En un hormiguero de cualquier apartado territorio, que no merece la pena detenerse en ubicar exactamente, en el que había decenas de miles de montículos poblados cada uno por cientos de miles de hormigas idénticas, vivía una hormiga.
¿Una hormiga en un hormiguero en un campo atiborrado de hormigas? Podrá parecer una tontería. Desde luego, considerada como insecto, era físicamente igual a las demás; incluso para un entomólogo avezado, carecía de la menor característica que la hiciera peculiar, dentro de su especie.
Sin embargo, por una mutación cuya explicación correspondería a los analistas de las mutaciones inextricables, había nacido con una deformidad en el cerebro, lo que le había dotado de una particular cualidad, sin interés para las hormigas, pero, si llegara a ser descubierta por alguien que fuera capaz de contemplar el mundo de estos insectos desde arriba, y analizarlo, podría constituir un hallazgo asombroso.
La cualidad en cuestión, como se carecía de antecedentes que pudieran referenciarla al mundo de las hormigas, no tenía nombre. Al no tener consecuencias físicas -no suponía, pongamos por caso, una cabeza sobredimensionada-, pasaba desapercibida. Para apreciarla, era preciso tener visión de conjunto, lo que solo se alcanza observando la situación desde fuera. Y es un principio irrebatible del campo de la filosofía que ningún ser, ya sea humano o león u hormiga, puede entender la esencia de su naturaleza con los instrumentos propios de la misma. Vamos, que no se puede ser al mismo tiempo observador imparcial y objeto sometido a experimento.
Esa es la razón por la que en cualquier hormiguero, todas las hormigas se esfuerzan en cumplir su destino de una manera ciega, constante, incansable. Aunque no sepan jamás en qué consiste ese destino.
Como consecuencia de esa anomalía cerebral derivada de un par de enlaces estrambóticos en la cadena de los ADNs, la hormiga sobre la que escribo tenía la capacidad de analizar el trabajo del hormiguero como si no fuera, exactamente, una hormiga. Lo que no le impedía, dado que esa virtud o defecto permanecía ignorada para sus semejantes, las demás hormigas trabajadoras, cumplir aparentemente con su destino. Se afanaba, como las demás, en ir y venir, comunicando, cuando correspondía, con el roce de sus antenas con las que se cruzaba en el camino, lo que era determinante para la subsistencia de la colonia: dónde había comida, una colega malherida o muerta, la humedad ambiental o que había llegado la hora de ordeñar a los pulgones.
La cualidad de observar el trabajo de las hormigas, la convirtió, con el paso del tiempo, en una hormiga picajosa. Hacía lo mismo que las demás, desde luego, pero sin ver en ello una consecuencia propia de su naturaleza, sino con ansiedad. ¿Por qué hacer todos los días lo mismo? ¿Para qué? ¿Qué ventajas tiene el poblar la tierra de hormigas?…Y cosas por el estilo.
Para entender su desequilibrio, era como un pájaro con cuerpo de hormiga. Ni las hormigas soldado -encargadas de velar que no se colaran intrusos en el hormiguero, y deshacer con sus fuertes mandíbulas cualquier intento de desequilibrar el orden imperante, cualquiera que fuera éste-, ni las hormigas aladas -a las que se encontraba atravesadas en cualquier galería, holgazaneando, a la espera de que fueran llamadas para satisfacer los deseos sexuales de la hormiga reina-, ni la propia hormiga reina o su cohorte de admiradoras, serían capaces de entenderlo.
Por eso se cuidaba muy mucho de disimular, de forma que la procesión iba por dentro. Pero la hormiga de esta historia se pasaba muchas horas preguntándose el para qué de las cosas que hacían las hormigas.
En esas estábamos, cuando la casualidad quiso que se encontrara en el camino de un escarabajo pelotero. El escarabajo conducía su pelotita de estiércol fresco a su agujero, y, afanado como estaba en darle patadas a su deliciosa inmundicia, no reparó en que, en una de esas vueltas, se le pegó la hormiga.
-Héme aquí, por fin -reflexionaba la hormiga, mientras la cabeza le daba vueltas- a punto de conocer cuáles son las razones de los animales superiores. Este animal, que, por su tamaño y fortaleza, ha de tener las claves del comportamiento de las hormigas, me está conduciendo a su mundo, que, por lo que huelo y veo, es un paraíso de alimentos sabrosísimos y, supongo, de otros placeres.
Fue uno de los últimos pensamientos que alcanzó a terminar la hormiga, pues, embriagada por olores de tal intensidad, a los que no estaba acostumbrada, entró en una especie de éxtasis, lo que le salvó de sentir las certeras dentelladas con las que el escarabajo la convirtió en su alimento principal aquél día.
No consta que se dieran posteriores mutaciones en el mundo de las hormigas. Por ahora, al menos.
FIN
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