Al socaire

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Cuento de primavera: La mujer y la serpiente

2 mayo, 2014 By amarias Deja un comentario

Cuando la mujer, especie única, -como todas las demás que se encontraban en el jardín de las delicias-, estuvo segura de que el hombre se había marchado de paseo con el león y la elefanta, llamó a la serpiente, con la que tenía particular confianza, al descubrirla, solazándose sobre unas piedras, como acostumbraba.

-¡Ven aquí, criatura, que tengo que contarte algo!

El ofidio restregó, de forma voluptuosa, su piel escamosa contra los trozos del conglomerado al que estaba aupado.

-¿Por qué no vienes tú a mi lado, preciosa, ya que eres tú la que tiene el interés? -replicó, con su voz aflautada, pues el invierno había sido, como siempre, crudo.

La mujer, condescendiente con la insolencia, habitual en la serpiente, lo que la hacía ser objeto de regulares críticas en el delicioso jardín, se acercó al bicho, sin el menor recelo ni asco, y le confesó al oído con misterioso empaque:

-Creo que estoy embarazada.

La serpiente no pudo menos que expresar su incredulidad con una ruidosa carcajada. Una lagartija que se encontraba cerca quedó tan petrificada por la estentórea manifestación, que se empapizó con el aire del que sorbía su mágica dosis alimentaria.

-¡Embarazada! ¿Tienes idea de lo que eso significa? ¡Estamos en el Paraíso, donde todo lo que existe es eterno! Somos los que somos, y punto. Ni uno más, ni uno menos. Y aquello que no es, no tiene realidad, porque el territorio de la imaginación no pertenece a nuestro alcance.

-Ya, ya se que lo que planteo es imposible de toda imposibilidad. Pero no me expresaría de esta forma, si no fuera porque tengo determinados síntomas. Lo que siento es nuevo, y, como no tengo forma de referirme a ello de otro modo, lo llamo embarazo, que es la palabra que, sin saber por qué, se me ha ocurrido como apropiada.

En el jardín de las delicias, el rumor de los riachuelos y fuentes naturales proporcionaba una agradable sensación de orden, a la que contribuía, sin duda alguna, el que las cosas sucedían siempre de forma predecible, siguiendo una secuencia lógica inmutable.

-¿Síntomas? ¿Determinados síntomas? -el escamoso animal puso énfasis en el adjetivo- ¿Te refieres a sensaciones nuevas? ¿Como cuales? -preguntó, retorciéndose de risa, regodeándose de lo que entendía como simpleza de la mujer.

-Te lo cuento, con el ruego de que mantengas toda discreción y reservas -dijo la bípedo, que se sentó al  lado de la serpiente, con cuidado de no rozarla, y continuó su plática:

-Ayer, cuando el hombre llegó de su habitual paseo de cada tarde, me pidió que escuchara lo que tenía que decirme. Me dijo: «Es importante». ¡Fíjate! ¡Importante, otra palabra extraña!

Una suave brisa movió los cabellos de la mujer, que eran de un color entre castaño, rubio y pelirrojo, según la evolución de la luz que incidiera sobre ellos. Desde que había aparecido en el jardín, era conocido a todos los demás seres que lo habitaban, que el hombre había puesto sus ojos en ella.

-Me solicitó luego, con hermosas palabras elegidas entre las más raras de las que forman nuestro lenguaje, que me sentara sobre su regazo, y, con extremo cuidado, manoseó mis pechos y mis muslos, lo que me provocó una sensación que nunca había sentido antes. Luego, me susurró esto al oído, a lo que doy vueltas desde entonces, sin poder quitármelo de encima: «Cuando no te veo, siento que te imagino; y cuando te imagino, tengo celos de todo aquel que te esté viendo».

La serpiente observó a la mujer. Como era el animal más antiguo del jardín y, por su agilidad y destreza para ocultarse, también era reputado como el más sagaz, tenía una amplia capacidad para detectar el mínimo cambio que no correspondiera al orden regular, perfectamente sincronizado y establecido por el regulador del ritmo eterno.

-Aunque de aspecto rudimentario, me atrevería a afirmar que eso que te ha comunicado el hombre es una poesía. Es, sin duda, un elemento ajeno a nuestro mundo. El hombre te ha metido en el cuerpo una aberración procedente del jardín vecino, llamado de la Imaginación o la Sensibilidad. No se cómo pudo llegar hasta él esa especie tan peligrosa, y sospecho que el hombre ha cometido el error de adentrarse en ese otro jardín. Te lo digo muy en serio: aléjate del hombre. Está contagiado por el mal de la sensibilidad, que es extremadamente dañino para nosotros. Échalo de ti, porque te traerá desgracia.

-No me asustes, que no te creo. La sensación que tuve no fue de desagrado, sino de placer, algo diferente completamente a lo que había sentido antes, en toda la anterioridad, en este jardín de las delicias -puntualizó la mujer, que no deseaba perderse en disquisiciones, pues empezaba a desarrollar, de forma natural, el antídoto contra la dosis de sensibilidad que el hombre le había introducido en la cabeza-. Pero lo que, en realidad, me importa ahora es saber si estoy  o no embarazada. Porque, después de haberme dicho esto que te cuento, el hombre…

La serpiente lanzó un silbido penetrante y se escabulló en una grieta. Antes de desaparecer, la mujer le oyó decir:

-Nos vemos mañana junto al manzano, el árbol que está en medio del jardín. Te aseguro que no estás embarazada, desde luego, porque aquí somos todos estériles. La especie a la que pertenece el hombre y la tuya son tan diferentes como lo soy yo de un cocodrilo. Pero, o mucho me equivoco, el hombre y tú habéis encontrado la intranquilidad, y seréis expulsados en cualquier momento de este Paraíso. Se acabó el recreo, que es frase que se me acaba de ocurrir, y que no se lo que significa.

Por la noche de aquel día, cayeron, no se supo nunca si de forma natural o forzada, las barreras que separaban el jardín de las delicias del de la imaginación, y hubo bastante confusión, que persiste todavía. Y si no fue por aquella noche, por alguna de las inmediatas siguientes, resultó que la mujer quedó embarazada, esta vez, sin acudir a la poesía.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: cuento, cuento de primavera, delicias, embarazo, hombre, imaginación, mujer, placer, serpiente

Cuento de invierno: Reunión cósmica de sabios

6 enero, 2014 By amarias2013 Deja un comentario

Por fin había podido celebrarse, después de múltiples ajustes en las agendas intergalácticas, la primera reunión cósmica de sabios.

Se trataba, por supuesto, de un encuentro sin desplazamiento real, ya que no hubiera sido posible conseguir reunir a las más privilegiadas mentes del universo, físicamente y en un tiempo dado, dadas las tremendas distancias que les separaban entre sí. Baste decir que, considerando únicamente el espacio tridimensional, los dos asteroides, -de entre aquellos en los que se habían manifestado seres inteligentes-, que se hallaban más alejados entre sí, lo estaban a varios miles de millones de siglos luz uno de otro.

Los problemas de conexión que habían tenido que resolverse eran, por decirlo con una palabra, aún reconociendo la limitación del lenguaje humano, inconmensurables. Por fortuna, los seres de la quinta dimensión habían accedido a poner a disposición del curioso encuentro toda (o una parte) de su conocimiento de comunicaciones, si bien, de empleo limitado a esa sola vez. Habían hecho jurar ante su propia potestad pentadimensional, a todos los seres dominadores de los espacios de tres y cuatro dimensiones (los de dos y una dimensión no habían sido invitados), que no copiarían o imitarían esa tecnología durante los próximos cien billones de siglos luz, so riesgo de destrucción inmediata de la viabilidad de las naturalezas infractoras.

Resultaba curioso, analizado con la imprescindible perspectiva, que entidades de tan diferente naturaleza (reales y fantásticas), ocupantes de espacios con dimensiones de las que unos resultaban englobables en otros, participaran en una reunión, que, sin necesidad de profundizar mucho, se debía estimar como totalmente desequilibrada. El cónclave se celebraba a instancias de la especie humana, que se jactaba de haber llevado su desarrollo a un nivel tal que le hacía merecedora de ser considerada, según su peculiar criterio, centro del cosmos, capaz para dirigir sus propios destinos -fuesen los que fueran-, desprendiéndose, por tanto, de cualquier vinculación anterior y con la consecuencia de no tener que pagar en lo sucesivo peaje intelectual alguno.

Llegado el momento preciso para la confluencia, los representantes más cualificados ocuparon sus espacios virtuales en el escenario hiperdimensional, y el sabio representante de la especie humana comenzó su disertación, que fue absorbida instantáneamente por una gran parte de la concurrencia, dándose el caso de que aún no sabía lo que iba a decir -aunque llevaba su intervención, obviamente, muy preparada- y ya muchos de los que atendían a la misma, habían sacado sus conclusiones hacía siglos.

-Hemos conseguido delimitar el margen de lo desconocido en nuestro Universo -decía el sabio humano- al mínimo. Podemos generar energía, liberándola de los enlaces de numerosos compuestos, e incluso de los mismos átomos. Somos capaces de calcular y construir estructuras resistentes a la mayor parte de los fenómenos naturales que se producen en la Tierra. Hemos puesto en valor la práctica totalidad de los recursos de nuestro planeta y de algunos otros a los que hemos accedido, y si no hemos llegado más lejos, no es por nuestra cortedad, sino por la limitación natural de nuestra Galaxia, cuyo momento inicial y parámetros de evolución creemos haber detectado. Incluso, estamos en condiciones de prolongar nuestras vidas al límite máximo admisible por nuestra composición química, siendo ahora posible imaginar que para el 87% de los humanos se conseguirá superar la edad de 125,3 años. No solo eso: hemos fabricado robots que superan ampliamente nuestra esperanza de vida, con capacidades de actuación incluso superiores a las nuestras. Somos, por tanto, a nuestro nivel, equivalentes a los dioses, y exigimos, con el debido respeto pero inconmovible firmeza, que nos sea reconocida esa calificación entre las categorías cósmicas.

El representante de la cuarta dimensión soltó una carcajada cósmica, que resonó en las oquedades terrestres como un terremoto de intensidad 9,3, medida en la escala de Richter.

-¡No seas iluso, humano! Esas fuerzas de la naturaleza que decís poder controlar son provocadas por los caprichos y divertimentos de mis colegas del espacio tetradimensional. A veces, según los viene en gana, descendiendo de la escala de tiempos a la física, generan un pequeño movimiento tridimensional que vosotros calificáis como tsunami o terremoto de gran intensidad y que os provoca, claro, daños terribles. Otras, movilizan con idéntico empeño, las nubes de vuestro entorno y lo hacen con el mismo gozo con el que los niños humanos hacen pompas de jabón, por el puro placer de hacer figuritas con ellas, lo que no evita, sino causa, tormentas y ciclones. Y no te quepa duda alguna de que cualquiera de esos descubrimientos que vuestra especie juzga producto de la genialidad de algunos o del trabajo continuado de investigación de equipos, son aportaciones graciosas que alguno de los seres de mi dimensión o de las superiores os hacen, con el solo fin de hacer más entretenido contemplar vuestra lentísima, y por su propio impulso, hasta negativa, evolución. Algo parecido, aunque obviamente a otro nivel, a la forma como vosotros, los que os creéis más listos de entre los humanos, y a vuestra reducida escala, cedéis -por supuesto, en vuestro caso, de forma egoísta- algunos avances tecnológicos a los países menos desarrollados.

-Abundando en ello, -iluminó como un relámpago de trillones de fotones, una eminencia de la quinta dimensión- has de saber, enano cósmico, que aunque te creas superior a otros seres de tu escala, incluso invisibles para ti con tus medios de análisis, la situación es solo fruto de tu ignorancia, que no puedes suplir con tu limitada imaginación y tus equipos de pacotilla.

En la Tierra, la población se maravilló de un resplandor tan fulminante que creyeron llegado el fin del mundo, y se pusieron a orar, sin saber a quién.

El sabio terrestre guardó silencio, confundido. Su silencio duró una nada inmensa, y fue percibido en la Tierra como varios siglos de inconcebible vacío. A partir de entonces los cielos se oscurecieron, los hielos se derritieron en una parte y en otra aumentaron varios metros su espesor y, lo que fue peor, todas las creencias se tambalearon, cayendo muchas estrepitosamente y arrastrando en su caída próceres, papas, ayatolás, reyes, iconos, gurús, empresarios, emprendedores, fieles y galardonados (entre otros).

Entonces, y solo entonces, un ser ínfimo que estaba alojado, al parecer, en uno de los lugares más recónditos de la epidermis de la calva del sabio, tal vez colindante con alguna zona del hipotálamo, que no hemos sido capaces de precisar, expuso este pensamiento sorprendente:

-¡Eh! Yo también he venido a esta reunión de sabios, y habito, como la especie humana, en el espacio tridimensional, aunque mi ámbito de desarrollo es varios múltiplos superior al espacio terrestre. No tenemos pretensiones de ser los más sabios del cosmos, ni mucho menos, anhelamos ser independientes, pero quiero expresar que nuestro nivel de inteligencia, como las criaturas superiores sabéis bien, es muy superior al del hombre, al que conducimos como nos da la gana. Los humanos son nuestros robots, en el ámbito que vosotros, los entes superiores, nos permitís actuar.

El sabio humano se quedó de piedra. Lo que anhelaba un instante de gozo se había tornado en una pesadilla terrible. Un ámbito de dolor y desambiguación de máxima crudeza, que, por fortuna, terminó cuando alguien movió su brazo.

-¡Poeta!¡Poeta!

Era su mujer, que le observaba, angustiada.

-¡Despierta, despierta! ¿Qué te pasaba, con qué soñabas? ¡Te movías con terrible angustia y no hacías más que repetir, «no tengo la culpa, no me castiguéis»? ¿Quién te iba a castigar?

El poeta, ya despierto, guardó silencio, se levantó presto, y mientras se aliviaba de los líquidos que se le habían acumulado durante la noche, pensó: «Qué complicado resulta todo esto».

Pero se guardó, muy mucho, de comunicar a nadie, ni siquiera a su esposa, sus presentimientos y, naturalmente, tampoco le contó su sueño, porque no deseaba escuchar ninguna interpretación.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: cósmica, cuento de invierno, éspecie, hombre, humanidad, importancia, reunión, sabios

Cuento de otoño: La verdadera historia del pueblo que se volvió invisible

16 octubre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

En las secciones de Historia Universal y Particular de las Bibliotecas y Hemerotecas se pueden encontrar montones de verdaderas historias que, cuando se las rasca para comprobar su verosimilitud, se transforman en cuentos chinos.

Lo que voy a contar es justamente, lo contrario. Un aparente cuento chino tan verdadero como la vida misma; vamos, súper, súper-real.

Para empezar por algún lado, debo aclarar que en la época en la que se sitúa este relato, hacía ya mucho tiempo que se habían erradicado o controlado todas las formas de epidemia que, en la antigüedad, habían provocado cientos de miles de víctimas. No había ni peste, ni mal español o francés, ni tuberculosis, ni viruela, ni, mucho menos, hambre.

Podíamos decir que, salvo ligerísimas excepciones, los que morían lo hacían porque habían agotado el fluido vital que cada uno lleva dentro de sí o decidían irse a conocer el otro mundo de forma acelerada, quitándose de en medio.

Hecho este más bien largo prolegómeno, indicaré de inmediato que así estaban las cosas cuando en la ciudad de Opulencia, allá en la región de La Desgana, famosa por sus habichuelas de ojo amarillo, una mujer muy observadora le comentó a su esposo, muy agotado de tanto aventar humos y pajas, en el descanso publicitario de un programa de variedades que ofrecían por la televisión nacional.

-Hoy, cuando volvía en el metropolitano de la clase de aeróbic, entró en el vagón un tipo al que le faltaban una pierna y un ojo, pidiendo ayuda para subsistir.

-¿Y? ¿En qué nos afecta a nosotros? ¡Ya sabes que esos tipos que piden son ladrones o drogadictos!- razonó el esposo, que aprovechaba el momento para cambiar de canal y enterarse así de los resultados de la Fase Previa de la Copa Federaciones.

-Solo te lo comentaba porque el hombre atravesó el vagón, que estaba lleno, y nadie lo miró. Pasó entre la gente como si fuera invisible. -dijo la mujer, al tiempo que advirtió- Vuelve a la Uno, que seguro que ya empieza Enterados.

El programa Enterados estaba aquella noche especialmente interesante, porque reflejaba la historia de una modelo muy cotizada (la que salía con aquel locutor de pelo pincho) que había sido fotografiada con el hermano pequeño de un futbolista, ese del anuncio de agua de colonia que tiene un tatuaje en el muslo izquierdo.

La constatación de la esposa observadora, que llamaré, Perspica Lopersigo, no tenía porqué haber sido casual. En las calles de Opulencia (nombre que estaba ligado a la Edad de Oro de la ciudad, y que la Corporación había decidido mantener, aunque se había propuesto por el sector crítico cambiarlo por el de Decadencia, quizá más apropiado), se podían encontrar con creciente intensidad, nuevos moradores.

Eran hombres, mujeres y niños, venidos de muchas partes, pero sobre todo, del sur y del oriente, que se afanaban en buscar el vellocino dorado, el oligofante pétreo o la piedra filosofal, que alguien les había convencido previamente que se encontraría por aquellos lugares.

Como pronto se les hacía evidente que, de eso, nada, todos cuantos llegaban desaparecían, procurando no dejar rastro, y los que quedaban en la calle, parecían disponer de la extraña cualidad de hacerse invisibles.

Pespica lo comentó con sus mejores amigas.

-¿Os habéis dado cuenta de que todos pasamos entre estas gentes, que están tiradas en el suelo, ocupan las cabinas vacías de los bancos, pretenden limpiar el parabrisas del coche o se acercan para ofrecernos toallitas, sin verlos?

-Hay que acostumbrarse. Si les prestas atención, son unos pesados de agárrate. Además, casi todos son drogadictos -le explicó su amiga Condolen.

-Por no decir, extranjeros, que no se lo que es peor -apuntó Sincerita, que estaba casada con un jefe de protocolo.

Pasó algún tiempo y Perspica notó que los habitantes de Opulencia, cuando pasaban unos al lado de otros, tampoco se miraban. Se habían contagiado. Hacían como si fueran invisibles. Ponían los ojos en el horizonte o la mirada extraviada y aparentaban tener mucha prisa en ir hacia cualquier parte.

-Creo que me he hecho invisible yo también -se lamentó Perspica, mientras veía con su marido una nueva temporada de Enterados-. Ayer me crucé con Condolen y no me vio.

No obtuvo respuesta.

-Me parece que me he hecho invisible incluso para ti -continuó Perspica.

Se dirigía hacia el sofá, creyendo que su esposo estaba allí, pero él se había levantado por una cerveza.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: angel arias, cuento de otoño, hombre, invisible, matrimonio, pobre, solidaridad

Cuento de otoño: Castores y ratas de agua

15 octubre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Hace muchos años, en lo que, andando el tiempo, sería conocido como País de los Despropósitos, había lugares en los que la vegetación era exuberante, junto a los ríos, arroyos y riachuelos, si bien el resto del territorio era desértico, por falta de agua.

En esos biotopos especiales, las ratas de agua vivían felices. Comían plantas y frutos frescos, babosas, caracoles y gusanos y los pocos depredadores que podían intimidarles -zorros, fundamentalmente- no tenían especial interés por ellas, porque sus carnes les sabían a fango; preferían los topillos de pradera, que se alimentaban de alacranes, saltamontes y bayas secas, y eran, por ello, más sabrosos.

Sucedió que un día, una nueva especie apareció en aquel hábitat. Que, desde más allá de las montañas y las tierras de fuego, empujados por el hambre o la curiosidad, vinieran desconocidos, no era tan extraño. Lo normal es que no pudieran aclimatarse y murieran o se volvieran por donde habían venido, al cabo de poco tiempo.

Eran castores y, por lo que dijeron a quienes se molestaron en escucharlos, habían llegado para quedarse.

Los recién llegados, eran solo tres o cuatro parejas, y pocas ratas de agua les prestaron atención especial, al menos al principio. Los desconocidos eran, en cierto modo, incluso parecidos a las ratas de agua, aunque más voluminosos, y parecían bastante simpáticos.

-Solo venimos a trabajar y nos agenciaremos para conseguir alimento sin molestar a nadie. -dijo el que parecía llevar la voz cantante.-Decidnos solo un lugar en el que podamos estar tranquilamente.

La autoridad competente de las ratas de agua les asignó un lugar en una de las zonas más alejadas de los núcleos de población principal de las ratas acuáticas, corriente arriba de uno de los regatos menos caudalosos.

Era el peor sitio de los imaginables para las ratas de agua, que no habían llegado tan arriba, porque preferían las desembocaduras de los ríos, donde, en los deltas, las aguas discurrían muy tranquilas, y la vegetación se componía, sobre todo, de plantas que crecían en el fango, muy jugosas y tiernas, por lo que no necesitaban realizar exploraciones que podían resultar peligrosas.

-Procurad no hacer mucho ruido por las mañanas -fue la única advertencia que se les ocurrió a las ratas-. Aunque estaréis lejos de las zonas habitadas por nosotras, nuestros pequeños y a nosotros nos gusta dormir a esas horas, después de una noche de frenética actividad llenando nuestros estómagos.

Las tres o cuatro parejas de castores se instalaron río arriba, muy, pero que muy arriba, en lo alto de las montañas casi donde se encontraban las fuentes y los manantiales. De inmediato, empezaron a fabricar, cada familia por su lado, los diques que les parecieron adecuados para crear el hábitat en el que poder criar a sus retoños ciegos a salvo de la intemperie y, por supuesto, almacenar bajo el agua reservas para el invierno, porque en las alturas hacía tanto frío que todas las superficies se helaban.

Derribaron algunos árboles muy grandes con sus poderosos y afilados dientes, y arrastraron las pesadas ramas hasta los lugares que les parecieron adecuados para embalsar el agua.

Unos aquí, otros acullá. Trabajaban día y noche, porque su voluntad era transformar la naturaleza para adaptarla a lo que necesitaban.

Eran construcciones, de verdad, muy interesantes, compactas y resistentes, y que, para hacerlas razonablemente estancas, guiados por la experiencia y el instinto, reforzaban con barro.

El agua quedaba retenida en ellas, formando remansos de un alto valor estético y en huecos de las presas los castores mantenían a sus retoños o guardaban ramas tiernas.

Seguramente era de lamentar que ningún animal pudiera valorar tanta belleza de aquellas creaciones, pues todos quienes vivían en lo que luego sería llamado el País de los Despropósitos -desde las ratas de agua a los topillos de pradera, por no hablar de caracoles, peces y zorros- carecían de la inteligencia o formación adecuadas para dejarse impresionar por lo que resultaba tan claramente inútil para su especie.

Las ratas de agua que estaban río abajo no tardaron, sin embargo, en darse cuenta de que las aguas no fluían con la misma intensidad que antes. Los caracolillos y las babosas (en especial, las desprovistas de concha, muy apetecibles) escaseaban.

Pero lo más alarmante era que algunos meandros del delta estaban empezando a cambiar su curso.

-Venid río arriba -les dijeron las ratas de agua que ya se había desplazado a vivir en las zonas altas-. Allí el trabajo de los amigos castores ha conseguido inundar áreas que antes estaban secas, y hay ahora alimento suficiente, en donde hace poco tiempo solo se encontraba el desierto.

Sucedió, sin embargo, que, cuando llegó la temporada de lluvias, las aguas torrenciales se llevaron por delante los diques de los castores. Aunque estaban hechos para resistir las corrientes normales, no aguantaron las crecidas impetuosas provocadas por escorrentías y torrenteras que aparecieron por todos los lados.

El colapso de los diques, arrastró también árboles y ramajes. Los castores, guiados por su instinto, presagiaron el momento y pudieron salvar a sus crías. Pero muchas ratas de agua, que carecían de esa experiencia, se encontraron de bruces con el cambio de condiciones de vida. Perdieron a muchas de sus crías. Confiadas en lo que creían saber del entorno en el que siempre habían vivido, generación tras generación, no consideraron la posibilidad de que el nivel de los ríos pudiera variar tan bruscamente.

Fue una catástrofe para las ratas de agua, tanto las que vivían río arriba como las que se habían quedado en el delta. Las plantas de ribera resultaron arrancadas en muchos puntos y, en otros, se cubrieron de piedras y un loes que las hacía, al menos momentáneamente, incomestibles.

Realmente alarmadas, convocaron a una reunión de urgencia. Habían encargado a expertos en deltas y meandros que emitieran sus informes, lo que hicieron prestamente, utilizando los conocimientos acumulados en sus genes durante siglos.

Obligaron también a los castores a que asistieran a la convocatoria, para que expusieran sus argumentos, aunque ya se habían confabulado de antemano para no escucharlos.

El encuentro resultó áspero. Una rata de agua experimentada, que decía haber vivido en los deltas del que luego sería llamado por los humanos río Misisipi, afirmó estar rotundamente convencida de que los diques habían provocado desequilibrios insoportables en las corrientes de agua, y que, en consecuencia, los castores deberían ser expulsados del territorio.

Fue aplaudida por todas las ratas de agua.

El portavoz de los castores hizo ver que ellos no habían provocado las lluvias torrenciales y que, en realidad, la construcción de los diques había sido beneficiosa, mientras estuvieron en pie, para la existencia de las ratas de agua, pues se habían podido colonizar nuevos territorios y disponer de más alimento que antes.

Fue silbado por todas las ratas de agua.

No hubo, pues, acuerdo. Las ratas eran mucho más numerosas, incomparablemente superiores en número, y a dentelladas y empujones, echaron a los castores de aquel que consideraban su territorio, y de ellos, nunca más se supo.

Fue más o menos por aquellas fechas cuando se instalaron algunos humanos en ese lugar, y encontraron a las ratas de agua bastante sabrosas, exterminándolas prácticamente.

Los castores, que habían seguido creciendo en número, volvieron a ocupar las áreas del País de los Despropósitos de las que habían sido expulsados. Cuando su número creció, los humanos los declararon objetivo de caza para sus escopetas.

No serían aprovechables como alimento, pero sus pieles, utilizadas como pellizas y abrigos, a los humanos se les antojó que los hacían muy elegantes.

Claro que la historia no había hecho, en realidad, más que empezar.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: angel arias, biotopo, castor, cuentos de otoño, delta, destrucción, dique, enemigos naturales, hierba, hombre, inundación, manantial, manjar, naturaleza, rata de agua, riqueza

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