costa, refugiándose en las oquedades kársticas. La hipótesis, es tan obvia que no necesita ser probada. Los mejillones, las liebres de mar, las caracolas o los bígaros serían fáciles de encontrar por esos hábitats, y, además, no necesitaban ni necesitan ser cocidos para degustar su excelente sabor: no hacía falta esperar a dominar el fuego ni al tallado de piedra.

Pero los Cepaea nemoralis se desarrollan, sobre todo, alcanzando carácter de plaga apetitosa, en los cercados, en los huertos controlados por humanos, en los cementerios. Y no nos han abandonado jamás, ni  nosotros a ellos. Puedo ver a las mujeres recolectoras limpiando las coles, los semilleros, las gramíneas de sus cultivos de estos gasterópodos, retirando de las plantas y hortalizas los  caracoles de colores, vigilando los bordes de los enterramientos, territorios sagrados y misteriosos en donde se concentraban los cepaea y los helix. Luego, con la cosecha proteica, machacando las cochas contra la piedra y degustando el interior como complemento a la dieta, cada vez más amplia, de los que habían sido hasta entonces cazadores de riesgo y recolectores de paso.

Por cierto, para quien quiera saber algún detalle curiosos, el cepae nemoralis es llamado por aquí comúnmente el caracol moro. Resulta especialmente resistente, en comparación a sus congéneres, a pesar de su aspecto más sofisticado.

Su pigmentación de colores no los defiende precisamente de sus depredadores, entre ellos los tordos, los erizos, las culebras. Incluso tienen un enemigo peculiar, un parásito del género Leucochloridiun, que los usan como huéspedes intermedios, que se instalan en sus tentáculos, y que atraen con sus destellos particularmente a los túrdidos, que se los comen encantados, rompiendo sus conchas a picotazos contra piedras planas (el observador puede distinguir esos «yunques de tordo» por los restos de conchas). Los tremátodos terminan su ciclo vital en estas aves, a las que infestan.

Estoy convencido que la asociación entre cepae nemoralis y homo sapiens ha sido ventajosa para ambos, incluso antes de que fueran tenidos los primeros como especiales delicatessen gastronómica por los segundos, agudizadas sus papilas gustativas por el ajo y la pimienta . Los huertos y los campos cultivados, las tapias de los cementerios, los ortigales, matujos, parterres y bardiales, en donde viven sus vidas hermafroditas y extremadamente fértiles los caracoles terrestres, han sido lugares creados tanto por la razón como, a veces, por la negligencia del hombre, en donde florecieron. Es lamentable que ahora, por el empleo de los productos contra babosas y caracoles, sus poblaciones retroceden, envenenadas.

Ignoro si esta colaboración natural entre hombres y caracoles terrestres estará llegando a su fin. Ojalá no, y las dos especies sigan su camino de misteriosa interdependencia. No quiero especular tampoco sobre el efecto de la desaparición de esa especie que nos ha acompañado tanto tiempo, que forma parte de nuestro ciclo vital como nosotros del suyo. ¿Qué podrá sustituirla? ¿Comerán nuestros descendientes tijeretas, miriápodos, hormigas?

Si desaparecen quizá será parecido a lo que sentimos cuando vamos a la peluquería de costumbre, o a comprar el periódico al quiosco habitual, o al bar donde tomamos el aperitivo, y nos damos cuenta de que la persona que nos atendía no está allí. Sabíamos apenas su nombre, recordamos mal los detalles de su fisionomía, no hemos intercambiado con ella más de un par de palabras en cada ocasión, desconocemos hasta lo más básico de su vida, pero resulta que, ahora, cuando se fue, la echamos de menos.

Nos da pereza explicar a este desconocido que ocupa su sitio, llegado de no sabemos dónde, cómo ha de ser el corte de pelo, cómo queremos el café, nuestros colores preferidos, cuál es nuestro diario habitual,…ése que nos reservaba el ausente incluso cuando nos ausentábamos unos días.

¿Lo habrán despedido? ¿Estará cobrando el paro en su casa, se habrá prejubilado, se habrá apuntado a un curso de operador telemático? Las estadísticas solo reflejan números, sin nombres, sin precisar intenciones, sin análisis personalizados.

Me ha costado últimamente encontrar en Asturias ejemplares de cepaea nemoralis. En los fríos cementerios de población grande, aunque aumenta exponencialmente el número de las tumbas abandonadas, no hay apenas caracoles en los muros; se habrán ido, supongo. Es preciso ir a los cementerios de pueblo, esos con las tierras húmedas, los muros cubiertos de hiedra, con los cántaros de flores que fueron frescas ahora pudriéndose sobre las lápidas. No tengo porqué alarmarme, supongo. Los caracoles seguirán con nosotros en libertad, a pesar de que nos comamos ahora los cultivados. Quizá en las ciudades, ahora que llueve menos, los caracoles se aletarguen en lugares más escondidos, en suelos más profundos.

—-

(1) Quizá haya que anotar que la costa, en esa época, estaba bastante lejos, a varias decenas de kilómetros.

Publicado en: Actualidad Etiquetado como: caracol, caracol moro, caracoles, cepaea nemoralis, estrategias salvajes, gasterópodos

Estrategias salvajes (9): Las consecuencias de exterminar a los gorriones

23 marzo, 2016 By amarias Deja un comentario

En alguna parte leí que se han catalogado más de 2 millones de especies animales, y ese número se cree que es una parte menor (menos del 3%) de las que puede haber en la Tierra. Las que han sido domesticadas por el hombre o le proporcionan servicios tenidos por directamente útiles para esta especie depredadora máxima son, relativamente, insignificantes.

El desconocimiento de cómo se desarrollan las cosas a nuestro alrededor, al menos, con detalle, no impide tener opinión acerca de algunas especies benefactoras que, desde su libertad de acción, nos ayudan a que nuestra vida sea mejor. Entre estos animales se encuentran, en selección representativa de otros muchos, los luciones (esculibiertos en mi patria chica), los sapos, los pececillos de plata (lepisma saccharina), las salamanquesas, las lombrices de tierra, y…por supuesto, los gorriones.

No siempre ha sido así. Ni siquiera hoy es unánimemente admitido que los gorriones, como otras aves, deben ser protegidas. De aquí que sea necesario hablar de algunas estrategias salvajes que han pretendido eliminarlos y contar su historia.

Las consecuencias de exterminar a los gorriones

El gorrión común (passer domesticus) es bien conocido por todos, ya que en nuestro país y en varios europeos es el ave más abundante, superando ampliamente a su inmediato seguidor, el pinzón vulgar (Fringuilla coelebs), que ocupa espacios más abiertos.

Los gorriones son omnívoros y en las ciudades, parecen omnipresentes. No es raro ver acercarse a unos cuantos a las terrazas al sol en donde tomamos el aperitivo, atentos a que les arrojemos unas migas de pan o unos trocitos de patata y, los más atrevidos, corretearán sobre la mesa picoteando cualquier desperdicio y hasta picoteando el pincho de tortilla.

Con varias expresiones, el lenguaje común revela tanto la devoción hacia algunas cualidades atribuidas a los gorriones, como algunos recelos. Su carácter oportunista las caracteriza como una de las aves más inteligentes, y algunos dichos populares reflejan que no pasan desapercibidas. Se puede ser «listo como un gorrión», «comer tan poco como un gorrión», y con la clarividencia de Perogrullo,  también se nos recuerda que «cada gorrión tiene su corazón» y «para matar un gorrión no hace falta un cañón».

Hay una historia respecto a los gorriones que recoge una estrategia nefasta, surgida del más profundo desconocimiento del papel que juegan en la naturaleza. Mao Ze Dong, en el año 1958, como parte del proyecto «Gran Salto Adelante», y para potenciar la agricultura, puso en marcha la campaña de las «Cuatro Plagas». Se proponía eliminar completamente cuatro especies, consideradas extremadamente dañinas: ratones, moscas, mosquitos y gorriones.

En defensa de la orden de exterminar al gorrión, el programa utilizó el argumento de que cada ave venía a comer unos 4,5 kg de grano anualmente, por lo que, con lo que se tragaban 1 millón de gorriones, se podría alimentar a 60.000 personas (calculaba 75 kg de grano por persona y año: ¡solo 200 gramos diarios!…en tanto que la proporción del grano que se imputaba a la voracidad de los pájaros duplicaba prácticamente la realidad).

La población china se empeñó con diligencia al exterminio, destruyendo nidos y ahuyentando a los pájaros adultos, impidiendo que procreasen. El aforismo que guiaba a Mao era impecable: «Ren Ding Sheng Tian» (La determinación del hombre vencerá sobre la naturaleza). Hasta en Corea del Norte, el presidente Kim II-Sung se sintió también motivado para aniquilar en su territorio los dañinos gorriones, si bien, prudente, esperó a conocer los resultados en el país vecino antes de implantar su Plan Trianual para Eliminación de los Gorriones.

Pocos años bastaron (dos) para que los fanáticos de la lucha contra los gorriones se convencieran de que estas aves comían muchos más insectos que granos. Al desaparecer masivamente por el éxito de la campaña, los campos quedaron entregados a los insectos. Las cosechas disminuyeron en picado. En 1960, convencido de que se había equivocado, el gobierno maoísta lanzó una nueva recomendación «Suán Le» (Olvidadlos) y el sitio de los gorriones fue ocupado por las cucarachas.

El daño estaba causado, sin embargo. Una terrible plaga de langostas asoló los campos, causando tres años de «Gran Hambruna», en la que murieron más de veinte millones de personas, sobre todo, los campesinos más pobres. Se pidió, incluso, un cargamento de gorriones a Rusia, para acelerar la repoblación de las aves esquilmadas.

Actualmente, los gorriones son especie protegida en China desde 2001 (por ley, desde 2002), aunque este cambio en la valoración oficial no está impidiendo que su población siga disminuyendo, al parece, como consecuencia ahora de los pesticidas.

No necesitamos, en realidad, poner la vista tan lejos. En España, hasta no hace mucho -e incluso, de forma ilegal, ahora mismo en ciertos antros-, en los bares y tabernas, sobre todo, desde Madrid a Andalucía, se ofrecían como aperitivo «pajaritos fritos», una delicatesse culinaria formada por aves de pequeño tamaño, entre las que se encontraban el gorrión, el tordo, el petirrojo o la curruca capirotada. Se cazaban con redes y se freían en aceite, normalmente lardeados con tocino y condimentados con dientes de ajo y perejil.

A partir de la vigencia de la Ley 4/1986 de Conservación de los Espacios Naturales y de la Flora y Fauna Silvestres, en el territorio español quedó prohibido de forma absoluta «dar muerte, dañar, molestar o inquietar intencionadamente a los animales silvestres, incluyendo su captura en vivo y la recolección de sus huevos o crías, así como alterar y destruir la vegetación. En relación a los mismos quedan igualmente prohibidos el tráfico y el comercio de ejemplares vivos o muertos». El Anexo I del Real Decreto 1095/1989 y el Real Decreto 439/1999 prohíben terminantemente la caza y comercio de aves fringílidas y de la mayor parte de las aves insectívoras. Numerosos Decretos y reglamentos autonómicos han extendido y precisado estas prohibiciones.

Las conductas sancionadas no solo se consideran ilícitos administrativos, sino, también, penales, y se encuentran tipificadas en los artículos 332 a 337 del Código Penal de 1995.

Pero los gorriones no están desapareciendo solo por causa de su captura para pasar por la sartén y, sobre todo, se cree ahora que su propia existencia es un indicador de otra especie que puede estar amenazada. La humana.

Seo/Birdlife  ha elegido al gorrión «Ave del año 2016», advirtiendo que su población en Europa ha disminuido quizá un 60%. Se calcula, por diversas fuentes, que habría, hace diez años, más de 60 millones de gorriones y actualmente la población en España, menos afectada relativamente, habría caído de un 10 a 15%, afectada por la contaminación, las aves invasoras, los venenos y la caída de las propias defensas inmunológicas.

Cuando leo que la economía necesita de un tejido de pymes, como base estructural para su mejor solvencia, pienso en los gorriones y en la necesidad de aplicar una estrategia coherente.

Porque se puede creer que las grandes empresas, los grupos internacionales, son imprescindibles para el desarrollo social y económico. Lo son, desde luego, en cuanto que concentran núcleos importantes de empleo: el cierre de uan empresa con diez o treinta mil trabajadores es un trauma inmediato para miles de familias y conmociona una o varias zonas en donde estaban implantados sus centros de producción.

Sin embargo, el control de sus actuaciones se escapa: sus centros de decisión están alejados, su fortaleza económica es, en muchos casos, más fuerte que la del Estado, y pueden tomar sus decisiones con muchos menos condicionantes. Al fin y al cabo, sus consejos de administración tienen perfectamente claros sus objetivos e intereses.

Nuestras pymes, por el contrario, son como nuestros gorriones empresariales. Desaparecen suavemente, sin que advirtamos el efecto hasta que alcanza límites alarmantes. Su disminución es claro síntoma de alarma, que demuestra la debilidad de nuestra economía, su falta de capacidad para resistir, la contaminación por elementos foráneos que no sabemos cómo controlar.

Deberían analizarse con urgencia las razones por las que las pymes mueren y las que nacen, tienen peor arraigo. Demasiadas peluquerías, mercerías, bares, tiendas de comestibles, librerías de textos escolares, bollerías, …Demasiadas sucursales de Bancos, tiendas de todo a cien, franquicias de ropa china, bufetes unipersonales, dentistas, …

Hay que disponer comederos y abrevaderos en los lugares estratégicos para que críen y se reproduzcan, con ideas imaginativas. Hay que criar inquietudes empresariales en las Universidades y centros de formación profesional. Porque las pymes viven en nuestro entorno próximo, anidan en nuestros tejados industriales y comerciales.

No se si encontraremos alternativas mejores para distribuir los beneficios de las empresas entre el grueso de la población que la vía del trabajo remunerado. Mientras no las encontremos, impulsemos la generación de pequeñas empresas, esforcémonos en incrementar el número de gorriones, orientándolos. Ellos no se comen el grano de nuestro imprescindible desarrollo, se comen los insectos que lo deteriorían.

 

Publicado en: Actualidad, Economía, Empresa, Sociedad

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