Siempre pensé que me había tocado vivir en una época interesante, pero la terca realidad parece dispuesta a demostrarnos lo contrario. Con una mayoría de españoles nacidos después de la guerra incivil, y aún conscientes de que las heridas que produce haberse matado entre hermanos y vecinos supurarán siempre, tuvimos la ventana de oportunidad de una democracia que nos acercó a la visión de libertades y tolerancia como ningún otro ciudadano del mundo hubiera soñado.
Tuvimos mucha suerte, pues los avances sociales alumbrados por los inexpertos dirigentes de un reconstruido partido socialista no quedaron en agua de borrajas, sino que sirvieron de plataforma de continuidad para un equipo que caracterizamos como de derechas (calificación que, por otras latitudes, allí donde todo el país está escorado hacia el puro capitalismo, se les hubiera discutido). Estábamos haciéndolo distinto, y nos parecía que muy bien. Los aplausos, el recelo envidioso, el expectante vaticinio de nuestro descalabro -en su caso- de quienes nos habían menospreciado hasta entonces nos calentaban el cogote.
Pero todo empezó a deteriorarse sin que aún podamos entender las razones verdaderas, ni los mejores historiadores nos lo han conseguido explicar aún. No hay una clara línea divisoria entre los errores cometidos por los partidos de gobierno, que marcaron una inestabilidad agudizada por la mala gestión de las crisis: guerra de Irak, ley de extranjería, burbuja inmobiliaria, crecimiento de la población activa, incongruencias en la planificación de los recursos hídricos, posiciones estrafalarias en política internacional, corrupción, nacionalismos resurgentes, etc.
Los españoles aprendimos de pronto que los nuevos políticos nos mentían. No estábamos en una dictadura, desde luego, pero las cosas se aproximaban peligrosamente a una anarquía en la que los que estaban arriba miraban demasiado por sus intereses particulares. Y, cuando sucede algo así, todo el que puede atiende preferentemente por sus intereses particulares y los de sus allegados, allí donde se percibe el descontrol.
No pretendo realizar un repaso a la reciente historia de nuestro país, pero no puedo por menos que poner de relieve que, en lo que se refiere a este concreto momento, nos pesan demasiado las malas noticias y, aún peor, el desencanto de sospechar que no podemos fiarnos los unos de los otros.
El mayor problema actual (12 de mayo de 2018) es, sin duda, Cataluña, que está siendo guiada hacia su propio desastre y, por tanto, empuja el de una gran parte de la economía de todo el país que aún llamamos España. Los que conducen el timón, con la apariencia del respaldo mayoritario de los votantes de una democracia que ya sabemos que se ha corrompido, están poseídos del enajenamiento de su pretensión de entrar en la Historia, desde la involución más rancia, recuperando la independencia del capitalismo regional, el aislacionismo tan egoísta como cutre, la insolidaridad. Vuelta, pues, al pasado de las tensiones, los desencuentros, las batallas dialécticas y, puede ser, físicas.
No le veo solución a este problema, porque no se puede negociar con enajenados, iluminados, visionarios que se jactan de estar enviados por los dioses para avanzar haca una tierra prometida que no existe más que en su imaginación.
Desde luego, la judicialización del tema es un error, pero no cabía otra opción. La cuestión es que la aplicación del Derecho tiene muy mala vuelta atrás, e iniciado el pulso con los levantiscos por esa vía, solo cabe el aplicar la parafernalia penal, hasta el final. Hasta que se sofoque el incendio. La resistencia empecinada de los que apoyan a los secesionistas, de no conseguirse que ceda, provocará muertos. Es un milagro que no los haya habido aún, y solo lo puedo achacar a la disciplina y aguante de las fuerzas del orden.
Me gustaría poder escribir que los verdaderos problemas económicos y sociales del país (los que nos afectan a todos y a no a minorías incalificables) están siendo tratados en los foros políticos. No es evidentemente así, y lo atribuyo a una falta de capacidad intelectual y pragmática muy importante. Me resulta descorazonador que el partido de gobierno nos mienta tan descaradamente. El tufo de las prebendas repartidas, de los títulos académicos falseados, de las empresas con resultados amañados, del lenguaje de superioridad y de la falta de sensibilidad social ahoga.
Me parece también increíble que no pueda concretarse una alternativa de renovación que nos cure del desgobierno y la ausencia de diálogo. No creo que el PSOE en solitario la constituya, por supuesto, atenazado por su propia corrupción e ineficacia. Me parece que el complejo artificial construido entre los machos y hembras alfa de Podemos y la ingenua colaboración del equipillo que navega con los restos de Izquierda Unida, nos ha decepcionado ya suficientemente como para no concederle credibilidad absoluta y, sobre todo, la capacidad de conocimiento del mundo real, que nos evitaría caer en un desastre o una debacle sin precedentes.
En este contexto, que la prensa y los otros partidos se vuelquen contra Ciudadanos y sus representantes, se me antoja un síntoma más de lo miserable del momento. A sus dirigentes se debe lo más sensato de lo que estamos escuchando. Sí, son gente de derechas, es decir, de orden, de sensatez. No nos llevarán a una revolución, sin duda. Pero necesitamos calma, mucha calma para restañar las heridas del guirigay al que nos condujo, pardiez, nuestro permanente complejo de no querer trabajar juntos, de querer ser el gallo de la quintana, el que se lleva el santo y la peana.
En fin, entiendo que estamos abocados a un gobierno de concertación, de revisión de postulados, de encaje de las intenciones de cada sección, sin pretender la imposición a los demás de lo que solo representa una valoración desde una minoría.
Unas agujas colinegras (limosa limosa) se disputan un bocado apetitoso (en otras fotos de la secuencia pude detectar que se trataba de un cangrejo), con el transfondo indolente de una polla de agua. En los marjales herbosos de Doñana, en marzo de 2018, cuando los bandos de primavera de estas limícolas son numerosos, ya en los inicios del período de cría, que se convierten en espectáculo ruidoso.

