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Cuento de invierno: Reunión cósmica de sabios

6 enero, 2014 By amarias2013 Deja un comentario

Por fin había podido celebrarse, después de múltiples ajustes en las agendas intergalácticas, la primera reunión cósmica de sabios.

Se trataba, por supuesto, de un encuentro sin desplazamiento real, ya que no hubiera sido posible conseguir reunir a las más privilegiadas mentes del universo, físicamente y en un tiempo dado, dadas las tremendas distancias que les separaban entre sí. Baste decir que, considerando únicamente el espacio tridimensional, los dos asteroides, -de entre aquellos en los que se habían manifestado seres inteligentes-, que se hallaban más alejados entre sí, lo estaban a varios miles de millones de siglos luz uno de otro.

Los problemas de conexión que habían tenido que resolverse eran, por decirlo con una palabra, aún reconociendo la limitación del lenguaje humano, inconmensurables. Por fortuna, los seres de la quinta dimensión habían accedido a poner a disposición del curioso encuentro toda (o una parte) de su conocimiento de comunicaciones, si bien, de empleo limitado a esa sola vez. Habían hecho jurar ante su propia potestad pentadimensional, a todos los seres dominadores de los espacios de tres y cuatro dimensiones (los de dos y una dimensión no habían sido invitados), que no copiarían o imitarían esa tecnología durante los próximos cien billones de siglos luz, so riesgo de destrucción inmediata de la viabilidad de las naturalezas infractoras.

Resultaba curioso, analizado con la imprescindible perspectiva, que entidades de tan diferente naturaleza (reales y fantásticas), ocupantes de espacios con dimensiones de las que unos resultaban englobables en otros, participaran en una reunión, que, sin necesidad de profundizar mucho, se debía estimar como totalmente desequilibrada. El cónclave se celebraba a instancias de la especie humana, que se jactaba de haber llevado su desarrollo a un nivel tal que le hacía merecedora de ser considerada, según su peculiar criterio, centro del cosmos, capaz para dirigir sus propios destinos -fuesen los que fueran-, desprendiéndose, por tanto, de cualquier vinculación anterior y con la consecuencia de no tener que pagar en lo sucesivo peaje intelectual alguno.

Llegado el momento preciso para la confluencia, los representantes más cualificados ocuparon sus espacios virtuales en el escenario hiperdimensional, y el sabio representante de la especie humana comenzó su disertación, que fue absorbida instantáneamente por una gran parte de la concurrencia, dándose el caso de que aún no sabía lo que iba a decir -aunque llevaba su intervención, obviamente, muy preparada- y ya muchos de los que atendían a la misma, habían sacado sus conclusiones hacía siglos.

-Hemos conseguido delimitar el margen de lo desconocido en nuestro Universo -decía el sabio humano- al mínimo. Podemos generar energía, liberándola de los enlaces de numerosos compuestos, e incluso de los mismos átomos. Somos capaces de calcular y construir estructuras resistentes a la mayor parte de los fenómenos naturales que se producen en la Tierra. Hemos puesto en valor la práctica totalidad de los recursos de nuestro planeta y de algunos otros a los que hemos accedido, y si no hemos llegado más lejos, no es por nuestra cortedad, sino por la limitación natural de nuestra Galaxia, cuyo momento inicial y parámetros de evolución creemos haber detectado. Incluso, estamos en condiciones de prolongar nuestras vidas al límite máximo admisible por nuestra composición química, siendo ahora posible imaginar que para el 87% de los humanos se conseguirá superar la edad de 125,3 años. No solo eso: hemos fabricado robots que superan ampliamente nuestra esperanza de vida, con capacidades de actuación incluso superiores a las nuestras. Somos, por tanto, a nuestro nivel, equivalentes a los dioses, y exigimos, con el debido respeto pero inconmovible firmeza, que nos sea reconocida esa calificación entre las categorías cósmicas.

El representante de la cuarta dimensión soltó una carcajada cósmica, que resonó en las oquedades terrestres como un terremoto de intensidad 9,3, medida en la escala de Richter.

-¡No seas iluso, humano! Esas fuerzas de la naturaleza que decís poder controlar son provocadas por los caprichos y divertimentos de mis colegas del espacio tetradimensional. A veces, según los viene en gana, descendiendo de la escala de tiempos a la física, generan un pequeño movimiento tridimensional que vosotros calificáis como tsunami o terremoto de gran intensidad y que os provoca, claro, daños terribles. Otras, movilizan con idéntico empeño, las nubes de vuestro entorno y lo hacen con el mismo gozo con el que los niños humanos hacen pompas de jabón, por el puro placer de hacer figuritas con ellas, lo que no evita, sino causa, tormentas y ciclones. Y no te quepa duda alguna de que cualquiera de esos descubrimientos que vuestra especie juzga producto de la genialidad de algunos o del trabajo continuado de investigación de equipos, son aportaciones graciosas que alguno de los seres de mi dimensión o de las superiores os hacen, con el solo fin de hacer más entretenido contemplar vuestra lentísima, y por su propio impulso, hasta negativa, evolución. Algo parecido, aunque obviamente a otro nivel, a la forma como vosotros, los que os creéis más listos de entre los humanos, y a vuestra reducida escala, cedéis -por supuesto, en vuestro caso, de forma egoísta- algunos avances tecnológicos a los países menos desarrollados.

-Abundando en ello, -iluminó como un relámpago de trillones de fotones, una eminencia de la quinta dimensión- has de saber, enano cósmico, que aunque te creas superior a otros seres de tu escala, incluso invisibles para ti con tus medios de análisis, la situación es solo fruto de tu ignorancia, que no puedes suplir con tu limitada imaginación y tus equipos de pacotilla.

En la Tierra, la población se maravilló de un resplandor tan fulminante que creyeron llegado el fin del mundo, y se pusieron a orar, sin saber a quién.

El sabio terrestre guardó silencio, confundido. Su silencio duró una nada inmensa, y fue percibido en la Tierra como varios siglos de inconcebible vacío. A partir de entonces los cielos se oscurecieron, los hielos se derritieron en una parte y en otra aumentaron varios metros su espesor y, lo que fue peor, todas las creencias se tambalearon, cayendo muchas estrepitosamente y arrastrando en su caída próceres, papas, ayatolás, reyes, iconos, gurús, empresarios, emprendedores, fieles y galardonados (entre otros).

Entonces, y solo entonces, un ser ínfimo que estaba alojado, al parecer, en uno de los lugares más recónditos de la epidermis de la calva del sabio, tal vez colindante con alguna zona del hipotálamo, que no hemos sido capaces de precisar, expuso este pensamiento sorprendente:

-¡Eh! Yo también he venido a esta reunión de sabios, y habito, como la especie humana, en el espacio tridimensional, aunque mi ámbito de desarrollo es varios múltiplos superior al espacio terrestre. No tenemos pretensiones de ser los más sabios del cosmos, ni mucho menos, anhelamos ser independientes, pero quiero expresar que nuestro nivel de inteligencia, como las criaturas superiores sabéis bien, es muy superior al del hombre, al que conducimos como nos da la gana. Los humanos son nuestros robots, en el ámbito que vosotros, los entes superiores, nos permitís actuar.

El sabio humano se quedó de piedra. Lo que anhelaba un instante de gozo se había tornado en una pesadilla terrible. Un ámbito de dolor y desambiguación de máxima crudeza, que, por fortuna, terminó cuando alguien movió su brazo.

-¡Poeta!¡Poeta!

Era su mujer, que le observaba, angustiada.

-¡Despierta, despierta! ¿Qué te pasaba, con qué soñabas? ¡Te movías con terrible angustia y no hacías más que repetir, «no tengo la culpa, no me castiguéis»? ¿Quién te iba a castigar?

El poeta, ya despierto, guardó silencio, se levantó presto, y mientras se aliviaba de los líquidos que se le habían acumulado durante la noche, pensó: «Qué complicado resulta todo esto».

Pero se guardó, muy mucho, de comunicar a nadie, ni siquiera a su esposa, sus presentimientos y, naturalmente, tampoco le contó su sueño, porque no deseaba escuchar ninguna interpretación.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: cósmica, cuento de invierno, éspecie, hombre, humanidad, importancia, reunión, sabios

Cuento de otoño: De altramuces y sabios

9 octubre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Seguramente, algunas de las obras de quienes ahora llamamos clásicos de la literatura, no surgieron del impulso genial sino de la necesidad de combatir el aburrimiento, tanto ajeno como propio.

Las muchas horas que había que cubrir entre pendencias callejeras, desvíos amorosos, batallas en Argel y justas poéticas, tenían forzosamente que consumirse en las tabernas, apurando jarras de vino peleón, tratando de encontrar sentido a frases que hicieran, por ejemplo, rimar permiso con inciso, liza con castiza, o brío con me fío.

Todo fuera bien empleado, si acudía la inspiración al llamado del ingenio, lo que, como es sabido, se fomenta con el auxilio del alcohol, tanto si faltan como si comparecen féminas («Soy varón, y nada de lo nuestro me es ajeno», como escribió Terencio en horas bajas).

Cuando Calderón de la Barca se decidió a incluir en una décima de La vida es sueño, un plagio del cuento del Conde Don Julián sobre un muy pobre tipo que recogía las cáscaras de los altramuces que a otro habían servido de alimento, le dio, sin saberlo, un giro precursor, pues puso de protagonistas a sabios y no a pobres ni a tipos corrientes, y dejó a un lado las habichuelas para referirse, simple y llanamente, a hierbas.

Así dotó de una trascendencia insospechable a sus forzados ripios: «Cuentan de un sabio que un día/tan pobre y mísero estaba/que solo se sustentaba/ de unas hierbas que cogía/…!

Son, en efecto, en la actualidad que se vive en Valgamediós, los sabios quienes más riesgo corren de pasar hambre. Y para paliarla, no es cuestión de buscarse altramuces, que, con el correr de los tiempos, se han vuelto bastante caros, pues son ahora legumbre muy apreciada ya que, a decir de los dietistas que andan a la que salta, mejora mucho el colesterol bueno.

Así que los altramuces han pasado de ser el acompañante con que nos obsequiaba el tabernero cuando tomábamos aperitivo en Andalucía, a delicatesse de estómagos selectos y, a la par, hemos conducido a los investigadores (aunque no alcancen la categoría de sabios), a hacerles apreciar las hierbas, víctimas de la penuria.

Hierbas que pueden ser o ingeridas o fumadas, según naturalezas.

Por todo ello, los niños a los que hoy sean dados a leer los versos de don Pedro, ya no le sacarán la enjundia que veían en ellos aquellos maestros que anteponían su vocación a las reivindicaciones.

En lugar de ver en cuentos de altramuces y sabios un ejemplo de resignación ante los reveses de la vida, no hallarán en ellos más que galimatías sin sentido. Y estando sus entendederas muy perjudicadas por los iPod con los que nacen llevándolos ya incrustados en las orejas, no sabrán a quién preguntar significados ni, si lo encontraran, dispondrán de la intención con que escucharles.

¿Qué es mísero? ¿Quién es galimatías? ¿Son los altramuces frutos venenosos? ¿Importa a alguien saber más o mejor, si todo está en internet al alcance de un clic?

Reivindiquemos a Calderón de la Barca por su perspicacia. Aunque, ya que él remedó a Juan Manuel, hagámoslo con él nosotros, terminando su décima de esta forma parecida:

«Y cuando el rostro volvió,/ halló la respuesta viendo,»/ que nadie iba respondiendo/ las preguntas que él formuló./

Hay por ahí gentes que se molestan en poner puntuaciones a la sabiduría de los habitantes de Valgamediós, confrontándolos con test que no tienen otra intención, según su opinión oficialmente admitida, que dejarlos en ridículo.

Por supuesto, defienden, que saben interpretar correctamente una factura eléctrica (-Pero, ¿de qué nos serviría?, -se preguntan), y son capaces de entender el Quijote (-Cuando nos animemos a hacerlo, -razonan-¡Hay tanto que leer!) y que sus universitarios están a la misma altura que los de Japón (y, sin duda, es un insulto compararlos con estudiantes de bachillerato orientales, dada la diferencia cultural).

-Los habitantes de Valgamediós -difundió su portavoz oficial, en un comunicado- no sacamos buena nota en los exámenes porque venimos de vuelta de todo. En especial, de allí donde otros alimentan y estimulan las perspectivas que promete la ciencia. En Valgamediós nos hemos especializado en criticar los hallazgos de otros, cualesquiera que sean éstos. Somos, por ello, maestros en la crítica destructiva.

-En coherencia con ese objetivo, -prosigue el comunicado- damos y daremos únicamente la voz a los que más griten, sin importarnos la verdad o falsedad de sus argumentos, pues nos complace el barullo que generan.

En la redacción de esta Declaración de principios, según parece, participaron varios especialistas en vacuidades y torpezas. Un periódico local, al día siguiente, alabó la pertinencia de dar divulgación a estos principios, extrayendo la siguiente conclusión:

-Que otros se ocupen de lo que creen útil, porque nosotros sabemos muy bien lo que necesitamos para ser felices. Debemos dejarnos dominar por la ignorancia supina, que es la única forma de estar al servicio de la naturaleza.

El pasquín, junto con esta glosa o comentario, firmada por un prestigioso enmerdador cultural, fue colocado en todas las Universidades, Escuelas, Centros de Orientación Pedagógica y Lugares de Investigación, para que sirviera de guía obligatoria, por si alguien mantenía alguna duda de cómo habría que proceder en caso de duda.

Nadie se atrevió a rechistar, que se sepa.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: altramuces, Andalucía, angel arias, calderón de la barca, creatividad, cuentos de otoño, galimatías, Hambre, mísero, sabios, trascendencia

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