Ya alguna otra vez me he referido a La nueva mente del emperador, el primero de los libros de Roger Penrose destinado a demostrar, con argumentos no aptos para todos los públicos, que no puede haber ningún artefacto que pueda competir con la mente humana en su capacidad de generación de algoritmos.
Es decir, en explicación para andar por casa y cuya torpe redacción es de mi exclusiva responsabilidad, aunque en algún momento se llegara a desvelar el truco de magia cósmica con el que se puso en evolución, por generación espontánea o capricho de un Hacedor metafísico, un punto gordo de sutil energía atiborrado de nanopartículas hacia una compleja diversidad de puntos de materia de los que la mayoría no están destinados a ser contemplados por nosotros, tendríamos pendiente de solución otro asunto, de mucho mayor interés para nosotros.
Tenemos, sí, montones de ecuaciones y fórmulas irrefutables que nos dicen ya mucho del comportamiento de la materia cuando fuerzas externas actúan sobre ella o cuando la obtenemos para observarla, en su propia quietud, bajo una lupa y medirla con una regla.
Estamos a punto, nos dicen, de encontrar el Primer Postulado a partir del cual lo sustancial de lo físico se desplegará como un manto de coherencia interna. Pero no tenemos casi nada avanzado en el estudio de la lógica que rige nuestro propio comportamiento, y no digamos, del colectivo humano, empeñado en un continuo proceso, y cada vez con mayor aceleración, de generación de ideas e interferencias sobre la energía y la materia, y de las que resultan especialmente perturbadoras sus dos categorías extremas: las geniales y las estúpidas.
La guerra de Siria pertenece, sin duda, a la esfera de las intervenciones destructivas de la especie humana sobre la materia. No es tan grave para ésta, porque la materia se puede reconstruir con ecuaciones y fórmulas que conocemos, en procesos que, como colectivo, dominamos. Así que se podrán poner en pie edificios parecidos, reparar carreteras y monumentos demolidos, fabricar armas incluso más eficaces, gases tipo sarin mucho más letales. No habrá problemas por ese lado.
Lo que no podremos jamás reconstruir será la vida de los miles de muertos en esa batalla por el poder sobre una parte ínfima de la materia, eliminar el dolor y el sacrificio de los miles de heridos, mutilados, refugiados, huídos, enloquecidos, desorientados… No lo podremos hacer aunque seamos millones los personajes que contemplamos, impávidos -no impotentes, impávidos- la desgracia de una parte de quienes llamamos, sin embargo, semejantes. Como lo son los de Irak, Afganistán, el Sahel,…
Una joven siria, perdida en algún lugar de Grecia, a la que había llegado atravesando Turquía desde su país en llamas, y que se encuentra, sin documentación, sin medios, sin familia, a punto de ser remitida a Túrquía, devuelta porque, ya se sabe, -lo oí de uno de sus jefes de Policía- Grecia tiene una grave crisis y no puede, además, conceder permiso de entrada a la Unión Europea a quien no reúna las condiciones legales, preguntaba: «¿Qué haceís por nosotros, más que tomar fotos? ¡Solo fotos!¡Fotos!».
La mente del emperador está embotada. Y con la mente en ese estado, las máquinas imaginadas por Turing cobran más sentido; somos reproducibles en gran medida, asquerosamente repetitivos en demasiados de nuestos comportamientos.
