Seguramente, algunas de las obras de quienes ahora llamamos clásicos de la literatura, no surgieron del impulso genial sino de la necesidad de combatir el aburrimiento, tanto ajeno como propio.
Las muchas horas que había que cubrir entre pendencias callejeras, desvíos amorosos, batallas en Argel y justas poéticas, tenían forzosamente que consumirse en las tabernas, apurando jarras de vino peleón, tratando de encontrar sentido a frases que hicieran, por ejemplo, rimar permiso con inciso, liza con castiza, o brío con me fío.
Todo fuera bien empleado, si acudía la inspiración al llamado del ingenio, lo que, como es sabido, se fomenta con el auxilio del alcohol, tanto si faltan como si comparecen féminas («Soy varón, y nada de lo nuestro me es ajeno», como escribió Terencio en horas bajas).
Cuando Calderón de la Barca se decidió a incluir en una décima de La vida es sueño, un plagio del cuento del Conde Don Julián sobre un muy pobre tipo que recogía las cáscaras de los altramuces que a otro habían servido de alimento, le dio, sin saberlo, un giro precursor, pues puso de protagonistas a sabios y no a pobres ni a tipos corrientes, y dejó a un lado las habichuelas para referirse, simple y llanamente, a hierbas.
Así dotó de una trascendencia insospechable a sus forzados ripios: «Cuentan de un sabio que un día/tan pobre y mísero estaba/que solo se sustentaba/ de unas hierbas que cogía/…!
Son, en efecto, en la actualidad que se vive en Valgamediós, los sabios quienes más riesgo corren de pasar hambre. Y para paliarla, no es cuestión de buscarse altramuces, que, con el correr de los tiempos, se han vuelto bastante caros, pues son ahora legumbre muy apreciada ya que, a decir de los dietistas que andan a la que salta, mejora mucho el colesterol bueno.
Así que los altramuces han pasado de ser el acompañante con que nos obsequiaba el tabernero cuando tomábamos aperitivo en Andalucía, a delicatesse de estómagos selectos y, a la par, hemos conducido a los investigadores (aunque no alcancen la categoría de sabios), a hacerles apreciar las hierbas, víctimas de la penuria.
Hierbas que pueden ser o ingeridas o fumadas, según naturalezas.
Por todo ello, los niños a los que hoy sean dados a leer los versos de don Pedro, ya no le sacarán la enjundia que veían en ellos aquellos maestros que anteponían su vocación a las reivindicaciones.
En lugar de ver en cuentos de altramuces y sabios un ejemplo de resignación ante los reveses de la vida, no hallarán en ellos más que galimatías sin sentido. Y estando sus entendederas muy perjudicadas por los iPod con los que nacen llevándolos ya incrustados en las orejas, no sabrán a quién preguntar significados ni, si lo encontraran, dispondrán de la intención con que escucharles.
¿Qué es mísero? ¿Quién es galimatías? ¿Son los altramuces frutos venenosos? ¿Importa a alguien saber más o mejor, si todo está en internet al alcance de un clic?
Reivindiquemos a Calderón de la Barca por su perspicacia. Aunque, ya que él remedó a Juan Manuel, hagámoslo con él nosotros, terminando su décima de esta forma parecida:
«Y cuando el rostro volvió,/ halló la respuesta viendo,»/ que nadie iba respondiendo/ las preguntas que él formuló./
Hay por ahí gentes que se molestan en poner puntuaciones a la sabiduría de los habitantes de Valgamediós, confrontándolos con test que no tienen otra intención, según su opinión oficialmente admitida, que dejarlos en ridículo.
Por supuesto, defienden, que saben interpretar correctamente una factura eléctrica (-Pero, ¿de qué nos serviría?, -se preguntan), y son capaces de entender el Quijote (-Cuando nos animemos a hacerlo, -razonan-¡Hay tanto que leer!) y que sus universitarios están a la misma altura que los de Japón (y, sin duda, es un insulto compararlos con estudiantes de bachillerato orientales, dada la diferencia cultural).
-Los habitantes de Valgamediós -difundió su portavoz oficial, en un comunicado- no sacamos buena nota en los exámenes porque venimos de vuelta de todo. En especial, de allí donde otros alimentan y estimulan las perspectivas que promete la ciencia. En Valgamediós nos hemos especializado en criticar los hallazgos de otros, cualesquiera que sean éstos. Somos, por ello, maestros en la crítica destructiva.
-En coherencia con ese objetivo, -prosigue el comunicado- damos y daremos únicamente la voz a los que más griten, sin importarnos la verdad o falsedad de sus argumentos, pues nos complace el barullo que generan.
En la redacción de esta Declaración de principios, según parece, participaron varios especialistas en vacuidades y torpezas. Un periódico local, al día siguiente, alabó la pertinencia de dar divulgación a estos principios, extrayendo la siguiente conclusión:
-Que otros se ocupen de lo que creen útil, porque nosotros sabemos muy bien lo que necesitamos para ser felices. Debemos dejarnos dominar por la ignorancia supina, que es la única forma de estar al servicio de la naturaleza.
El pasquín, junto con esta glosa o comentario, firmada por un prestigioso enmerdador cultural, fue colocado en todas las Universidades, Escuelas, Centros de Orientación Pedagógica y Lugares de Investigación, para que sirviera de guía obligatoria, por si alguien mantenía alguna duda de cómo habría que proceder en caso de duda.
Nadie se atrevió a rechistar, que se sepa.
FIN

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