Hace hoy cuatro años nació mi primera nieta, Carlota. Es muy lista -mis cuatro nietas lo son, pero ella siempre será la mayor-, aunque aún no sabe leer. Entre los muchos regalos que recibirá en este día -tiene abuelos entregados, tíos muy próximos, tíos abuelos al acecho de fechas importantes, amigos consecuentes de sus papás y compañeros de sus trabajos- no creo que nadie haya tenido, además de un servidor, la descabellada idea de entregarle un relato socioeconómico para que lo lea, no ahora (ni siquiera para que se lo lean ahora), sino cuando tenga edad suficiente para analizar las cosas que se le ocurrían a su abuelo Angel, y poder juzgar, entonces, si tenían algún sentido o eran solo elucubraciones propias de la edad tercera.
Claro que, a lo mejor, también hay alguna persona mayor que se interese ya hoy por este regalo singular a mi nieta Carlota, y le apetezca leerlo mientras tanto.
Querida nieta:
He pensado que muchos de estos movimientos que los gobiernos de la Unión Europea y, entre ellos, particularmente, el nuestro, dicen que están haciendo para generar actividad y empleo, no dejan de ser manotazos al aire de la economía. Que estamos en crisis, lo sabe todo el mundo. Pero cómo salir de ella, ¿lo sabe alguien? ¿Se puede salir de esta crisis? ¿Todos, o solo unos cuántos? ¿En cuánto tiempo?
Cuando tú leas estas líneas, dentro de unos años (si es que no se han perdido en las cenizas del tiempo), las respuestas ya estarán dadas o serán muy fáciles de obtener, con solo mirar alrededor y contemplar lo que ha pasado. Hoy por hoy, en el momento de escribir estas elucubraciones (yo las llamo elucubraciones, para no inquietar a nadie, porque los pesimistas tenemos muy mala prensa), no hay consenso sobre lo que conviene hacer.
Los que toman las decisiones, (y los que, por estar fuera del Gobierno, no pueden tomarlas, sino solo criticar lo que hagan los que están haciendo como que saben por dónde van), no se ponen de acuerdo sobren las medidas concretas que tendrían efecto seguro sobre esas dos variables que te he nombrado antes: actividad económica y empleo. Ni siquiera parece que conozcan, con certeza, cuál de las dos es la variable dependiente, o si las dos son dependientes de otras variables principales. Hay muchos estudiosos que dicen que han reflexionado sobre el asunto, aunque mi opinión es que lo han hecho sentados cómodamente en sus despachos calentitos de profesores universitarios, entre clase y clase de teoría.
Tengo fundadas sospechas (es decir, es mi opinión), que las dos variables se han hecho, hoy por hoy, ya bastante independientes (en relación con lo unidas que estaban hace uno o dos siglos, por ejemplo) y, lo que es más importante, me temo (otra opinión personal), que cada vez lo serán más, porque las tecnologías -sí, esa especie de monstruo de las galletas que devora empleo por aquí y genera actividad económica por allá, y, a veces, a saber dónde-, eliminan mucha mano de obra allí donde se aplican, y, ya habrás visto, se aplican con intensidad y frecuencia creciente.
Caminamos hacia un mundo muy, pero que muy, automatizado, y eso, que parece bueno o bonísimo, casi óptimo (todos hemos soñado con la idea de que alguien nos haga el trabajo mientras estamos tirados a la bartola), sería nefasto si resulta que todo aquello que la mayoría de nosotros sabríamos hacer, (porque nos lo han enseñado en las escuelas de formación o lo hemos aprendido por nuestra cuenta), no tiene ninguna demanda.
Porque sabemos todos, y algunos lo hemos experimentado en nuestra carne, que lo que no tiene demanda, equivale a decir que nadie pagaría ni un chavo por ello, aunque nos pareciera lo más hermoso y útil del universo. (Por cierto, ya se que no habrá chavos cuando puedas leer esto por ti misma; ni siquiera los hay hoy, en verdad, esos chavos, cuando ésto escribo. Mi curiosidad para ese entonces en el que tú estás es: ¿hay alguna moneda en circulación, de las que sirven para comprar y gastar, o la mayoría de la gente, en el después, solo se dedica a cambiar unos productos por otros -habríamos vuelto a la economía del trueque-, o tal vez están a la espera de que su Banco les diga que ya tiene bitcoins en su cuenta personal?)
Se puede estar mucho tiempo discutiendo acerca de si las cosas van a evolucionar a peor o no, y si -como dicen algunos, en mi opinión, sin ningún fundamento claro – lo que va a suceder es bueno, ya que la humanidad demostrará, una vez más, ser tan inteligente, (de forma colectiva, claro: unos pocos perfeccionarán las tecnologías para que los que les pagan hagan con ellas lo que les convenga, que se va a encontrar la solución a los principales roblemas actuales y seguiremos avanzando (hacia donde creamos estar avanzando).
Al grano, Carlota. Lo que se me ha ocurrido es que lo más importante para estar seguros de que los desequilibrios del crecimiento ultra-rápido no nos descompongan gravemente nuestro sistema socioeconómico, (ahora tan precario en su equilibrio), debiera ser atender a lo que está pasando con el consumo. No hay que mirar solo a la producción, no. Encuentro que hay un error grave en que lo hagamos así. Porque estamos en un mundo de productores, que nos señalan, en su propio interés, que no es el nuestro, la mayor parte de lo que tenemos que consumir.
Debemos darle la vuelta a la tortilla y mirar desde la perspectiva que nos importa a nosotros, a la mayoría. A los consumidores.
Fijémonos, pues, en el consumo, es mi mensaje. En lo que necesitamos consumir y en lo que queremos consumir para ser más felices, mejores, más iguales, en aquello que interesa que seamos más iguales, que no quiere, ni mucho menos, pretender que a todos se nos encaje en el mismo rasero.
La matriz que importa -me refiero a algo parecido a la matriz de Leontieff, que ya hace tiempo que dejó de estudiarse, pero aún tiene su migajita de interés para mí y, posiblemente, algunos pocos que andarán desperdigados por ahí, dando clases de teoría económica o enfrascados en la poesía lírica para su exclusivo recreo- es el punto de vista del consumo.
Pongámonos, pues, a concretar y definir lo que nos interesa consumir a los consumidores. (Parece un juego de palabras, pero no se me ha ocurrido otra forma de resaltar que las personas no nacemos consumidoras, y que solo lo somos, cuando consumimos, que es una parte pequeña de nuestro tiempo, pues también somos productores, y amigos de divertirnos, y aprendices de brujo, y…). A partir de ahí, deduciremos si somos capaces de producirlo, con qué medios, dónde y con el propósito de hacerlo de la manera más eficiente de todas las posibles.
¿Qué cuál es? ¡La más barata que nos permita cubrir la necesidad y, si no es la de menor coste respecto a las alternativas (que eso es ser la más barata), la que nos apetezca mantener, pero porque lo hayamos decidido nosotros, los que hemos fijado la calidad del producto que consideramos más interesante en relación con el objetivo! (por ejemplo, para preservar el medio ambiente, o mejorar el empleo de una zona, o llevar energía, agua y servicios de sanidad para todos, o ayudar a un sector de la población a salir adelante de una catástrofe… )
Hay varias formas de llegar desde el consumo a la producción, -no digo que sea sencillo, hay que ponerse a ello- y algunas nos vienen señaladas por lo que se seguirá llamando, mientras el mundo sea mundo, factores de conversión. Los que yo propongo utilizar son los factores inversos, no los directos. ¿Cuánto hace falta producir de cada cosa para satisfacer este consumo? ¿Cuánta superficie tenemos que sembrar para tener, por ejemplo, las doscientas toneladas de tomates, trescientas de patata, veinte de remolacha,…que queremos consumir? ¿Cuántos agricultores? ¿Cuántos camiones para transportarlas a los mercados? ¿Cuántos conductores de camión? ¿Cuántos…?
Y así, con todo.
Me repito algo, pero como no sé la edad que tendrás cuando puedas leerme, y mucho menos, la edad en que tendrás capacidad para entenderme, voy a dar una vuelta más al argumento.
Lo sustancial es saber, y definir, cómo alcanzar de forma verdaderamente interesante para la mayoría, la producción de un bien, de cualquiera de los bienes que deseamos consumir, porque hemos tomado antes la decisión de que nos apetece tenerlo, hacerlo, disfrutar de él.
Puede ser que lo consigamos explotando racionalmente los recursos naturales (decimos ahora, de forma sostenible, pero hay que advertir que los sostenible no lo puede decidir un grupo empresarial, ni siquiera un Estado, sino que hay que medirlo con neutralidad, a escala de toda la Tierra).
Tampoco es complicado saber lo que es sostenible: lo es si lo que necesitamos para producirlo es igual o menor que lo que desaparece cuando lo consumimos. Puede que lo consigamos fabricando un bien intermedio a partir de los beneficios que podamos generar en otro lado. Puede que sea necesario inventar alguna forma nueva, por ejemplo, de curar enfermedades, de prolongar la vida, de hacer más confortable la existencia de los ancianos, de los que sufren adversidades físicas, de los que no tienen tanta formación o información.
Tenemos que calcular con cuidado que lo que necesitamos consumir no haga desaparecer para siempre lo que necesitamos para producirlo. Eso nos obliga a ser muy cuidadosos a la hora de planificar nuestro consumo.
Tenemos que analizar, siempre de atrás hacia adelante, del final a la cabecera, cómo se distribuye toda esa cadena de consumidores-intermediarios- productores, teniendo en cuenta que los que mandan y marcan lo que hay que producir y cómo, seremos nosotros, los futuros compradores, los que los necesitamos.
Así, si se trata de un producto natural, sabríamos cuánto interesa extraer ahora -lo justo-, guardando las reservas para otro momento, sin agotarlas ni despilfarrarlas, sabiendo que otros necesitarán también lo mismo, o más, o mejor.
Si se trata de un producto derivado, se fabricará en la cantidad exclusiva para cubrir exactamente la demanda. No vamos a querer -¿verdad?- ni aparatos que consuman más productos naturales de los que podemos producir, ni más juegos ridículos que nos idioticen, ni más coches tan veloces que nunca podamos utilizar a las prestaciones teóricas de su fantástico diseño, ni maquinitas que nos aislen de los demás, encerrándonos en nuestra soledad de profundidad interminable…
Si hemos calculado mal y hemos agotado lo que producimos sin cubrir todas las necesidades de todos, lanzaremos un nuevo pedido urgente a los centros de producción más eficientes, y lo tendremos inmediatamente el cálculo para corregirlo la próxima vez. Si se ha producido de más, o se ha estropeado una parte, guardaremos el excedente para otro uso posterior, conservándolo con cuidado, o reciclaremos o recuperaremos, hasta donde sea posible, lo inservible para su destino original, aprovechando la energía que aún contiene su materia.
Habrá que ponerte ejemplos, porque ya se que, incluso ahora, en que aún eres muy pequeña, te gustan los ejemplos concretos y, por supuesto, infiero que cuando seas más mayor, y más juiciosa todavía, te gustarán mucho más.
Tomemos por ello, como ejemplo, el consumo de los funcionarios: del dinero de que dispongan, una parte se dedicará a comprar alimentos, ropa, y otros bienes de consumo propio o familiar; ese dinero o disponibilidad económica, irá a parar (ahora) a los cadenas de distribución de alimentos o vestidos (cada vez menos, al tendero de la esquina), que obtendrán beneficios, tal vez importantes, porque, a través de sus intermediarios (que ganarán algo cada uno), son capaces de comprar barato a los agricultores, ganaderos o a los que confeccionan los trajes y zapatos, tal vez en países aún pobres en donde las gentes ganan poco.
De esa manera, los que producen esas materias imprescindibles para vivir y sentirse abrigados o frescos, e incluso pasarlo algo mejor, a veces tienen que vender por debajo de lo que les cuesta y, casi siempre, mucho más barato de lo que el consumidor paga por ello. Y como nadie se preocupa (o poco) de repartirlo bien, para que llegue a los que no pueden pagárselo, incluso habrá muchas veces (así sucede ahora) en que, para mantener los precios o porque no llega a tiempo al punto en donde podría consumirse, se pierde. No digamos si, además, nadie ha calculado cuánto es, de verdad, necesario producir para que todos los que consumen tengan lo necesario. ¡Aunque no puedan pagarlo de momento!
No te quiero complicar la historia, sino solo que te imagines toda la cadena de personas que se sostiene -no solo con el dinero de los funcionarios españoles, claro- con ese flujo de dinero, que tienes que tener presente de dónde proviene: de los impuestos que pagan los ciudadanos de cada país.
Podíamos seguir también el rastro de la parte que los funcionarios pueden dedicar a comprar viviendas, a alquilarlas, o a disfrutar de su ocio. Así construiríamos una cadena de gasto y consumo que nos llevaría hasta el destino final de ese flujo de dineros; los productores, constructores, terratenientes, especuladores, etc. Unos, bien intencionados; otros -¿los más?- egoístas y ávidos de acumular para sí.
Pensemos ahora en un trabajador de una empresa. En la parte inferior de la pirámide de salarios, están aquellos que apenas ganan lo suficiente para cubrir sus necesidades básicas (algunos, ay, ni siquiera eso). El dinero que entreguen a sus proveedores seguirá un camino parecido al del dinero del salario de los funcionarios. Solo que el origen de lo que reciben debe provenir de una actividad de producción o servicios regida por el mercado.
Atención, Carlota. El trabajo de los funcionarios es muy importante, y no debes interpretar, ¡al contrario!, que no son necesarios: son imprescindibles, pero no tengo tiempo ahora para explicarte por qué. Lo que quiero decir ahora, porque me importa más a este relato, es que los que trabajan para el mercado tienen que obtener la productividad que justifica sus salarios a base de lograr que el valor añadido de lo que fabrican o realizan es positivo: lo que venden sus empresas tiene que dejar beneficio respecto a lo que les ha costado lo que necesitan para producirlo.
¡Santo Dios! me dirás. ¿A dónde quieres llegar, abuelo?. Tranquila, estamos casi al final de esta historia. Lo que compran los asalariados que menos cobran, sean funcionarios o trabajadores de empresas privadas, o autónomos de cualquier tipo, está, fundamentalmente, dedicado a productos de primera necesidad.
Puede que paguen mucho más de lo que van a recibir los que han cuidado las hortalizas en el campo o confeccionado los vestidos y zapatos en un sótano de la India, Bangladesh o Madrid, pero lo que importe es que, por el camino, diversos intermediarios -incluso de otros países-, algunos de ellos, quizá, grandes empresas, se habrán quedado con las diferencias. Y las emplearán en lo que les apetezca comprar, porque, para ellos, son sus beneficios. Si los emplean en montar más empresas y poner ese dinero nuevamente en circulación, y lo hacen en el país en donde se generó el beneficio, vamos bien. Si lo emplean en otros países, los que irán bien serán los ciudadanos de allí. En otro caso, si el dinero permanece congelado, improductivo, estéril, es un desastre para todos.
La parte que más interesa saber a dónde va es la que corresponde a aquellos productos que no son de primera necesidad. La sociedad de consumo nos está continuamente bombardeando con anuncios muy seductores: electrodomésticos que hacen maravillas (muchas de ellas, estrambóticas o inútiles), aparatos reproductores de imágenes o música, espectáculos con figuras sobrehumanas alimentadas de fantasía generada en estudios electrónicos, vehículos con prestaciones muchas de las cuales jamás utilizaremos, viajes exóticos, etc. etc. ¿Quién se va a quedar con los beneficios generados por todo ese mundo de avidez y apetencias teledirigido, cuya base es que pocas veces sabremos el coste exacto de producir las mercancías, y por tanto, no sabremos el precio justo, sino que, simplemente, nos hemos guiado porque nos apetece tenerlo en nuestro poder?
Pues aquí está mi mensaje, Carlota, y me repito nuevamente. Fijémonos en quién está al final de la cadena de producción, a partir del consumo específico y preguntémonos qué está haciendo con el dinero que va acumulando, al recolectar los beneficios del trabajo de muchos. ¿Lo pone en circulación, lo invierte en otros países, compra tierras, se hace una mansión o varias aún más lujosas, crea una fundación, adquiere cuadros para su colección privada….?
He aquí la obligación más importante de una sociedad responsable de su futuro: controlar la reutilización constante de las plusvalías que se generen colectivamente, de forma que produzcan más, y, sobre todo, que se distribuyan bien. Y mi indicación es que, en cuanto puedan y tengan voluntad para hacerlo bien, lo hagan mirando hacia atrás desde el consumo, y canalizando las apetencias de la mayoría para evitar despilfarros o acumulaciones interesadas de plusvalías colectivas.
Ese es mi regalo, querida nieta. No es una muñeca, ni un vestido de hadas, ni se puede comer como un chuche, ni siquiera te va a divertir como los cuentos que te cuenta, para que duermas mejor, la abuela Chus, cuando tus papás te dejan con nosotros algún día.
Tu abuelo Angel es, posiblemente, uno de los abuelos más aburridos del mundo para una nieta de tu edad. ¿ O no?
Un beso y, por supuesto, Happy Birthday! (Te lo dicen así, ¿verdad?)
