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Sedes vacantes

28 febrero, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

La silla de San Pedro en el Vaticano quedará libre en la tarde del 28 de febrero de este año singular, cuando S.S. El Papa Benedicto XVI se retire a Castelgandolfo, haciendo efectiva la dimisión que anunció hace un par de semanas. Y la iglesia católica quedará sin representante de Dios en la Tierra hasta que el Cónclave de los cardenales encuentre, por inspiración del Espíritu Santo, un sucesor.

Han sido muchas las conjeturas en torno a esta dimisión papal, construídas sin dar credibilidad a la razón expresada por el propio Pontífice: avanzada edad y falta de salud, imprescindible para llevar a buen término la encomienda de máximo director espiritual de los católicos,  que lleva aparejada otras obligaciones -más incómodas y cuyos fallos son de difícil ocultación, por ser terrenales-.

El Papa emérito se propone, al parecer, meditar y estudiar hasta el fin de sus días, enclaustrado en el convento de su retiro. Seguramente, concluirá un nuevo libro sobre la singular vida de Jesús -en este caso, sobre su madurez, ejemplo de vida adulta y apostolado- que dará mucho que hablar, entre fieles e infieles. En ese volumen, escrito con la finura del analista teológico que siempre dió muestras S.S. de llevar dentro , no faltará, siempre como hipótesis, algún comentario o análisis sobre las razones del descenso brutal de las vocaciones religiosas en Europa.

Según me han dicho, solo 500 seminaristas siguen los estudios para alcanzar el título hasta hace muy poco, prestigioso, de sacerdote en los centros de toda España. Nada que ver con los tiempos postguerreros de aquella España heroica, católica y grande, en la que, por ejemplo, solo en Comillas más de 3.000 jóvenes estudiaban los entresijos de la palabra de Dios, escudriñando su significado, junto a otras enseñanzas más de andar por casa, a la espera de alcanzar algún día el privilegio de la tonsura.

Las consecuencias de las escasas vocatios se pueden ver en casi todos los pueblos de este país que ha dejado oficialmente de ser católico, (e incluso, lo que ya es gravísimo, de apreciar lo ético). No hay servicios divinos más que quizá una vez al mes; un mismo sacerdote tiene que atender, obviamente a la trágala, seis o diez parroquias, repitiendo una y otra vez cada día los ritos y pláticas correspondientes ante un público mínimo, tantas veces compuesto de solo cuatro ancianas y un par de beatos de puchero.

Solo en los funerales -y en las fiestas patronales- se llenan las iglesias. Ante el cuerpo presente del vecino fallecido, el único mensaje que escuchan impávidos tantos incrédulos, mientras pasan frío y miran los desconchados abiertos en las paredes y el techo, es un recetario sobre la inmortalidad del alma, el episodio de Lázaro y esa teoría esotérica de la promesa de resurrección de la carne el día del Juicio final.

La ausencia de vocaciones patrias ha propiciado que los sacerdotes nativos se concentren en las grandes ciudades (1) y quienes ocupan hoy mayoritariamente las sedes vacantes parroquiales en los miles de pueblos mínimos de España, sean latinos. Sacerdotes hondureños, nicaragüenses, ecuatorianos, etc., que han cruzado el charco con su fe a cuestas y que, con sus acentos ceceantes y sus expresiones variopintas , hablan, en las iglesias que les han puesto en las manos, de dioses, vírgenes y deberes religiosos con tonos y modos que suenan a país de misiones y a película con tribu multicultural.

Porque estamos en tierra de misiones. Misiones imposibles. Elí, Elí, lama sabactani?

—

(1) Debo decir que estos curas citadinos no tienen garantizado vivir mejor que los de aldea. Conozco quienes malviven, ocultando como pueden su penuria y sometidos a un trabajo atroz, haciendo labores de ayuda social y consuelo síquico y físico, que les separan de otros de su misma carrera, éstos preocupados por problemas alejados de la realidad (y, si se me permite, también del espíritu)

Publicado en: Religión Etiquetado como: Benedicto XVI, Castelgandolfo, Comillas, escasez, p´rrocos, pueblos, sacerdotes, sede vacante, Vaticano, vocaciones

Adónde vamos a parar

26 febrero, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

No lo planteo como pregunta -faltan los signos de interrogación en el título- aunque tampoco me jactaría de mantenerlo como respuesta. «Adónde vamos a parar» debe ser entendido entre señales de admiración, o más apropiadamente, de asombro y hasta menosprecio.

Me imagino que hacer de relator (con título o no en las Universidades de Ciencias de la Información, antes Periodismo) de lo que está pasando, con la cantidad de material disponible, debe ser una gozada. Cada tarde basta seleccionar cualquiera de las cerezas enmerdadas que la actualidad nos ha tirado en el cesto de la basura social, y los artículos glosando el suceso elegido, e incluso extrayendo posibles consecuencias a diestro y siniestro y rasgando algunas vestiduras para que se vean los trozos de carne ensangrentada, son cosa hecha. Como coser y cantar, pan con queso, miel sobre hojuelas.

Menos -o ninguna- atención merece la cuestión del posible final a todo esto. A la escala que nos importa más, que es la nacional, los que más presencia tienen en las calles señalan, camuflados entre la multitud absorta, dos puertas de salida: la República (no se bien dónde se tejen las banderas tricolores, pero debe ser negocio, porque cada día hay más, y doy por seguro que no van a faltar ni en la Feria de abril en Sevilla ni en las procesiones de Semana Santa, si este año no llueve) y la dimisión del gobierno del Partido Popular, enfangado en su incompetencia, no ya para dar la remontada al país (lo que se disculparía, dada la dificultad de la encomienda y la endeblez de los mimbres), sino en explicar con algo más que con balbuceos, desplantes y tonterías, las torpezas y pecados que se le van descubriendo a tropel en su trastienda ideológica, donde guardaban el pendón.

Puertas de salida no hay muchas, es cierto, y por ello, no faltan quienes se empeñan en estrellarse contra las paredes, dándose trompazos que les aturden la cabeza. Una pared muy sólida (para romperse en ella las narices) es la de acusar a los responsables del partido teóricamente contrario (ya no sé en qué) en haberlo hecho, hacerlo,y propornerse hacerlo muy mal, intenten lo que intenten. Pues allí van, una y otra vez, en soledad o en grupúsculos de amigos, los que comen y beben de la política, dando juego a los cómicos que han vuelto a salir de sus casitas y disfrutan imitándolos, porque dan risa con solo hacer lo mismo, pero en serio.

Aunque oficialmente (y en la práctica) España ha dejado de ser católica, se me ocurre que podíamos mirar a Roma para encontrar un posible modelo que nos ilumine sobre lo que convendría hacer en caso tan extremo. No me refiero a las elecciones generales italianas que han tenido lugar en estos días (y que ya ni siquiera nos sirven de referencia, pues estamos tan próximos en el codo a codo por llegar primeros al esperpento, que haría falta el fotofinish para dilucidar qué sociedad está más desencajada, si ellos o nosotros).

Me refiero al Vaticano y al procedimiento de elección de Papa.

La Iglesia católica, el mejor mecanismo ideado por el hombre (solo o en compañía de Dios) para combinar los negocios del espítritu y de la carne, ha ideado que los cardenales, cuando deben elegir sucesor al Papa difunto o dimitido, se reunirán en Cónclave y no saldrán del recinto vaticano hasta que no se pongan de acuerdo en quién ocupará la sede vacante.

La fórmula me parece excelente. Encerremos a los que plantean discrepancias sobre una medida y, hasta que no se pongan de acuerdo en lo que hay que hacer, que no salgan.

Así, al menos, no tendremos tanto ruido los que, sencillamente, deseamos trabajar tranquilos.

Publicado en: Religión, Sociedad Etiquetado como: adonde vamos a parar, bandera republicana, Cónclave, dimisión, elecciones, gobierno, Italia, Papa, Partido Popular, procesiones de semana santa, puertas, reproche generalizado, Vaticano

Caminos de perfección

7 febrero, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

 

La idea de la perfección ha caído en desuso, sepultada por la de la inmediatez, no exenta de su dosis de chabacanería. Perfeccionar supone un trabajo de afino, una tarea con sucesivas aproximaciones a lo que se desea obtener como resultado final, meta que, además, no siempre se alcanza, pero que sirve de orientación para avanzar.

Como nos encontramos en la Cuaresma, que es -para los cristianos- período de preparación para asumir el misterio del sacrificio de Dios hecho colega para darnos ejemplo de vida, me pareció una aceptable ocasión para dedicar unas líneas al objetivo de avanzar en la perfección, personal como colectiva. Supuesto, naturalmente, que sea una preocupación existente o que su análisis tenga interés potencial para el lector, que, en otro caso, seguro que hará un par de minutos que habrá pasado página, sin darme tiempo ni para despedirme.

Teresa de Jesús escribió un Camino de perfección para sus monjas carmelitas, al que consiguió dotar de carácter universal, con consejos muy prácticos para avanzar por los andurriales de la fe y, si se me permite lo que pudiera ser considerado frivolidad, también para andar por casa, entre pucheros místicos;  aunque algún perverso ha querido convertir ciertos pasajes en subliminales carnales devociones.

Poco que ver el teresiano y los otros senderos que se recorren desde la fe, con el Camino de perfección por el que Pío Baroja, a principios del siglo XX, hizo discurrir a su personaje Fernando Ossorio, cuyo mapa de carreteras particular le señalaba, con carácter exclusivo, las hosterías de la sensualidad y otros deleites de la naturaleza.

Acabo de enterarme que la muy activa Casa árabe de Madrid ofrece una introducción a la religión suní, que se cerrará con una actuación (pido perdón, por emplear esta palabra, a los seguidores de esta peculiar interpretación de los consejos de Mohammed para alcanzar la perfección) de algunos derviches giróvagos.

La primera vez que vi -por televisión- los giros de estos fieles, los asimilé a un espectáculo de variedades. Parecían vistosos remoquetes, artilugios seductores de varones engalanados para un baile menos público. Cuando, años después, con conocimientos someros, pero ya aclaratorios, de lo que significa el esfuerzo físico de «los que esperan a la puerta«, que consistía en encontrar, a base de esa danza-mediación, que llaman sema, la verdad interior, encontré analogías entre esas técnicas corporales que perseguían objetivos psíquicos, con  los procedimientos que, según filósofos tanto estoicos como epicúreos (unos por la apatía y otros por la ataraxia), desembocarían en la paz profunda. Un método que podía incluso relacionarse con el «noble camino óctuple» de los devotos budistas.

Mi ecléctico escepticismo no me ha permitido, hasta ahora, hallar una fórmula mágica que me asegure un camino de perfección interior. No me convencen, tampoco -incluso, aún menos-, las propuestas de perfección simultánea que encuentran aceptación gregaria, en mafias, sectas, partidos, y agrupaciones de toda índole que obligan a aceptar líderes y doctrinas sin posibilidad de discusión a sus fieles.

No estoy solo, sin embargo, si bien, no formamos grupo. Soy uno más de esos solitarios contemporáneos, que, empeñados en desbrozar el lío de zarzas, contradicciones, patrañas, obstáculos impuestos, no alcanzamos a ver, siquiera, dónde está, si lo hay, ese camino convincente que, aunque no lleve a la perfección, nos mejore a todos sin tapujos.

Cada grupo sigue con su cuento, en torno a giróvagos, iluminados, perversos, bien intencionados, tramposos, extasiados, aprovechados o drogados,  y forman en conjunto un espectáculo que puede resultar entretenido para quien lo observe desde fuera -¿hay alguien?-, pero me resulta aterrador cuando advierto que todos los que ocupamos el escenario acabamos, uno tras otro, los agrupados al igual que los independientes, desapareciendo sin dejar huellas duraderas, convertidos en tenues estelas con trazos imperfectos.

Por más que los vocingleros se empeñen en convencernos de que no será así, caminos marcados por intereses de facción, inútiles al resto. Aunque lo llamemos, en momentos de vanagloria, progreso. Porque, mientras no sea de todos los de fuera, los caminos hacia el hipotético mejor conocimiento del yo, nos aislan tanto más cuanto avanzamos.

Publicado en: Actualidad, Religión

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