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Viaje circular

17 septiembre, 2016 By amarias 1 comentario

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La señora que ocupaba el asiento de al lado en el autobús que nos conducía a la Plaza de Castilla, aprovechó que yo había levantado los ojos de los papeles que estaba leyendo, y me preguntó, con educada dicción: «¿Va Vd. a alguna parte?»

Estaba aún bajo los efectos de asimilar la insólita cuestión, cuando mi acompañante circunstancial me dio una explicación acerca de su propio viaje: «Yo no voy a ningún sitio. Por la mañana, como tengo tarifa de la tercera edad y no me cuestan los viajes, cojo el primer autobús que pasa por mi parada y me voy cambiando de uno en otro hasta la hora de la comida. Así paso el día entretenida y conozco gente».

Supongo que el propósito principal del «viaje a ninguna parte conocida» que vienen haciendo nuestros representantes en Cortes desde diciembre de 2015, es el de pasar una temporada entretenida y conocer gente. Su exposición pública nos ha ayudado, también, a conocerlos a ellos mejor lo que, lamentablemente, y hablando en general, no significa que hayamos incrementado nuestro aprecio hacia sus personas, capacidades y actitudes.

Está claro que han confundido la trascendencia del momento. No se está negociando un cambio de las posiciones astrales, ni siquiera del paradigma tecnológico (si es que esta combinación de palabras significa algo para el lector), ni la solución global y definitiva a los problemas de la Humanidad. No. Lo que se pretende es que alcancen un mínimo consenso para que un equipo de gentes asuman el Gobierno de los temas de este país, y se conforme una oposición leal y constructiva que actúe de acicate y vigilancia de aquél.

Vamos ya. A mi no me parece que haya que rasgar las vestiduras del templo para aceptar que se abstenga el PSOE, en todo o parte de su bancada, y que siga gobernando el PP, incluso con Rajoy a la cabeza, unos meses más. No veo opciones para un acuerdo precario de coalición Unidos Podemos, Ciudadanos y PSOE que haga a Sánchez presidente por algunos días. Y no me parece serio abocar a la ciudadanía a que repita la manifestación de sus preferencias.

Es deplorable el espectáculo de corrupción y amiguismo que, durante años, han estado representando el PP y el PSOE allí donde les correspondió gobernar. Nos avergüenza a todos. No ha sido tan grave como el contubernio de muchos alemanes con los nazis o de no pocos españoles con el franquismo, ni nuestra sensibilidad colectiva se ha vuelto tan casposa como la de esa mitad de norteamericanos que dicen apoyarán a Donald Trump hacia la presidencia de su país. Seguramente lo que nos pasa, como otras veces, es que nuestros delincuentes, nuestros listillos, nuestros paniaguados y tramposos son menos hábiles, más confiados, más cutres, que los de los países que nos aventajan en defender su civilización y su orden establecido, y le sacan colectivamente mejor provecho.

Sea por lo que fuere, tenemos el país patas arriba, el empleo por los suelos, la economía a la deriva, las instituciones a la greña o en hibernación placentera. Aquí y allá, observamos cómo se abren nuevos casos judiciales que se acumulan a los existentes-incluso algunos afectando a personas próximas a la Jefatura del Estado-. Tanto desorden ha conseguido trasladar al pueblo llano la certeza de que España es/era un cortijo en el que unos pocos se repartían/reparten las prebendas principales. Claro que los demás, por aquello de la subsistencia, procuraban/procurábamos/procuramos hacerse/hacernos con algunas migajas. Qué le vamos a hacer, la crisis económica ha hecho inocultables nuestras profundas deficiencias colectivas.

Si tuviera la solución definitiva para los problemas de nuestro microcosmos hispano, prometo que la aportaría de inmediato. No la tengo y, por más que leo y escucho, no conozco a nadie que la tenga. A veces contemplo con cierta envidia a los que manejan el martillo. Qué gusto tiene que dar, machacar desde el suelo una estatua caída por vencimiento de sus pies de barro, quemar una bandera convencido de que alguien se sentirá ofendido, romper un escaparate y saquear su contenido o plantear una batalla a las fuerzas del orden, con piedras, barras y botellas incendiarias, amparados en un grupo que ha sido convencido de que ha llegado el momento de reivindicar su derecho pacíficamente.

Solo que yo vengo con mi mochila a cuestas, curado de espantos, escéptico como la tabla de lavar. Mi vida, ya larga, me ha enseñado que para conseguir modificar las cosas hay que combinar habilidad, inteligencia y sentido de la oportunidad. He visto caer -sí, también en las garras de la corrupción que previamente habían vituperado con ardor- a unos cuantos que parecían puros, acomodarse a no pocos que habían prometido no cejar, sufrir y padecer a los mejores, abandonados a su suerte por los que los jaleaban.

Jóvenes, verdaderos jóvenes, y aquellos ancianos que los hostigáis, animándolos a que se lancen a una opción de acuerdos contra historia y natura en el deseo de cambiarlo todo, atentos. Aunque no le sepáis expresar bien, lo que intuís es correcto. Tenéis razón, el mundo está corrupto, las instituciones tienen en sí la semilla de la autoreproducción, los controles no funcionan como deberían, las mejores opciones no salen al mercado, etc., pero… por doquier las trampas proliferan  para los ingenuos e incautos.

Es muy lógico que creáis  imprescindible actuar con decisión, romper las cadenas, cambiar modos y métodos. Incluso entiendo que deseéis probar un antídoto fuerte, y apetezcáis lanzaros por el camino de la revolución. Ha de ser agradable -me repito- destruir cuanto apetezca destruir. Salirse del mercado, del orden, de cualquier doctrina.

Por ese instante de sumo placer algunos visionarios han entregado sus vidas en el pasado. Aunque, si os fijáis bien, la mayoría de los que encendieron las mechas fallecieron en sus lechos, tan campantes.

Y hoy, porque aprecio su trayectoria y su inteligencia, quiero invocar a un asturiano que fue víctima de una conspiración combinada de los que le envidiaban, los que le temían, los que no supieron o no quisieron protegerlo teniendo la fuerza para hacerlo, y aquellos no sabían nada de su vida y talante, pero creyeron que matándolo se libraban de un enemigo: Melquíades Alvarez. No es una calle, no. Fue todo un personaje, un intelectual sensato, un político sincero, un caído en la vorágine de una contrarevolución sin objetivos, y la ponzoña de un levantamiento militar con santo y seña.


La foto que ilustra este reportaje es la de un papamoscas cerrojillo. Está inspeccionando la posibilidad de instalar su nido en el agujero de un tronco de árbol. En otras fotos, he captado a su pareja. Imagino la ilusión con la que se asentaron en lo que creían el adecuado lugar. La proximidad a mi ventana me permitió vivir su tragedia completa. Unos días más tarde, cornejas y urracas tomaron posesión del sitio, deshicieron el emprendimiento, desbarataron la previsión de nidada. No volví a verlos.

 

 

 

 

Publicado en: Actualidad, Política Etiquetado como: elecciones, Melquíades Alvarez, política, revolución, viaje circular

Creo en el cuestionamiento sostenido

4 julio, 2014 By amarias Deja un comentario

(Es continuación de los cuatro Comentarios anteriores)

5. Análisis crítico de las perspectivas de la cuarta revolución tecnológica

Las dos primeras «revoluciones industriales» fueron consecuencia de la difusión generalizada de una nueva tecnología que modificaba sustancialmente el aprovechamiento de las fuentes energéticas. Pero el efecto práctico tanto de la máquina de vapor como el motor de combustión interna fue la mejora sustancial en la conectividad. Los seres humanos y las mercancías podían desplazarse de forma mucho más rápida, barata y segura que en la etapa precedente.

La tercera revolución industrial, en terminología aceptada por el Parlamento Europeo en 2006, según la idea de Jeremy Rifkin,  no está relacionada con la energía, sino con la difusión generalizada de la aplicación de la tecnología digital, cuyos efectos aún están en fase inicial.  Las telecomunicaciones han significado también la accesibilidad instantánea a los conocimientos disponibles en la red pública -o la interactividad e  intercambio dentro de las redes privadas- a una inmensa variedad de usuarios.

La ausencia de filtros de autoridad, o la posibilidad de enmascarar, adulterándolos, los criterios de verdad o verisimilitud con fines perversos, hace de las redes, también, un foco de distorsión del conocimiento científicamente contrastado, sirviendo para la propagación de falsas teorías, informaciones interesadas sin otro aval que la maldad o la codicia y, en fin, convirtiendo a una herramienta neutral por esencia en vehículo de intoxicación de la más amplia especie.

La cuarta revolución tecnológica discurre paralela a la tercera, solapándose con ella. No ha sido, desde luego, analizada, ni para unificar y clarificar su concepto, ni, obviamente, para estudiar sus posibles consecuencias. Un intento de definición sería la de «aquel proceso, de naturaleza exclusivamente tecno-sociológica, que plantea la necesidad de combinar el conjunto de conocimientos científicos -en sentido lo más amplio posible-, abierto a toda la Humanidad, con la obtención de niveles de calidad de vida satisfactorios y homogéneos, que alcancen a todos los seres humanos y que tome en consideración la necesidad de mantener el equilibrio dentro de la naturaleza.

En efecto, esta idea implica la valoración y reconocimiento del papel de los restantes seres vivos en el equilibrio natural, la preservación ambiental, el aprovechamiento razonado y restrictivo de los recursos, teniendo en cuenta sus reservas, distribución y su capacidad de renovación y, en fin, y como más importante, la plasmación de un objetivo común para la Humanidad, en el que se haya considerado el papel de las generaciones venideras, a las que corresponderá recoger el testigo de la existencia y el conocimiento en la imaginada carrera por alcanzar las claves que rigen el cosmos.

Por ambicioso o utópico que parezca el planteamiento, la aplicación a un país concreto resulta sencilla. Hay que garantizar la continuidad de lo que tenemos al alcance de nuestra actuación: no agotar, no contaminar, ser solidario, ser creativo, e impulsar la capacidad creadora de las nuevas generaciones, abriéndoles vías de pensamiento. Esto nos lleva a conceder prioridad a la formación, a la investigación, y a la evaluación y conservación de los recursos, compatible con su aprovechamiento actual si fuera imprescindible para garantizar, no el máximo bienestar de unos pocos, sino la supervivencia con el nivel de satisfacción adecuado, de la actual población.

Si hay que sacrificar algo, que sea el disfrute máximo de la capa más beneficiada de los actuales pobladores, en beneficio de la formación y desarrollo de las generaciones futuras.

La difusión generalizada de internet (es decir, de las comunicaciones telemáticas) en la producción industrial es solo un aspecto modificador, que reducirá -está reduciendo-la cantidad de trabajo disponible para el hombre y desplazará -está desplazando- la rentabilidad de muchas empresas, haciendo no pocas inviables en competencia con los nuevos planteamientos de negocio.

La reacción ha de ser coordinada y completa, porque la evolución natural es hacia el desequilibrio, y un desequilibrio no controlado en un sistema dinámico conduce implacablemente al caos. Las Escuelas de formación y las Universidades deben orientarse de inmediato hacia el total aprovechamiento de esas oportunidades, que se concretarán en la puesta en marcha de nuevas formas de emplear los recursos naturales y la mano de obra, especialmente en los países hoy menos desarrollados.

No son los centros de enseñanza los detentadores en la actualidad de los conocimientos tecnológicos más avanzados (puede que lo sean en cambio, de los filosóficos, por reflejar con este nombre los vinculados a las antes conocidas como Humanidades). Conseguir que las grandes empresas abran sus centros de investigación y compartan sus resultados es un reto al que no veo tan fácil solución, dado el egoísmo y cortoplacismo imperantes.

Pero generar la voluntad de comunicación abierta del conocimiento de muy alto nivel no es el fin último, sino solo una etapa en el camino.

La generación de una nueva infraestructura internacional, de cooperación y estímulo es también inexcusable, pues hay que evitar que las tensiones de esas nuevas relaciones de mercados y tecnologías se traduzcan en la aparición de una guerra de intereses que, dada la actual capacidad destructora de los países, nos llevaría al cataclismo final, provocaría la hecatombe de una Humanidad a la que perdió su incapacidad para dominar su evolución tecnológica, haciendo sus logros útiles para la totalidad y no para las élites.

No tengo propuestas generales de solución a largo plazo. A medio plazo, entiendo que la exacta valoración del problema,  para atender exclusivamente al nivel nacional, sugiere algunas actuaciones intermedias concretas, que implicarían el aprovechamiento, profundización y mejora de la cualificación competitiva internacional -mejorando así la Balanza de pagos, aumentando las exportaciones y restringiendo el consumo de bienes importados, sin que ello signifique la autarquía, sino la selectividad de lo adquirido en el exterior-.

De la estructura industrial y de servicios propia, dependerá la demanda de empleo y la cualificación necesaria. En un país dedicado al turismo mayoritariamente, necesita trabajadores de escasa formación, que serán remunerados con salarios bajos y se consolidará una estructura dependiente tecnológicamente, de baja capacidad de consumo y manipulable.

El aprovechamiento de nichos de mercado en países menos desarrollados, apoyados en la exportación de bienes producidos con tecnologías intermedias -o que no se puedan mantener en primera línea por falta de alimentación en origen- tendrá un carácter temporal, circunstancial, pues habrá de admitirse que estos países estarán interesados en asimilarlas rápidamente, captando técnicos extranjeros para sus centros de investigación.

En suma, si no se lleva a cabo, simultáneamente, la revisión de los postulados de cooperación mundial, asumiendo nuevas formas de distribución de tareas y beneficios, la cuarta revolución industrial será la última.

(continuará)

Publicado en: Actualidad Etiquetado como: ciencia, cuarta, guerra, industrial, investigación, mundo, revolución, tecnología

Montemos Comisiones (o, mejor, Hagamos Revoluciones)

25 abril, 2013 By amarias2013 1 comentario

Hace décadas, circulaba una «teoría del sobre» entre los recién licenciados que pretendía ilustrar la trayectoria profesional que nos esperaba: en una hoja de papel rectangular (el supuesto sobre) se dibujaban las dos diagonales y se escribía, en el hueco inferior que formaban las líneas «trabajo»; en las dos laterales, «reuniones y comisiones» y en la de más arriba, «comidas y copas».

El avance de una hipotética línea paralela a la base de ese sobre-rectángulo representaba la combinación de las actividades que nos tocaría desarrollar a los de cuello blanco a medida que fuéramos madurando en conocimientos: desde el solo trabajo al solo comidas y copas. Por supuesto, había oportunidad de destacar, cuando se explicaba el cuento, que en un momento preciso de la vida laboral estaríamos solo ocupados en reuniones y comisiones (1).

No veo razones esenciales para eliminar lo esencial de la teoría del sobre, como reflejo de un momento de la pequeña historia de este país y de otros parecidos a los que procura imitar, pero quiero destacar que en mi generación no se ha cumplido. La reducción de la vida laboral, con prejubilaciones y despidos definitivos adelantados con una indemnización engañosa, ha llenado el escenario de profesionales que no tienen oficialmente nada que hacer, y que, como no van a tirarse por un acantilado, ocupan como pueden el tiempo que les queda.

De entre ellos, analizo hoy con especial atención los que concentran su inactividad profesional real en los Comités. Hay, sobre todo en las grandes ciudades, cientos de oportunidades de pertenecer a miles de Comités. Eso sí, no reportan ni dineros, ni comidas, ni hay por qué asociarlos a ningún trabajo adicional al del simple hecho de asistir. Basta anotar en la agenda el día, y el sitio en donde se celebrará y aparecer allí con el careto y, si se quiere dar aún mejor impresión, una libreta.

Los Comités, salvo en aquellas corporaciones más vetustas que aún guardan algo de tesorería, no llevan aparejada tampoco ahora la comida con la que se concluían antes los debates, proporcionando la alegría asociada a las libaciones. Incluso en los que mantienen el ágape postrero, la preocupación por la dieta, el colesterol y la racanería de los paganines formales, han hecho decaer mucho el interés gastronómico de estas francachelas de veteranos, que antes tenían mucho más salero.

Todas estas reuniones, no haría falta decirlo para no extremar la crueldad del análisis, coinciden masivamente en ser preciosamente inútiles, ineficaces, estériles para mejorar el mundo; pero son, sin embargo, en mi irrespetuosa opinión, utilísimas como medicina para los asistentes a ellas: resultan una manera entretenida de pasar el tiempo, de llegar a conocerse mejor, e incluso de hacerse muy amigos, y de refilón,  sirven de justificación para creerse y tal vez hacer creer a los más próximos, que se es aún necesario para algo.

Cuando en mis diarios encuentros fugaces con miles de desconocidos a los que veo ocupados en ir de un lado para otro, llevando como una cruz sus rostros generalmente tristes, huidizas las miradas, absortos los cerebros en pensamientos misteriosos y acaso turbios, o resolviendo inútiles sudokus  y  crucigramas o increíblemente embebidos en la misma página del bodrio literario que llevan  envuelto en papel de periódico, me pregunto si no les merecería la pena pertenecer a alguna Comisión.

Un encuentro mensual con otras decenas de seres similares, por el que, con cualquier propósito u objetivo formal, recibieran un empujoncito para salir de su ensimismamiento, haciéndoles levantar la vista para reconocer al de enfrente, y creerse necesarios para algo más que para arañar en la base de su sobre vital: trabajo, trabajo, trabajo, … que, maldita sea, les está siendo comido a gran velocidad por un gusano incontrolado, que se llama paro y se alimenta, entre otras lindezas, de silencios.

Aunque, pensándolo mejor,  y como estamos en el aniversario de la Revolución de los Claveles, ¿no sería más adecuado y eficaz montar unas cuantas Revoluciones? Tengo muchas propuestas. Sería una forma acelerada de encontrar soluciones en lugar de pasarnos el rato dándole vueltas al sobre, sin que nos atrevamos a abrirlo, para saber qué contiene.

—

(1) Existe una versión de la «Teoría del sobre» que en lugar de «Comisiones» indica  Viajes». No me servía para este Comentario, y la desestimé a sabiendas.

Publicado en: Sociedad Etiquetado como: comisiones, comités, eficacia, paro, revolución

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