Cuando la mujer, especie única, -como todas las demás que se encontraban en el jardín de las delicias-, estuvo segura de que el hombre se había marchado de paseo con el león y la elefanta, llamó a la serpiente, con la que tenía particular confianza, al descubrirla, solazándose sobre unas piedras, como acostumbraba.
-¡Ven aquí, criatura, que tengo que contarte algo!
El ofidio restregó, de forma voluptuosa, su piel escamosa contra los trozos del conglomerado al que estaba aupado.
-¿Por qué no vienes tú a mi lado, preciosa, ya que eres tú la que tiene el interés? -replicó, con su voz aflautada, pues el invierno había sido, como siempre, crudo.
La mujer, condescendiente con la insolencia, habitual en la serpiente, lo que la hacía ser objeto de regulares críticas en el delicioso jardín, se acercó al bicho, sin el menor recelo ni asco, y le confesó al oído con misterioso empaque:
-Creo que estoy embarazada.
La serpiente no pudo menos que expresar su incredulidad con una ruidosa carcajada. Una lagartija que se encontraba cerca quedó tan petrificada por la estentórea manifestación, que se empapizó con el aire del que sorbía su mágica dosis alimentaria.
-¡Embarazada! ¿Tienes idea de lo que eso significa? ¡Estamos en el Paraíso, donde todo lo que existe es eterno! Somos los que somos, y punto. Ni uno más, ni uno menos. Y aquello que no es, no tiene realidad, porque el territorio de la imaginación no pertenece a nuestro alcance.
-Ya, ya se que lo que planteo es imposible de toda imposibilidad. Pero no me expresaría de esta forma, si no fuera porque tengo determinados síntomas. Lo que siento es nuevo, y, como no tengo forma de referirme a ello de otro modo, lo llamo embarazo, que es la palabra que, sin saber por qué, se me ha ocurrido como apropiada.
En el jardín de las delicias, el rumor de los riachuelos y fuentes naturales proporcionaba una agradable sensación de orden, a la que contribuía, sin duda alguna, el que las cosas sucedían siempre de forma predecible, siguiendo una secuencia lógica inmutable.
-¿Síntomas? ¿Determinados síntomas? -el escamoso animal puso énfasis en el adjetivo- ¿Te refieres a sensaciones nuevas? ¿Como cuales? -preguntó, retorciéndose de risa, regodeándose de lo que entendía como simpleza de la mujer.
-Te lo cuento, con el ruego de que mantengas toda discreción y reservas -dijo la bípedo, que se sentó al lado de la serpiente, con cuidado de no rozarla, y continuó su plática:
-Ayer, cuando el hombre llegó de su habitual paseo de cada tarde, me pidió que escuchara lo que tenía que decirme. Me dijo: «Es importante». ¡Fíjate! ¡Importante, otra palabra extraña!
Una suave brisa movió los cabellos de la mujer, que eran de un color entre castaño, rubio y pelirrojo, según la evolución de la luz que incidiera sobre ellos. Desde que había aparecido en el jardín, era conocido a todos los demás seres que lo habitaban, que el hombre había puesto sus ojos en ella.
-Me solicitó luego, con hermosas palabras elegidas entre las más raras de las que forman nuestro lenguaje, que me sentara sobre su regazo, y, con extremo cuidado, manoseó mis pechos y mis muslos, lo que me provocó una sensación que nunca había sentido antes. Luego, me susurró esto al oído, a lo que doy vueltas desde entonces, sin poder quitármelo de encima: «Cuando no te veo, siento que te imagino; y cuando te imagino, tengo celos de todo aquel que te esté viendo».
La serpiente observó a la mujer. Como era el animal más antiguo del jardín y, por su agilidad y destreza para ocultarse, también era reputado como el más sagaz, tenía una amplia capacidad para detectar el mínimo cambio que no correspondiera al orden regular, perfectamente sincronizado y establecido por el regulador del ritmo eterno.
-Aunque de aspecto rudimentario, me atrevería a afirmar que eso que te ha comunicado el hombre es una poesía. Es, sin duda, un elemento ajeno a nuestro mundo. El hombre te ha metido en el cuerpo una aberración procedente del jardín vecino, llamado de la Imaginación o la Sensibilidad. No se cómo pudo llegar hasta él esa especie tan peligrosa, y sospecho que el hombre ha cometido el error de adentrarse en ese otro jardín. Te lo digo muy en serio: aléjate del hombre. Está contagiado por el mal de la sensibilidad, que es extremadamente dañino para nosotros. Échalo de ti, porque te traerá desgracia.
-No me asustes, que no te creo. La sensación que tuve no fue de desagrado, sino de placer, algo diferente completamente a lo que había sentido antes, en toda la anterioridad, en este jardín de las delicias -puntualizó la mujer, que no deseaba perderse en disquisiciones, pues empezaba a desarrollar, de forma natural, el antídoto contra la dosis de sensibilidad que el hombre le había introducido en la cabeza-. Pero lo que, en realidad, me importa ahora es saber si estoy o no embarazada. Porque, después de haberme dicho esto que te cuento, el hombre…
La serpiente lanzó un silbido penetrante y se escabulló en una grieta. Antes de desaparecer, la mujer le oyó decir:
-Nos vemos mañana junto al manzano, el árbol que está en medio del jardín. Te aseguro que no estás embarazada, desde luego, porque aquí somos todos estériles. La especie a la que pertenece el hombre y la tuya son tan diferentes como lo soy yo de un cocodrilo. Pero, o mucho me equivoco, el hombre y tú habéis encontrado la intranquilidad, y seréis expulsados en cualquier momento de este Paraíso. Se acabó el recreo, que es frase que se me acaba de ocurrir, y que no se lo que significa.
Por la noche de aquel día, cayeron, no se supo nunca si de forma natural o forzada, las barreras que separaban el jardín de las delicias del de la imaginación, y hubo bastante confusión, que persiste todavía. Y si no fue por aquella noche, por alguna de las inmediatas siguientes, resultó que la mujer quedó embarazada, esta vez, sin acudir a la poesía.
FIN
