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Faldas y falderos por faldudos

29 mayo, 2015 By amarias Deja un comentario

Obviamente, han sido muchos los usos y costumbres que nos acercan a nuestros hermanos de lengua en Iberoamérica, y -al menos así lo tenía por admitido hasta años recientes- se creía que era España, como metrópoli, la que marcaba la pauta. Esta situación ha cambiado y, en la actualidad, nuestro país parece ir a remolque de lo que nos señalan al otro lado del charco: a veces, por directo influjo criollo; otras, actuando los de allá como intermediarios de la digestión de lo norteamericano que nos tragamos acá.

El asunto podría dar para escribir un librito sobre los influjos adaptativos, pero hoy quiero detenerme en una cuestión aparentemente trivial: la drástica disminución de la longitud de la falda en los uniformes femeninos de segunda enseñanza.

Hubo un tiempo, que se prolongó incluso más allá de la España tardofranquista, en que rigieron severas normativas de que las faldas de las educandas -eso sí, ya sin pololos- debían cubrir hasta la rodilla. El cumplimiento de esas instrucciones, que estaban incluso puestas por escrito, era especialmente controlado por sus mayores, con atención focalizada en ese período de efervescencia hormonal que la adolescencia introduce en las aulas (y que puede ser virulento si no se ha producido la segregación previa que en las granjas de animales de pico y pluma se conoce técnicamente como sexado).

Mientras en España se tapaban las piernas a las mozas, quienes viajábamos por ahí, constatábamos que las nenas de los colegios de pago latinoamericanos enseñaban sus muslos sin atender a hipotéticos decoros. Será por la calor imperante en esos predios, imaginábamos por causa última de la exhibición de carnes tiernas.

Los años avanzaron por el calendario, vinieron aperturas, y como en el hiposur de Europa también estamos en tierra de calor -agravada por un cambio climático que asoma solo la puntita- aparecería justificado que, si se añade la que está cayendo, se recortasen telas. La crisis obliga a acudir con la tijera a los rincones en donde calor o penuria aprietan.

Los viejos del lugar sabemos, sin embargo, que la corriente cisoria no empezó acortando faldas, sino por decisión de algunas de las mozas más atrevidas de la actual generación de madres, de ajustárselas más arriba al salir de las aulas, subiéndoselas hasta llevarlas casi al borde de los pezones; incluso, otras, cosían jaretones provisionales a las prendas, de un decímetro o más largos, que volvían a descoser cuando se sometían a la mirada escrutadora de sus progenitores, hoy ya en su inmensa mayoría criando malvas o hechos polvo.

Pasó más tiempo, y aquellas hijas se tornaron madres, y hoy muchas, por ley natural,  son abuelas y, por ende, las más retrasadas en esa condición genealógica aún siguen pendientes de tejer camisetillas y gorritos de lana que irán a parar a las Misiones. Pero las hijas más precoces en haber engendrado de aquellas madres que amé tanto y que luego, -unas y otras-, me miraron como si fuera un santo (Campoamor dixit), tienen hoy hijos adolescentes.

En mi memoria guardo lo que, hace cosa de un lustro, varios docentes me contaron en relación con telas escolares. Cuando la moda se propagó y las faldas se convirtieron masivamente en faldillas, algún profesor o profesora de los cursos de Bachillerato llamó la atención en el Consejo Escolar de que esa falta de tela era también asimilable a otra de decoro, y distraía en los aprendizajes de teorías diferentes de la que enciende las líbidos, y que era por los que, en esencia, se acudía a las aulas.

No solo madres, también padres varones pusieron el grito en el cielo contra esa pretensión dictatorial de atentar contra la libertad de sus hijas, ya maduras lo bastante -argumentaron- para vestirse como les petara o petase.

Hétenos, pues, hoy, asimilados en esa moda o costumbre de inspiración transoceánica, de que las nenas núbiles de colegios concertados, (en especial, por aquello de ser portadoras de uniformes) enseñen de lo suyo cuanto quieran, sin faltar al decoro que empieza ahora, al parecer, donde terminan sus prendas más interiores.  No van solas. Las acompañan, en sus grupúsculos en donde cuecen risas y charletas, según constato en las veces en que coincide mi paso con la salida de las aulas, uno o dos de sus colegas varones, convertidos, por ello, en falderos de las que las llevan de reducidas dimensiones, y, por lo que veo, a tenor de cómo ellos se visten, sin que les afecten tanto en sus atuendos externos los calores de la primavera.

No me parece que haya hoy más que una exigüa minoría capaz de escandalizarse por este ir de venir de faldas y falderos, incluso en aquellos momentos en que los faldudos (típicamente, las escaleras empinadas del subterráneo) dejen al descubierto el máximo de muslo de estas uniformadas mal vestidas. Al fin y al cabo, los viernes y sábados, estas mismas jovencitas salen a disfrutar de su noche ataviadas con trapos que les permiten idénticos desplantes corporales y, además, con el adendo de sus caritas pintadas a destajo, para disimular lo que quede de sus facciones infantiles.

¿Provocan a los adultos que las miran? No se equivoquen estos tales. No van provocando, las chiquillas, a los más viejos que ellas, y por eso, se equivocó de medio a medio el obispo de Tenerife, Benigno Alvarez, cuando se metió en el berenjenal de enjuiciar, con la doctrina más reaccionaria al alcance de su ministerial cerebro, el comportamiento de niñas y niños, allá por 2007, lo que despertó tanto fervor crítico mediático que aún perdura la cola del cometa. Porque a nadie que esté bien informado, impresionará, llamándola provocación para mayores, la exhibición masiva de muslos de féminas adolescentes, en época en la que incluso las imágenes de desnudos integrales en aparente posición coital se catalogan como aptas a partir de siete años.

Hay que mirar las cosas desde otra perspectiva. Se trata de una importación más que nos ha llegado de la zona actualmente dominante entre hispanos, que antes llamábamos colonias, y hoy marcan la pauta, porque los colonizados residen en Europa. Y están aquí, para quedarse. Así que vayan haciéndose a la idea de que el centro de gravedad de lo hispánico está en algún lugar de Centroamérica, y las cortas faldas responden al deseo de gustar a falderos de la misma edad adolescente, y no para dejar al descubierto de miradas adultas las bragas en faldudos.

 

 

Publicado en: Actualidad, Internacional, Mujer Etiquetado como: adolescencia, bragas, escolar, falda, faldero, faldudos, infantil, moda

Cuento de primavera: La moda del pico corto

24 mayo, 2014 By amarias Deja un comentario

Cuando se extendió el rumor de que en el ala oeste la mayoría de los inquilinos se habían sometido a una cuidadosa cirugía del labio superior, lo que les proporcionaba, sin duda, una apariencia muy simpática, cundió la indignación:

-Es intolerable -decía uno de los polluelos del ala este, que estaban siendo criados como pollitos tomateros, dando alas a su impulso contestatario-. Todos tenemos igual derecho a disfrutar de los adelantos de la técnica.

-¿Y qué podemos hacer? -preguntaba, más sosegado de carácter, uno de sus coetáneos, que cojeaba algo-. Es evidente que tenemos importantes limitaciones para tomar medida alguna.

Resultaba que el encargado de obtener el máximo beneficio en la explotación de aquella granja, había leído en algún sitio que, para evitar el despilfarro de pienso en los comederos -que, al caer al suelo, se entremezclaban con las deposiciones de los animales-, una medida adecuada era cortarles la parte superior del pico.

-Siempre se puede hacer algo -manifestó el pollito con dotes de liderazgo-. Hagamos huelga de hambre.

Y así lo hicieron.

El encargado, que era escéptico de los resultados de haber seccionado una parte del pico a las aves, pues imaginaba que el corte les produciría un trauma que les haría disminuir su ritmo de crecimiento, había dejado, de momento, incólumes, como colectivo de contraste, a los pollos del ala este. Cuando, al cabo de pocos días, comprobó que el peso de los de esta sección se separaba claramente de los que tenían el pico seccionado, no dudó en cortarles un buen trozo del pico, también a ellos.

-Ha sido un éxito -comentó el pollo que había convencido a los demás de la medida de presión-. Es la demostración de que no debemos rendirnos jamás en reclamar nuestros derechos a ir a la moda y disfrutar de los adelantos de la ciencia.

Y así siguieron, contentos, hasta que les llegó la hora.

En otra nave o dependencia de la misma granja, residían, convenientemente separadas en jaulas, unos cuantos cientos de gallinas ponederas. Eran todas muy aplicadas, por la cuenta que les tenía, aunque no todas eran conscientes de los resultados de su empeño. Si a un observador poco atento, se le hubiera solicitado que las describiera, deslumbrado por tanta similitud  aparente, hubiera definido a aquel grupo como de aves de plumas blancas, un tanto gordezuelas, y tan estúpidas como cualquier gallina.

El mismo encargado al que nos hemos referido antes, o quizá otro distinto, había leído en un libro que las gallinas enjauladas aumentaban su producción, es decir, la proporción de huevos que entregaban a las bandejas, si se adoptaban dos medidas que, en principio, nada tenían que ver la una con la otra.

En razón de la primera medida, instaló un aparato que regulaba artificialmente los momentos de claridad y oscuridad dentro de la nave, separándose así del ciclo natural que marca el orto y el ocaso del sol. Acortando la sensación de los días, y teniendo en cuenta que las gallinas ponen, salvo en los escuetos momentos de vacación, un huevo diario, confiaba, por lo que había leído, aumentar la producción de la granja en un veinte coma dos por ciento, al estirar en esa misma proporción el número de fechas del calendario, en el universo que controlaba de su nave.

Las gallinas no se dieron cuenta y, en efecto, los controles expresaban que la decisión sería un éxito.

En virtud de la segunda medida, compró varios gallos de buen porte, y, por turnos rigurosos, soltaba de sus jaulas a las ponederas, para que tuvieran una relación con los esforzados machos de aquella singular quintana. Más aún, por unos altavoces no muy estridentes, se difundía una música la mar de sugerente.

-Esto que se nos ofrece es un regalo por nuestro buen comportamiento -comentó, de pasada, volviendo del jaleo, una de las gallinas, que parecía más inocente que las otras, si bien no sería posible contrastar tal aseveración, por las dificultades para comprobar el coeficiente intelectual de estos animales.

-Tenía ganas de consumar mis deseos de maternidad -decía otra de las aves, devuelta también a su jaula, con algunas plumas menos, afanándose a poner huevo tras otro.

Como el lector humano comprenderá, no era el servir de solaz y esparcimiento a los desgraciados animales, lo que había motivado la incorporación a la explotación de aquellos gallos, sino, el que los últimos trabajos científicos documentaban que las gallinas engalladas ponen mejores huevos y de más color que las que viven en castidad dentro de sus celdas. Si, además, se incorporaba música de cámara durante y después de la coyunda, por ignotas pero efectivas causas, reinaba mejor humor en las enjauladas, comían mejor, tenían más lustre, incrementaban la puesta con las mismas dosis de alimento.

El encargado, o el ingeniero director, o alguien que leía libros de esos en los que se recogen avances y mejoras de la técnica, encontró otra medida que se presentaba como efectiva para lo que era su objetivo: producir más con menos. Según los eruditos de su campo, si se seleccionaban razas de aves con las patas muy cortas, las jaulas podían ser más pequeñas y, además, al no poder moverse con ninguna facilidad, tanto los pollos tomateros como las gallinas ponederas, se concentrarían en aquello para lo que se les había traído a este mundo, cada uno en su especialidad productora.

Compró el hombre, para probar primero, algunos de aquellos deformes animales. Había gallos y gallinas de tal raza, y, como se trataba de repoblar, si el asunto funcionada, con las estirpes recién llegadas, los antiguos modelos, los dejó sueltos, de momento, en un espacio central, acotado, pero suficientemente visible por los otros.

-¿Te has fijado en la moda? -cotilleó una gallina de las de la jaula a su vecina de reja-¡Se llevan ahora las patas cortas en la ciudad! ¡Ha pasado la moda del pico corto!

-Es lamentable -contestó la vecina, que, más observadora, estaba al tanto del ir y venir que se traían los granjeros, pues de cualquier animal que salía de la nave, nunca más se volvía a saber-. Es lamentable que no te hayas dado cuenta, que la única moda que no ha pasado es la de que nosotros estamos destinadas a poner huevos hoy y servir de caldo el día de mañana.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: comida, cuento, cuento de primavera, encargado, gallina, gallinácea, gallo, moda, música, pata, pico corto, pienso, producción

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